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Pablo VI

Retornamos a la idea que ha guiado la espiritualidad del Año Santo, idea que debe sobrevivir en el tiempo sucesivo, y que debe caracterizar a este nuevo período de la vida de la Iglesia; y es la idea de la renovación de nuestra mentalidad cristiana. Releamos juntos una página de San Pablo, de la cual podemos derivar muchas enseñanzas útiles para la guía del momento actual que evoluciona en el futuro próximo, rejuvenecido, como en una primavera post-conciliar y post-jubilar. Escribe, de hecho, San Pablo en el capítulo 12 de su carta a los Romanos: “Os exhorto, por lo tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; éste es vuestro culto espiritual”. ¡Cómo podrían estas solas palabras, digamos casi entre paréntesis, servir como comentario a la reciente Declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunas cuestiones de ética sexual, si de verdad queremos entrar en el espíritu superior y original de la concepción cristiana de la vida! Prosigamos la lectura de nuestro texto: “No os conforméis a la mentalidad de este siglo, sino transformaos renovando vuestra mente, para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto… La caridad no tenga fingimiento; huid del mal con horror, adheríos al bien; amaos los unos a los otros con afecto fraterno, competid en estimaros el uno al otro.” [1]

¡Cuántas cosas espléndidas, en términos tan simples y claros! Parece superfluo hacer comentarios. Basta meditar con ánimo sereno y fiel. Ello nos reconduce a aquella preciosa noticia de los Hechos de los Apóstoles, que esculpe el aspecto característico, espiritual y social, de la primera comunidad cristiana:   “la multitud de los que habían llegado a la fe tenía un solo corazón y una sola alma.”[2] Esto nos hace pensar en un primer aspecto de la auspiciada renovación, que Nos hemos llamado “la civilización del amor”, y que no es otro que el agape, el amor, la caridad animadora en primer lugar de nuestro estilo de vida.

Y bien, esta animación de la vida individual y comunitaria de la Iglesia primero produce y luego supone, como su fundamento constitucional, la unidad en la Iglesia. Si la Iglesia no es interiormente una, en su misterio que la hace vivir de Cristo, y unida, en su configuración estructural y social, que la vuelve místico y visible cuerpo de Cristo, no es más Iglesia. Quien lo quiera puede releer, entre los muchos documentos que ilustran esta verdad, el célebre escrito de San Cipriano acerca de “la unidad de la Iglesia católica.”[3]

A nosotros, incluso sin recurrir a esta áurea literatura, nos será más fácil documentarnos sobre las vías que divergen de la unidad de la Iglesia, y por ende de la capacidad de construir una nueva civilización del amor. Todos pueden hacer un diagnóstico de la moderna tendencia a disolver una verdadera, sólida y operante unidad eclesial, señalando cómo un espíritu de disgregación, de contestación, de libre pluralismo, de fácil crítica, de interpretación personal y a menudo polémica respecto al magisterio de la Iglesia, autorizado e indispensable intérprete y tutor de los factores de la unidad eclesial, ha penetrado en diversas expresiones de la mentalidad del cuerpo místico, de la misma comunión católica.[4] Un influjo centrífugo del libre examen de origen protestante, un concepto de libertad absoluta, aislado de un respectivo concepto de deber y de responsabilidad, una reseñada trahison des clercs [traición de los intelectuales], es decir un relativismo histórico, y un oportunismo social y político con frecuencia de moda, han debilitado bastante el sentido de la unidad, de la solidaridad, de la caridad dentro de la Iglesia de Dios, sentido estimulado, sí, afortunadamente por el movimiento ecuménico, pero no todavía y no siempre suficiente para la reconquista de una auténtica y orgánica unidad, como la querida por Cristo y animada por el Espíritu Santo.

¿Qué haremos nosotros? Reemprenderemos el camino hacia la edificación de la unidad, si algunas veces hubiésemos cedido a una celosa y hostil afirmación de nuestra autonomía espiritual y religiosa, en detrimento de la dócil y viril obediencia a la exigencia de la concordia y de la solidaridad propias de la comunión católica; y estaremos juntos, todos y fraternalmente, con fuerza, con la mirada del alma tendida hacia Jesús crucificado, que dilexit ecclesiam, “amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella.”[5] Así; con nuestra Bendición Apostólica.[6]

Dado en la Audiencia General del miércoles 28 de enero de 1976.


[1] Romanos 12,1-2; 9-10.

[2] Hechos 4,32.

[3] San Cipriano De la unidad de la Iglesia Católica. PL 4, 495-520; Brepols, series lat., 3, 243 ss.; cfr. D. TH. C. III, II, 2467 ss.), o vea a San Agustín; Cfr. S. Agustín De utilitate credendi, PL 42, 65 ss. ; y también la obra todavía actual de J. A. Moehler, Die Einheit in der Kirche, L’unité dans l’Eglise, Cerf, 1938.

[4] Cfr. L. Bouyer, La décomposition du catholicisme, 1968; Religieux et Clercs contre Dieu, 1975

[5] Efesios 5,25.

[6] Traducción del italiano por Daniel Iglesias Grèzes.