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Autores Varios

Las palabras-talismán

83 – Un documento del Sínodo hizo alusión al hecho de que la pastoral eclesial debe realizar también una “conversión del lenguaje.”[1] Durante y después del Sínodo, en el debate sobre la situación de la familia, se asistió a la imposición de algunas palabras-clave que dieron una impostación determinada a la problemática tratada. Por ejemplo, después de su Documento Preparatorio Número 1, el Sínodo evidenció la “vasta acogida que tiene, en nuestros días, la enseñanza sobre la misericordia divina y sobre la ternura en relación a las personas heridas.” ¿Cómo evaluar esas palabras-clave?[2]

Respuesta: “Personas heridas”, “misericordia”, “acogida”, “ternura”, “profundización”, son ejemplos de palabras que podrían sufrir un uso unilateral y simplista y, en ese sentido, tener una especie de efecto talismánico.

84 – ¿Qué serían esas “palabras-talismán”?

Respuesta: La “palabra-talismán” es un vocablo de suyo legítimo, de fuerte contenido emocional, escogido sobre todo para ser tan flexible y mutable que pueda asumir varios significados en función de los contextos en que es usado. Esta elasticidad lo vuelve susceptible de un uso propagandístico, sometiéndolo a eventuales abusos con fines ideológicos.

Por ejemplo, la “palabra-talismán” es herramienta útil para realizar un “trasbordo ideológico inadvertido”, o sea, un proceso que cambia la mentalidad de las personas sin que éstas se den cuenta, pasando de una posición legítima para una ilegítima. Manipulada por la propaganda, la “palabra-talismán” asume significados siempre más próximos de las posiciones ideológicas para las cuales se desea trasbordar a los “pacientes,”[3]

Este procedimiento puede ser aplicado fácilmente, inclusive en el ámbito eclesial. En efecto, el uso de ciertas palabras más que otras puede empujar a los fieles a substituir un juicio moral por uno sentimental, o un juicio substancial por uno formal, llegando a considerar como bueno, o por lo menos tolerable, lo que en el inicio era considerado malo.

La “profundización”

85 – ¿Cuáles son los ejemplos de “palabras-talismán” utilizadas en el debate en torno del Sínodo?

Respuesta: Tenemos el caso de la palabra “profundización”. En el lenguaje común, ella significa una mayor comprensión de un concepto o de una realidad a fin de esclarecer sus fundamentos. En vez de eso, ella es usada en la propaganda de los grandes medios de comunicación para favorecer un cambio de juicio sobre ese concepto o aquella realidad, obviamente en sentido permisivista, para negarla en su fundamento.

“Las así llamadas ‘profundizaciones’ son pues, en las intenciones de quien las patrocina, cambios substanciales en la doctrina enseñada hasta ahora por el Magisterio, y por tanto deberían ser antes calificadas como ruptura con la tradición. Se trata, en efecto, de pequeños pasos en la dirección de una norma que revolucionaría la misma estructura de la disciplina eclesiástica, a tal punto que […] implicarían […] una verdadera ruptura con la doctrina del Magisterio. […] Hallo un poco hipócrita el uso del rótulo de profundización para propagar una reforma de la Iglesia que acabe aboliendo los fundamentos dogmáticos de su fe y de su disciplina.”[4]

86 – Sin embargo, ¿se podría tal vez decir que la actual situación de insensibilidad para con la fe católica exige que la verdad y las normas morales sean propuestas y aplicadas gradualmente, en función del estado de la conciencia del individuo o del público?

Respuesta: El conocimiento progresivo de la ley moral no dispensa al fiel de la obligación de llegar a conocerla y practicarla por entero.

“Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. ‘Por ello la llamada “ley de gradualidad” o camino gradual no puede identificarse con la “gradualidad de la ley”, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones.”[5]

Las “personas heridas”

87 – ¿Y quiénes serían las “personas heridas”?

Respuesta: En el debate actual, esta fórmula se refiere a personas que viven en estado de pecado grave y público: cohabitación, divorciados vueltos a casar, parejas homosexuales, y así sucesivamente. Llamándolos, por el contrario, “heridos”, se evita formular un juicio moral, resaltando sólo un aspecto, verdadero pero secundario, de su situación concreta. Se les aplica así un término concebido para despertar la compasión: son sólo “personas heridas”, víctimas tal vez inocentes a las cuales no se puede imputar una falta grave.

Frente a una “persona herida”, la reacción obviamente normal es ir a su encuentro para ayudarla. En nuestro caso, para no agravar el sufrimiento psicológico de la persona divorciada vuelta a casar, se evita como impropio cualquier juicio moral a su respecto. Por el contrario, se recomienda tener para con ella el sentimiento de “misericordia” y de “ternura”, que, aunque necesario, es presentado como el único permitido en la evaluación de su situación y en la elaboración de una pastoral adaptada a ella. Al final de este proceso, el sentimiento de compasión puede llegar hasta justificar su condición pecaminosa. Por tanto, hasta alterar, inclusive, el juicio doctrinario del Magisterio, a fin de no hacer que la “persona herida” sufra.

