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José María Uriburu

Hay muchas Iglesias en las que un ochenta por ciento de los bautizados se mantiene habitualmente lejos de la Eucaristía. Esto es un horror. Pero, fácilmente, cuando un horror perdura largamente en una Iglesia –y, más aún, si afecta también a muchas otras–, comenzamos por desdramatizarlo, y acabamos por verlo como casi normal, justificándolo hasta cierto punto. “Es normal que no vayan a una Misa anclada en formas arcaicas, hoy incomprensibles”. Y después de todo, “no está el ser cristiano en ir o no a Misa, sino en mucho más que eso: concretamente en la vida de la caridad”. Por otra parte, “de poco vale lo hecho por obligación legal: el cristiano ha de moverse siempre por amor”. Así pues, “que los cristianos vayan a Misa cuando hayan captado su valor, y no por cumplimiento (cumplo y miento) de un precepto”, etc.

Ante el panorama de una situación mental y práctica semejante, supongamos que un Obispo o un párroco escribiera a los fieles una Carta pastoral con este esquema aproximado de ideas:

Queridos cristianos de N.:

Como quizá habéis ya sabido estos días, la encuesta sobre la asistencia a la Eucaristía dominical nos informa que solamente un veinte por ciento de bautizados participa semanalmente en ella. Esto me hace pensar que entre nosotros un ochenta por ciento de los bautizados no conoce qué es la Misa, ignora la verdad de su propia vocación de cristiano, y no tiene fe suficiente para entender hasta qué punto es necesaria la Eucaristía para vivir cristianamente en este mundo y para obtener después la salvación eterna. La fe de la Iglesia, sin embargo, es en todo esto sumamente cierta y luminosa.

Fuente y cumbre. El Concilio Vaticano II expresa una convicción ciertísima de la Iglesia cuando dice que “la liturgia es la cumbre a la que tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. De la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la que las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin.”[1] Cristianos: sabed, pues, que desde el bautismo sois en Cristo sacerdotes, y que, por tanto, vuestro fin principal en este mundo es proclamar la gloria de Dios y procurar la salvación vuestra y la del mundo.

Gloria de Dios. Sabed que “sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1Pedro 2,9). El que ni siquiera una vez por semana, en el Día del Señor, está dispuesto a congregarse con sus fieles hermanos para dar gloria al Creador y gracias al Redentor, sepa que no quiere ser cristiano. No podemos obligarle a serlo, pero debe saberlo.

Salvación del mundo. Todos los cristianos, como sacerdotes, tenéis que ser luz y sal del mundo, y en la Eucaristía –y en toda la vida– habéis de ofreceros con Cristo al Padre “por todos los hombres, para el perdón de los pecados”. Por todos, y en primer lugar por vosotros mismos, por vuestros hijos y hermanos, por los más próximos. Cristo se ofrece al Padre en la cruz como “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29.36). Él, que no tenía pecado alguno. Nosotros, que somos pecadores, ¿nos negaremos a ofrecernos con Él, en el santo sacrificio de la Eucaristía? Alejándonos de la misa, ¿le dejaremos solo a Cristo en el Sacrificio de la redención?… Eso sería negarse a ser cristiano.

Sacramento de la unidad de la Iglesia. La Eucaristía es el sacramento –signo y causa– de la unidad de la Iglesia. “Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino” (Isaías 53,6). Pero el Padre nos envió para congregarnos a su Hijo, como Pastor. Y en efecto, Él “murió por el pueblo, para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que estaban dispersos.”[2] Hacéis, pues, vana la encarnación y la muerte de nuestro Señor Jesucristo si, despreciando su Sangre, no aceptáis reuniros eucarísticamente en la unidad de la Iglesia. Si no perseveráis en la Eucaristía, os alejáis de la Iglesia, y si os apartáis de la Iglesia, os alejáis de Cristo. No hay vida cristiana sin vida eclesial, ni vida eclesial sin vida eucarística.

La Iglesia es una unidad, una comunión, una común-unión, una congregación de gentes antes dispersas y contrapuestas: es una convocación, en la que cada cristiano tiene vocación a integrarse en esa unidad comunitaria. Sabedlo con toda claridad: al que no le interese reunirse semanalmente en la Eucaristía, al que no quiera “perseverar en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la unión, en la fracción del pan [Eucaristía] y en la oración”[3] no le interesa mayormente ser cristiano. Tenga, pues, conciencia de ello. Conozca y reconozca la actitud en que está y la dirección que sigue.

