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José María Iraburu

“Todo lo que dice en este artículo me parece elemental.”

“Así es. Lo que ocurre es que a veces las verdades católicas más fundamentales son las más ignoradas.”

Este artículo prolonga otro excelente de Bruno Moreno: “Propuesta para el Sínodo (III): el matrimonio para toda la vida.” Los católicos alejados de la Iglesia no son en general capaces de vivir el matrimonio indisoluble, ni tantas otras realidades integrantes de la vida cristiana. Ya expuse en otro artículo, “Los cristianos no practicantes son pecadores públicos”. Concretando: si los bautizados católicos se alejan de la Eucaristía del domingo en forma habitual y deliberada durante años, quedando privados de la Palabra y del Pan de vida, separados así de Cristo Salvador, de sus Pastores y de la comunidad cristiana, y desobedeciendo el tercer mandamiento de la ley de Dios, vienen a ser ‘pecadores públicos’, que se excluyen ellos mismos de la vida de la gracia: ‘Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.’[1] La Eucarístía es ‘la fuente y la cumbre’ de toda vida cristiana.[2] No hay, por tanto, vida cristiana en quienes se alejan durante años de la Eucaristía. Ahora bien, es perfectamente comprensible que el matrimonio de quienes no están viviendo la vida cristiana fracase, y venga seguido muchas veces del divorcio y del adulterio.

Pero ésta es hoy la situación de aquellas Iglesias locales descristianizadas, en las que los Pastores sagrados han visto dispersado en los últimos diez o treinta años una mitad o dos tercios del rebaño que el Señor les había confiado. El alejamiento de la Eucaristía puede afectar en tales Iglesias al 80 o al 90% de los católicos. En ese tiempo la nupcialidad sacramental habrá disminuido quizá a una quinta o una décima parte. Y lo mismo la natalidad. Es, pues, perfectamente coherente con esa situación que sean innumerables los matrimonios y familias que naufragan, que están más o menos ‘heridos’. En el Instrumentum laboris del próximo Sínodo de octubre leemos acerca de ellos:[3] ‘Cuidar de las familias heridas-separados, divorciados no vueltos a casar, divorciados vueltos a casar, familias monoparentales … El gran río de la misericordia… El arte del acompañamiento… Agilización en las causas de nulidad… Preparación de los agentes… La integración de los divorciados vueltos a casar civilmente en la comunidad cristiana…’, etc. Las medicinas prácticas que se indican son muy específicas para las enfermedades conyugales y familiares.

¿Pero es posible una pastoral eficaz de los matrimonios y familias actuales en crisis si ante todo no se fomenta en ellos la recuperación de la vida cristiana? Si prácticamente son paganos, alejados de la Iglesia, mundanizados en pensamientos y caminos, ¿de qué les servirán las medicinas específicas recetadas para ellos?¿Cómo tendrán la fuerza espiritual necesaria para poder vivir las maravillas del matrimonio cristiano, que son descritas con gran verdad en el mismo Instrumentum laboris?[4] Concretamente: ¿cómo podrán vivir al paso de los años la indisolubilidad del matrimonio, a la que se oponen el divorcio y el adulterio?…

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El Padre celestial nos comunica por su Hijo Jesucristo el Espíritu Santo, que hace de nosotros ‘hombres nuevos’, ‘nuevas criaturas,’[5] ‘hombres celestiales,’[6] ‘nacidos de Dios’, ‘nacidos de lo alto’, ‘nacidos del Espíritu,’[7] ‘miembros de Cristo,’[8] ‘templos del Espíritu Santo.’[9] El hombre viejo y carnal, nacido del primer Adán, malvive bajo la guía de la razón y el impulso de la voluntad, porque estas facultades, a consecuencia del pecado, están profundamente trastornadas y debilitadas. Pero el hombre nuevo y espiritual, por obra del Espíritu Santo, re-nace en el segundo Adán, Cristo; ve evangelizada su razón por la fe y confortada su voluntad por la caridad, y ya vive según ‘la fe operante por la caridad.’[10] Ya su vida puede ser, ha de ser, es, completamente nueva. También en todo lo referente al matrimonio.

