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José María Uriburu

Parte I – La alegría pascual cristiana, la que falta al mundo

“A mí no acaba de convencerme eso de que tengamos que alegrarnos a fecha fija, porque lo manda el calendario.”

“Hace años un párroco rural regañaba un domingo a un feligrés por estar trabajando con la mula en el campo. Y el aldeano repuso: ‘¿Qué sabe la mula cuando es día de fiesta?’”… Pues eso.

El tiempo de la Iglesia no es homogéneo, siempre igual. Tampoco son siempre iguales en el ciclo vital de la naturaleza los tiempos sucesivos del año: primavera, verano, otoño e invierno. Cada uno tiene su forma de vida y su fisonomía propia. De modo semejante en el Año de la Iglesia los ciclos vitales de la Iglesia van cambiando, y si la gracia propia de la Cuaresma, por ejemplo, es ser tiempo de conversión y penitencia, la gracia propia del tiempo pascual es la alegría, la anticipación de la vida celestial.

Desde el principio de la Iglesia, mucho antes de que se formaran la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, ya la comunidad cristiana celebraba después de la Resurrección de Cristo la cincuentena de la alegría pascual. Los Padres antiguos decían que los días laborables de la semana eran imagen del tiempo presente, mientras que el domingo, el Día del Señor, era imagen de la eternidad celestial. Y lo mismo entendían del Tiempo pascual dentro del Año Litúrgico.

Ya Cristo resucitado al día siguiente al sábado, en el Día del Señor, los cristianos, durante siete semanas, hasta Pentecostés, celebramos la Cincuentena de Pascua como “un gran domingo” (San Atanasio), como “un domingo continuado”, imagen de la vida celestial. En este tiempo la llama de la alegría, como el Cirio pascual en la liturgia, ha de arder en el corazón de los discípulos de Cristo sin apagarse. Es la alegría pascual, que anticipa las alegrías definitivas del cielo. La gracia de Dios en este tiempo aviva cada año en nosotros la fe y la esperanza de que “los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.” [1]

El Magisterio apostólico ha dado preciosas enseñanzas sobre la alegría cristiana, que es sobre-humana, como lo es la vida de la fe y la caridad. Destaco dos documentos.

Pablo VI, exhortación apostólica Gaudete in Domino delo 9 de mayo de1970, sobre la alegría cristiana.

Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium del 24 de noviembre de 2013, sobre el anuncio del Evangelio, especialmente los diez primeros números. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”

El cristianismo es hoy acusado como causa de tristeza para el mundo. Desde que hace unos siglos se inició la apostasía de Occidente es ésta una de las peores y más generalizadas calumnias contra Cristo y su Evangelio. Según ella, la Iglesia de Cristo ha entristecido a la humanidad con la religión del Crucificado, haciéndole perder la ingenua alegría del paganismo antiguo. Una muestra de la difusión de esta mentira diabólica puede verse en aquellas proclamas que llevaron ciertos autobuses: “Es probable que Dios no exista. Disfruta de la vida”… Esta idea, sólo aceptable por mentecatos (mente-capti), ha tenido expositores famosos. Pondré por ejemplo un filósofo y un novelista.

Friedrich Nietzsche (1844-1900), hijo de una familia de pastores protestantes, nacido en Leipzig (Sajonia, Alemania), ve con rabia furibunda el cristianismo como el enemigo principal de la vida. “Sería horripilante creer todavía en pecados; todo cuanto hacemos es inocente.” “Nada es verdad, todo está permitido”, y por tanto hay que vivir “más allá del bien y del mal.” Con esas convicciones filosóficas – que en buena medida, más que pensamientos, parecen ser pensaciones de claro origen psicopático – , y viviendo en un marco social todavía cristiano, se comprende que empeñara todas sus fuerzas contra el “crucificado y todo lo que es cristiano o está inficionado de cristiano.” En 1889 sufre un colapso mental que dura once años, hasta su muerte.

Mario Vargas Llosa (nacido en Arequipa, Perú, 1936), en su novela El paraíso en la otra esquina (2003) describe la vida de Gauguin, ciudadano de París, que a los 43 años de edad deja su trabajo como agente de bolsa y sale ansiosamente de la civilización occidental, tan marcada por la tenebrosidad del cristianismo, buscando en la luminosidad pagana libre de Tahití y de las Islas Marquesas la alegría de una vida entregada al arte y a un erotismo sin límites. Termina muriendo con terrible agonía, devorado por las enfermedades de su vicio, y sin haber hallado el paraíso terrenal en este valle de lágrimas.

El paganismo fue y es muy triste. Digan lo que digan.

Lo fue. Cuando San Pablo, en Romanos 1, hace una descripción de las miserias del mundo pagano – avaricia, maldad, dureza de corazón, perversiones sexuales, homicidios – , hace derivar todos estos males de la negación de Dios. “Trocaron la verdad de Dios [que es luz y alegría] por la mentira [que es oscuridad y tristeza], y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos, amén. Y por eso los entregó Dios a las pasiones vergonzosas.” Toda la necedad mental y la degradación moral de los paganos de Roma la deriva San Pablo de la ignorancia y del desprecio del Creador, plenamente revelado en Cristo.

