tiber

Néstor Martínez Valls

Para Octubre de este año está programada la segunda y definitiva etapa del Sínodo sobre la Familia, que se piensa será seguida por la Exhortación Apostólica del Papa en la que finalmente se definirá el tema de la comunión o no a los divorciados vueltos a casar y el reconocimiento o no de las uniones homosexuales en la Iglesia. Pensamos que a esta altura conviene hacer un repaso de las alternativas lógicamente posibles para mejor posicionarnos ante un evento de semejante importancia. Para ello nos vamos a concentrar en el Sínodo mismo, dejando de lado el eventual documento posterior del Papa.

Para cualquiera de las dos cuestiones discutidas, y para ambas conjuntamente, las alternativas lógicamente posibles son: que no se decida nada, o que se decida. Y si se decide, que se decida en armonía con la doctrina católica tradicional, o sea por la negativa en ambos casos, o no. A su vez, hay dos formas de no decidir nada: que no se decida nada y se lo deje así indeciso, o que se sugiera dejar la decisión en un sentido o en otro a cada Conferencia Episcopal. Y a su vez, también, la decisión por la negativa, única acorde con la doctrina católica, puede ser decidiéndolo así en principio, pero abriendo la puerta en la práctica por vía “pastoral”, o manteniendo, como solamente puede ser católicamente hablando, la coherencia entre la negativa de principio y la correspondiente práctica pastoral.

Es importante que aquellos que participen de este evento con la firme voluntad de mantener la verdadera doctrina católica sean conscientes de estas alternativas (y de otras más que se nos puedan escapar) porque lo único que es coherente con la doctrina católica de siempre, y por tanto lo único que le sirve a la Iglesia, es un pronunciamiento para toda la Iglesia, por la negativa en ambos casos, con el expreso rechazo de una práctica pastoral que no sea acorde con dicho pronunciamiento, o, lo que es lo mismo, con la expresa determinación para toda la Iglesia de que la práctica pastoral debe ajustarse en todo a ese pronunciamiento. Las otras alternativas harían entrar a la Iglesia en una oscuridad muy grande. La indefinición sin más abriría la puerta a una especie de “tierra de nadie” doctrinal y pastoral.

Hoy por hoy, la referencia inmediata es el Sínodo de Octubre. Si ese Sínodo falla en el sentido de una indefinición total, sólo queda la intervención posterior del Papa, que quedaría encargado de decidir él solo la cuestión, sin sugerencia u orientación alguna del Sínodo, lo cual haría preguntarse por el sentido de las dos convocatorias de la asamblea sinodal misma.

La indefinición a nivel universal con encargo a cada Conferencia Episcopal de decidir por su cuenta iría en contra de la catolicidad de la Iglesia. Haría pensar en una especie de federación de Iglesias locales que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica, el único Cuerpo del único Señor, Jesucristo.

La definición correcta a nivel de principios pero falseada en la práctica “pastoril” (con “i”) es un paso adelante de la heterodoxia en la Iglesia. No resuelve la situación sino que la agrava, remitiendo en todo caso la solución al futuro.

Finalmente, la decisión en sentido contrario a la doctrina católica. Si por suma desgracia pasase algo así, la parte que lo impulsase se constituiría por ello mismo en cismática, y la Iglesia entraría en la una de las más grandes crisis de su historia, quedando bien delimitados, única ventaja en medio de tanta tristeza y amargura, los dos campos: el católico y el que no lo es.

Debemos pedir la gracia de poder cumplir con la misión histórica que nos asigna la Providencia: defender exitosamente la ortodoxia doctrinal y la unidad de la Iglesia en medio de esta espantosa crisis de los comienzos del siglo XXI.