Un rebaño. Ochenta por ciento de los bautizados habitualmente alejados de la Eucaristía… ¡Qué horror y qué dolor! ¡Cuántos sacrilegios van también implícitos en esas terribles cifras! Muchachos que reciben el sacramento de la confirmación, estando determinados a dejar la Misa, una vez que lo hayan recibido. Cristianos que, sin confesar primero el grave pecado de su alejamiento habitual, ni arrepentirse de él, se acercan de tarde en tarde, en señaladas celebraciones, a la comunión del cuerpo de Cristo, ¡que es el sacramento de la unidad de la Iglesia! Sabed, cristianos alejados de la Eucaristía, que apenas sois cristianos, pues apenas sois Iglesia… La Iglesia es eucarística, y no tiene ser ni vida al margen de la Eucaristía. Sabed que la Iglesia es un Rebaño, pero un rebaño reunido. Un rebaño disperso no es un rebaño; quizá lo fue o no llegó a serlo; pero lo que está claro es que, en la medida en que está disperso, en esa medida no es Iglesia.

Un templo. Vosotros, cristianos, formáis en este mundo, de entre todos los pueblos, un gran Templo de Dios, edificado sobre la roca de Cristo y el fundamento de los apóstoles. De ese Templo “sois piedras vivas, edificados en Casa Espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por Jesucristo.”[4] Si no permanecéis trabados en la edificación eclesial, sois como piedras caídas y muertas, desprendidas del edificio. Sois la parte ruinosa de un edificio espiritual que en parte se mantiene aún erguido.

Permanecer en Cristo, cuestión de vida o muerte. Cristianos no-practicantes –absurda expresión–, sabed que, alejándoos habitualmente de la Eucaristía, estáis arriesgando vuestra propia salvación eterna. Decidme, si no, cómo hemos de entender palabras de Cristo tan graves como éstas:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo… En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.”[5] Es en la Eucaristía donde, oyendo la Palabra de Cristo y comiendo su Cuerpo, y uniéndonos a los pastores y a los hermanos en la fe, recibimos la vida de la gracia, la vida eterna. Es así, fundamentalmente, como la Iglesia es y obra en cuanto “sacramento universal de salvación.”[6] ¿Te crees tú capaz de atravesar el desierto de este mundo temporal, en un Éxodo que va del Egipto del mundo a la Tierra Prometida del cielo, sin alimentarte con el maná eucarístico? ¿Estás loco? ¿Has perdido el instinto de conservación de tu vida cristiana?

“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto. El que no permanece en mí es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan.”[7] De muchos modos, es cierto, permanecemos en Cristo, en primer lugar “guardando sus preceptos,”[8] y el principal de ellos es sin duda la caridad; pero uno de ellos, y bien principal, es precisamente “haced esto en memoria mía.”[9] Celebrad la Eucaristía, el memorial de la Redención, “hasta que venga”. Es un mandato, no es un consejo dirigido a unos cuantos devotos. ¿Te atreves a desobedecer a Cristo, el Señor, el que “ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”? ¿Te atreves tú a separarte habitualmente de la santa Vid, para quedar convertido en un sarmiento reseco, sin vida y sin fruto? ¿Conoces tú a qué destino lleva eso?

Confesar a Jesucristo. En la Eucaristía, en el Día del Señor, ya desde el mismo día de su resurrección, los cristianos nos reunimos con los sacerdotes de la Nueva Alianza y con la asamblea fraterna de los fieles, para glorificar a Cristo por su inmensa gloria, para pedirle “Señor, ten piedad de nosotros”, en una palabra, para proclamar su grandeza de Salvador en un acto público, solemne y comunitario: para confesarlo ante los ángeles y los santos, ante los creyentes y los incrédulos. Pues bien, aquellos cristianos que habitualmente os mantenéis alejados de la gloriosa Eucaristía –pudiendo asistir a ella, pero teniendo al parecer cosas más importantes que hacer–, recordad la palabra de Cristo: “a todo el que me confesare delante de los hombres, lo confesaré yo delante de mi Padre celestial. Y a quien me negare delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre celestial.”[10]

¡Confesad, cristianos, a Cristo en esta vida pública y litúrgicamente, con todo entusiasmo, si queréis ser confesados por Cristo ante el Padre en la otra! ¡No despreciéis a Cristo, que quiere entregaros en la Eucaristía su Palabra y su Cuerpo, porque desea apasionadamente, hasta la muerte en Cruz, vuestra salvación! ¡No enseñéis a vuestros hijos a despreciar a Cristo! ¡No deis a la Eucaristía una importancia secundaria, que debe ceder, prácticamente, ante cualquier otra cosa! ¡Entrad en el gozo de la Cena del Señor! Y de este modo tendréis la felicidad de dar cumplimiento al mandato apostólico: “¡alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos!” (Filipenses 4,4).

Cristiano que desprecias habitualmente la Eucaristía, viviendo normalmente alejado de ella, “¿piensas tú… que escaparás al juicio de Dios? ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a conversión?” (Romanos 2,3-4). ¿Quieres y eliges vivir tú y que vivan tu esposa y tus hijos “lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a la Alianza de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”?[11] ¿O es que todavía piensas que es posible ser cristiano marginándose de la Eucaristía, es decir, de Cristo-Palabra, de Cristo-Cuerpo eucarístico, de Cristo-Cuerpo místico, congregado en su nombre, presidido por sus pastores?