Lo es actualmente. Las enfermedades mentales, la criminalidad, los divorcios, adulterios y abortos, la droga, las guerras incesantes, cada vez más mortíferas, los suicidios, las ideologías políticas que destrozan las naciones y que provocan genocidios y terrorismo, la degradación sexual, y tantas otras miserias indeciblemente entristecedoras, han ido creciendo implacablemente año tras año en las naciones de antigua filiación cristiana. Al perderse la fe, la razón se ha quedado imbécil: no alcanza a conocer, por ejemplo, que el aborto es un homicidio, o que dar los mismos derechos al matrimonio y a la unión homosexual es una enorme estupidez, además de ser una gran injusticia.

La fe y la razón se han perdido simultáneamente. Se mató la religión y se murió la filosofía. Sin la luz del Evangelio, los hombres y las sociedades se han quedado muy tristes, aunque no lo reconozcan, y aunque traten de vencer su tristeza con mil gastos, diversiones, placeres, viajes, droga y actividades frenéticamente enajenantes, no lo consiguen en absoluto. No tienen modo de vencer su tristeza porque están en las tinieblas del absurdo, “sin esperanza y sin Dios en el mundo”…[2] ¿Es así o no es así? Es así. La realidad lo afirma de modo irrebatible. Al menos en algunas cuestiones la estadística no miente: la curva de la irreligiosidad asciende perfectamente unida a las curvas de la tristeza, de la fealdad, de las enfermedades mentales, de la disgregación de la familia y de la sociedad. Y al aumento de suicidios.

El Reino de Dios es luz y alegría. Haré sólo unas breves referencias a tema tan grandioso.

La alegría profetizada para los tiempos del Mesías. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.”[3] “Consolad, consolad a mi pueblo.”[4] “Aclamad al Señor, toda la tierra, servid al Señor con alegría.”[5] “Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan.”[6]

La alegría del Bautista y de su madre: “en cuanto oyó Isabel el saludo de María exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo.” Ella misma lo afirma: “así que sonó la voz de tu saludo en mis oídos [la voz de María], exultó de gozo el niño en mi seno.”[7] Ya antes de nacer, Cristo alegra de modo inefable a Juan, aún no nacido. Y Juan, ya de mayor, declara que el amigo del esposo “se alegra grandemente de oír la voz del esposo. Por eso mi alegría, que es ésa, ha llegado a su colmo.”[8]

La alegría de María: “mi alma magnifica al Señor y exulta de alegría en Dios mi salvador.”[9]

La alegría de Cristo, en la plenitud de los tiempos. La “gran alegría” que los ángeles anuncian y comunican a los pastores es el Evangelio, es decir, la buena nueva del nacimiento del Salvador.[10] Ésa es la causa por la que los Magos “se alegraron grandemente.”[11] Y Cristo, en su ministerio público, se alegra de la sabiduría de los más pequeños: “en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo.”[12] Y aún crece más la alegría con la resurrección de Cristo – Magdalena, Emaús, los apóstoles – con la alegría de su ascensión a los cielos, con la comunicación pentecostal del Espíritu Santo… Basta ya, ¿para qué seguir? Estamos ante una alegría sobre-humana, anticipación del gozo de la vida celeste.

Es evidente que, ya en su vida mortal, Jesús es el más feliz de todos los hombres, sencillamente porque el ser humano, que es amor – a imagen de Dios – , es feliz y se alegra en la medida en que ama y se sabe amado. Ahora bien, nadie es amado por Dios y por los hombres – no por todos – como Jesús, y Él lo sabe. Nadie ama a Dios como Jesús, y nadie como Él ama a los hombres, por los que da su vida. Por otra parte, nadie se goza en la bondad y la belleza de las criaturas como Él, el Verbo encarnado, pues “todo fue creado por Él y para Él, y todo subsiste en Él.”[13]

Adviértase, por otra parte, que estoy hablando del mismo Jesús del que Santa Teresa dice con toda verdad: “¿qué fue toda su vida sino una cruz, [teniendo] siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían?”[14] Es el “cada día muero.”[15] de San Pablo. Gran misterio: ningún amor, ninguna alegría, ningún dolor es mayor que el amor, la alegría y el sufrimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

La alegría de los cristianos es la misma de Cristo, pues hemos de “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.”[16] “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos.”[17] Es una alegría espiritual profunda y continua, que hemos de guardar con extremo cuidado, vayan como vayan las cosas en el mundo y en la Iglesia. Es una alegría que, antes incluso de la venida de Cristo Salvador, ya es pregustada en Israel, como se ve en los salmos: “Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.”[18] “Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno. Protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre.” [19]

La santa Madre Iglesia tiene motivos sobrados para educar a sus hijos en la perfecta y continua alegría. Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección, a su ascensión al cielo y a la comunicación del Espíritu Santo, gracias a la reconciliación con Dios y a la nueva filiación divina, gracias a la apertura de la puerta del cielo, se suscita en los discípulos de Cristo “esta efusión de gozo pascual, y el mundo entero se desborda de alegría.”[20]

Ahora, en la plenitud de los tiempos, todo es para nosotros motivo de alegría, causa nostræ letitiæ, porque sabemos que todo colabora para el bien de los que aman a Dios.[21] A través de todas las vicisitudes de nuestra vida, continuamente estamos recibiendo los cristianos las buenas noticias de la fe y de la esperanza, porque continuamente somos evangelizados. Y por eso, mediante la oración y la ascesis – como veremos en el próximo artículo – , procuramos con todo empeño mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague.