88 – Pero, ¿no es ésta precisamente la actitud sugerida por la famosa parábola del “buen samaritano”?[6]

Respuesta: Por el contrario, la magnífica parábola del “buen samaritano” es aquí mal comprendida. Si ella fuese interpretada según la mentalidad hoy dominante, conduciría de hecho a una conclusión paradójica. Quien presta socorro estaría tan preocupado en evitar más sufrimiento al herido, que llegaría a minimizar la gravedad de su enfermedad, a ahorrarle tratamientos dolorosos que podrían restablecerlo, a limitarse a administrarle paliativos capaces tan sólo de aliviar su sufrimiento. Ello volvería así crónico un mal pasajero. Para no perturbar al herido, suscitando en él sentimientos de culpa, el socorrista no lo aconsejaría a evitar el camino peligroso a lo largo del cual acabó quedando herido, y donde el pobre, mal curado y mal aconsejado, correrá el riesgo de recaer en el infortunio pasado.

La “misericordia”

89 – Otra palabra-clave utilizada en el debate sinodal fue “misericordia”. Si Dios siempre perdona a los pecadores, ¿no debería la Iglesia usar de misericordia y atenuar su rigor en cuanto al acceso a los Sacramentos de las personas en situación irregular?

Respuesta:

“Es también un argumento débil en materia teológico-sacramental, porque todo el orden de los sacramentos es precisamente obra de la misericordia divina y no puede ser revocado alegando el propio principio que la sustenta. […] Por medio de aquello que objetivamente suena como un falso llamado a la misericordia, se incurre en el riesgo de banalizar la propia imagen de Dios, según la cual Él no podría hacer otra cosa sino perdonar. Al misterio de Dios pertenecen, más allá de la misericordia, también la santidad y la justicia; ocultándose esas perfecciones de Dios y no tomando en serio la realidad del pecado, no se puede siquiera atraer Su misericordia sobre las personas. […] La misericordia no es una dispensa de los Mandamientos de Dios y de las instrucciones de la Iglesia.”[7]

“‘Misericordia’ es otra palabra fácilmente expuesta a los equívocos […] Porque se la une con el amor, la misericordia (como también el amor), viene presentada en contraste con el derecho y la justicia. Pero se sabe bien que no existe amor sin justicia, y sin verdad y obrando contra la ley, sea humana o divina. San Pablo, contra quienes interpretaban erróneamente sus afirmaciones sobre el amor, dirá que la regla es ‘el amor que cumple las obras de la ley.’[8] […] Frente a la ley divina no se pueden poner en contraste la misericordia y la justicia; el rigor de la ley y la misericordia y el perdón. […] El cumplimiento de un mandamiento de Dios no es ni puede ser visto como opuesto al amor y a la misericordia. Es más, todo mandamiento de Dios, incluso el más severo, refleja el rostro del amor de Dios, aunque no sea el de su amor misericordioso. El mandamiento de la indisolubilidad del matrimonio y de la castidad matrimonial es un don de Dios y no se puede oponer a la misericordia de Dios. […] en el caso concreto el recurso a la misericordia no sería otra cosa que una violación directa de la Ley divina.”[9]

90 – En el debate en torno del Sínodo, la misericordia lleva a considerar las situaciones irregulares, no desde el punto de vista del derecho y del deber, sino de la comprensión y del perdón, un abordaje “basado no en juicios morales, sino en la vulnerabilidad de las personas.”[10] ¿No es ésta una impostación auténticamente cristiana de la cuestión?

Respuesta: La Iglesia no puede comportarse como un charlatán que ilusiona a los que sufren ofreciéndoles pócimas que evitan el dolor, pero antes agravan la enfermedad. Por el contrario, inspirándose en el verdadero “buen samaritano”, que es una figura de Cristo, la Iglesia debe actuar como un médico sabio que busca curar a los enfermos y heridos espirituales con los remedios más eficaces, aunque dolorosos, para liberarlos del mal y ahorrarles las peligrosas recaídas. Eso presupone que la Iglesia no esconda a los enfermos la gravedad de su situación ni disminuya su responsabilidad, sino que abra sus ojos y corazones, inclusive antes de curarles las heridas.

Ciertamente los cuidados deben ser misericordiosos, o sea, tomar en cuenta la vulnerabilidad de las personas. Pero esa precaución debe favorecer la cura, y no impedirla con la ilusión de que los paliativos pueden curar un enfermo grave que rehúsa el remedio decisivo. Además de eso, no se confunda la vulnerabilidad del enfermo que sufre por causa de una terapia dolorosa con la susceptibilidad de quien se niega a ser curado.

