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Centro Cultural Católico Fe y Razón

Tercera parte – La confrontación: perspectivas pastorales

Antes de reproducir las preguntas 23-27 del cuestionario y de proponer nuestras respuestas, comentaremos un párrafo del texto introductorio.

“Al profundizar la tercera parte de la Relatio Synodi, es importante dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear, enraizándose en el Vaticano II y en el magisterio del Papa Francisco. A las Conferencias Episcopales compete seguir profundizándolo, involucrando, de la manera más oportuna, a todos los componentes eclesiales, y concretizándolo en su contexto específico. Es necesario hacer todo lo posible para que no se recomience de cero, sino que se asuma el camino ya recorrido en el Sínodo extraordinario como punto de partida.”

En cierto sentido es verdad que no se puede recomenzar de cero, porque hay que comenzar por el Evangelio de Jesucristo tal como lo enseña la Iglesia desde hace 2.000 años, asumiendo todos los contenidos de la Divina Revelación transmitidos por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición de la Iglesia. Sin embargo, por su contexto, parece que la frase “Es necesario hacer todo lo posible para que no se recomience de cero” tiene un sentido diferente. No se trata de una invitación a ser fieles a la doctrina católica, bíblica y tradicional, sino a “dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear”. A tenor de las informaciones sobre el Sínodo de 2014, la naturaleza de ese “viraje pastoral” parece ser muy controvertible y controvertida. Por lo tanto, la frase en cuestión puede ser considerada como un intento de limitar indebidamente la libertad de expresión de las Conferencias Episcopales y de orientar sus aportes en una dirección cuestionable.

Por otra parte, llama la atención que, como raíces de ese “viraje pastoral”, se mencionen únicamente el Concilio Vaticano II y el magisterio del Papa Francisco, dejando en el olvido el riquísimo magisterio sobre la familia de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Preguntas y respuestas

23 – En la formación de los presbíteros y de los otros agentes pastorales ¿cómo se cultiva la dimensión familiar? ¿Se involucra a las mismas familias?

La profusión de lo accidental y agregado puede ir fácilmente en detrimento de lo esencial e imprescindible. Ciertas propuestas o planteos dan la impresión de un “titanismo pastoral” que no puede estar más alejado de la realidad. Y lo peor de todo sería que en la práctica dicho “titanismo pastoral” se redujese a su exacto contrario: el laissez faire teológico y moral que propicie la cómoda siesta eclesial en medio de la creciente corrupción de los fieles.

El presbítero no es casado ni es padre de familia. No hace falta que lo sea y no debe serlo. Lo que los fieles necesitamos de él, en primer lugar, no es su experiencia familiar, sino la doctrina de la Iglesia Católica sobre la familia.

24 – ¿Somos conscientes de que la rápida evolución de nuestra sociedad exige una constante atención al lenguaje en la comunicación pastoral? ¿Cómo testimoniar eficazmente la prioridad de la gracia, de manera que la vida familiar se proyecte y se viva como acogida del Espíritu Santo?

Aunque la sociedad esté cambiando a gran velocidad, el lenguaje de la Iglesia no puede ni debe cambiar continuamente, porque ese lenguaje se refiere sobre todo a realidades religiosas y a cuestiones espirituales y morales que no cambian, y que afectan de la misma manera a los hombres de todos los tiempos y lugares.

Pero además enfatizamos que el principal problema de la pastoral de hoy no es un problema de lenguaje, sino de filosofía. Los principios fundamentales de la cultura moderna son contrarios al Evangelio y a la doctrina católica. La comunicación pastoral no puede ser una disciplina autónoma respecto de la profesión de fe eclesial. Nuestro Señor Jesucristo no buscó el apoyo de asesores de imagen ni de expertos en comunicación o en marketing. Predicó su Evangelio con sabiduría, sencillez y sinceridad y nos ordenó proceder de la misma manera: “Cuando ustedes digan “sí”, que sea sí, y cuando digan “no”, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.”[1]

La mejor forma de decir “perro” es diciendo “perro”. Si el otro no entiende, se le explica. Pero no se le dice “gato” para que entienda. Es posible que al decirle “gato” salte de gozo y asienta con entusiasmo a lo que le predicamos, pero ahí está justamente el mal: un gato no es un perro. No se dice “ser” diciendo “devenir”, ni se dice “verdad” diciendo “apariencia”, ni se dice que Cristo es Dios diciendo que Dios está en Cristo, ni se dice que el pan consagrado es el Cuerpo de Cristo diciendo que lo representa o simboliza, ni se dice que el matrimonio es indisoluble diciendo que en ciertos casos puede “morir”, etc., etc.

25 – Al anunciar el Evangelio de la familia, ¿cómo se puede crear las condiciones para que cada familia sea como Dios la quiere y sea reconocida socialmente en su dignidad y misión? ¿Qué “conversión pastoral” y qué ulteriores profundizaciones deben ser implementadas en esa dirección?

