movimientos

Miguel Antonio Barriola

Podríamos comenzar por el final, es decir por la última recomendación del Señor resucitado a sus enviados, tal como figura en Mateo 28,19-20: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.”[1]

Ya de entrada podemos comprender que los Doce y cuantos se les fueron juntando en la inmensa obra del anuncio de la Buena Nueva no pudieron expresarse en su arameo natal, en Atenas, Roma o las diversas regiones que fueron adoctrinando. De entrada la traducción tuvo que ser una primera adaptación.

Pero no menos hubo asimismo aterrizajes culturales que, sin deformar lo esencial del mensaje, se acomodaban a las diferentes situaciones. Así encontramos en los mismos Evangelios variados casos de este cariz. Baste recordar uno muy importante.

Refiriéndose a una trascendental innovación,[2] Mateo 5,31-32 y 19,9 nos recuerda que Jesús, refiriéndose sólo al varón, sentenció: “El que se divorcia de su mujer… la expone a cometer adulterio”. En cambio, cuando Marcos afronta el mismo asunto, añade algo: “Si uno repudia a su mujer… y si ella repudia a su marido”.

¿Qué dijo Jesús de hecho? Seguramente lo expresado en Mateo, dado que habló a judíos y el Primer Evangelio también fue dirigido a “judeocristianos”. Y, además, sabemos del “machismo”, que se puede observar en el Antiguo Testamento. En cambio, en Roma las mujeres gozaban de mayores libertades[3] y hasta podían iniciar un proceso de divorcio respecto a sus cónyuges. Marcos, entonces, escribiendo su Evangelio a cristianos romanos, sin traicionar lo esencial del mensaje de Jesús, lo acomoda a una cultura con otras modalidades.

También podríamos aludir a las necesarias acomodaciones de lenguaje. Imaginemos, por ejemplo, los primeros misioneros católicos que llegaron a Alaska o territorios cercanos al Polo Norte. No podrían haber repetido Mateo 10,16: “Sean prudentes como serpientes”, simplemente porque en aquellas gélidas regiones no se conocen semejantes ofidios. Habrán dicho: “Sean prudentes como las focas” o vaya uno a saber qué, pero es evidente cómo también es preciso bajar igualmente a este tipo de adecuación de las palabras mismas.

No menos se pide una adaptación hacia atrás. O sea, respecto a las tradiciones o costumbres reflejadas en la Biblia que, traducidas al pie de la letra, han de ser ubicadas en su tiempo y costumbres, por medio de expresiones equivalentes. Por ejemplo, si un enamorado le dijera a su amada hoy en día: “Yo te comparo, amada mía, a una yegua uncida al carro del Faraón,[4] tal como se lee en el libro más romántico del Antiguo Testamento, de seguro que se rompería el idilio. Pero, hemos de situarnos en aquellas remotas épocas, de las cuales nos quedan vestigios en los bajorrelieves egipcios, donde se puede observar a las yeguas faraónicas adornadas con espléndidos plumajes y hasta joyas.

Algo similar sucede con diferentes amenazas que leemos frecuentemente en labios de los profetas: “Golpearé de Jeroboam a todos los que orinan contra la pared.”[5] Es evidente, que se refiere a “los varones”.

Más cerca nuestro, fijémonos cómo el beato José Gabriel del Rosario Brochero (“el cura gaucho”) se acercaba al modo de hablar de sus paisanos. Sabemos cómo llamaba él frecuentemente a jesuitas predicadores de Ejercicios Espirituales. En una ocasión, habiendo exhortado en perfecta teología uno de estos padres: “Acércate a esa cruz y contempla cómo está lastimado Jesucristo, pagando por los pecados”. Al terminar este punto, se levantó el buen párroco y dijo aparte al misionero: “Padre, mis paisanos no lo entienden si así les habla. Permítame a mí la otra parte”. E hincándose Brochero ante el Santo Cristo exclamó: “Mira hijo, lo jodido que está Jesucristo, saltados los dientes y chorreando sangre. Mira la cabeza rajada y con llagas y espinos. Por ti que sacas la oveja del vecino. Por ti tiene jodidos y rotos los labios, tú que maldices cuando te chupas. Por ti que atropellas la mujer del amigo. ¡Qué jodido lo has dejado en los pies abiertos con clavos, tú que perjuras y odias…!” El historiador añade que “aquellos hombres se iban encorvando como de vergüenza poco a poco e iban subiendo también los sollozos.”[6]

Adaptación, no adulteración

Ahora bien, no hemos de olvidar que, mandando “a todo el mundo”, Jesús no dijo: “Prediquen lo que le guste a la gente, lo que esté de moda”, sino “todo lo que Yo les he mandado.”[7] Por lo tanto hemos de estar muy atentos a tantas tentaciones, que se presentan a veces bajo el manto de la comprensión y misericordia y que, en realidad, son chantajes.