‘Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís ya según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros… Así, pues, hermanos, ya no somos deudores a la carne de vivir según la carne, que si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis.’[11]

La fe nos da participar de la sabiduría de Dios de un modo cualitativamente nuevo, respecto a la verdad que puede alcanzar la razón por sí sola. La fe sana y eleva la razón a un nivel sobrehumano de conocimiento. Es cierto que siempre habrá cristianos de poca fe, más carnales que espirituales.[12] Pero si son cristianos practicantes, que se fían de la Iglesia, Madre y Maestra, viven mal que bien en ‘la obediencia de la fe.’[13] No necesariamente son superhombres; son simplemente ‘hijos de la Iglesia’, que los guarda en la fe verdadera. Por tanto, también ellos pueden decir con verdad: ‘nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.’[14]

Como San Lucas dice de los primeros cristianos, también de éstos puede decirse que ‘perseveran en oír la enseñanza de los apóstoles [tienen y mantienen la ortodoxia del Catecismo], y en la unión [no son cismáticos], en la fracción del pan [van a Misa] y en la oración [son personas que rezan.]’[15] Simplemente son cristianos que viven la vida cristiana, y que cuando pecan, lo reconocen, con la gracia de Dios, se arrepienten y se confiesan. Y punto.

La caridad nos da a participar del amor de Dios de un modo cualitativamente nuevo, imposible ciertamente para el mero amor humano de la voluntad, tan limitado, vulnerable y débil. La caridad sana y eleva la voluntad a un nivel sobre-humano de amor, a una divina calidad sobre-natural de amor. Eso es así ontológicamente en aquel hombre que por la fe se une a Cristo Salvador y vive vinculado siempre a la Eucaristía: ‘el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.’[16]

‘El justo vive de la fe,’[17] de ‘la fe operante por la caridad.’[18] Vivir y perseverar en un matrimonio monógamo e indisoluble es prácticamente imposible para quienes se alejaron de la Iglesia y de la Eucaristía, y ya no viven según el Espíritu, en fe y caridad, en gracia de Dios. Pero el matrimonio cristiano indisoluble es perfectamente posible para los bautizados que perseveran en la vida cristiana, como lo han demostrado durante muchos siglos millones y millones de cristianos, que han vivido sus matrimonios ‘normalmente’, en el doble sentido: según la norma y también según la gran mayoría del pueblo cristiano, cuando el divorcio y el adulterio eran más una excepción que un fracaso innumerable.

Por el contrario, el matrimonio cristiano no puede ser vivido por quienes abandonan la vida cristiana, por muchos y bienintencionados que sean los remedios específicos que se les procuren: acompañamientos, no-discriminaciones en la comunidad cristiana, agentes especializados en pastoral matrimonial y familiar, etc.

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‘Los dones y la vocación[19] de Dios son irrevocables,’[20] y por eso todas las vocaciones cristianas son ‘para siempre’: el sacerdocio, la vida religiosa, el matrimonio. Dios comunica sus dones y vocaciones con un amor perfectamente libre, y Él es fiel a su propio amor comunicativo, de tal modo que sigue comunicando a sus hijos los dones y las vocaciones que les ha dado. De ahí viene la norma del Apóstol: ‘cada uno ande según el Señor le dio [don] y según lo llamó [vocación.]’[21] ‘Persevere cada uno ante Dios en la condición en que por Él fue llamado.’[22] Esta fidelidad a la propia vocación es perfectamente posible, porque Dios la posibilita con el auxilio de su gracia: ‘lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.’[23] Y quien vive la vida cristiana normalmente, aunque a veces tropezando en su caminar, puede y debe decir con absoluta certeza y esperanza: ‘todo lo puedo en Aquel que me conforta.’[24] ¿Cómo no va a poder hacer lo que Dios quiere concederle si ‘es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito’?[25]

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El sacerdocio ministerial es para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. La gracia conferida en el sacramento del Orden por la imposición de manos apostólicas es conferida para siempre.[26] Los presbíteros son cristianos ya configurados con Cristo por el Bautismo, pero ‘por la unción del Espíritu Santo [en el sacramento del Orden], quedan sellados con un carácter particular [indeleble], y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar en persona de Cristo cabeza [in persona Christi Capitis]’ Operari sequitur esse.[27] Pueden los sacerdotes obrar impersonando a Cristo porque su ser ha sido configurado a Él ontológicamente de un modo nuevo. ‘Consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden [novo modo consecrati], se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno.’

El sacerdote ‘proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación a Dios’… Él mismo ‘hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre.’[28] Difícilmente podría ser imagen viva del Buen Pastor, que totalmente ‘entrega su vida por las ovejas,’[29] si asumiera su ministerio ‘ad tempus’, sea por unos cuantos años –el tiempo lo dirá–, sea por los fines de semana solamente –como lo propugnaban los luteranos… y algunos católicos en el postconcilio–. No olvidemos la declaración del Concilio de Trento: ‘Si alguno dijere… que la ordenación no imprime carácter, o que aquel que una vez fue sacerdote puede nuevamente convertirse en laico, sea anatema.’[30] El sello que da garantía de calidad suprema al sacerdocio católico es justamente ese ‘para siempre’, que en los matrimonios significa ‘hasta la muerte,’[31] en tanto que en los sacerdotes significa in æternum.