Acerca de la “conversión pastoral”, tan necesaria hoy día, recordamos un magnífico texto del gran Papa San Juan Pablo II.[2]

“En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad. […] Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral. […] Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado. Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.”[3] Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: “Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”.

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede “programar” la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, “¿quieres recibir el Bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle, “¿quieres ser santo?” Significa ponerlo en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.” [4]

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen unapedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.”

En cuanto a “crear las condiciones para que cada familia sea como Dios la quiere” (¡nada menos!), esto remite en última instancia a la gracia divina. Queda muy por encima de los sueños más alocados del activismo pastoral. No obstante, pensamos que lo más importante que se puede hacer en este sentido es mejorar la preparación para el matrimonio, y muy especialmente la catequesis prematrimonial, que en general es muy pobre. Quizás el único aspecto bueno de la gran disminución de los matrimonios sacramentales es que hoy sería relativamente fácil dar una catequesis prematrimonial mucho más amplia y profunda a las pocas parejas de novios que se casan por la Iglesia. Empero, no parece que en general se esté aprovechando esta oportunidad.

26 – ¿La colaboración al servicio de la familia con las instituciones sociales y políticas se percibe en toda su importancia? ¿Cómo se pone en práctica de hecho? ¿En qué criterios inspirarse? ¿Qué rol pueden desempeñar en tal sentido las asociaciones familiares? ¿Cómo tal colaboración puede ser sostenida también de la denuncia franca de los procesos culturales, económicos y políticos que minan la realidad familiar?

No se puede admitir la ingenuidad de pensar que toda colaboración es buena. Hoy en día, la colaboración con instituciones sociales y políticas (casi siempre secularistas) implica con mucha frecuencia la cooperación con el mal, por lo que en la práctica es más relevante lo que dice la última parte de la pregunta: “la denuncia franca de los procesos culturales, económicos y políticos que minan la realidad familiar”. A menudo esa colaboración significa abrir las puertas de la comunidad eclesial a los maestros o agentes de la perspectiva de género, la legalización del aborto, etc., lo que es una de sus máximas aspiraciones (para neutralizar a su enemigo principal: la Iglesia). Si además son las instituciones secularistas las que aportan los fondos o recursos, eso les servirá para ejercer una tremenda presión dominadora sobre la Iglesia y su mensaje. Por lo tanto, en términos generales, cuanto más lejos esté la pastoral católica del Estado actual y de las ONG secularistas, tanto mejor. No obstante, en ciertas circunstancias particulares se pueden justificar excepciones a este criterio general.

27 – ¿Cómo favorecer una relación entre familia, sociedad y política que beneficie a la familia? ¿Cómo promover el sostén de la comunidad internacional y de los Estados a la familia?

Ante todo, denunciando y combatiendo la ideología de género y afines, que hoy son la guía explícita de muchos Estados en su búsqueda denodada de la destrucción de la familia. Esto implica reconocer que la ONU es hoy uno de los principales motores de la revolución social anticristiana, que tiene alcances genocidas; y también implica dejar de tolerar a la quinta-columna eclesial que promueve el entreguismo ante los avances avasallantes de la política anti-familiar de los Estados.

Hemos de pedir con insistencia al Señor que, a través del camino de la cruz de un testimonio cristiano totalmente coherente (que puede llevar incluso al martirio), su intervención providencial y misericordiosa tuerza el rumbo anti-vida y anti-familia que una élite mundial, cada vez más poderosa, impulsa con fuerza creciente, para imponer un brutal “imperialismo demográfico” y la absoluta destrucción de la familia, según la lúcida predicción de Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz.

28 – ¿Cómo se proponen los caminos de preparación al matrimonio de manera de evidenciar la vocación y misión de la familia según la fe en Cristo? ¿Se llevan a cabo como oferta de una auténtica experiencia eclesial? ¿Cómo renovarlos y mejorarlos?

Por lo general, la catequesis prematrimonial es bastante pobre. Hay una gran desproporción entre la duración de la catequesis previa a la Primera Comunión (comúnmente tres años) o la Confirmación (comúnmente un año) y la catequesis prematrimonial (comúnmente de una a cinco reuniones). ¿Cómo mejorar esta situación? Éste es un problema difícil. Si todo continúa como hasta ahora, va a seguir ocurriendo que muchas parejas se casan por Iglesia sin la mínima preparación necesaria, con las consecuencias negativas que están a la vista. Si las cosas se hacen más estrictas, probablemente aumente la cantidad de bautizados en concubinato, con o sin matrimonio civil. De todos modos creemos que se debería elegir esta última opción. Para comenzar, se podría establecer que la catequesis prematrimonial tendrá una duración mínima de dos meses, salvo casos excepcionales.

29 – ¿Cómo la catequesis de iniciación cristiana presenta la apertura a la vocación y misión de la familia? ¿Qué pasos son vistos como más urgentes? ¿Cómo proponer la relación entre bautismo, eucaristía y matrimonio? ¿De qué modo evidenciar el carácter de catecumenado y de mistagogia que los caminos de preparación al matrimonio asumen a menudo? ¿Cómo involucrar a la comunidad en esta preparación?

