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Colaboración Anónima

Anotación a la Introducción de la Primera Parte

La escucha: el contexto y los desafíos de la familia

En la Introducción a la Primera Parte del Cuestionario, se dice así:

“Las preguntas que se proponen a continuación, con expresa referencia a los aspectos de la primera parte de la Relatio Synodi, desean facilitar el debido realismo en la reflexión de cada episcopado, evitando que sus respuestas puedan ser dadas según esquemas y perspectivas propias de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina, que no respetaría las conclusiones de la Asamblea sinodal extraordinaria, y que alejaría su reflexión del camino ya trazado.”

Es importante hacer una anotación a este párrafo. La frase “evitando que sus respuestas puedan ser ofrecidas según esquemas y perspectivas propias de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina” parece favorecer una disociación entre doctrina y pastoral. Esa disociación no es posible, puesto que la acción pastoral de la Iglesia siempre ha de realizarse en fidelidad a la doctrina que ella profesa. Si no fuese así, la doctrina sería algo irreal, una idea abstracta, sin repercusiones concretas en la vida de los fieles. Y si la pastoral no es aplicación de la doctrina, entonces correríamos el peligro de caer en un relativismo en el que todo puede acabar siendo válido. Es preciso recordar que en el número 56 de Veritatis Splendor se rechaza explícitamente una comprensión de la acción pastoral de la Iglesia que se aparte de sus enseñanzas doctrinales. Con respecto a esto, señalaba el Cardenal Ratzinger:

“Debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis Splendor.[1] Juan Pablo II rechazó claramente las soluciones denominadas “pastorales” que contradigan las declaraciones del Magisterio […] Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. “Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.”[2]

Anotación a la Introducción de la Tercera Parte

La confrontación: perspectivas pastorales

En la Introducción a la Tercera Parte del Cuestionario, se dice así:

“Al profundizar la tercera parte de la Relatio Synodi, es importante dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear, hundiendo sus raíces en el Vaticano II y en el magisterio del Papa Francisco. A las Conferencias Episcopales compete seguir profundizándolo –llamando a participar de la manera más oportuna a todos los componentes eclesiales– y concretizándolo en su contexto específico. Es necesario hacer todo lo posible para que no se vuelva a empezar de cero, sino que se asuma el camino recorrido en el Sínodo extraordinario como punto de partida.”

Se habla de un “viraje pastoral” que ha de hundir sus raíces en el Vaticano II y en el Magisterio del Papa Francisco. Estamos de acuerdo en que el Magisterio del Concilio Vaticano II y el del Papa Francisco son un don inmenso para la Iglesia. Sin embargo, es preciso evitar una contraposición entre el Magisterio del Concilio Vaticano II y el Magisterio precedente de la Iglesia. Una correcta hermenéutica del Magisterio de la Iglesia no puede, en modo alguno, realizarse en clave de “ruptura” o “discontinuidad”. Al contrario, como explicó con gran clarividencia Benedicto XVI, la única hermenéutica adecuada, la única que puede ser aceptada por la Iglesia, es la “hermenéutica de la reforma” o de la continuidad:

“Todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe una interpretación que podría llamar ‘hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura’; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la ‘hermenéutica de la reforma,’ de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del Pueblo de Dios en camino.”[3]

De igual forma que supone una falsa hermenéutica del Concilio Vaticano II aquella que establece una ruptura entre éste y el Magisterio precedente, también sería errado considerar que el Sínodo, arraigándose en el Vaticano II y en el Magisterio del Papa Francisco, puede prescindir del Magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. En concreto, no se puede prescindir –como si el Magisterio no hubiese dicho nada hasta ahora– de las abundantes directrices doctrinales-pastorales que sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar se han dado en los dos pontificados anteriores tal como explicaremos al analizar la pregunta número 38 del cuestionario.