Post post. El día en que comenzó InfoCatólica del 6 de mayo de 2009, publiqué en ella el artículo “La alegría cristiana”, primero de tres. Y un mes después inicié mi blog Reforma o apostasía   dwl 6 de junio de 2009. Ya cuando comenzamos InfoCatólica “pintaban bastos” en la Santa Madre Iglesia, y dentro de ella no pocos ánimos estaban en la penumbra, en la preocupación y en la tristeza. Por eso, con toda intención, en el primer día de nuestro diario digital escribí sobre La alegría cristiana: hacía falta. Pues bien, en el momento presente, “tal como está el patio” en la Iglesia, me ha parecido conveniente reescribir lo que ya publiqué hace seis años.

Parte II – La alegría pascual cristiana, pedirla y procurarla

“O sea que los cristianos tenemos que estar siempre alegres… ¿Y nuestro Señor Jesucristo, que en Getsemaní dice ‘me muero de tristeza’, qué?”

“Buena pregunta. Siga leyendo.”

En el artículo anterior decía que los cristianos, por la oración y la ascesis, hemos mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague. El Magisterio apostólico de Pablo VI en la exhortación apostólica Gaudete in Domino del 9 de mayo de 1975, enseña maravillosamente esta doctrina. También en la liturgia de la Iglesia se expresa muchas veces con gran lucidez y profundidad el misterio de la alegría evangélica; por ejemplo, en la Misa del III domingo de Adviento, Dominica lætare. Vamos con ello.

Por la oración

La oración es diálogo filial amistoso con Dios, “en quien vivimos y nos movemos y existimos.”[22] ¿Cómo no va a ser siempre la oración causa de nuestra alegría? La oración es intimidad amistosa con Cristo Esposo. Es la respiración del alma. Y si nuestra oración ha de ser continua, como nos lo mandan Cristo[23] y sus apóstoles,[24] eso significa que siempre hemos de mantener la alegría y la paz por la oración continua. Ella es en cierto sentido el mayor de los dones que recibimos de Dios: podemos en un campo de concentración no tener Biblia, ni Eucaristía, ni sacramentos, ni comunidad cristiana, ni iglesia, ni nada; pero si tenemos acceso al Señor por la oración, nada nos falta.

Nos alegra el corazón estar con el Señor, aunque sea calladitos, porque no se nos ocurre nada: tantas veces en la oración no tenemos palabras, ni ideas, ni sentimientos. Pero “el justo vive de la fe,”[25] y de la caridad. Y la fe y la caridad nos aseguran que en la oración estamos con el Señor y que el Señor está con nosotros. “Sólo Dios basta.” Tenemos alegría en la medida en que tenemos oración.

“Él es nuestro auxilio y escudo; con Él se alegra nuestro corazón, en su santo Nombre confiamos.”[26] “Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados.”[27]

La oración es alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no hay nada que alegre tanto al hombre como cantar la gloria de Dios y bendecir su nombre ¡porque para eso ha sido creado principalmente!, para ser en medio de la creación muda el Sacerdote que alza a Dios en alabanza el canto agradecido y entusiasta de todas las criaturas. “Dichoso [feliz, bienaventurado] el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro.”[28] Y el hombre, en la plenitud de los tiempos, en Cristo, por obra del Espíritu Santo, recibe un nuevo conocimiento (la fe) y un nuevo amor a Dios (la caridad), y así se hace capaz de alabarlo con “un cántico nuevo”, alegrando así su corazón con una alegría nueva, nunca antes conocida.

La oración es petición y súplica a Dios. “El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene. Pero el mismo Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables.” [29] ¿Y qué es lo que ora en nosotros? “El Espíritu de adopción clama en nosotros ¡Abbá, Padre!”[30] Es decir, ora en nosotros el Padrenuestro, las siete grandiosas peticiones que dilatan nuestro corazón en la presencia del Santo y lo mantienen en una gran confianza y alegría. Pedimos con toda el alma que se cumpla en nosotros plenamente la voluntad de Dios. Pedimos con toda fe: “cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre;”[31] pero conformándonos anticipadamente con lo que Dios nos dé: “no se haga mi voluntad sino la tuya.”[32] Pedimos también, directamente, con audacia, el don de la alegría espiritual: “Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti; porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan.”[33] “Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre. Porque Tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo rodea tu favor.”[34]

Por la ascesis

Alégrense, pues, nuestros corazones en la oración, pero también por el esfuerzo ascético: ora et labora. De dos modos, pues, fundamentales hemos de procurar en nuestra vida cristiana la continua y perfecta alegría:

Negativamente. No con-sintamos en sentimientos malos de tristeza. No se autorice, hermano, a estar triste, a cavilar dentro del pozo de su tristeza, alimentándola con negros pensamientos. No le dé la razón al hombre viejo cuando le venga con sus alegaciones: “¿cómo no voy a estar disgustado, si me ha ocurrido esto y lo otro?”… No. De ningún modo. Más bien, pregúntese: “ante esto que ha sucedido, ¿qué hago? ¿Me hundo en la pena o lo acepto como venido de Dios providente? ¿Me disgusto o me quedo tan tranquilo?” La respuesta es obvia. Las cosas tienen la importancia que les damos. Si, por ejemplo, a una ofensa concreta le damos una importancia de 100, nos dolerá como 100; pero si le damos una importancia de 0,001, nos afectará 0,001: prácticamente nada, menos que la picadura de un mosquito, desde luego.