La catequesis de iniciación cristiana necesita una reforma general, no sólo en lo relativo al matrimonio y la familia. Dicha reforma, a nuestro juicio, debería abarcar principalmente los siguientes dos puntos: (a) una mejor selección y formación de los catequistas, para que conozcan y se adhieran personalmente a toda la doctrina expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica y sepan no sólo enunciar sino también explicar, fundamentar y defender dicha doctrina; (b) la elaboración y el uso de nuevos catecismos o materiales catequéticos plenamente conformes con el Catecismo de la Iglesia Católica, que presenten la doctrina católica de forma integral, sintética y adaptada a sus destinatarios, y tengan muy en cuenta la dimensión apologética que la catequesis requiere en la situación actual, en la que ya no se puede presuponer una fe católica firme en los catecúmenos.

Es fundamental que todos los catequistas lean, estudien, aprendan y utilicen continuamente el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (no sólo alguna de sus “adaptaciones”). En este sentido, nos parece que antes de ofrecer cursos de “Teología para Laicos” habría que ofrecer un curso de un año de “Catecismo para Adultos”.

En cuanto al tema del matrimonio y la familia en particular, es absolutamente imprescindible que la catequesis de iniciación cristiana vuelva a presentar de forma clara e íntegra el Sexto Mandamiento y la doctrina católica sobre el mismo.

En cuanto a la catequesis prematrimonial, debe incluir: (a) por una parte, una presentación más o menos sintética (según las circunstancias) de toda la doctrina católica, para subsanar al menos parcialmente la frecuente pobreza de la formación cristiana de los novios; (b) por otra parte, una presentación de los aspectos bíblicos, teológicos, morales y canónicos más relevantes acerca del matrimonio y la familia. En particular, se debe enseñar la doctrina de la encíclica Humanae Vitae. Si en la catequesis prematrimonial se enseña a los novios cuáles son los “mejores” anticonceptivos, entonces dicha catequesis ya ha fracasado radicalmente. El tema de la familia no es separable de la crisis de fe que afecta hoy día a la Iglesia en su conjunto.

No obstante, se debe evitar que el péndulo vaya hasta el otro extremo y se sustituyan las escasas y breves “charlas prematrimoniales” de hoy por una especie de licenciatura obligatoria en teología del matrimonio.

Sería conveniente elaborar manuales o materiales que sirvan como referencia para la catequesis prematrimonial renovada. Por lo dicho más arriba, esos manuales no deberían ser muy extensos y deberían tener un lenguaje comprensible para un lector de cultura media.

30 – Tanto en la preparación como en el acompañamiento de los primeros años de vida matrimonial, ¿se valora adecuadamente la importante contribución de testimonio y de sostén que pueden dar familias, asociaciones y movimientos familiares? ¿Qué experiencias positivas se pueden referir en este campo?

Una parte importante de la cuestión aquí planteada se inscribe dentro de un asunto más general: el de la relación entre las asociaciones y los movimientos católicos con las diócesis y las parroquias. Se trata de un problema muy amplio y complejo, acerca del cual nos limitaremos a proponer que se promueva de ambas partes una actitud de mayor apertura y cooperación mutua. Los movimientos (especialmente) deben evitar la tentación de cerrarse en la práctica sobre sí mismos; y las diócesis y parroquias deben evitar la tentación de imponer una excesiva centralización y uniformidad pastoral.

31 – La pastoral de acompañamiento de las parejas en los primeros años de vida familiar – se observó en el debate sinodal – necesita un ulterior desarrollo. ¿Cuáles son las iniciativas más significativas ya realizadas? ¿Qué aspectos hay que incrementar a nivel parroquial, a nivel diocesano o en el ámbito de asociaciones y movimientos?

Opinamos que habría que tratar de fortalecer los grupos de matrimonios (de parroquias, asociaciones o movimientos), los retiros o encuentros matrimoniales y otras iniciativas o actividades semejantes, dentro de la perspectiva de una renovación profunda de toda la pastoral eclesial con las notas principales que hemos procurado delinear hasta aquí: superación de la crisis de fe y de la secularización interna en la Iglesia, firme promoción y defensa de la ortodoxia doctrinal, nuevo ardor misionero, práctica de una apologética renovada y de un diálogo evangelizador, fuerte énfasis en la santidad como objetivo principal de toda la pastoral eclesial y en el recurso frecuente y adecuado a los medios tradicionales de santificación (oración, sacramentos, lectura de la Biblia, penitencia, obras de misericordia, dirección espiritual, etc.).

32 – ¿Qué criterios para un correcto discernimiento pastoral de las situaciones individuales son considerados a la luz de la enseñanza de la Iglesia, para la cual los elementos constitutivos del matrimonio son unidad, indisolubilidad y apertura a la procreación?