Es particularmente importante señalar que no se puede prescindir de la enseñanza de la Encíclica Veritatis Splendor, que, sin embargo, está ausente de los documentos publicados por el Sínodo de los Obispos sobre la Familia, siendo así que sus enseñanzas son absolutamente fundamentales para afrontar correctamente los temas más conflictivos que han sido analizados. Se trata de una Carta Encíclica de carácter doctrinal, que afronta con profundidad y amplitud las corrientes y opiniones de la teología moral que son incompatibles con la fe y la moral de la Iglesia Católica. Cabe señalar, para comprender el peso de este documento, que el Cardenal Ratzinger afirmaba que esta encíclica era la más importante del Pontificado de San Juan Pablo II. Sobre este particular, es preciso señalar estos puntos:

1 – Los argumentos que se han utilizado para justificar el que los divorciados vueltos a casar puedan ser admitidos a la Comunión eucarística afirman que estos fieles, en ciertos casos, no se encuentran objetivamente en estado de pecado grave. Estos argumentos son los que defiende la corriente que se ha venido a denominar como “moral de situación”, que niega la existencia de actos que son siempre intrínsecamente malos, sean cuales sean la intención y las circunstancias de quien los comete.[4] Esta corriente de la teología moral ha sido utilizada para justificar el acceso a la Comunión de los divorciados vueltos a casar, como se puede apreciar realizando un estudio atento de la intervención del Cardenal Walter Kasper en el Consistorio extraordinario de los Cardenales, como preparación para el Sínodo sobre la Familia, en febrero de 2014.[5] Sin embargo, este planteamiento de la teología moral fue firmemente rechazado por Veritatis Splendor.[6]

2 – La gran importancia dada a la Encíclica por Juan Pablo II:

“He tomado la decisión de escribir […] una encíclica destinada a tratar, más amplia y profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la teología moral, fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas tendencias actuales. Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que compartís conmigo la responsabilidad de custodiar la “sana doctrina”[7] con la intención de precisar algunos aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia.”[8]

3 – Además, el Santo Padre señala expresamente que las enseñanzas fundamentales de la encíclica son dadas “con la autoridad del Sucesor de Pedro”:

“Cada uno de nosotros (obispos de la Iglesia) conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de las enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del Sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo para cada persona sino también para toda la sociedad, con la reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales.”[9]

4 – El punto central de la Encíclica, que es el mismo que está en juego en el tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar, es la relación entre verdad-libertad-conciencia-ley. Entresacamos algunos párrafos del número 84, uno de los más importantes del documento, que –como se puede apreciar con facilidad– es directamente aplicable al modo de analizar la situación de los divorciados vueltos a casar: “La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad […] La pregunta de Pilato:

“¿Qué es la verdad?”, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va […] De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral […] Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre.”

5 – Analicemos cómo la argumentación que hizo el Cardenal Kasper[10] para justificar el acceso a la Comunión por parte de los divorciados vueltos a casar, se opone directamente a las enseñanzas de Veritatis Splendor:

El Cardenal Kasper dice:

“La unicidad de cada persona es un aspecto fundamental constitutivo de la antropología cristiana. Ningún ser humano es sencillamente un caso de una esencia humana universal ni puede ser juzgado sólo según una regla general.”

En cambio, Veritatis Splendor dice:

“La separación hecha por algunos entre la libertad de los individuos y la naturaleza común a todos, como emerge de algunas teorías filosóficas de gran resonancia en la cultura contemporánea, ofusca la percepción de la universalidad de la ley moral por parte de la razón […] Esta universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien.”

El Cardenal Kasper dice:

“No existen los divorciados vueltos a casar; existen más bien situaciones muy diferenciadas de divorciados vueltos a casar, que se deben distinguir con sumo cuidado. No existe tampoco “la” situación objetiva, que se opone a la admisión a la Comunión, sino que existen muchas situaciones muy diferentes.”[11]

En cambio, Veritatis Splendor dice:

“Se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido moral específico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente “objetivas”, es decir, adecuadas a la situación histórica concreta.”[12]

El Cardenal Kasper dice:

“En resumen: no hay una solución general para todos los casos. No se trata “de la” admisión “de los” divorciados vueltos a casar. Es preciso más bien considerar seriamente la unicidad de cada persona y de cada situación y con atención distinguir y decidir, caso por caso.”