Los cristianos, siendo como somos templos de la Santísima Trinidad, y estando en vísperas de entrar para siempre en el cielo, tenemos en el alma una causa de alegría tan grande y continua, que no debemos autorizarnos a la tristeza por las pequeñas nonadas de la vida presente. Bien claramente nos dice Jesús: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.”[35] Y los Apóstoles nos mandan: “alegraos en la medida en que participáis de los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo;”[36] porque “así como abundan en nosotros los padecimientos por Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación.”[37] Por eso “reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones.”[38] Y “tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.”[39]

“¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?”[40] Mantengámonos firmes en la alegría. No seamos como niños, que “fluctúan y se dejan llevar por cualquier viento.”[41] Un niño llora con indecible amargura cuando la mamá no quiere comprarle un helado, cuando van a ponerle una inyección, cuando otro niño le ha hecho un gesto de burla, cuando… Pero nosotros, en estas cosas, no debemos ser “carnales, como niños en Cristo.”[42] Nuestra casa espiritual no está edificada sobre arena, sino sobre roca, sobre la roca de la misericordia de Dios, que permanece para siempre.

Guardemos nuestro propio corazón, sujetándolo en la alegría por la visión de la fe;[43] por la fuerza de la esperanza “vivamos alegres en la esperanza,” [44] y por el ardor de la caridad.[45] Creados a imagen de Dios, que es amor, somos amor, y nada alegra tanto el corazón del hombre como salir del propio egoísmo, volando al cielo azul y alegre con las dos alas de la caridad, el amor a Dios y el amor al prójimo. Podrá haber en nosotros sufrimientos y lágrimas, pero no tristezas malas.

Positivamente. Es preciso motivarse continuamente para vivir la verdadera alegría, activando con el auxilio de la gracia la fe, la esperanza, la caridad y todas las virtudes. No basta con no con-sentir en sentimientos de vana tristeza; es necesario estimular continuamente nuestra alegría. Pero éste será el tema del próximo artículo. Termino éste con un par de consideraciones importantes.

La alegría cristiana es siempre pascual. La vida cristiana es siempre una participación en el sufrimiento de la pasión de Cristo y en la alegría de su resurrección. Y es norma absoluta que cuanto más se une un cristiano a la cruz de Jesús, más se goza en la alegría de su resurrección. A más cruz, más alegría. Los santos más penitentes, un San Francisco de Asís, son los más alegres.

Antes de la Hora de las Tinieblas, en la Cena, dice Jesús a los suyos: “Vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo. La mujer, en el parto, siente tristeza, porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tristeza, por el gozo que tiene de haber traído al mundo un hombre. Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza, pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría.”[46] La alegría cristiana tiene siempre esta condición pascual, crucificada-resucitada, como hace un momento lo veíamos en la enseñanza de Jesús[47] y de los Apóstoles.[48]

La alegría cristiana tiene en la cruz su clave decisiva. “Cada día muero.”[49] “En cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado por mí y yo para el mundo” (Gálatas 6:14). Ahí se sitúa el “o padecer o morir” de Santa Teresa de Jesús y de tantos otros santos, como San Pablo de la Cruz. También va por ahí aquella exclamación de San Luis María Grignion de Montfort, dicha en un extraño día en el que todo le era favorable: “ninguna cruz, ¡qué cruz!.” O aquellas locuras que poco antes de morir escribía en una carta Santa Teresa del Niño Jesús: “Desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país [el cielo] en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza.”[50] Y el mismo día en que murió: “Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es una gran verdad… Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor.”[51] Pero vengamos a considerar una duda.

La “tristeza según Dios” es buena, la “tristeza según el mundo” es mala.[52] Esa distinción nos ayuda a resolver la aparente contradicción entre el mandato de “alegrarnos siempre en el Señor”[53] y la tristeza sufrida a veces por Cristo, que llora la muerte de Lázaro,[54] por ejemplo, o que dice en Getsemaní “me muero de tristeza.”[55] Y lo mismo la tristeza padecida a veces por los santos.

Hago notar, antes de seguir, que las palabras pueden tener en las realidades materiales un sentido unívoco, inequívoco – al pan, pan, y al vino, vino – , que difícilmente pueden lograr los términos que han de significar realidades espirituales. Una mujer, por ejemplo, que no lograba tener hijos y que por fin espera uno, “cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.”[56] ¿Esta mujer en el parto está triste o alegre? Tiene dolores, pero está alegre. El atleta maratoniano que entra victorioso en el estadio sufre, medio asfixiado, pero está alegre y no se cambiaría por nadie. Tristeza y alegría son en principio palabras contradictorias; pero no sufrimiento y alegría. Es posible sufrir con alegría.