Los principales criterios de discernimiento pastoral de las distintas situaciones de las parejas deben ser precisamente esos “elementos constitutivos del matrimonio” (o bienes y exigencias fundamentales del amor conyugal): unidad, indisolubilidad, apertura a la procreación y (agregamos) fidelidad y sacramento. Si alguno de los primeros cuatro elementos falta en el mutuo consentimiento no hay matrimonio, ni natural ni sacramental; pero además se debe tener en cuenta que el matrimonio entre bautizados no puede ser sino sacramental. De lo contrario las parejas están en situación objetiva de pecado. En estas parejas puede haber o no haber buena disposición para escuchar el anuncio de la doctrina católica sobre el matrimonio. Si la hay, el anuncio, con la ayuda de la gracia, puede dar fruto o no. Siempre está presente el libre albedrío del ser humano. Pero el anuncio del Evangelio a toda criatura es la primera y más esencial misión de la Iglesia.

33 – ¿La comunidad cristiana es capaz de involucrarse pastoralmente en estas situaciones? ¿Cómo ayuda a discernir estos elementos positivos y aquellos negativos de la vida de personas unidas en matrimonios civiles de manera de orientarlas y sostenerlas en el camino de crecimiento y de conversión hacia el sacramento del matrimonio? ¿Cómo ayudar a quienes conviven a decidirse por el matrimonio?

Podemos ayudar a las personas que conviven fuera del matrimonio ante todo de dos formas: (a) anunciándoles el Evangelio de Cristo en su integridad, incluyendo la doctrina sobre la pecaminosidad grave de las relaciones sexuales extramatrimoniales; (b) recurriendo a la oración y la fuerza que le es propia, pues sólo Dios, a quien pedimos la conversión de los pecadores, puede mover los corazones para que libremente se abran al anuncio del Evangelio. También tenemos la posibilidad del ayuno y otras mortificaciones (activas y pasivas) voluntariamente asumidas por la conversión de los pecadores en general, y en particular para que regularicen su situación los que conviven irregularmente. Se puede realizar jornadas eclesiales de oración y ayuno con tal finalidad. En ellas se podría incluir un acto penitencial por nuestras propias infidelidades para con la doctrina de la Iglesia, porque sin duda éstas son una de las causas principales de la actual crisis matrimonial y familiar. Y sobre todo se debe impulsar el esfuerzo por mantenerse uno mismo en estado de gracia, sin lo cual no se puede ser un instrumento apto para trabajar por la salvación de las almas según la voluntad de Dios.

En cuanto al discernimiento de elementos positivos y negativos y el sostén en el camino de conversión, obviamente el cambio ha de ser de lo negativo a lo positivo. Se debe presentar la grandeza del matrimonio en toda su amplitud. Esto implica necesariamente mostrar a las personas en cuestión las coincidencias y discrepancias de su situación concreta con el modelo normativo del matrimonio cristiano (que no es un mero “ideal”).

En cuanto a la acogida y el acompañamiento a las personas en situaciones irregulares, se debe evitar el grave error de pretender que enseguida pasen a celebrar la Eucaristía y a comulgar. Más bien deberían integrarse en un espacio pre-sacramental, análogo a los de los antiguos catecúmenos o penitentes. En este caso se deberá enfrentar valerosamente las previsibles acusaciones de “discriminación” entre quienes van a la Iglesia.

34 – En particular, ¿qué respuestas dar a las problemáticas planteadas por la permanencia de las formas tradicionales de matrimonio por etapas o arreglado entre familias?

El matrimonio arreglado entre familias, mientras no implique la imposición de una pareja contraria a la voluntad del interesado, no produce la nulidad del matrimonio. Esa forma tradicional de matrimonio, comparada con lo que suele ocurrir hoy día en las sociedades occidentales, parece bastante menos mala. De todos modos, corresponde que la evaluación más exacta de esa práctica la hagan quienes la conocen de cerca.

El matrimonio por etapas, si implica convivencia marital antes del consentimiento matrimonial propiamente dicho, es contrario a la doctrina católica. Obviamente, esta otra forma tradicional de matrimonio no debe usarse como excusa para proponer algo similar en Occidente.

* * *

La introducción a las preguntas 35-39 dice lo siguiente:

“Cuidar a las familias heridas: separados, divorciados no vueltos a casar, divorciados vueltos a casar, familias monoparentales.”[5]

En el debate sinodal se evidenció la necesidad de una pastoral recta del arte del acompañamiento, dando “a nuestro caminar el ritmo saludable de la proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.”[6]

Es muy negativo que en la lista de “familias heridas” se haya colado la categoría de los divorciados vueltos a casar. Éstos no constituyen una familia herida, porque no constituyen familia alguna. La familia se basa en el matrimonio, y el adulterio no es matrimonio.

Por otra parte, las “heridas” aquí enumeradas son o pueden ser de muy distintos tipos: por ejemplo, dos esposos pueden estar “separados” por razones graves de violencia doméstica o porque el esposo, manteniéndose fiel a su esposa, emigró – provisoriamente solo – en busca de una mayor prosperidad para su familia; otro ejemplo: una familia puede ser “monoparental” porque el padre abandonó a la madre y a sus hijos o porque simplemente falleció. A menudo (como en estos casos) la utilización de un lenguaje sociológico (en lugar de uno teológico) tiende a confundir los males físicos con los males morales.