Siendo párroco, en un día de primeras comuniones, se me presentó en el confesonario un penitente, con el siguiente planteo: “Padre, hoy hace mi hijita su primera comunión. Pero, soy casado, divorciado y vuelto a casar y… el cura de la parroquia de al lado me permite comulgar”. Le respondí algo por el estilo: “Usted perdone. No le apareceré un ‘cura tan piola’, pero yo no soy el dueño de la ley. Así que Usted puede participar de este acontecimiento tan grande para su hija y familia, como aquel dolorido, pero consciente cristiano que, encontrándose en su misma situación, participaba de la Eucaristía y, cuando veía a sus hermanos, que se acercaban a comulgar, oraba algo así: ‘Señor, que mis hermanos te reciban con las ansias que tengo yo de hacerlo… pero no puedo’ “.

Otro Jueves Santo, se presentó un joven con parecida situación y, al querer confesarse, manifestó algo así: “Padre, en un día tan profundo como el de la Institución de la Eucaristía, tengo grandes ganas de comulgar, pero… soy casado, divorciado y vuelto a casar”. Al explicarle la misma doctrina que en el caso anterior, se insubordinó, protestando: “Ve, uno vuelve y ustedes lo rechazan”. Le pregunté: “¿Volviste o viniste con tus condiciones?”

También se ha extendido mucho el indiferentismo religioso: todo el mundo se salva,[8] ¿para qué entonces molestar a la gente, para que acepte la fe católica?

Así también, debido a un “feminismo” ultra-exagerado, se anda esparciendo la costumbre de tildar a San Pablo de “misógino”. Por ejemplo, muchas veces se rechaza como posible lectura para el sacramento del Matrimonio a Efesios 5,21-33. Ahora bien, el texto nos invita a “todos y todas” a “someternos los unos a los otros por consideración a Cristo.”[9] Por lo mismo, cuando exhorta expresamente a la mujer a respetar a su marido, no significa eso considerarla con inferioridad, sobre todo teniendo en cuenta que sigue el consejo a los maridos a que traten a sus cónyuges, “como Cristo amó a la Iglesia, entregándose por ella.”[10] Por otro lado, nos enseña no menos el mismo Pablo: “Cuando el universo entero le sea sometido, el mismo Hijo se someterá también a aquel que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos.”[11] Sometimiento que nadie llamará “de inferioridad”.

Jesús nos envía a cosechar lo más posible, pero no necesariamente a tener éxito a toda costa

Así, cuando ensayó un primer envío misionero, advirtió: “Si la casa se lo merece, la paz de ustedes vendrá sobre ella… Si alguno no los recibe…, al salir de su casa, sacudan el polvo de sus pies.”[12]

De modo análogo, al proponer la “corrección fraterna”, expresó: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas… y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.”[13]

Se tratará, pues, siempre de “proponer” sin jamás “imponer” la verdad del Evangelio. Cosa que no significa descalificar la labor apologética de defensa, refutación de sofismas y hacer frente al poderosísimo aparato anticristiano y sobretodo de inquina contra la fe católica, poderosamente organizado hoy en día. ¡No! Hemos también de tener en cuenta el saludable consejo de Pedro: “Dispuestos siempre para dar explicación a todo el que les pida la razón de la esperanza de ustedes, pero con delicadeza y con respeto.”[14] Al igual que las exhortaciones paulinas: “Arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.”[15]

Jesús mismo, ante lo que les pareció “duro” a muchos de los discípulos que lo seguían, se dirigió a los que quedaban todavía y les preguntó: “¿También ustedes quieren irse?”[16] Es que no buscaba muchedumbres que lo siguieran a cualquier precio. Quiera El mismo, que siempre nos acompañe la lucidez y valentía de la respuesta petrina: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.”[17]

Co-laboradores, “no protagonistas”

En este apartado se querría insistir en que los evangelizadores, predicadores o misioneros, sacerdotes o seglares, nunca han de dejar que se mezcle en sus empresas, organizaciones o tareas pastorales el mal espíritu de los celos o las ansias de “personajes mediáticos”.