En cambio, Veritatis Splendor dice:

“Según la opinión de algunos teólogos, la función de la conciencia se habría reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicación de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona. Pero semejantes normas –afirman– no son capaces de acoger y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos concretos de las personas […] Para justificar semejantes posturas, han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo.”[13]

El Cardenal Kasper dice:

“Un segundo paso, en el seno de la Iglesia, consiste en una renovada espiritualidad pastoral, que se despide de una avara consideración legalista y de un rigorismo no cristiano que carga a las personas con pesos insoportables, que nosotros clérigos no queremos llevar y que ni siquiera sabríamos llevar.”[14]

En cambio, Veritatis Splendor dice:

“De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio. […] La doctrina de la Iglesia […] es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable. […] Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta –se dice– no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona.”[15]

Respuesta a la Pregunta 38

 “38. La pastoral sacramental dirigida a los divorciados vueltos a casar necesita una mayor profundización, que valore también la praxis ortodoxa y tenga presente “la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes.”[16] ¿Cuáles son las perspectivas en las que moverse? ¿Qué pasos se pueden dar? ¿Qué sugerencias para eludir formas de impedimentos no debidas o no necesarias?”

La profundización que se pide a la cuestión tiene que moverse, necesariamente, en dos perspectivas, que están unidas de manera inseparable: por una parte, la caridad pastoral hacia las personas heridas, que de manera tan hermosa y fructuosa está recalcando el Santo Padre Francisco: la Iglesia no debe presentarse ante el mundo como un “juez implacable”, sino como una “madre de corazón abierto;”[17] por otra parte, esa profunda caridad pastoral está unida –y nunca contrapuesta– a la plena fidelidad a la Verdad revelada, contenida en la Sagrada Escritura y la Tradición, e interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia. Por ello, a la Iglesia Católica no le es posible, bajo ningún concepto, imitar la praxis de la Iglesia Ortodoxa, como explicó el Cardenal Ratzinger en el estudio publicado sobre este tema por la Congregación para la Doctrina de la Fe:[18]

“En la Iglesia imperial posterior a Constantino se buscó, a resueltas del progresivo entrelazamiento del Estado y la Iglesia, una mayor flexibilidad y disponibilidad al compromiso en situaciones matrimoniales difíciles. […] En las Iglesias orientales separadas de Roma, este proceso continuó posteriormente en el segundo milenio, y condujo a una praxis cada vez más liberal. […] La Iglesia católica, por motivos doctrinales, no puede asumir esa praxis.”

Los motivos doctrinales que imposibilitan que la Iglesia Católica siga la praxis de los ortodoxos podemos sintetizarlos así:

1 – La Sagrada Escritura enseña, de manera inequívoca, que los fieles divorciados vueltos a casar no pueden ser admitidos a la Comunión eucarística.

En primer lugar porque el matrimonio entre bautizados es indisoluble: Hemos de remitirnos a la enseñanza del mismo Jesucristo: “Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.”[19]

Además de esto, la Palabra de Dios nos muestra que quien está en situación de pecado mortal no ha de comulgar:

“De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación.”[20]

Por tanto, el que está en situación objetiva de adulterio, que es un pecado mortal, no puede ser admitido por la Iglesia a la Comunión eucarística, a no ser que negásemos la enseñanza de la Palabra de Dios.

2Debemos permanecer fieles a la enseñanza de la Tradición, contenida fundamentalmente en los escritos de los Padres de la Iglesia, cuyo testimonio a favor de mantener la doctrina y disciplina actual es muy claro. Su postura común es indudablemente contraria a la admisión a la Comunión de los divorciados vueltos a casar. El Cardenal Ratzinger resumía así la enseñanza de los Padres:

“(a) Existe un claro consenso de los Padres acerca de la indisolubilidad del matrimonio. Puesto que deriva de la voluntad del Señor, la Iglesia no tiene poder alguno a ese respecto. […] Por fiel obediencia al Nuevo Testamento, la Iglesia del tiempo de los Padres excluye claramente divorciarse y contraer nuevas nupcias.

