la-gran-farsa

Luis Fernando Pérez Bustamante

Sí, es la gran farsa. Consiste en la idea de que pueden permanecer en un mismo cuerpo eclesial personas que profesan una fe radicalmente distinta. Consiste en la idea de que la verdad y la mentira pueden ir de la mano. Consiste en la idea de que se puede ser católico y pensar como un protestante liberal, un budista o un sintoísta.

Cualquier católico digno de dicha condición entiende que el artículo que el sacerdote Pablo D´Ors publicó en Vida Nueva (más bien Herejía de Siempre), es radicalmente incompatible con la fe que profesa. Es más, no hay asomo de catolicismo en las palabras de ese presbítero madrileño y, en no pocos aspectos, tampoco lo hay de otro tipo de cristianismo, no católico.

Tanto Mons. Munilla como Mons. Rico Pavés se han encargado de recordar que las tesis de D´Ors no tienen encaje en la Iglesia. Y sin embargo, y aquí está el escándalo y la farsa, estamos ante un sacerdote que fue nombrado recientemente consultor del Pontificio Consejo para la Cultura, que preside el cardenal Ravasi. Hace años un español que trabajaba en el Vaticano me dijo que a Ravasi se le conocía como el último bultmanniano de la curia. Me temo que ya no está solo.

No hace falta ser obispo ni haber estudiado en la Gregoriana para entender que no puede ser católico, y mucho menos sacerdote, si se piensa esto: “Y eso de reservar la eucaristía en un sagrario, ¿a qué viene?” La pregunta es a qué viene que Pablo D´Ors pueda consagrar, siendo que no cree ni por un casual en la doctrina sacramental de la Iglesia.

Otro ejemplo de la gran farsa es la presencia en órdenes religiosas de personajes que se chotean del carisma de sus fundadores y que pisotean su condición de personas consagradas. Sinceramente, ¿alguien puede explicarnos qué hace Sor Lucía Caram en la misma orden que Sor María Pilar Cano? La primera tiene de monja dominica lo que yo de lama tibetano. Y la segunda se encarga de recordarlo con palabras claras, contundentes:

“En este sentido he tenido con dolor que escuchar de ti y ver actitudes en ti que desdicen de una persona, y más de una religiosa, ya que dividimos a los hermanos en lugar de dar ejemplo de integración y de acogida.”

Termino con un último consejo desde mi experiencia de ser una hermana de tu Orden: Nuestra misión y vocación necesita espacios de relación comunitaria y con Dios, cuidando las relaciones fraternas con las demás hermanas, la comunión con todas. Si dices al mundo que monja de clausura, no. Monja de silencio, no…de obediencia, no, ¿qué es lo que queda de consagrada?”

La cosa empeora, y mucho, cuando vemos que hay cardenales y obispos participando en un sínodo con la intención de cargarse la fe de la Iglesia y el mandato de Cristo sobre el sacramento del matrimonio. Sí, ciertamente hay otros dispuestos a no ceder, pero, ¿cómo pueden unos y otros formar parte de la misma Iglesia? ¿Qué tipo de engaño quieren colarnos? ¿Acaso el catolicismo es una copia barata del anglicanismo, donde lo mismo da pensar una cosa que la contraria en doctrinas fundamentales?

Quienes han recibido el don de una fe asentada, madura, firme, soportan con mayor o menor tranquilidad o inquietud este sinsentido que llevamos viviendo desde hace demasiado tiempo –esto no es de ahora–, pero ¿qué ocurre con los débiles en la fe? ¿Quién cuida de ellos? ¿Quién los orienta? ¿Quién los atiende pastoralmente?

No abundan los pastores que, como Rico Pavés, obedecen este mandato del Concilio Vaticano II: “Cada uno de los Obispos que es puesto al frente de una Iglesia particular, ejerce su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios a él encomendada, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos y cada uno, en virtud de la institución y precepto de Cristo, están obligados a tener por la Iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal.”[1]

Menos aún abundan los religiosos que, como Sor María Pilar, no se resignan a ver cómo sus compañeros de orden destruyen en poco tiempo aquello que durante tantos siglos ha dado frutos estupendos a la Iglesia.

Creo que esta situación no se puede prolongar mucho más. Dios es muy paciente, pero, llegado un momento, acabará interviniendo, como hizo en el pasado, para poner las cosas en su sitio. No sabemos con total seguridad cuándo ni cómo lo hará, pero cuando lo haga, más nos vale estar firmes en la fe. Para ello contamos con la imprescindible asistencia de la gracia. Es hora de llevar una vida sacramental más intensa, con más oración, penitencia y meditación en la Palaba de Dios. Cada uno según el don que haya recibido, pero sabiendo que basta un poco de fe para permanecer anclados en Cristo.

Que María, destructora de todas las herejías, interceda ante Dios para confundir a los farsantes que quieren cambiarnos la fe de la Iglesia por un subproducto contaminado por el espíritu del príncipe de este mundo.

Reforma o apostasía. Santidad o muerte. Fidelidad o condenación.


[1] Lumen Gentium, 23.