Aludimos brevemente a los cuatro primeros capítulos de la 1Corintios, que dejamos a la fructuosa lectura de cada uno. En ellos Pablo fustiga los corrillos que se estaban armando en Corinto: “Yo de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas.”[18] El Apóstol se opone con sabiduría, vigor y humildad a semejantes pullas entre grupúsculos, aunque se aglomeraban en torno a personas tan santas. Él siempre va a insistir en que todos los enviados por Cristo (él inclusive) son syn-ergói,[19] o diákonoi, servidores.[20] Esa partícula “syn”, que indica “junto con”, es frecuentísimamente repetida por Pablo, como para indicar que “sin” Cristo nada somos, se nos suben los humos a la cabeza y, en vez de construir, demolemos. Los evangelizadores, según la explicación del Card. G. Ravasi: “son co-laboradores, que trabajan con uno que es el verdadero actor. Nosotros estamos siempre ‘con’ (syn): esta preposición es muy querida por Pablo, la usa continuamente conjugándola con las frases ‘con-vivimos con Cristo’, ‘con-morimos con Él’, ‘con-resucitamos’…”[21]

Así evitaremos una auto-apreciación que suele ser una tentación frecuente en algunos pastores. Si no, repasemos la exagerada confianza con que Pedro opuso su desmesurado “yo” a la cobardía que sospechaba en sus compañeros: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, “yo” no me escandalizaré.”[22] Una vez caído en sus vergonzosas tres negaciones,[23] cuando el Señor, una vez resucitado, le pregunte por tres veces si lo amaba,[24] ya dará un paso de humildad y en vez de responder con el verbo con que lo interrogó Jesús (agapás me), que indica un amor elevado y perfecto, respondió con otro verbo que da a entender afecto, pero no tan acabado: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.”[25] Ya tenemos un primer paso de humildad. Notando también cómo el “yo” (tan en primera línea en la Última Cena) desaparece detrás de una palabra que necesariamente se refiere a otra persona, destacando además el predominio de los “Tú”: “Tú sabes que te quiero.”[26]

Esto nos ahorrará las inútiles y casi escandalosas riñas, que ha habido (y hay) en la Iglesia entre congregaciones religiosas,[27] movimientos o grupos.

Ya las tuvo que soportar, con infinita paciencia, el mismo Jesús entre sus elegidos, cuando tantas veces se trenzaban en discusiones, a ver quién era el “mayor entre ellos”. En la mismísima Última Cena de despedida, nos informa Lucas,[28] estaban discutiendo “cuál de ellos era el más grande”. Con magnanimidad sublime y extraordinaria, el Señor entregó en manos de aquellos mezquinos discípulos suyos la grandeza de su amor ilimitado junto con la Eucaristía, que los fue agigantando, hasta que llegaron muchos de ellos a dar también su sangre, uniéndola a la redentora del Calvario, revivido a lo largo de los siglos en la Misa.

Que somos de “Cursillos de Cristiandad”, “Carismáticos”, “Neocatecumenales”, etc. Las diferentes acentuaciones de espiritualidad, métodos de apostolado o lo que sea, deberían servir, no para oposiciones o envidias, sino para la variedad sinfónica de tanta riqueza en el Cuerpo de Cristo. Así como los violines no son los oboes, ni los timbales el arpa, pero tales y tantas diferencias de instrumentos confluyen armónicamente, para brindar una misma partitura, bajo la batuta del mismo director de orquesta, en forma similar han de contribuir los diversos carismas a la multiplicidad unificada de los dones, que Dios distribuye entre personas o grupos.

Así, ni más ni menos, han de ser las personas, instituciones o movimientos en el Cuerpo de Cristo. Repásense los capítulos 12 al 14 de 1Corintios, al respecto. La mano no es el pie, el ojo tiene una función diferente a la del oído, pero todos se coordinen para el único bien del cuerpo todo y, teniendo especial preocupación por los que no son tan notorios, como aconseja el mismo Pablo.[29]

Parece que ilustra a la perfección este estado de cosas aquella anécdota del Papa León XIII. Estaba dando audiencia a los miembros de una ilustre orden religiosa, e iba preguntando a cada uno sobre sus ocupaciones. “Yo enseño filosofía”, informó uno. “Yo Patrología”, declaró otro. “Yo dogmática”, indicó un tercero. Y así, hasta que llegó a un hermanito lego, que expresó: “Yo soy cocinero”. El Papa, le aseguró: “Sin sus platos estas lumbreras ni podrían abrir la boca.”