La tristeza según Dios procede siempre de la caridad y por eso es santa y santificante. Es el dolor por el pecado propio contra Dios [57] y el dolor por el pecado ajeno.[58] Tanto un cristiano ama a Dios cuanto sufre por el pecado del mundo.

La tristeza santa se da al com-padecer a los hermanos que sufren, como el llanto de Jesús ante el duelo de Marta y María, una tristeza que en nada se opone a la voluntad de Dios providente, que ha permitido la muerte de Lázaro.[59] La tristeza santa se da ante todo por la posible perdición de los pecadores: ése es el sufrimiento de Cristo en Getsemaní, es el dolor espiritual lo que le hace sentir pavor, tristeza y angustia hasta “sudar sangre.” [60]

Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665), como otros santos, al contemplar la pasión de Cristo en el Huerto de los Olivos, recibió de Dios luz para entender que su “pavor y angustia”[61] no era ante todo horror ante la muerte de cruz que se le viene encima, pues conoce perfectamente que “entregando su vida” va a lograr en la cruz la salvación de la humanidad: es decir, que la cruz es un dolor de parto que da a luz a la Iglesia, es “sangre y agua” que brotan de su costado: la Eucaristía y el Bautismo. En realidad su tristeza de Getsemaní, hasta sentirse morir, según explica la venerable M. María de Jesús, es porque conoce “que su pasión y muerte para los réprobos no sólo sería sin fruto, sino que sería ocasión de escándalo y redundaría en mayor pena y castigo para ellos, por haberla despreciado y malogrado… Creció esta agonía en nuestro Salvador con la fuerza de la caridad y con la resistencia que conocía de parte de los hombres para lograr en todos [salvarlos por] su pasión y muerte, y entonces llegó a sudar sangre.”[62]

Tristezas indecibles sufren los santos por la inmensidad del pecado del mundo, al ver a Dios tan ofendido y despreciado. Pero también sufren gran tristeza en las noches activas del alma, y aún más en las pasivas, por ser en ellos el amor a Dios muy grande, y no alcanzar aún la plena unión con Él.

“Siéntese el alma tan impura y miserable, que le parece estar Dios contra ella, y que ella está contraria a Dios.”[63] “Y si Dios no ordenase que estos sentimientos, cuando se avivan en el alma, se adormeciesen pronto, moriría muy en breves días… Le parece al alma que ve abierto el infierno y la perdición.” [64] Son dolores de parto, son muerte total del hombre carnal y nacimiento pleno del hombre nuevo: “Salí del trato y operación humana mía a operación y trato de Dios.”[65] “Y así esta alma será ya alma del cielo celestial y más divina que humana.”[66] Es indudable que, ya aquí en la tierra, fuera del caso poco frecuente de vocaciones extremadamente victimales, la alegría de los santos en Dios prevalece muy claramente sobre la tristeza.

La tristeza según el mundo, por el contrario, es dolor culpable del hombre viejo, porque su propia voluntad choca con la voluntad providente de Dios. No tiene nada que ver con la tristeza santa, según Dios, aunque la misma palabra “tristeza” se haya de emplear para designar realidades tan contrarias. Se da esta mala tristeza – porque la persona ama más su propia voluntad que la divina; – porque no confía en Dios, y sufre grandes temores; – porque ha de sufrir y aguantar los caprichos de su corazón egoísta y de sus pasiones desordenadas; – porque su egoísmo le deja solo, cuando más necesitaría ayuda y consuelo; – porque su soberbia le impide pedir ayuda; – porque la vanidad le hace sufrir gran disgusto si en algo falla él públicamente, o cuando sufre alguna ofensa o desprecio; – porque está triste cuando su avidez de riquezas y de prestigio se ve muchas veces frustrada; – porque en la enfermedad se ha disminuido su salud y se rebela contra su situación; – porque no llega a cumplir sus ilusorios proyectos, sea por incapacidad propia o por falta de colaboraciones… Por lo demás, siempre horror a la Cruz la tristeza según el mundo. Es propia de quienes “son enemigos de la Cruz de Cristo. El término de éstos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas.”[67] En conclusión:

La tristeza según Dios nace de la caridad y es santa, mientras que la tristeza según el mundo es pecado, y del pecado nace. Cuando la sagrada Escritura y los maestros espirituales cristianos nos exhortan a “alegrarnos siempre en el Señor”, están llamándonos implícitamente a no con-sentir en los sentimientos de tristeza que sean pecaminosos, o que al menos sean vanos.

Parte III – La alegría cristiana, y sus cien motivos

“Quedamos en que el paganismo es triste y el cristianismo alegre.”

“Y en que la alegría cristiana debe ser pedida, procurada y guardada con todo cuidado. Veamos ahora finalmente los motivos de la alegría cristiana.”