Por otra parte, las metáforas como el “acompañamiento” no dicen nada decisivo sobre los temas principales que se van a discutir en el próximo Sínodo: la comunión a los divorciados vueltos a casar y la admisión de las uniones homosexuales.

35 – ¿La comunidad cristiana está preparada para hacerse cargo de las familias heridas para hacerles experimentar la misericordia del Padre? ¿Cómo comprometerse para eliminar los factores sociales y económicos que a menudo las determinan? ¿Qué pasos se han dado y qué pasos hay que dar para el crecimiento de esta acción y de la conciencia misionera que la sostiene?

La misericordia no puede imponerse a la fuerza a los que no la quieren. Eliminar nada menos que los factores sociales y económicos que determinan (o, mejor dicho, condicionan fuertemente) algunas de estas situaciones sería tarea excesiva incluso para un ejército de titanes. Esta afirmación evidente no debe llevar a esta conclusión falaz: como no se puede remediar las causas, hay que aceptar los efectos, y por lo tanto bendecir, bautizar, absolver y eucaristizar todo. Así suele suceder la deriva del pelagianismo al quietismo.

36 – ¿Cómo promover la identificación de líneas pastorales compartidas a nivel de Iglesia particular? ¿Cómo desarrollar al respecto el diálogo entre las diversas Iglesias particulares “cum Petro y sub Petro”?

No saliendo a dar por buena la comunión a los divorciados vueltos a casar, como hizo la Conferencia Episcopal Alemana; sí saliendo a advertir de los peligros reales y evidentes del pretendido “viraje pastoral” para la fe católica, como hizo la Conferencia Episcopal Polaca y como hicieron también los Cardenales y Obispos africanos, junto con muchos otros de otros países, después de la pésima “Relatio post disceptationem” de 2014. No obstante, las líneas pastorales esenciales no puede decidirlas la Iglesia local al margen del centro de la catolicidad, que está en Roma.

37 – ¿Cómo hacer más accesibles y ágiles, y en lo posible gratuitos, los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad? (n. 48).

En este punto se debe cuidar muy especialmente el delicado equilibrio entre, por un lado, la accesibilidad, agilidad y posible gratuidad de estos procedimientos, y por otro lado las garantías procesales para llegar a un juicio fiable sobre la validez o invalidez del vínculo matrimonial en cuestión.[7] Si ese equilibrio se rompiera –por ejemplo, reconociendo nuevas causales de nulidad, de ambigua definición y muy difícil comprobación– la “declaración de nulidad” podría fácilmente tender a convertirse en una forma más o menos hipócrita de “divorcio católico”.

38 – La pastoral sacramental referida a los divorciados vueltos a casar necesita una mayor profundización, valorando también la praxis ortodoxa y teniendo presente “la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes” (n. 52). ¿Cuáles son las perspectivas en las que moverse? ¿Cuáles los pasos posibles? ¿Qué sugerencias para obviar las formas de impedimentos no debidas o no necesarias?

Ante todo se debe recordar que el numeral 52 de la Relatio Synodi no fue aprobado por la asamblea sinodal.

Aquí hay que distinguir dos clases de “divorciados vueltos a casar”: los que viven maritalmente con su nueva pareja y los que no. Para los segundos no se plantea ningún problema particular: simplemente pasan por el sacramento de la Penitencia y luego comulgan. El problema lo plantean los primeros. No se puede hacer penitencia mientras no se tiene el propósito de dejar de pecar, y éstos por hipótesis no lo tienen, porque no piensan ni separarse ni convivir como “hermano y hermana”, en cuyo caso pertenecerían al grupo anterior.

La praxis ortodoxa implica la admisión del divorcio, cosa absolutamente incompatible con la fe católica.[8]

En cuanto a las circunstancias atenuantes, se nos ocurre que podrían ser la ignorancia de la doctrina católica o la presión de las pasiones. La primera debe ser remediada, no tolerada o mantenida para que la persona pueda recibir la absolución. La segunda no exime de culpa. De todos modos, por un lado, para hacer penitencia no hacen falta circunstancias atenuantes; con la gracia de Dios, uno puede arrepentirse de los pecados más horrendos e inexcusables. Por otro lado, si las circunstancias atenuantes eliminaran la culpa, entonces no haría falta ni tendría sentido el “camino penitencial” discutido en el Sínodo de 2014.

En cuanto a las supuestas “formas de impedimentos no debidas o no necesarias”, no hay extraños requisitos rituales o jurídicos que impidan el acceso a los Sacramentos a estas parejas. Simplemente, ellas están en situación objetiva de adulterio y por lo tanto no pueden confesarse válidamente ni comulgar mientras no se arrepientan y hagan sincero propósito de enmienda, que en su caso implica la determinación de disolver la convivencia adúltera o de vivir en adelante como hermano y hermana.