“El camino de la Iglesia, […] es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado.” [11]

91 – En el debate sinodal, la “misericordia” es el criterio orientador de los abordajes pastorales. ¿No debería este criterio prevalecer sobre las exigencias de la doctrina moral, de modo de cambiar sus conclusiones?

Respuesta: La misericordia puede superar a la justicia, pero no violarla, pues de lo contrario sería injusta. Tampoco puede negar la verdad, bajo pena de ser falsa. Además de eso, justamente por operar sólo en el campo práctico, la misericordia no puede interferir en la doctrina, razón por la cual no puede alterar el juicio moral sobre la conducta. De otro modo la “misericordia” caería bajo la conocida condenación bíblica: “Ay de los que al mal llaman bien, y al bien, mal; que hacen de las tinieblas luz, y de la luz, tinieblas; y hacen de lo amargo dulce, y de lo dulce amargo!”[12]

“… ni se puede identificar el amor con la misericordia. Ésta es ciertamente un rostro del amor y, como hemos tenido oportunidad de explicar, es también amor pero en cuanto comunica el bien que elimina todo mal. Pero el amor se puede a veces expresar, y en algunos casos se debe hacerlo, con la negación de la misericordia entendida como condescendencia benévola y peor aún como aprobación [del mal].”[13]

 

“La misericordia en cuanto virtud no es extraña a la justicia. […] No podemos dejar espacio para una misericordia injusta, porque sería una profunda falsificación de la Revelación divina. […] Pues una acción injusta nunca es misericordiosa. Lo que diferencia la misericordia de la compasión es que el propósito de la misericordia consiste en “remover la miseria de otros”; en otros términos, la misericordia es activa contra el mal que el otro sufre. No es misericordia la falsa consolación que lleva a decir que se trata de un ‘mal menor’, si no se libera de ese mal a aquel que lo sufre. […] La misericordia nace del amor por la persona, a fin de curar el mal de la infidelidad que la aflige y le impide vivir en la alianza con Dios. Es algo bien diverso de permitir la infidelidad sin una transformación interior a través de la gracia, como si Dios cubriese nuestros pecados sin convertir el corazón, limpiándolo. Se trata de una diferencia dogmática importante entre la concepción de justificación católica y la luterana.”[14]

91 – A fin de cuentas, ¿no debería la Iglesia ser antes y sobre todo Madre misericordiosa que Maestra sabia y Jueza severa?

Respuesta:

“También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre. Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo […] la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral. (…) Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamás la verdad. […] Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi predecesor: ‘No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas.’”[15]

 

“No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas.”[16]

Mons. Aldo di Cillo Pagotto, SSS, Arzobispo de Paraíba (Brasil)
Mons. Robert F. Vasa, Obispo de Santa Rosa, California (Estados Unidos)
Mons. Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán)


[1] Relatio post disceptationem, n. 159.

[2] Mons. Aldo di Cillo Pagotto, SSS-Mons. Robert F. Vasa-Mons. Athanasius Schneider, Opción preferencial por la familia. 100 preguntas y 100 respuestas a propósito del Sínodo. Prefacio del Cardenal Jorge A. Medina Estévez, Edizioni Supplica Filiale, Roma 2015, pp. 52-56).

[3] cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Trasbordo ideologico Inavvertito e Dialogo [Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo], Il Giglio, Nápoles, 2012, cap. III, cfr. también Warwick Neville, Manipolazione del linguaggio, en Lexicon, cit. pp. 630-639.

[4] Mons. Antonio Livi, ex-decano de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Lateranense, Approfondimento della dottrina? No, è tradimento [¿Profundización de la doctrina? No, es traición], en: La Nuova Bussola Quotidiana, 21 de diciembre de 2014.

[5] Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 34.

[6] Lucas 10, 25-37.

[7] Card. Gerhard Müller, Indissolubilità del matrimonio e dibattito sui divorziati risposati e i Sacramenti [La indisolubilidad del matrimonio y el debate sobre los divorciados vueltos a casar y los Sacramentos], en: Autori Vari. Permanere nella verità di Cristo. Matrimonio e Comunione nella Chiesa Cattolica [Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y Comunión en la Iglesia Católica], Cantagalli, Siena, 2014, pp. 151-152.

[8] Gálatas 5, 13-18.

[9] Card. Velasio De Paolis, discurso cit. pp. 27 y 22.

[10] Tesis del lobby heterodoxo que se pretende Wir sind Kirche, es decir, “Nosotros somos Iglesia.”

[11] Papa Francisco, discurso del 15 de febrero de 2015 al Consistorio de los cardenales.

[12] Isaías 5, 20.

[13] Card. Velasio De Paolis, discurso cit. Segunda parte.

[14] J.J. Pérez-Soba, La verità del Sacramento Sponsale [La verdad del Sacramento esponsal], en: Pérez-Soba y Kampowski, op. cit. pp. 60, 70-71-75.

[15] Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 33.

[16] Pablo VI, Humane Vitae, n. 29.