La Iglesia sabe que no pueden los fieles vivir la gracia sin la Palabra divina y el Cuerpo místico y eucarístico de Cristo. Y por esas razones profundísimas, no en forma arbitraria, establece en su tradición canónica secular, que hace falta una grave causa para que los fieles se vean lícitamente eximidos de la obligación que tienen de participar en la Misa los domingos y los demás días de precepto.[12] El precepto dominical, gloriosa obligación de amor, declara simplemente la verdad de las cosas: que sin relación habitual con la Eucaristía, el cristiano fallece –con ley o sin ley, es lo mismo–; se queda sin Cristo, que es la Vida; es decir, se muere.

Cristianos, vosotros, sobre todo, los que sois padres de familia: lo mejor que suele haber en vosotros es el amor a vuestros hijos. Con la palabra y el ejemplo, ayudadlos, pues, desde niños a centrarse con vosotros en la Eucaristía, de tal modo que, con la gracia de Dios y la intercesión de la Virgen y San José, forméis siempre una verdadera Familia Sagrada, abierta a todos los bienes de Dios en esta vida y en la otra”.

Si alguno me dice: “no me gusta el tono”, yo habré de decirle: “cámbiale, pues, el tono, pero di eso mismo”. Así o de otra forma, en este tono o en otro diverso –o mejor, en todos los tonos y maneras, según personas y circunstancias–, padres y catequistas, Obispos y párrocos, habrán de llamar a la Eucaristía una y otra vez, sin cansarse, a lo largo de años y decenios, en formas tan insistentes como fuere necesario, con campañas y slogans, carteles y trípticos, visitas y cartas circulares, artículos y pastorales, sin reparar en trabajos y en gastos, con conferencias y congresos, libros y folletos sobre la Misa, en plazas, calles y templos. Siempre y en todo lugar, con oportunidad o sin ella.

Como dice el Vaticano II, “los trabajos apostólicos [todos los trabajos pastorales] se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la Cena del Señor.”[13] ¡La vida entera de la Iglesia tiene “su fuente y su fin” en ese encuentro dominical de todos los fieles en el Sacrificio de la Nueva Alianza! Todo lo demás tiene que venir de ahí, como de su fuente, y todo ha de ordenarse a eso, como a su fin.

Pues bien, en las Iglesias sin vocaciones sacerdotales estas llamadas a la Eucaristía dominical apenas se producen nunca, al menos con insistencia, con fuerza solemne, pública, comprometedora. O a veces el mensaje se pronuncia con acento tan suave y discreto que no llega al corazón de nadie, y a nadie convierte. Se hacen campañas nacionales y diocesanas sobre la solidaridad, los pobres, el paro, la marginación, el hambre, la xenofobia, los enfermos, la ecología, la contribución económica a la Iglesia, la construcción o restauración de templos, y muchos otros temas de indudable importancia. Pero entre el apremio pastoral de esos importantes asuntos y la exhortación explícita a “permanecer en Cristo” por la Eucaristía dominical viene a haber una proporción como de noventa y nueve a uno. De ahí los fieles sacan la consecuencia de que la Eucaristía tiene su importancia, pero que lo que realmente importa para ser cristiano es todo lo referente a la vida moral, especialmente en cuanto ésta se refiere a cuestiones de justicia social.

Vocaciones. ¿Se comprende, pues, cómo es posible que en esas Iglesias un ochenta por ciento de los bautizados se mantenga lejos de la Eucaristía habitualmente, sin especiales problemas de conciencia? ¿Se comprende también que no haya en ese ambiente casi ningún cristiano que, ante todo y sobre todo, quiera ser “sacerdote de la Nueva Alianza”, el hombre que, con la asamblea cristiana, actualiza en la Eucaristía el Sacrificio de la Redención, en el que “Dios está, en Cristo, reconciliando al mundo consigo”?[14]

¿Cómo surgirán vocaciones al sacerdocio pastoral, es decir, vocaciones a la Eucaristía y a la congregación de los fieles, en una Iglesia que, de hecho, no da la prioridad absoluta de sus empeños al culto de Dios y a la redención del mundo en el Mysterium fidei –Cena, Cruz, Resurrección–, es decir, en una Iglesia que está descentrada de su centro absoluto?[15]


[1] Sacrosantum Concilium 10.

[2] Juan 11,52.

[3] Hechos 2,42.

[4] 1Pedro 2,5.

[5] Juan 6,51-54.

[6] Lumen Gentium 48, Ad Gentes 1.

[7] Juan 15,5-6.

[8] Juan 15,10.

[9] 1Corintios 24-25.

[10] Mateo 10,32.

[11] Efesios 2,12.

[12] Código de Derecho Canónico, can. 1247-1248.

[13] Sacrosantum Concilium 10.

[14] 2Corintios 5,19.

[15] José María Iraburu, Causas de la escasez de vocaciones, Publ. Fundación Gratis Date, Pamplona. Cap. 3, Sec. 1.