En cuanto a la comunión espiritual de las personas divorciadas y vueltas a casar,[9] opinamos que, hablando con propiedad, la comunión espiritual no es posible para quien está en pecado mortal. Uno puede presentarse ante la misericordia de Dios con la súplica de que la gracia divina lo convierta y lo perdone, pero probablemente no conviene llamar a eso “comunión espiritual”. Obviamente, si en ese trance se experimenta la contrición, entonces se recibe el perdón de Dios, el estado de gracia y la unión espiritual con Cristo. Se podría pensar en un acto de contrición y un pedido condicional: “Si he recibido la gracia de la contrición, Señor, ven a mí espiritualmente”. Pero todo ello implica el propósito de enmienda, que no está presente en los “divorciados vueltos a casar” del primer grupo, como vimos más arriba.

39 – ¿La normativa actual permite dar respuestas válidas a los desafíos planteados por los matrimonios mixtos y los inter-confesionales? ¿Hace falta tener en cuenta otros elementos?

Opinamos que la normativa actual es correcta, pero a menudo está desvirtuada en la práctica pastoral. Cabe sostener que según el derecho canónico estos matrimonios están prohibidos salvo casos excepcionales en los que se concede una dispensa si se cumple una serie de condiciones precisas y exigentes. Sin embargo, en la práctica estas dispensas parecen haberse convertido en una mera formalidad administrativa que se concede a todas o casi todas las parejas que la solicitan. Hace falta tomar una mayor conciencia de la importancia central que, para la formación de una familia, tiene la fe religiosa plenamente compartida entre los esposos.

La introducción a la pregunta 40 dice lo siguiente:

“La atención pastoral de las personas con tendencia homosexual plantea hoy nuevos desafíos, debidos también a la manera en que se proponen socialmente sus derechos.”

Las personas homosexuales no tienen derechos específicos ni distintos de los que tienen las personas en general. La homosexualidad en cuanto tal no es fuente de derechos, porque es una falla en las tendencias y/o en el obrar de la persona humana.

40 – ¿Cómo la comunidad cristiana dirige su atención pastoral a las familias que tienen en su interior personas con tendencia homosexual? Evitando toda injusta discriminación, ¿de qué modo cuidar de las personas en tales situaciones a la luz del Evangelio? ¿Cómo proponerles las exigencias de la voluntad de Dios sobre su situación?

También en estos casos particulares debe aplicarse lo dicho antes en un contexto más genérico. ¿Qué pueden hacer los cristianos por las personas homosexuales? Hacer oración, ayuno y penitencia, predicar el Evangelio en su integridad a ellas y a sus familiares, etc. Nunca se repetirá bastante que el cristiano ama al pecador y precisamente por eso, odia el pecado. La verdad y la caridad deben ir siempre juntas. La caridad hacia las personas homosexuales implica, entre otras cosas, la necesidad de presentarles muy claramente la doctrina católica que no las condena pero declara desordenada la tendencia homosexual y condena los actos homosexuales. Se debe evitar toda ambigüedad teórica o práctica al respecto, para no caer en un “buenismo” que perjudica a los mismos a los que quiere beneficiar.

Es peligroso que los cristianos usen el lenguaje de la “perspectiva de género”: “género”, “orientación sexual”, “opción sexual”, “construcción de la identidad”, “homofobia”, etc., no son palabras neutras, sino que están cargadas de una ideología perversa que, antes de oscurecer los corazones, oscurece las mentes. Por ejemplo, el término “orientación homosexual” sugiere que hay diversas “orientaciones sexuales” posibles, todas igualmente válidas. Es mejor hablar de la “tendencia homosexual”, de la cual el Magisterio nos dice que es objetivamente desordenada.

En cuanto al propósito de evitar “toda injusta discriminación”, se debe subrayar y explicar lo de “injusta”, porque existe también la discriminación justa, que es buena por definición. Por ejemplo, la no aceptación de las personas homosexuales como candidatas al sacerdocio católico es una “discriminación justa” y necesaria.[10]

Sería muy deseable que el próximo Sínodo dijese explícitamente que las uniones homosexuales no pueden ser legalizadas bajo ningún concepto, con o sin el nombre de “matrimonio”, porque la homosexualidad en cuanto tal no es fuente de ningún derecho; a falta de esto, pensamos que se debe exigir que en ningún momento se sugiera que la “unión civil” homosexual podría ser aceptable si no se la equipara al matrimonio.

41 – ¿Cuáles son los pasos más significativos que se han dado para anunciar y promover eficazmente la apertura a la vida y la belleza y la dignidad humana de ser madre o padre, a la luz por ejemplo de la Humanae Vitae del Beato Pablo VI? ¿Cómo promover el diálogo con las ciencias y las tecnologías biomédicas de manera que se respete la ecología humana del engendrar?

Aquí se ha de tener en cuenta todo lo dicho antes sobre la crisis eclesial y la necesidad de una profunda reforma pastoral, fiel a toda la doctrina católica. Por ejemplo, en la pastoral actual apenas se da espacio a la difusión y enseñanza de los métodos naturales de regulación de la natalidad. Más aún, todo el movimiento pro-vida y pro-familia es mirado con desconfianza o desapego por una parte muy grande de los agentes pastorales. Esto se debe sustancialmente a la colonización mental que ha logrado realizar el partido anti-vida y anti-familia, haciendo que dentro de la misma Iglesia se tache de “fundamentalistas” a los que simplemente tratan de ser católicos coherentes.