Es de experiencia, es dato indiscutible – aunque haya quien lo niegue – , que allí donde se vive más en Cristo hay más alegría. En mi propia experiencia, recuerdo tantas confirmaciones de la alegría cristiana en familias, en enfermos, en seminarios y noviciados, en ancianos, en riqueza y en pobreza, en sabios e ignorantes, en colegios y escuelas, en paz o en guerra. Es una alegría sencilla la de quienes viven en Cristo, no estimulada por placeres o prestigios, sino nacida de dentro, nacida de Dios. Es a un tiempo humana y sobre-humana.

Y es que los motivos de la alegría cristiana son innumerables.

Sabernos amados por Dios es la causa principal de la alegría evangélica. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito.”[68] Dios nos lo entrega a los hombres en la Encarnación, en la Cruz, en la Eucaristía. “Él nos amó y nos envió a su Hijo, víctima expiatoria por nuestros pecados.”[69] “Dios probó (“sinistesin”, demostró, acreditó, garantizó) su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros.”[70] En gloriosa consecuencia, los cristianos, en la medida en que somos cristianos, somos felices, estamos alegres, vayan las cosas como vayan a nuestro alrededor o en nosotros mismos, porque sabemos que ninguna criatura de arriba o de abajo “podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” [71]

Dios, por puro amor, habita en nosotros como en un templo. Y esto alegra necesariamente nuestros corazones. “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada.”[72] La Iglesia es el templo de Dios entre los hombres; pero cada uno de los fieles, personalmente, es “templo del Espíritu Santo.”[73] Hemos pasado, pues, de la soledad – una de las mayores penalidades del hombre – , a la compañía continua de las Personas divinas. Ya nunca, por tanto, estamos solos, pues somos siempre cuatro: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y yo. ¿Es o no es como para estar “alegres, siempre alegres en el Señor”?[74]

Hemos pasado de las tinieblas a la luz, de la mentira a la verdad, gracias a Cristo. Ya no estamos a oscuras, en las tinieblas, perdidos, dándonos golpes con las cosas, tristes, sin saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos, sin entender nada de lo que pasa en el mundo o en nosotros mismos. Cristo nos libró de estar cautivos del “Padre de la Mentira”, el diablo,[75] el príncipe de las tinieblas. Y ahora estamos alegres porque somos “hijos de la luz.”[76] “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida.”[77] Oscuridad-tristeza, luz-alegría.

Hemos pasado del egoísmo a la caridad, pues gracias a Cristo “el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo, que nos ha sido dado.”[78] Ahora podemos amar a Dios y al prójimo – al hermano, al cónyuge, a los pobres y enfermos, a los pecadores, a vecinos y colaboradores, a los amigos y a los enemigos – con la misma fuerza sobre-humana del amor divino. Y sabemos que así como lo que más entristece al hombre es no amar, amar poco, amar mal, lo que más lo alegra es amar mucho, amar bien y amar a todos.

Por la caridad, ya no estamos sordos y mudos ante Dios y ante los hermanos. Nos alegra la oración, el diálogo con Dios: “dichoso el pueblo que sabe aclamarte, Señor, caminará a la luz de tu rostro. Tu Nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.”[79] Y nos alegra también el diálogo con los hermanos, pues la caridad nos libra de ser para ellos, por la falta de amor, como sordos y mudos.

Hemos pasado del pecado a la gracia. Cristo nos ha librado de vivir aplastados bajo el peso de nuestras culpas. El pecado entristece, debilita, destruye al pecador. “No tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados. Mis culpas sobrepasan mi cabeza, son un peso superior a mis fuerzas. Mis llagas están podridas y supuran por causa de mi insensatez. Voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío, no hay parte ilesa en mi carne. Estoy agotado, desecho del todo.”[80] Así es: “la maldad da muerte al malvado.”[81] Tenía razón León Bloy: “la única tristeza es la de no ser santos.” Y toda la alegría está en la gracia, en la unión con Dios y en la santidad. “Tu gracia vale más que la vida.”[82]

Hemos pasado del miedo continuo a la confianza filial en nuestro Padre celestial. ¡Cuántas tristezas vienen en los hombres mundanos de la ansiedad, del miedo a qué pasará en esto y en lo otro! Cristo, por el contrario, nos alegra llevándonos al abandono confiado en la Providencia divina, que es siempre paternal, amorosa, solícita. “Todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios.”[83] Por eso, “aunque pase por valle de tinieblas no temeré mal alguno, porque Tú vas conmigo.”[84] El justo “no temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor, su corazón está seguro, sin temor.”[85] En realidad no hay para los cristianos malas noticias, pase lo que pase, pues todas son buenas noticias, todas son Evangelio bajo la acción de la Providencia divina. Continuamente son evangelizados por las vicisitudes penosas o gozosas de la vida.

