la-cruz-la-hoz-2.png

Daniel Iglesias Grèzes

Parte I. “Cristianismo y Revolución”

La revista Cristianismo y Revolución, publicada en Argentina de 1966 a 1971, fue un emblema del catolicismo marxista y una de las fuentes intelectuales de la guerrilla argentina. Dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio hasta su fallecimiento en 1970 y posteriormente por Casiana Ahumada, fue un medio de expresión del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, de varias organizaciones guerrilleras argentinas y latinoamericanas (incluyendo a los Tupamaros, de Uruguay) y de agrupaciones obreras de extrema izquierda. Cristianismo y Revolución es un ejemplo paradigmático de lo que C. S. Lewis llamó el “cristianismo y”, es decir una combinación del cristianismo con otra cosa, hecha de tal modo que toda la atención se centra en esa otra cosa. La lectura del índice completo de los 30 números publicados de Cristianismo y Revolución basta para convencerse de que los responsables de la revista estaban infinitamente más interesados en la revolución que en el cristianismo. No se encuentra en ella ningún tema puramente religioso, sino sólo temas políticos, tratados desde un punto de vista revolucionario, de tendencia marxista. A continuación citaré los títulos de una pequeña parte de los artículos publicados en esa revista, para dar una idea de su tendencia ideológica:

Revolución Cultural China. Sus 16 principios (número 4, Mar. 1967)

Debray, Regis, América Latina. Teoría y revolución (número 5, Nov. 1967)

Camilo Torres: Vida, acción y revolución. Testimonio de un comandante del ELN de Colombia (número 5, Nov. 1967)

Castro, Fidel, Homenaje al Che (número 5, Nov. 1967)

Gutiérrez, Carlos María, Fidel, el cristiano. Reportaje al Nuncio del Papa en Cuba (número 6/7, Abr. 1968)

Programa político del FNL de Vietnam del Sur (número 6/7, Abr. 1968)

Ponencia de los Sacerdotes Católicos, delegados del Congreso Cultural de La Habana (número 6/7, Abr. 1968)

Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Alerta: a los cristianos de América Latina por el viaje del Papa (número 8, Jul. 1968)

Camilo o el Papa (número 9, Sep. 1968)

La justa violencia de los oprimidos para su liberación. Apelación de sacerdotes al CELAM (número 9, Sep. 1968)

Molina, Gabriel, Los guerrilleros de Salta. El desprecio a los que lloran (número 11, Nov. 1968)

Méndez, Federico Evaristo; Jouvé, Juan Héctor, Carta abierta a Ricardo Rojo. Los revolucionarios tienen compañeros, no amigos (número 11, Nov. 1968)

Illich, Iván, El clero, una especie que desaparece (número 11, Nov. 1968)

Kim Il Sung, Che Guevara (número 11, Nov. 1968)

Marighella, Carlos, La lucha armada en Brasil (número 12, Mar. 1969)

Los curas que se casan. Los curas que se juegan (número 13, Primera quincena Abr. 1969)

Fidel Castro explica la Revolución Universitaria (número 13, Primera quincena Abr. 1969)

García Elorrio, Juan, Editorial: Los traidores de Medellín (número 14, Segunda quincena Abr. 1969)

Gil Solá, Jorge, Quieren guerra, tendrán guerra (número 15, Primera quincena Mayo 1969)

La violencia es natural (número 15, Primera quincena Mayo 1969)

Solidaridad revolucionaria. Para el juicio del Pueblo (número 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Eliaschev, José R. Los guerrilleros y los traidores (número 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Comité Central de Al Fataj, Manifiesto de Al Fataj (número 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Mendoza: curas por un socialismo latinoamericano (número 17, Jun. 1969)

Obispos con Fidel (número 17, Jun. 1969)

Cuba y Viet Nam, Discurso de Fidel Castro en apoyo del FNL (número 18, Jul. 1969)

La dictadura enfrenta y persigue a los verdaderos cristianos (número 19, Ago. 1969)

Castro, Fidel, Fidel se define sobre Perú (número 19, Ago. 1969)

Violenta interpelación sacerdotal a los Obispos Brasileños (número 20, Sep.-Oct. 1969)

Ho Chih Minh, Su testamento político (número 20, Sep.-Oct. 1969)

Revolucionarios brasileños liberados llegan a Cuba (número 21, Nov. 1969)

Corrientes: la reacción de Su EminenCIA (número 23, Abr. 1970)

Ongaro, Raimundo, La justicia del pueblo sancionará a los domesticados colaboracionistas (número 24, Jun. 1970)

