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Raymond de Souza

Algunos de los fieles lectores del Wanderer me han pedido que presente artículos más específicamente destinados a entrenar nuevos apologistas en la misión de defender la fe. Una especie de curso de entrenamiento, por así decir. Me alegra ver que estos artículos en el Wanderer han alentado a algunos o muchos a tomar la bandera de la apologética y unírsenos en la refriega. Por lo tanto, para cumplir su solicitud, hoy comienzo una nueva serie sobre los Incursores del Arte Perdido – el arte de poner la lógica al servicio de la fe.

Entonces comenzamos definiendo la palabra: Apologética es el arte de presentar las verdades de la fe de una manera lógica y bien razonada. El concepto de ‘apologética’ está tomado de la Primera Epístola de San Pedro:[1]

“Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo.”

Así, ‘apologética’ está tomada de la palabra griega ‘apologia’, para significar ‘razón’ o ‘defensa’. A partir de la enseñanza de San Pedro podemos distinguir cuatro elementos básicos en la Apologética:

1 – Santificar al Señor Jesucristo en nuestros corazones – vivir en Su presencia – , hacer todo por amor a Él.

2 – Satisfacer a todos con una razón – esto presupone que tú debes conocer la razón, debes conocer cómo presentar la razón, y debes saber cómo pensar con claridad.

3 – Con modestia y respeto, teniendo una buena conciencia – esto presupone un buen equilibrio mental, cordura, claro sentido del bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto, de la verdad y el error, del orden y el desorden.

4 – Tener una buena conversación en Cristo presupone conocimiento de las formas de pensar de Cristo – Su Mente – y la habilidad de conversar con otros en Su presencia.

¡Es un programa completo en sí mismo!

Todo se reduce a la simplicidad y claridad evangélicas: ‘Sí, sí. No, no’… ‘El que no está conmigo está contra Mí’… ‘El que no recoge conmigo, desparrama’… ‘Vayan y prediquen a todos los pueblos, enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado’… ‘El que crea y sea bautizado, se salvará. El que no crea, se condenará.’

Por consiguiente, la unidad en la verdad es un prerrequisito fundamental de cada buena mente cristiana, como San Pablo nos lo señala: “Hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo: que no haya divisiones entre ustedes y vivan en perfecta armonía, teniendo la misma manera de pensar y de sentir.”[2]

Así, la apologética católica desde una perspectiva bíblica excluye el con­cepto del pluralismo de las religiones, como si no importara lo que tú creas, mientras seas amable con las otras personas. San Pablo enfatiza la importancia de tener ‘Un solo Señor, Una sola Fe y Un solo Bautismo.’[3] En otras palabras, tener y conservar la unidad en la verdad. Jesús dijo ‘vayan y evangelicen’, no vayan y ecumenicen. El diálogo ecuménico es sólo un medio para un fin, que es la conversión de todos los hombres a Jesucristo en la Iglesia fundada por Él.

Escuchemos al Papa Juan Pablo II, en su discurso de 1981 a la juventud española:

“Aprended a pensar, hablar y actuar de acuerdo con la simplicidad y claridad evangélicas: sí, sí; no, no. Aprended a llamar a lo blanco, blanco; y a lo negro, negro. A llamar al mal, mal, y al bien, bien; a llamar al pecado, pecado, y no llamarlo ‘progreso’ o ‘liberación’; incluso si la moda y la propaganda se oponen a esto.”

Por lo tanto, somos llamados a conocer la Mente de Cristo, a pensar de acuerdo con la Mente de Cristo, a actuar como Cristo esperaría que actuáramos. Para hacer esto, desde el punto de vista puramente natural, debemos esforzarnos para aprender Sus pensamientos y Sus caminos, es decir, asegurarnos de que percibimos la realidad tal como es, no como nos gustaría que fuera; de que distinguimos la verdad del error con la mayor claridad, y elegimos con firmeza el bien en lugar del mal.

Verdad y certeza

Durante Su Pasión Nuestro Señor dijo a Pilato que Él había venido al mundo a “dar testimonio de la verdad.”[4] Pilato parece haber sido lo que llamamos un escéptico – una persona que duda de que podamos jamás conocer la verdad; porque él preguntó a Nuestro Salvador: “¿Qué es la verdad?”, como diciendo: “Yo nunca me he encontrado con nadie que supiera qué es la verdad: y no creo que tú lo sepas tampoco.” Él no esperó a escuchar la respuesta.

Hay muchos Pilatos en el mundo de hoy. Por lo tanto nosotros tenemos que responder su pregunta para ellos. Tenemos que ser capaces de decirles lo que la verdad es, y de probarles que la conocemos. Más aún, tenemos que mostrarles con nuestro ejemplo que no poseemos la verdad, sino que la Verdad nos posee: nosotros servimos a la Verdad.

¿Qué es la verdad?

Si tú piensas que hay un lugar llamado Monte Rushmore, tu pensamiento es verdadero, porque el Monte Rushmore existe realmente. Si, por el contrario, piensas que no existe tal Monte, tu pensamiento no es verdadero. ¿Por qué? Simplemente porque no cuadra con la realidad. No concuerda con lo que la realidad realmente es. Porque si no hay un Monte Rushmore, ninguna cantidad de creencia en la mente de uno que afirma su existencia hará jamás que exista. A la inversa, si hay un Monte Rushmore, ninguna cantidad de increencia en la mente de uno que niega su existencia hará jamás que deje de existir. Así de simple.

De la misma manera, si tú piensas que un hombre no es un burro – a pesar de que se pueda encontrar algún grado de confusión en ciertos círculos políticos liberales, pero esto está más allá del tema – tu pensamiento es otra vez verdadero, porque de hecho un hombre no es un burro. Sin embargo, si tú crees sinceramente que un hombre es un burro, entonces tú estás sinceramente equivocado. O loco. Y así sucesivamente, etc.

¿Qué es la verdad, entonces? Es simplemente el acuerdo de nuestra mente con la realidad. Por favor recuerda esta simple definición: la verdad es el acuerdo de nuestra mente con la realidad. Si nuestras ideas concuerdan con la realidad, son verdaderas. Si no concuerdan con la realidad, son falsas. La realidad es la que manda, es la guía, no nuestras fantasías, preferencias o caprichos.

¿Cómo llegamos a conocer la verdad? Por cuatro caminos diferentes:

(a) por nuestra experiencia personal;

(b) por razonamiento;

(c) por la simple comprensión de una verdad;

(d) por la aceptación de la verdad con base en la autoridad de otro.

Más sobre esto en el próximo artículo.

Traducción del inglés por Daniel Iglesias Grèzes


[1] 1Pedro 3:15-16.

[2] 1Corintios 1:10.

[3] Efesios 4:5.

[4] Juan 18:37.