Al conceder Dios el don del sacerdocio a un cristiano, inaugura una fuente destinada a manar siempre Palabra divina, Pan vivo bajado del cielo, entrega solícita del Buen Pastor, perdón de los pecados. Cuando esa fuente es cegada por el abandono del ministerio, cuando no sigue manando el agua de la verdad, cuando se apaga la llama de la Eucaristía en un altar, cuando se abandona a su suerte el rebaño que le había sido confiado – ‘Ya vendrá otro’… ¿Quién?… ¿Y si no hay ninguno que pueda venir?… la Iglesia, si así conviene, concede la secularización canónica, pero la concede ‘siempre con la amargura en el corazón’, ‘con gran estremecimiento y dolor.’[32]

Puede Dios permitir que, en un momento dado, una enfermedad grave psicológica o moral haga imposible en un sacerdote el ejercicio digno de su ministerio. En tal caso, el retiro del sacerdote como en una jubilación anticipada, culpable o totalmente inculpable, será un buen servicio que presta a la Iglesia. Siempre deberemos mantener hacia él nuestro respeto y estima, suspendiendo todo juicio.[33] Pero de esto a trivializar el hecho de las secularizaciones sacerdotales, como a veces se viene haciendo, hay una gran diferencia. De suyo, el sacerdocio católico es ‘para siempre’.

La consagración religiosa es para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Así se entendió de las vírgenes consagradas ya desde el principio de la Iglesia. No pocos Padres, en sus tratados sobre las vírgenes, consideraban un adulterio el abandono de una virginidad que estaba consagrada a Cristo Esposo, y que debía mantenerse con su gracia como un vínculo conyugal indisoluble: para siempre. Es sabido que ciertos institutos religiosos hacen solamente votos temporales, que renuevan periódicamente; pero son los menos. La consagración personal a Cristo en la vida religiosa implica una dedicación total al Señor y al servicio de su Cuerpo, que es la Iglesia: una consagración y dedicación, una donación personal que tiende de suyo a ser perpetua: para siempre.

El Vaticano II lo expresa muy bien en la Lumen gentium (n. 44): ‘El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados – por su propia naturaleza semejantes a los votos – con los cuales se obliga a la práctica de los tres consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y estaba consagrado a Dios; sin embargo, para extraer de la gracia bautismal fruto más copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios. La consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia’.

Como los dones y la vocación de Dios, por parte suya, son irrevocables, los hombres y mujeres que profesan en una u otra modalidad la vida religiosa quieren perseverar hasta la muerte en la vocación que Dios les concedió, sabiendo que Él es fiel a sus propios dones y llamadas. Por eso se atreven a consagrarse al Señor, a dedicarse a Él, en una donación total y sin vuelta, procurando asegurarla mediante ‘los vínculos más firmes y estables’. Es una donación que, si quiere ser total, ha de pretender ser para siempre.

El matrimonio une al hombre y la mujeres para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. El amor conyugal es indisoluble, para siempre, porque el mismo Señor que ha elegido y llamado a los esposos, y que los ha unido por la gracia propia y perenne del sacramento, lo hace posible día a día, hasta que la muerte los separe. Ésa es la gracia de estado en la vida conyugal. Al unirse en matrimonio, cada uno de los cónyuges se entrega totalmente al otro y, al mismo tiempo, recibe al otro totalmente, incondicionalmente, para siempre. Un matrimonio ad tempus –mientras vayan bien las cosas–, aunque de hecho durase hasta la muerte, no sería un matrimonio cristiano, porque guardaría siempre en secreto la llave que permite abrir la puerta de salida y de la ruptura del vínculo. No sería ‘el gran sacramentum (mysterium), el entendido entre Cristo y la Iglesia’, el que celebran sacramentalmente un hombre y una mujer bautizados.[34]

Cristo crucificado, cuando ‘todos los discípulos lo abandonaron y huyeron,’[35] no renegó de su Esposa, no se divorció de ella. Todo lo contrario. Precisamente entonces, abandonado en la cruz, se desposó con la Iglesia, y por el agua y la sangre que brotaron de su costado abierto por la lanza –el Bautismo y la Eucaristía–, selló así con su sangre la alianza de amor indisoluble que establecía con Ella para siempre.