Ejército de Liberación Nacional boliviano, Volvimos a las montañas (número 25, Sep. 1970)

Chile: Nuevo fracaso del reformismo en América Latina (número 25, Sep. 1970)

Hablan los Montoneros (número 26, Nov.-Dic. 1970)

Chile: Por la razón o por la fuerza (número 26, Nov.-Dic. 1970)

Habla el Movimiento de Izquierda Revolucionaria: entrevista con Fernando Gutiérrez, del Secretariado Nacional del MIR (número 26, Nov.-Dic. 1970)

Una Navidad combatiente (número 27, Ene.-Feb. 1971)

Reportaje al ERP (número 27, Ene.-Feb. 1971)

J.R.E. España: Euzkadi ta aktatasuna. País vasco libre (número 27, Ene.-Feb. 1971)

La Justicia del Pueblo (número 28, Abr. 1971)

MR2: El enfrentamiento armado es inevitable (número 28, Abr. 1971)

Reportaje a la guerrilla argentina (número 28, Abr. 1971)

Duejo, Gerardo, Un programa socialista: única salida real para la clase trabajadora (número 29, Jun. 1971)

Chile: Los cristianos en la construcción del socialismo (número 29, Jun. 1971)

Si Evita viviera sería Montonera (número 30, Sep. 1971)

Dri, Rubén, Ya se acerca la hora de la liberación (número 30, Sep. 1971)

Chile: quebrarle la mano al freísmo (número 30, Sep. 1971)

Durante su corta vida, la revista argentina Cristianismo y Revolución dedicó bastante espacio al Uruguay. A continuación indicaré los títulos de sus artículos de autores uruguayos o sobre temas referidos al Uruguay.

Spadaccino, Arnaldo, De la Mater et Magistra a la Populorum Progressio (número 5, Nov. 1967)

Declaración del MRO (Movimiento Revolucionario Oriental, Uruguay) (número 5, Nov. 1967)

Galeano, Eduardo, La protesta en la boca de los fusiles (número 6/7, Abr. 1968)

Zaffaroni, Juan Carlos, La juventud uruguaya frente al ideario político de Camilo Torres (número 6/7, Abr. 1968)

Seminario de CLASC en Uruguay (número 6/7, Abr. 1968)

Llamamiento para la Liberación. Documento de la Jornada de Montevideo (número 8, Jul. 1968)

Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Mensaje de Solidaridad con el sacerdote Juan Carlos Zaffaroni del Uruguay (número 8, Jul. 1968)

Pbro. Zaffaroni, Juan Carlos, Los Cristianos y la violencia (número 9, Sep. 1968)

Tupamaros: 30 preguntas a un Tupamaro (número 10, Oct. 1968)

Núñez, Carlos, Estos son los Tupamaros (número 15, Primera quincena Mayo 1969)

Giglio, María Esther, Reportaje a un Tupamaro (número 17, Primera quincena Jun. 1969)

Los Tupamaros en Uruguay y Marighela en Brasil (número 21, Nov. 1969)

Tarreche, Eduardo, Uruguay: 1969: balance de un ejercicio revolucionario (número 23, Abr. 1970)

Torturas: rutina pachequista (número 23, Abr. 1970)

Indalecio Olivera: el combate de un cura tupamaro (número 23, Abr. 1970)

Contreras, Orlando, Tupamaros: poder paralelo (número 25, Sep. 1970)

Chato Peredo, Del ELN al MLN (número 25, Sep. 1970)

Zabalsa Waksman, José Pedro, Ricardo Zabalsa: tupamaro muerto en Pando (Uruguay) (número 25, Sep. 1970)

Comunicado del MLN Tupamaros dado en Buenos Aires (número 25, Sep. 1970)

Tupamaros: Reportaje a Urbano (número 27, Ene.-Feb. 1971)

Paraguay: el caso Monzón (número 30, Sep. 1971)

La mera lectura de estos títulos causa tristeza. ¡Qué gran pena que tantos católicos latinoamericanos se hayan dejado seducir por la falsa ideología marxista, despreciando el tesoro de sabiduría contenido en la Doctrina Social de la Iglesia! El Señor no permita que este grave error se repita.