Hemos pasado en Cristo de la muerte a la vida, es decir, de la enfermedad, de la vitalidad espiritual escasa y triste, a la vida sana e inmortal. “Yo he venido para que tengan vida, y vida abundante.”[86] “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo.”[87] “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… Ríos de agua viva correrán de su seno.”[88]

Ya no vivimos odiando el dolor, sino amando la Cruz. Los hijos de las tinieblas, que con sus pecados atrajeron sobre sí las siete copas de la ira, gimen abrumados bajo el sufrimiento. “Pero no se arrepintieron… y blasfemaron contra Dios”[89] acrecentando así sus dolores. Es cierto que también el cristiano, atravesando este “valle de lágrimas”, ha de sufrir a veces noches oscuras, deficiencias psíquicas muy penosas, grandes dolores por los pecados propios y por los pecados del mundo. Pero sufre siempre con paz y esperanza, en pie, junto a la Cruz salvadora – como la Virgen: stabat Mater – . Dice como San Pablo, “ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia.”[90] Sabe que sus propios dolores, porque son realmente sufrimientos de Cristo, participan así de su inmenso valor expiatorio y santificante: “ave Crux, spes unica.” “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras penalidades.”[91]

Por Cristo ya no sufrimos contrariedades, pues sólo queremos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Nosotros, como Cristo, no hemos venido a este mundo a hacer nuestra voluntad, sino a cumplir la voluntad de Dios.[92] Hacer día a día la Voluntad divina, ése es “nuestro alimento.”[93] En consecuencia, nunca sufrimos “contrariedades.” Éstas las sufren quienes viven queriendo siempre que se cumpla su propia voluntad, y tantas veces se ven frustrados. Pero nosotros tenemos ya concentrado todo nuestro empeño en cumplir la voluntad de Dios providente: “hágase tu voluntad.” Incondicionalmente: “aquí está la esclava del Señor; hágase en mí” según Su voluntad. Y de este modo, sin apegos desordenados de la voluntad, guardados en la humildad y en la confianza filial, ya no sufrimos las muchas penalidades que proceden de las voluntades propias, de la soberbia, de la vanidad o de la ambición desordenada. En la humildad de Cristo vivimos con paz y gozo en la esperanza.

Los cristianos estamos alegres porque aspiramos a las cosas de arriba, no a las de abajo.[94] Por eso sabemos bien que “por la momentánea y ligera tribulación se nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no tenemos puestos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, pues las visibles son temporales, y las invisibles, eternas” (2Corintios 4:18). Los otros, en cambio, los que viven “sin esperanza y sin Dios en este mundo,”[95] los que tienen “a su vientre por dios, y no piensan más que en las cosas de la tierra” (Filipenses 3:19), siempre están sufriendo por cosas vanas, y son como niños que lloran sin consuelo por un juguete roto, por una inyección, por tener que irse a la cama. Los hombres nuevos en Cristo viven, por el contrario, en este mundo “como forasteros y emigrantes” (1Pedro 2:11). Tenemos conciencia de que “somos ciudadanos del cielo” (Filipenses 3:20) y “buscamos las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.”[96]

Objeción. “Dice usted, gratuitamente, que los cristianos estamos alegres, etc. etc., y todo eso suena muy bien. Pero no querrá negarnos que tantísimas veces esto no es así.” Respondeo dicendum: Los cristianos no están alegres cuando no viven cristianamente. Es decir: están alegres en la medida en que viven el Evangelio de Cristo. Quod erat demonstrandum.

Vengan y comparen, hagan el favor. A ver dónde encuentran ustedes más alegría, en un matrimonio cristiano que anda por los caminos del Evangelio, o en aquel otro que vive según el mundo. Díganme dónde hallan la verdadera alegría, en un sacerdote o religioso que vive sólo para la gloria de Dios y la santificación de los hermanos, o en otro que vive “abandonado a los deseos de su corazón.”[97] Miren a los jóvenes, y reconozcan la diferencia entre aquellos que, por la gracia de Cristo, tienen un alma sana, o en tantos otros que “están muertos por sus delitos y pecados.”[98] Ni siquiera hay comparación posible. Y no merece la pena discutir lo indiscutible.

Perdónenme que insista. Díganme quién es más feliz: el que perdona las ofensas o el que las guarda y colecciona con amargura en el rencor; el que es humilde o el que sufre por la soberbia y la vanidad; el que sabe dar al necesitado o el que está en la cárcel de su egoísmo; el que es casto y tiene dominio sobre su cuerpo o el que vive esclavo de sus pasiones; el que vive con Dios, en oración continua, o el que vive la soledad indecible del que no tiene fe en Dios; el que orienta su vida para el bien de los demás, o el que busca únicamente su propio gusto y provecho; el que tiene hijos o el que sólo tiene perros… Que no, que no hay ni comparación, digan lo que digan ateos y pecadores.