En cuanto a la segunda “sub-pregunta”, se inscribe dentro del problema más amplio de la cultura católica, hoy muy decaída. ¿Cómo hacer que esa cultura renazca o se renueve? A continuación ofrecemos diez posibles claves.

1 – La cultura católica brota de la fe católica profesada, celebrada, vivida y rezada en clave de plena fidelidad a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia Católica, tanto en el nivel individual como en el nivel colectivo.

2 – La verdad objetiva existe y el ser humano puede conocerla y comunicarla a otros. El católico debe practicar la filosofía en clave realista, no idealista.

3 – De entre las muchas filosofías realistas posibles, el Magisterio de la Iglesia Católica reconoce un valor muy especial a la filosofía tomista. El tomismo debe ser considerado como un elemento fundamental, ejemplar e insustituible para la enseñanza y el ejercicio de la filosofía y la teología en la Iglesia.

4 – El catolicismo es la religión verdadera. La fundamentación de la fe católica debe practicarse en clave apologética, no racionalista ni fideísta. Contra el relativismo imperante, se debe renovar la apologética, en sus tres etapas clásicas (“demostración religiosa”, “demostración cristiana” y “demostración católica”).

5 – La misión evangelizadora de la Iglesia Católica es universal. Ningún grupo de personas debe ser excluido de la meta pretendida por dicha misión. Por parte de la Iglesia, todo diálogo debe practicarse en clave de evangelización.

6 – El ateísmo (teórico o práctico) y el secularismo son hoy los principales enemigos de la fe católica. La cultura católica debe incluir como uno de sus elementos principales el combate contra el ateísmo y el secularismo.

7 – El bien objetivo existe y el ser humano puede conocerlo y realizarlo. La filosofía moral y la teología moral deben reafirmar la existencia y el valor de la ley moral natural.

8 – El derecho humano a la vida y los derechos del matrimonio y la familia, hoy sometidos a una gravísima agresión por parte de la cultura predominante en Occidente, son valores morales, políticos y jurídicos fundamentales e irrenunciables. La cultura católica debe fundamentar y reafirmar firmemente dichos valores.

9 – En la vida cristiana, todo (también la cultura) debe tener como objetivo la gloria de Dios y el bien de los hombres. Superando la tendencia a un academicismo estéril, la cultura católica debe tener siempre muy presentes las interrogantes, las dudas, las carencias, las objeciones, las necesidades y los intereses de las mayorías, tendiendo muchos puentes entre la vida intelectual y las actividades prácticas (pastorales, caritativas, políticas, etc.) de los católicos.

10 – Teniendo en cuenta la escasez de recursos de sus representantes y el alto valor de Internet como factor de democratización de la información, la cultura católica debe hacer un uso amplio, generoso y prudente de la red de redes como un medio de expresión privilegiado.

42 – Una maternidad/paternidad generosa necesita estructuras e instrumentos. ¿La comunidad cristiana vive una efectiva solidaridad y subsidiaridad? ¿Cómo? ¿Es valiente en la propuesta de soluciones válidas también a nivel socio-político? ¿Cómo alentar a la adopción y a la acogida como signo altísimo de generosidad fecunda? ¿Cómo promover el cuidado y el respeto de los niños?

Por desgracia, muchos católicos votan a favor de partidos políticos cuyos programas son incompatibles con la fe católica y con la doctrina social de la Iglesia. Este problema se agrava cuando la autoridad eclesiástica no deja muy claro para todos que hay principios no negociables en la vida política, por lo que esa clase de voto es inmoral.

Por otra parte, pese a la encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II, muchos católicos (incluso “prácticos”) ignoran casi todo acerca de la “cultura de la muerte” que lleva más de un siglo operando en el mundo, y eso ayuda a que acojan acríticamente los postulados anti-vida y anti-familia promovidos por una poderosa élite y sus compañeros de ruta por todos los medios de difusión y presión cultural a su alcance. Quizás este estado de ignorancia no sea siempre inculpable. Se nota cierta resistencia incluso dentro de la jerarquía eclesial a la labor de quienes informan sobre el diabólico proceso de reingeniería social anticristiana que está actualmente en curso en casi todo el planeta.

43 – El cristiano vive la maternidad/paternidad como respuesta a una vocación. ¿En la catequesis se subraya suficientemente esta vocación? ¿Qué itinerarios formativos se proponen a fin de que ella guíe efectivamente las conciencias de los esposos? ¿Se tiene conciencia de las graves consecuencias de los cambios demográficos?