Parte II. Un prólogo del Padre Spadaccino

En esta parte comentaré variosos textos.[1] He tomado conocimiento de esos textos a través de citas encontradas en: Pbro. Felix García Álvarez, Consideraciones a propósito de la gravitación de la Iglesia en la Constituyente de 1830 y sus consecuencias. ¿Existió crisis contemporánea en la Iglesia uruguaya?[2] Aunque este último libro tiene un valor relativo, con algunos aspectos de carácter panfletario, posee al menos la virtud de contribuir a conservar, a través de las citas mencionadas, el interesante escrito referido del Pbro. Spadaccino, quien fue un sacerdote muy influyente del clero secular montevideano en 1970 era el Responsable de Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo. A continuación reproduciré los textos en cuestión del Pbro. Spadaccino, indicando las páginas correspondientes del referido Prólogo.

El autor se congratula de las profundas analogías que él cree encontrar entre la doctrina de la Encíclica Populorum progressio, publicada en marzo de 1967, y la doctrina marxista: “Sin embargo, creo que en ningún otro documento hasta ahora podrían señalarse profundas analogías con la doctrina marxista. La Iglesia ha dejado de tener miedo.”[3]

El Pbro. Spadaccino sugiere implícitamente que antes de 1967 la Iglesia tenía miedo de plantear “profundas analogías con la doctrina marxista”. Pronto veremos que esas “profundas analogías” no son tales, pero de momento me interesa subrayar que esta visión de un Magisterio de la Iglesia supuestamente dominado por el miedo no es compatible con la fe católica. Dicha visión parece provenir, en cambio, de la interpretación “rupturista” del Concilio Vaticano II, que ve a éste como una especie de quiebre en la historia de la Iglesia y casi como un nuevo comienzo absoluto, que obliga a descartar casi todo lo que es “pre-conciliar”.

Veamos ahora cuáles son las “profundas analogías” entre cristianismo y marxismo señaladas por el autor: “Sin indicar paternidades o prioridades históricas en las formulaciones y sin miedo a los suspicaces, anotamos algunos puntos de esta covisión [visión común al cristianismo y el marxismo].

–En ambas doctrinas hay un profundo mesianismo. […]

–Cualquiera podría reprocharles un exceso de confianza en el hombre y en su educación para poder formar una comunidad universal. […]

–Las denuncias formuladas sobre las injusticias actuales, en una forma más dura de lo que hasta ahora se había hecho. Frases que en otro contexto pueden ser llamadas marxistas.

–Una doctrina de la evolución y de la marcha histórica con una mayor posesión del mundo y de sus riquezas para una mayor paz y desarrollo pleno del hombre.

–La necesidad de una fraternidad universal para la marcha común.”[4]

Analicemos punto por punto estas cinco “profundas analogías”:

  1. No negaré que hay una semejanza entre mesianismo cristiano y mesianismo marxista, pero se trata sólo de una semejanza superficial. Hay una distancia abismal entre la redención cristiana y la dialéctica marxista. El Hijo de Dios, hecho hombre para nuestra salvación, nos reconcilió con Dios y entre nosotros dando su vida por amor en la Cruz. Somos salvados por la gracia de Dios en Cristo, aceptada libremente por el hombre con fe, esperanza y caridad. En cambio, en la doctrina marxista (atea y materialista), Dios está totalmente ausente y el hombre se “salva” a sí mismo construyendo, mediante la lucha de clases, una sociedad sin clases, un utópico “paraíso en la tierra”. Se trata en este caso de un inmanentismo radical.
  2. No corresponde reprochar al cristianismo un exceso de confianza en el hombre. En último análisis, el cristiano no pone su confianza absoluta en el hombre, a quien sabe pecador, sino en Dios; pero sabe también que el Espíritu Santo es capaz de santificar verdaderamente al hombre que coopera libremente con la gracia de Dios. La comunidad universal llamada “Iglesia” no es formada meramente por el hombre y su educación. Es una comunidad humano-divina, una obra de Dios uno y trino que se manifiesta visiblemente en una comunidad humana. En cambio, sí es correcto reprochar al marxismo una excesiva confianza en el “hombre nuevo” nacido de la revolución socialista. Este “hombre nuevo” es el mismo que construyó el GULAG soviético y el que aún mantiene los laogai en China.
  3. Los cristianos podemos coincidir con los marxistas (y también con los liberales y los partidarios de otras ideologías) en la denuncia de ciertas injusticias, pero ambas denuncias proceden de visiones y diagnósticos muy diferentes y conducen a respuestas muy diferentes entre sí. Para el cristiano, la injusticia tiene su más honda raíz en el pecado, que se combate mediante la unión con Cristo Redentor. En cambio, para el marxista la injusticia social es una etapa necesaria en la evolución dialéctica de la historia, que será superada mediante una lucha de clases necesariamente violenta. Según él, la violencia es la partera de la historia.
  4. El cristianismo es una religión que reconoce la relativa autonomía de los asuntos temporales, por lo cual no ofrece recetas concretas para la construcción de una sociedad perfecta en el terreno económico y político; sí ofrece principios morales que permiten orientar la acción de los individuos y las sociedades de acuerdo con la voluntad de Dios revelada por Cristo. En cambio, el marxismo se presenta a sí mismo como una ciencia (el “socialismo científico”) y cree poseer la clave de interpretación adecuada de la historia pasada y de la realidad presente y la fórmula exacta para pronosticar y edificar el desarrollo futuro de la sociedad perfecta, la sociedad colectivista.
  5. La fraternidad cristiana está basada en una filiación común: todos los hombres son o están llamados a ser hermanos, porque son o están llamados a ser, en Cristo, hijos de un mismo Padre.