Bien sabemos que esta unión indisoluble del matrimonio apenas es posible para muchos de los esposos que no son cristianos o que, siéndolo, viven como si no lo fueran. De hecho, con pragmático realismo, en todas las religiones y culturas está de algún modo permitido y regulado el divorcio –también en las diversas confesiones cristianas ¡y hasta en las muy venerables Iglesias ortodoxas! La experiencia de la condición humana, en su actual situación caída—‘pecador me concibió mi madre’[36]—parece que obliga a prever una posible salida a los matrimonios fracasados en su intento.

Pero el verdadero matrimonio indisoluble es posible para quienes viven unidos a Cristo en la Iglesia Católica, y gobiernan sus vidas ‘según la fe operante por la caridad.’[37] Éstos, como ya he dicho, han recibido de Dios una participación cualitativamente nueva en su propio amor eterno y trinitario. Ellos pueden vivir la verdad original del matrimonio monógamo e indisoluble. Y pueden porque ‘el amor de Dios se ha derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que se les ha dado.’[38] Sí, pueden ellos realizar la maravilla primordial del matrimonio, lo que el Creador estableció cuando creó al ser humano como varón y hembra.

‘¿No habéis leído que al principio (arjé) el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: “por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán una sola carne”. Por tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.’[39] Consecuentemente, ‘todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada de su marido, comete adulterio.’[40] ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.’[41] El Concilio de Trento da formulación dogmática a esa doctrina de Cristo.[42]

Dios permite a veces en su providencia que un matrimonio deba poner fin a su convivencia por medio de una separación conyugal   canónica, sea por trastornos psicológicos o por faltas graves morales, sea sin culpa o con culpa. El bien de los hijos, si los tienen, y el bien propio de los esposos puede hacer conveniente o incluso necesaria esta medida traumática. El Derecho Canónico regula cuidadosamente el proceso de separación conyugal (cánones 1151-1155 y otros). Pero en tal caso los esposos separados deben fidelidad al vínculo indisoluble que los une, no atentando unas nuevas nupcias, que serían adúlteras. El InstrumentumLaboris dice de ellos: cuando se da el caso de una separación conyugal, ‘la condición de quienes no emprenden una nueva unión, permaneciendo fieles al vínculo, merece todo el aprecio y el sostén de parte de la Iglesia, que tiene el deber de mostrarles el rostro de un Dios que nunca abandona y que es siempre capaz de dar nuevamente fuerza y esperanza’.

La gracia de Dios, propia del matrimonio, les dará fuerza para guardar su fidelidad esponsal, e incluso su amor mutuo, aunque no sea posible, al menos de momento, restaurar la convivencia. Y los auxiliará también para resistir los consejos criminales que puedan venirles de sus familiares y amigos, y quién sabe si de algún sacerdote: ‘tienen ustedes derecho a rehacer su vida en un nuevo matrimonio’. Esa voz es del diablo, que llega a calificar el nuevo vínculo adulterino como ‘un regalo de Dios, al que se debe tanta fidelidad como al primer matrimonio’… Perdónalos, Señor, porque no saben lo que dicen.

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Hoy son muchos, también entre católicos paganizados, los que no creen que sea posible comprometerse con vínculos definitivos. No lo creen: (1) porque no creen en la fuerza de la gracia; (2) ni tampoco en el poder de la voluntad bajo su auxilio. No lo creen porque, al no vivir la vida cristiana, lo experimentan como un imposible. Más aún, mundanizados en sus pensamientos, consideran que los compromisos definitivos –sea en el sacerdocio, en la vida religiosa o en el matrimonio– son una cadena incompatible con ‘la libertad gloriosa de los hijos de Dios’[43] y un ideal irrealizable, dada la condición congénitamente cambiante del ser humano. Estiman que el hombre debe mantener su vida siempre abierta a nuevas posibilidades. Devotos de los posibles ‘cambios’, abominan del ‘para siempre’. Distan años luz de la verdad de Dios, cuyos dones y vocaciones son irrevocables, porque Él es fiel a sus propias donaciones y llamadas.

Demos gracias a Dios, que nos concede ser hijos de la Iglesia Católica, una, santa, apostólica y romana. Ella, como ‘sacramento universal de salvación,’[44] promueve en todos los cristianos, sean laicos, religiosos o sacerdotes, una entrega total de su vida, en una totalidad que se expresa y perfecciona en ese ‘para siempre’ propio de todas las vocaciones cristianas. Brilla así la Iglesia Católica en medio de todos los pueblos y culturas, en medio de todas las religiones naturales y versiones del cristianismo, como ‘columna y fundamento de la verdad’ de Cristo,[45] como única epifanía plena de la caridad eterna de la Santísima Trinidad en este mundo temporal, tan fecundo en infidelidades.