(b) En la Iglesia del tiempo de los Padres, los fieles divorciados vueltos a casar nunca fueron admitidos oficialmente a la Sagrada Comunión después de un tiempo de penitencia.”[21]

3 – El Concilio de Trento contiene tres definiciones dogmáticas que serían vulneradas si se admitiese a la Comunión eucarística a los fieles divorciados vueltos a casar:

(a) La primera es que comete adulterio el que, habiendo contraído matrimonio sacramental, contrae nuevo “matrimonio”. Según la enseñanza de Trento, esto incluye también al inocente, es decir, al que fue abandonado sin culpa. [22]

(b) La segunda es que es necesario encontrarse en estado de gracia para recibir la Santísima Eucaristía.[23]

(c) La tercera es que, para recibir válidamente el sacramento de la Penitencia, es necesaria la contrición, que conlleva el propósito de no cometer ese pecado en adelante, es decir, el propósito de enmienda.[24]

4 – El Magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar:

El Magisterio de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el acceso a la Comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar es muy claro, muy firme y muy abundante. El lugar más importante en que se trató este tema es la Exhortación apostólica Familiaris Consortio. Dice así:

“La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la Comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos mismos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.”[25]

Por lo tanto, no se trata simplemente de que la Iglesia no haya considerado oportuno o prudente el permitir a los divorciados vueltos a casar el acceso a la Comunión eucarística. Por el contrario, se trata de que la Iglesia no puede comportarse de otro modo, pues existen motivos doctrinales que lo hacen imposible.

El Magisterio posterior de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos confirmaron reiteradamente esta enseñanza.

En el número 25 de la Constitución dogmática Lumen Gentium, el Concilio Vaticano II enseña que el grado de adhesión que se debe a una enseñanza no infalible del Romano Pontífice depende de

“la intención y el deseo expresado por él mismo, que se deducen principalmente del tipo de documento, o de la insistencia en la doctrina propuesta, o de las fórmulas empleadas”. Es innegable que en el caso de la Comunión de los divorciados vueltos a casar se da todo ello en un grado extraordinariamente alto, por lo que se le debe una adhesión fortísima.[26] San Juan Pablo II llegó a afirmar que proponía esta enseñanza “en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores.”[27]

Hay que analizar un segundo elemento de la pregunta: haciendo referencia al número 52 de la Relatio Synodi, indica que se ha de tener presente “la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes.”[28]

Para entender correctamente el citado número del Catecismo, es preciso recordar varias enseñanzas de Veritatis Splendor:

El número 70 afirma que “sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador”; pero a continuación enseña que de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a una comprensión del acto moral entendido de tal modo “que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal”.

Además, se deberían recordar las enseñanzas de los números 102-104, en los que se analiza cómo comprender correctamente la relación entre la debilidad del hombre y la gracia que nos ha traído la redención de Jesucristo. El hombre es débil, es verdad, la concupiscencia ejerce sobre él un cierto dominio, pero ese dominio puede ser vencido: nunca es imposible cumplir los mandamientos de la ley de Dios, porque Él nos da su gracia para ello:

“Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: “Sus ojos están sobre los que le temen, Él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar.”[29]

La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento:

“Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. ‘Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas’ y te ayuda para que puedas. ‘Sus mandamientos no son pesados,’[30] ‘su yugo es suave y su carga ligera’”[31] [32]

“¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia. Y si el hombre redimido sigue pecando, esto no se debe a la imperfección del acto redentor de Cristo, sino a la voluntad del hombre de substraerse a la gracia que brota de ese acto.”[33]

De todo esto se desprende que una cosa es que los factores psíquicos o sociales puedan hacer que quede disminuida o incluso suprimida la responsabilidad moral de una acción en un momento determinado, y otra muy distinta el que la Iglesia pudiese llegar a legitimar a una persona para vivir de manera permanente en estado objetivo de pecado mortal. Al contrario, la Iglesia debe ayudar a esa persona a salir de su situación objetiva de pecado, porque con la gracia de Dios puede salir de ella: los mandamientos no son imposibles de cumplir.

El número 104 de Veritatis Splendor extrae la conclusión que de ahí se sigue, que es imprescindible recordar de cara al Sínodo del 2015:

“En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor.”

Así pues, para entender correctamente la enseñanza del número 1735 del Catecismo es imprescindible acudir a las enseñanzas de Veritatis Splendor. La Iglesia no puede obviar este documento trascendental para nuestra época –marcada por la negación de la existencia de verdades universales– cuyas enseñanzas fundamentales fueron promulgadas por San Juan Pablo II, “con la autoridad del Sucesor de Pedro.