El colectivismo materialista, pese a las aspiraciones con frecuencia nobles de sus partidarios, es incapaz de construir una verdadera fraternidad, debido a su desconocimiento del Padre común a todos los hombres. Se corre así el terrible riesgo de edificar una “fraternidad” puramente biológica, semejante a la de un hormiguero o una colmena.

Consideremos ahora lo que el autor escribe acerca de la revolución violenta:

“No hay duda alguna de que el cristianismo es un mensaje de paz entre los hombres, que la única violencia es la que debemos realizar sobre nosotros mismos, sobre nuestros egoísmos y desequilibrios, para poder vivir de verdad al servicio de nuestros prójimos.

Con todo, los filósofos y teólogos cristianos han hablado siempre del derecho a la guerra justa, a la pena de muerte, a la legítima defensa, aún hasta la muerte del que injustamente agrede a muerte.

Por influencia del Hinduismo y de otras comunidades cristianas, hay una corriente del pensamiento católico que ha optado por la no violencia y el pacifismo absoluto. Por la influencia del marxismo, teóricos y prácticos del catolicismo perciben la violencia actual de este mundo que oprime en sus derechos fundamentales de personas a una gran mayoría de hombres en el mundo entero. Fundamentado en algunas doctrinas tradicionales de la Iglesia y en la experiencia revolucionaria de algunos países, se inclinan a sostener lo que podríamos llamar un “derecho revolucionario”. Ésta es la tensión hacia adentro de la Iglesia Católica.”[5]

Aquí el Pbro. Spadaccino describe de un modo muy tendencioso “la tensión hacia adentro de la Iglesia Católica” en torno al problema de la legitimidad de la insurrección violenta en el contexto concreto de la América Latina de los años sesenta del siglo XX. En este ámbito, el conflicto principal se dio entre los católicos fieles a la doctrina católica tradicional, que establece un conjunto de condiciones muy estrictas para que se dé efectivamente el derecho a la insurrección violenta contra una tiranía—condiciones que evidentemente no se cumplían en ese contexto—y los católicos influenciados por la doctrina marxista y la revolución cubana, que creían en ese entonces en la inevitabilidad de la revolución socialista por la vía armada en toda América Latina y en la necesidad de que, en ese contexto, la Iglesia Católica “tomara partido por los oprimidos”, es decir por el socialismo. El autor, en cambio, presenta falsamente este conflicto como una tensión entre un imaginario grupo de católicos partidarios de un pacifismo absoluto de raíz gandhiana o cuáquera y el grupo real de católicos que, por influencia del marxismo, percibía una “violencia institucionalizada” de los gobiernos latinoamericanos, dictatoriales o democráticos, que mantenía oprimidos a los pobres en un régimen de explotación capitalista y que, aplicando erróneamente la doctrina católica tradicional, legitimaba la adhesión del cristiano a la revolución socialista en curso.

Continúa el Pbro. Spadaccino: “La Iglesia siempre advirtió de los peligros de la revolución… y advirtió de los peligros de la situación actual que provocaba a los despojados a una revolución violenta. […]

Creo que también puede entenderse tiranía económica, como poco más arriba se señala de los efectos del capitalismo liberal.”[6]

El autor es consciente de que en 1967 en muchos países de América Latina (como el Uruguay) no se daba siquiera la primera condición para la legitimidad de una insurrección, según la moral católica: o sea, la existencia de un gobierno tiránico. Por eso, de un modo muy cuestionable, estira el concepto de “tiranía” para abarcar el régimen capitalista, entendido como “tiranía económica”. Además califica al capitalismo vigente en nuestro sub-continente como “liberal”, para hacer recaer sobre él todo el peso de las reiteradas condenas del Magisterio de la Iglesia al liberalismo económico clásico. Sin embargo esta calificación resulta sumamente dudosa. Por ejemplo, en el caso uruguayo el régimen económico se caracterizaba por un muy alto grado de intervencionismo estatal, como herencia del batllismo, que podría ser visto como una especie de “socialismo a la uruguaya”. Además, aunque la Iglesia rechace el capitalismo liberal, no por eso respalda automáticamente una revolución violenta para sustituir dicho sistema económico por otro.