Con respecto a los cambios demográficos, lo que piensa la mayoría de la gente (incluyendo a los católicos), es que el mundo está hoy amenazado por el gran peligro de la “superpoblación” o “explosión demográfica”. La “explosión demográfica” es un mito neo-maltusiano, descartado por demógrafos y economistas. Lo que la población mundial está experimentando hoy es una “transición demográfica”, un período de rápido crecimiento entre dos estados de equilibrio: uno anterior caracterizado por una alta natalidad y una alta mortalidad, y uno emergente caracterizado por una natalidad y una mortalidad menores. La transición demográfica ya se ha realizado en gran medida. El mayor problema demográfico actual (ya evidente en muchos países, Uruguay incluido) es el envejecimiento de la población causado por dicha transición.

Al mito de la superpoblación se suma hoy el mito del Calentamiento Global Antropogénico Catastrófico, que sirve de instrumento de apoyo a la misma visión anti-natalista: estamos destruyendo el mundo porque somos demasiados; es urgente que los gobiernos promuevan una limitación o reducción de la población mundial mediante la anticoncepción, la esterilización, el aborto, la homosexualidad, etc. Este segundo mito se basa en una teoría científica muy cuestionable y discutida. Opinamos que se debería evitar cualquier declaración o acción que comprometa a la Iglesia Católica con esa teoría y con las ruinosas políticas basadas en ella.

44 – ¿Cómo combate la Iglesia contra la plaga del aborto, promoviendo una eficaz cultura de la vida?

La gran lacra moral de nuestro tiempo no es únicamente la difusión del aborto sino sobre todo su legalización. Este segundo mal es mucho peor aún que el primero porque no mancha sólo a algunos individuos sino a toda la comunidad política. Se debe evitar el error de reducir el problema del aborto a un plano solamente espiritual o moral, ignorando la dimensión política del tema. A menudo los cristianos no hablan del aborto por “respeto humano”, para no herir a personas más o menos próximas. También está muy extendida la proverbial “estrategia del avestruz”, que consiste en esconder la cabeza en la tierra para no ver el peligro que se avecina.

No tememos decir que en el tema del aborto se juega el futuro de la evangelización en el mundo actual. No se puede hablar de Jesucristo al mismo tiempo que se tolera o favorece el genocidio de los no nacidos. No hay forma de esconder esa contradicción. La batalla en torno al aborto legal (junto con la batalla en torno al mal llamado “matrimonio homosexual”) es hoy la batalla principal entre la Iglesia y la anti-Iglesia. Aceptar la legalización del aborto es negar la ley moral natural y reducir el quinto mandamiento a un tabú propio de un grupo social excéntrico (los cristianos), que “no tiene derecho a imponer sus creencias al conjunto de la sociedad”. A partir de esa postura el anuncio del Evangelio es imposible. Simplemente, un Evangelio sin quinto mandamiento no es el Evangelio de Cristo. Y un quinto mandamiento recluido en las solas conciencias de los católicos no es católico.

45 – Llevar adelante su misión educativa no siempre es sencillo para los padres: ¿encuentran solidaridad y sostén en la comunidad cristiana? ¿Qué itinerarios formativos se sugieren? ¿Qué pasos hay que dar para que la tarea educativa de los padres sea reconocida también a nivel socio-político?

Uno de los principales apoyos que la comunidad cristiana puede ofrecer a los padres es condenar explícita y públicamente el voto a los partidos políticos cuyas ideologías y programas de gobierno incluyen el despojar a los padres de su derecho a ser los primeros educadores de sus hijos, haciendo añicos la patria potestad.

Otro es vigilar celosamente la calidad doctrinal de todos los contenidos que se trasmiten en la Iglesia, en vez de tolerar, como lamentablemente suele suceder hoy día, todo tipo de errores y desviaciones graves.

Para que la tarea educativa de los padres sea reconocida a nivel socio-político, no sólo retóricamente, sino por medio de políticas concretas y eficaces, se requiere un cambio profundo de las principales estructuras de poder, actualmente orientadas por una ideología anti-vida y anti-familia que aspira precisamente a lo contrario: que el Estado sea el principal educador de los niños.

46 – ¿Cómo promover en los padres y en la familia cristiana la conciencia del deber de la transmisión de la fe como dimensión intrínseca a la misma identidad cristiana?

Ante todo promoviendo esa conciencia en toda la Iglesia, a fin de que no suceda lo que sucede hoy día, a saber que Conferencias Episcopales enteras, Cardenales, Obispos y Sacerdotes salen públicamente a rebatir partes fundamentales de la doctrina católica sin que se sepa de consecuencia alguna a nivel disciplinar o canónico. Ese escándalo vuelve aún más difícil, para los padres, la tarea (hoy día ya bastante difícil de por sí) de la educación católica de sus hijos.


[1] Mateo 5,37.

[2] Novo Millennio Ineunte, nn. 30-31.

[3] 1 Tesalonicenses 4:3.

[4] Mateo 5:48.

[5] Relatio Synodi, nn. 44-54

[6] Evangelii Gaudium, 169.

[7] Relatio Synodi, n. 48.

[8] cf. Concilio de Trento, Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio, Canon VII.

[9] cf. Relatio Synodi, n. 53.

[10] cf. Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, 4 de noviembre de 2005.