“Cada uno de nosotros (obispos de la Iglesia) conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de las enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del Sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo para cada persona sino también para toda la sociedad, con la reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales.”[34]


[1] Veritatis Splendor, n. 56.

[2] Juan 8,32. || Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra, p. 35.

[3] Discurso de Benedicto XVI a los miembros de la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005.

[4] Cf. Veritaris Splendor, nn. 78-83. Hay que destacar que, entre los actos intrínsecamente desordenados, el Catecismo de la Iglesia Católica cita expresamente el adulterio: “Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio” (n. 1756).

[5] Aunque el Cardenal Kasper pretende afirmar que su argumentación “no tiene nada que ver con la ética de la situación”, esto parece insostenible, si se compara su ponencia con las enseñanzas de Veritatis Splendor.

[6] Se ha de tener en cuenta, para comprender aún con mayor claridad que la “moral de situación” es incompatible con la fe católica, que ya antes de ser rechazada por Juan Pablo II en Veritatis Splendor, había sido condenada por sus predecesores (cf. Pío XII, Discurso Soyez les bienvenues: sobre los errores de la moral de situación, 18 de abril de 1952; también el entonces llamado Santo Oficio, por indicación del mismo Papa, publicó la Instrucción sobre la moral de situación, el 2 de febrero de 1956). Tampoco podemos olvidar que la Encíclica Veritatis Splendor es como la culminación de un largo proceso de maduración del Magisterio en el campo moral, que venía avisando desde el siglo XIX de las corrientes filosóficas y teológicas que socavan los fundamentos mismos de la fe (cf. León XIII: Aeterni Patris; Pío X: Pascendi Dominici Gregis; Pío XII: Humani Generis, etc.) y que se concretan después en graves errores en el campo de la moral, como ya advirtieron Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI en diversos documentos.

[7] 2 Timoteo 4,3.

[8] Veritatis Splendor, n. 5.

[9] Veritatis Splendor, n. 115.

[10] Tomamos la argumentación del Cardenal Kasper del artículo publicado en L´Osservatore Romano (edición en lengua española), el 28 de marzo de 2014.

[11] Veritatis Splendor n. 51.

[12] Relatio Synodi, n. 37.

[13] Veritatis Splendor, nn. 55-56.

[14] cf. Mateo 23,4.

[15] Veritatis Splendor, nn. 56 y 95.

[16] Relatio Synodi, n. 52.

[17] cf. Evangelii Gaudium, nn. 46-49.

[18] Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra.

[19] Marcos 10,2-12.

[20] 1 Corintios 11,27-29.

[21] Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra, pp. 28-29.

[22] “Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (Marcos 10; 1Corintios 7), no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema”. (Concilio de Trento, sesión XXIV, Cánones sobre el sacramento del matrimonio, 7; Denzinger 977)

[23] “Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado”. (Concilio de Trento, Sesión XIII, Cánones sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, 11; Denzinger 893).

[24] “La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados” (Concilio de Trento, sesión XVI, Doctrina sobre el sacramento de la Penitencia, cap. 4; Denzinger 897; Cf. Denzinger 915).

[25] Familiaris Consortio, n. 84.

[26] Se trata de muchos documentos, varios de ellos de muy alto rango: dos Exhortaciones apostólica post-sinodales (Familaris Consortio y Sacramentum Caritatis), una Encíclica de carácter doctrinal (Veritatis Splendor), el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica, varias intervenciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe y una intervención del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. La insistencia, por tanto, es abundantísima. Y las fórmulas empleadas, muy solemnes: “en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores”, “con la autoridad del Sucesor de Pedro”, “la Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura”, “son ellos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente…”, “una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión Eucarística”, “esta norma no es simplemente una regla de disciplina, que podría ser cambiada por la Iglesia”, etc.

[27] Discurso a los participantes en la Asamblea del Consejo Pontificio para la Familia, 24 de enero de 1997.

[28] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1735.

[29] Sirácida 15,19-20.

[30] 1 Juan 5,3.

[31] Mateo 11,30.

[32] Relatio Synodi, n. 102.

[33] Relatio Synodi, n. 103.

[34] Veritatis Splendor, n. 115.