Con el auxilio de la gracia, siga recibiendo el mundo ajeno a Cristo el testimonio católico de los matrimonios sacramentales, monógamos e indisolubles; de los religiosos consagrados al Señor y a la salvación del mundo con votos solemnes y perpetuos; de los sacerdotes que permanecen fieles a su ministerio, conscientes de que su sacerdocio es in æternum. Defienda el Espíritu Santo a la Iglesia Católica de toda falsificación, y guárdela siempre en el splendor veritatis propio de la Esposa de Cristo, Salvador del mundo.

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Finalmente, y volviendo al principio. El Instrumentum Laboris describe las actuales dolencias ‘específicas’ del matrimonio y de la familia, y señala las medicinas ‘específicas’ que les convienen. Al mismo tiempo, es cierto, reafirma también las grandes verdades de estas instituciones primordiales establecidas por el Creador y Salvador del mundo. Pero quizá no preste atención suficiente a las dolencias ‘generales’ hoy de la vida cristiana, que afectan, como es lógico, muy gravemente al matrimonio y la familia. En consecuencia, no pone el énfasis en los remedios ‘generales’, que son tan urgentes, pues sin ellos nada podrá sanarse.

Es la vida cristiana ‘en general’ la que está gravemente enferma en no pocas Iglesias locales: predominio en temas importantes de la heterodoxia sobre la doctrina católica, cristologías arrianas, pelagianismo y semipelagianismo, inhibición de la Autoridad apostólica en el combate contra las herejías y los sacrilegios litúrgicos, eliminación general tanto de la doxología como de la soteriología –salvación o condenación–, carencia de vocaciones sacerdotales y religiosas, parálisis del impulso misionero realmente evangelizador, ecumenismo falso, devaluación casi total del precepto de la Misa dominical y de los sacramentos, especialmente de la penitencia, etc. Si la Iglesia no afronta con lucidez y energía estas y otras dolencias generales tan graves, será imposible que un Sínodo pueda lograr progresos considerables en la pastoral matrimonial y familiar. Por decirlo con un solo ejemplo:

Si en muchas Iglesias locales el 90% o más de los católicos se abstiene habitualmente de la Misa dominical, el matrimonio y la familia están perdidos: disminuirán espantosamente la nupcialidad y la natalidad, aumentarán la anticoncepción y los abortos, los divorcios y adulterios, así como todo tipo de uniones irregulares y contra naturam, y quedarán inútiles los remedios ‘específicos’ que se acuerden sinodalmente para restaurar la grandeza santa de los matrimonios y familias de la Iglesia.


 

[1] Juan 6, 53.

[2] Lumen Gentium, n. 11.

[3] Tercera Parte, cap. 3, pp. 104-132.

[4] Por ejemplo, Segunda Parte, caps. 1-3.

[5] Efesios 2, 15; 2Corintios 5, 17.

[6] 1Corintios 15, 45-46.

[7] Juan 1, 3; 3, 3-8.

[8] 1Corintios 6, 15.

[9] 1Corintios 6, 19.

[10] Gálatas 5, 6.

[11] Romanos 8, 8-13.

[12] 1Corintios 3, 1-3.

[13] Romanos 1, 5.

[14] 1Corintios 2, 16.

[15] Hechos 2, 42.

[16] Romanos 5, 5.

[17] Romanos 1, 17.

[18] Gálatas 5, 6.

[19] Gr. “jarismata kai e klesis”.

[20] Romanos 11, 19.

[21] 1Corintios 7, 17.

[22] 1Corintios 7, 24.

[23] Lucas 18, 27; cf. Jeremías 32, 27.

[24] Filipenses 4, 13.

[25] Filipenses 3, 13.

[26] 1Timoteo 4, 14; 5, 22; 2Timoteo 1, 6.

[27] Presbyterorum Ordinis.

[28] Sínodo de los Obispos, 1971, I, 4.

[29] Juan 10, 11.

[30] Denzinger, 1774.

[31] cf. Mateo 22, 30.

[32] Pablo VI, 1967, Sacerdotalis coelibatus nn. 83; 85.

[33] Lat. “de internis neque Ecclesia iudicat.”

[34] Efesios 5, 32.

[35] Mateo 26, 56.

[36] Salmos 50, 7.

[37] Gálatas 5, 6.

[38] cf. Romanos 5, 5.

[39] Mateo 19, 4-6.

[40] Lucas 16, 18.

[41] Mateo 24, 35.

[42] Denzinger nn. 1805, 1807.

[43] Romanos 8, 21.

[44] Lumen Gentium 48; Ad Gentes 1.

[45] 1Timoteo 3, 15.