A continuación el Pbro. Spadaccino, aunque de un modo confuso, parece sugerir, en un mensaje dirigido directamente a “los cristianos comprometidos”, que la insurrección revolucionaria era justa o justificable en aquellas circunstancias (¡en el Uruguay de 1967!):

“No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor. Es por lo tanto una cuestión de prudencia, de posibilidad de mayor bien, a la corta o a la larga. La fijeza prolongada con todos sus desórdenes, puede justificar aún en el orden de los principios doctrinarios, la prolongación de un estado de insurrección revolucionaria necesariamente prolongado. […]

Para los cristianos comprometidos. Participar o fomentar una insurrección revolucionaria no es una cuestión de oportunismo, según se libre o no de actuar como partido político, ni de cartel para la gran masa de ciudadanos. Es, en primer lugar, una cuestión de conciencia y un asunto de justicia.”[7]

Veamos ahora otro párrafo de Spadaccino:

“El tema, así como la “tentación revolucionaria”, da como para una próxima encíclica que esperamos en la medida que esté madura una opinión en la Iglesia, entre tanto corresponde a todos elaborar opiniones y doctrinas y tomar actitudes concretas.”[8]

Al parecer, el autor no quedó satisfecho con la encíclica Populorum progressio, porque – en lo referente al tema analizado aquí – Pablo VI no hace más que reiterar la doctrina católica tradicional sobre la insurrección legítima. El autor expresa su esperanza de que en la Iglesia Católica se produzca una evolución que haga “madurar” su doctrina. No parece arriesgado suponer que él esperaba que esa evolución tendría un sentido “progresista” y se manifestaría algún día en una nueva encíclica más afín con la posición marxista. En un momento humorístico de su extraño libro, el Pbro. Felix García Álvarez acota que esa encíclica “la escribirá el Pbro. Spadaccino cuando sea Papa”. Spadaccino insinúa otro error grave al decir que “entre tanto [es decir, hasta que no se escriba su imaginaria encíclica] corresponde a todos elaborar opiniones y doctrinas y tomar actitudes concretas”, al parecer libremente, sin preocuparse de mantenerse fieles a la doctrina católica vigente.

Concluiré este artículo comentando otras dos citas del Pbro. Spadaccino:

“Si la Iglesia tuvo en el pasado esa participación, y ahora está arrepentida de ello, debe decirlo en este momento de revisión y fidelidad profunda.”[9] “La Iglesia que no está por los vientos del momento, sigue sosteniendo que la propiedad privada ayuda a la realización del hombre.”[10]

En la primera frase, el autor parece sugerir que hasta el presente la Iglesia ha participado de un modo negativo en la lucha de clases, apoyando a la clase explotadora, lo cual es un grueso error histórico y teológico. En la segunda frase, pese a su ambigüedad, el autor parece lamentar que la Iglesia no se sume a la corriente (que entonces a muchos parecía destinada a un triunfo global inevitable) de la revolución socialista, orientada a eliminar la propiedad privada de los medios de producción. Efectivamente, la Iglesia Católica –y ésta es una de sus notas de gloria– no se dejó llevar por “los vientos del momento” y siguió sosteniendo firmemente que la propiedad privada es un derecho natural, pero no absoluto, en razón del destino universal de los bienes. Así la Iglesia defendió al hombre del sistema socialista, el que, dondequiera se aplicó integralmente, se reveló muy pronto y muy claramente como inhumano.

Continuará.


[1] Pbro. Arnaldo Spadaccino, Prólogo, en: Encíclicas Populorum Progressio (de Pablo VI) y Mater et Magistra (de Juan XXIII), Editorial Diálogo, La Paz-Canelones, 1967.

[2] ¿Existió crisis contemporánea en la Iglesia uruguaya?, Imprenta Arias, San Carlos-Maldonado, 1981, pp. 104-108.

[3] Pbro. Arnaldo Spadaccino, o. c. pp. 14-15.

[4] ibid. p. 13.

[5] ibid. p. 17.

[6] ibid. p. 17.

[7] ibid. p. 17.

[8] ibid. p. 21.

[9] ibid. p. 21.

[10] ibid. p. 15.

Anuncios