Sigamos a Cristo por “el camino estrecho que lleva a la vida”[99] y conoceremos “la perfecta alegría”, la de Jesús, la de San Pablo, la de San Francisco de Asís y la de todos los santos. Recordemos siempre que nuestro Salvador “decía a todos: el que quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiere salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará.”[100] Y “todo el que haya dejado casa o mujer o hermanos o padres o hijos por causa del reino de Dios,”[101] “recibirá el céntuplo ahora, en este mundo, en casas, hermanos y hermanas, y madres, hijos y campos, juntamente con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna.”[102]

Pero, como dice Santa Teresa, “no acabamos de creer que aun en esta vida da Dios ciento por uno.”[103] O San Anselmo (m. a.D. 1109): “Yo te pido, Señor, que reciba todo lo que prometes por tu fidelidad, para que mi gozo sea perfecto. Que éste sea el hambre de mi alma y la sed de mi cuerpo: que todo mi ser lo desee, hasta que entre en el gozo del Señor, que es Dios trino y uno, bendito en todos los siglos. Amén.”[104]

Post post. Hay, por supuesto, muchísimos otros motivos permanentes para la alegría en la vida cristiana. Tener a la Virgen María como madre, la compañía de los ángeles, la comunión de los santos, que nos mantiene unidos a los bienaventurados del cielo, el seguro perdón de los pecados, la Eucaristía que guarda la presencia de Cristo en esta vida y nos anticipa la vida celestial, todo el mundo, en fin, de la gracia y de los sacramentos, etc.


[1] Romanos 8,18.

[2] Efesios 2:12.

[3] Isaías 9:2-3.

[4] Isaías 9:49-52.

[5] Salmo 99:1-2.

[6] Salmo 99:69,5.

[7] Lucas 1:41-44.

[8] Juan 3:29.

[9] Lucas 1:46-47.

[10] Lucas 2:10.

[11] Mateo 2:16.

[12] Lucas 10:31.

[13] Colosenses 1:16-17.

[14] Camino Perfecto, 72,3.

[15] 1Corintios 15:31.

[16] Filipenses 2:5.

[17] Filipenses 4:4.

[18] Filipenses 15:8-11.

[19] Filipenses 5:12.

[20] Pref. pascual II.

[21] Romanos 8,28.

[22] Hechos 17:28.

[23] Lucas 18:1; 21:36; 24:53.

[24] Filipenses 4:4; 1Tesalonicenses 5:16-17; 1Pedro 4:13.

[25] Romanos 1,17.

[26] Salmo 32:20-21.

[27] Salmo 50:9-10.

[28] Salmo 88:,16.

[29] Romanos 8:26.

[30] Romanos 8:15.

[31] Juan 16:23.

[32] Marcos 14:36.

[33] Salmo 85:4-5.

[34] Salmo 5:12-13.

[35] Mateo 5:5.

[36] 1Pedro 4:13.

[37] 2Corintios 1:5.

[38] 2Corintios 7:4.

[39] Romanos 8:18.

[40] Mateo 11:7.

[41] Efesios 4:12.

[42] 1Corintios 3:1.

[43] Espantando los cuervos de nuestros negros pensamientos, convenciéndonos de que todo es para nuestro bien; Romanos 8:28.

[44] Romanos 12:12.

[45] “ansío tu salvación, Señor; tu voluntad es mi delicia”, Salmos 118:174.

[46] Juan 16:20-22.

[47] Mateo 5,5.

[48] 2Corintios 1:5; 7:4.

[49] 1Corintios 15:31.

[50] 14 de julio de 1897.

[51] 30 de abril de 1897.

[52] 2Corintios 7:10.

[53] Filipenses 4:4.

[54] Juan 11:35

[55] Mateo 26:38.

[56] Juan 16:21.

[57] “No me arrojes lejos de tu rostro, devuélveme la alegría de tu salvación”, Salmos 50:13-14.

[58] “Arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad”, Salmos 118:136; “cada día muero”, 1Corintios 15:31; “el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo,” Gálatas 6:14.

[59] “Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” Juan 11:4.

[60] Lucas 22:42.

[61] Marcos 14:33.

[62] “Mística Ciudad de Dios” II, 12, 1213-1214; este largo capítulo 12, 1204-1220, es uno de los más lúcidos e impresionantes de toda la obra.

[63] San Juan de la Cruz, 2Noche 5,5.

[64] San Juan de la Cruz, 2Noche 6,6.

[65] San Juan de la Cruz, 2Noche 4,2.

[66] San Juan de la Cruz, 2Noche 13,11.

[67] Filipenses 3,18-19.

[68] Juan 3:,16.

[69] 1Juan 4:10.

[70] Romanos 5:8.

[71] Romanos 8:39.

[72] Juan 14,23.

[73] 1Corintios 6:15-9; 12:27.

[74] Filipenses 4:4.

[75] Juan 8:44.

[76] Juan 12:,36.

[77] Juan 8:12.

[78] Romanos 5:5.

[79] Salmo 88:16-17.

[80] Salmo 37.

[81] Salmo 33:22.

[82] Salmo 62:4.

[83] Romanos 8:28.

[84] Salmo 22:4.

[85] Salmo 112:7-8.

[86] Juan 10:10.

[87] Juan 6:51.

[88] Juan 7:37-38.

[89] Apocalipsis 16:9-21.

[90] Colosenses 1:24.

[91] 2Corintios 1:3-4.

[92] Juan 6:38.

[93] Juan 4:34.

[94] Colosenses 3:1-2.

[95] Efesios 2:12.

[96] Colosenses 3:1.

[97] Salmo 80:13; Romanos 1:24.

[98] Efesios 2:1.

[99] Mateo 7:14.

[100] Lucas 9:23-24.

[101] Lucas 18:29.

[102] Marcos 10:30.

[103] Vida 22,15.

[104] Proslogion 26.