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Néstor Martínez Valls

Dice el Instrumentum Laboris hablando de la anticoncepción:

“137. Teniendo presente la riqueza de sabiduría contenida en la Humanae Vitae, en relación a las cuestiones tratadas en el documento, surgen dos polos que deben ser constantemente conjugados. Por una parte, el papel de la conciencia entendida como voz de Dios que resuena en el corazón del hombre educado a escucharla; por otra, la indicación moral objetiva, que impide considerar la procreación una realidad sobre la cual decidir arbitrariamente, prescindiendo del designio divino sobre la procreación humana. Cuando prevalece la referencia al polo subjetivo, es fácil caer en opciones egoístas; en el otro caso, se percibe la norma moral como un peso insoportable, que no responde a las exigencias y a las posibilidades de la persona. La combinación de los dos aspectos, vivida con el acompañamiento de un director espiritual competente, ayudará a los cónyuges a escoger opciones plenamente humanizadoras y conformes a la voluntad del Señor.”

Este numeral suena a salomónica conciliación de lo objetivo y lo subjetivo, que sin embargo en católico sólo puede darse cuando el elemento subjetivo, la conciencia moral, se adecua plenamente con el objetivo, la ley moral natural, de modo tal que la conciencia, además de recta y cierta, es “verdadera”. Entre lo subjetivo y lo objetivo no cabe empate o conciliación, porque todo lo que no es objetivo, es subjetivo. No hay tercera posibilidad. Decir que un perro tiene tres patas es también subjetivo; no es una conciliación entre el polo objetivo, en el que tiene cuatro patas, y un eventual polo subjetivo en el que prefiriésemos que no tuviese ninguna. No puede haber un justo medio entre la verdad y el error. Y es preocupante que un documento oficial de la Iglesia presente la norma moral como un “peso insoportable” en los casos en que no se logra una eventual “combinación entre lo objetivo y lo subjetivo” que no tiene para nada un sentido claro.

Se percibe también la preocupante tendencia a delegar en el sacerdote o director espiritual la tarea de definir, en última instancia, si en un caso dado se va a actuar en conformidad o disconformidad con la doctrina católica inmutable. Eso tiene toda la apariencia de ser un subterfugio para introducir en la Iglesia el cambio doctrinal en la práctica, por la vía de los hechos, sin que se cambien los enunciados que aparecen en los documentos. Pero en realidad, ya es inaceptable que un documento eclesial abra la posibilidad de que en la práctica el sacerdote aconseje o permita una actuación contraria a la moral católica, que es la moral natural.

Por eso estimamos que los participantes en el Sínodo que quieran defender la doctrina católica deberán insistir, no solamente en que se proclame sin cambios la doctrina moral de siempre respecto de la anticoncepción y otros temas candentes, sino que se exija también en los documentos una práctica pastoral en todo acorde con esos enunciados doctrinales ortodoxos, sin permitir la estrategia de delegar toda la cuestión y su decisión, en cada caso, al juicio personal del Obispo, sacerdote o director espiritual.

Sobre todo este numeral del Instrumentum Laboris remitimos al artículo del P. Iraburu publicado por Fe y Razón:[1]

Sobre si se puede dar la comunión a los divorciados vueltos a casar, dice el Instrumentum Laboris:

“123. Para afrontar la temática apenas citada, existe un común acuerdo sobre la hipótesis de un itinerario de reconciliación o camino penitencial, bajo la autoridad del Obispo, para los fieles divorciados vueltos a casar civilmente, que se encuentran en situación de convivencia irreversible. En referencia a la Familiaris Consortio 84, se sugiere un itinerario de toma de conciencia del fracaso y de las heridas que éste ha producido, con arrepentimiento, verificación de una posible nulidad del matrimonio, compromiso a la comunión espiritual y decisión de vivir en continencia.

Otros, por camino penitencial entienden un proceso de clarificación y de nueva orientación después del fracaso vivido, acompañado por un presbítero elegido para ello. Este proceso debería llevar al interesado a un juicio honesto sobre la propia condición, en la cual el presbítero pueda madurar su valoración para usar la potestad de unir y de desatar de modo adecuado a la situación.

En orden a la profundización acerca de la situación objetiva de pecado y la imputabilidad moral, algunos sugieren tomar en consideración la “Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comunión eucarística por parte de fieles divorciados vueltos a casar” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dada el 14 de septiembre de 1994 y la “Declaración sobre la admisibilidad a la santa Comunión de los divorciados vueltos a casar del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos” del 24 de junio de 2000.”

Ese lenguaje de situaciones de pecado y de adulterio “irreversibles” no es católico. Si en algo consiste el Evangelio de Jesucristo es en el llamado a la conversión de los pecadores, con la convicción de que Dios no manda lo imposible y siempre da la gracia necesaria para poder salir de la situación de pecado y cumplir sus mandamientos. El pecado de desesperación, contra la virtud teologal de la esperanza, consiste justamente en dejar de creer en la posibilidad de vencer el pecado y salvarse.

La “situación irreversible”, en el Instrumentum Laboris, no se refiere al caso en que la pareja vive como “hermano y hermana”, porque ahí no hay dificultad ninguna de principio para comulgar, previa confesión de los pecados que se tengan. Luego, cuando dice “Otros, por camino penitencial…” etc., expone la opinión de un grupo de Padres sinodales que hablan de un “camino penitencial” en el que no se nombra el arrepentimiento, el propósito de enmienda, la decisión de separarse de la pareja adúltera o de vivir en adelante con ella como “hermano y hermana”. Ya es extraño y anómalo que en un documento eclesial se ponga en igualdad de condiciones, como tesis a discutir, la doctrina católica y su negación. No se puede hablar en ese contexto de “vía penitencial”, porque no hay arrepentimiento, porque no hay propósito de enmienda, porque, entonces, se pretende continuar con la situación de pecado, es decir, teniendo relaciones sexuales adúlteras.

Pero sí se habla del acompañamiento de un sacerdote que eventualmente podrá hacer uso de la potestad de “atar o desatar” (no sabemos por qué la versión castellana traduce “unir o desatar”), o sea, eventualmente podrá dar la absolución a la pareja adúltera en cuestión que persiste en su propósito de mantener relaciones sexuales pecaminosas, porque por hipótesis ocurren por fuera del matrimonio válido de al menos una de las partes. Otra vez la estrategia de remitir en la práctica el cambio doctrinal a la decisión personal del sacerdote.

Eso sería una absolución inválida y sacrílega. Luego de eso los dejarían comulgar sin arrepentimiento previo, ni propósito de enmienda, ni absolución válidamente recibida, de modo que cometerían el sacrilegio eucarístico y como dice San Pablo, comerían y beberían su propia condenación. Y esto se haría en nombre de la “misericordia”…

Es necesario orar y hacer penitencia para pedir a Dios su gracia que haga que el próximo Sínodo se mantenga dentro del cauce de la doctrina católica y no autorice tampoco prácticas “pastorales” contrarias a la misma. Sobre todo pedir para que el Espíritu Santo ilumine y fortalezca al Sucesor de Pedro en su responsabilidad suprema de confirmar en la fe a los hermanos.

También es necesario que hagamos llegar nuestra inquietud a quienes conozcamos que han de ser de los participantes en el Sínodo, que compartirán la difícil tarea y grave responsabilidad de mantenerlo en la fidelidad a la doctrina de la Iglesia.

 


 

[1] José María Iraburu, “Sínodo: el punto 137 del Instrumentum Laboris”, Revista Fe y Razón, nro. 111, julio de 2015.