No temer corregir

No faltaron ni escasean también hoy en día aquellos pastores que, dejándose llevar de una excesiva indulgencia,[30] omiten llamar la atención o corregir a quienes yerran en la fe o las costumbres. Se merecen el reproche que Isaías[31] dirigía contra negligentes guías del pueblo de Dios: “Perros mudos, incapaces de ladrar”.

Todo lo contrario nos encontramos en la tarea pastoral, tal como nos la encontramos en textos insignes de la Escritura. “Yo a los que amo los reprendo”, dice Jesús en la carta apocalíptica a los dirigentes de Laodicea. (Apocalipsis 3,19)[32]

Ahora bien, el autor de Hebreos nos previene: “Ninguna corrección resulta agradable en el momento, sino que duele. Pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella.”[33] Por lo cual, cuando seamos reprendidos por superiores o debamos llamar al orden a subordinados, parroquianos o no, hemos de contar con esa primera reacción de sentirnos agredidos, pero no menos todos hemos de habituarnos a esperar el buen resultado de las advertencias, dirigidas a nuestro adelanto espiritual o en el orden que sea.

Y ya, desde el primer escrito de todo el Nuevo Testamento, nos encontramos con el cuidado paternal de Pablo, que ama a los suyos, pero se sitúa lejos del menor asomo de verse adulado o intento de congraciarse con sus convertidos. Basta la verdad: “Ustedes saben –y Dios es testigo de ello– que nunca hemos buscado pretexto para ganar dinero. Tampoco hemos ambicionado el reconocimiento de los hombres, ni de ustedes ni de nadie, si bien, como Apóstoles de Cristo, teníamos derecho a hacernos valer.”[34]

Algo análogo hemos de acostumbrarnos a vivir respecto a las pruebas que el mismo Dios permite en nuestras vidas y planes. Recordemos la sabia advertencia del Deuteronomio.[35] El Señor se mostró poderoso y espléndido en milagros de liberación, cuando la salida de su pueblo de la esclavitud egipcia: milagro del mar, destrucción de los ejércitos perseguidores, etc. Pero, rememora y amonesta no menos: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante cuarenta años. Allí Él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios… Reconoce que el Señor, tu Dios, te corrige como un padre a sus hijos”.

Los momentos de oscuridad y borrasca, entonces, no deben apocarnos y hacer que caigamos en depresión espiritual, sino que el gran Maestro de la vida interior los destina para “conocer el fondo de tu corazón,”[36] si sólo amamos a Dios cuando todo va bien, o también le somos fieles en la adversidad y la cruz. En fin, lo que en alguna parte escribió lúcidamente San Bernardo: “No hay que buscar tanto los dones de Dios, cuanto al Dios de los dones”.

Oración y apostolado

En muchas ocasiones solemos expresarnos como si el recurso a la oración fuera el último y desesperado intento de acudir a alguna situación difícil o complicada: “Voy a rezar por el problema”.

No fue así para Jesús. Al observar que “la mies es mucha, pero los trabajadores pocos,”[37] no se puso a organizar escuadrones de cosechadores, sino que lo primerísimo que aconsejó fue: “Rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.”[38] Por lo tanto, siempre debería consistir nuestro primer instrumento de Evangelización la fe convencida y profunda en que, sin el auxilio de Dios, nuestros esfuerzos serán vanos.

Lo podemos confirmar en casi toda la Biblia. Así Pablo pide a sus Colosenses: “Rueguen al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos dé la ocasión de predicar y de exponer el misterio de Cristo, por el cual estoy en la cárcel.”[39]

Ya el salmista advertía: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas.”[40] Y recordemos cómo la Pequeña Teresa, sin haber salido de su monasterio de Lisieux, ha sido proclamada “patrona de las misiones”. Simplemente porque creía y confiaba en la fuerza de la oración para trabajo tan duro, universal y que atraviesa los siglos.

En consecuencia, en muchas misiones u organizaciones apostólicas, se suele tomar en primer lugar la medida de pedir a monasterios de contemplativos o religiosas de clausura que se los acompañe desde el silencio eficaz de la oración.

Epidemia del acostumbramiento

Como en toda profesión, puede acecharnos la gran tentación del aburrimiento, volviéndonos “funcionarios eclesiales”, con “horario de oficina” y ansias de “pasar a otra cosa más divertida”, no bien podamos.[41]

Sin embargo, no toda repetición cansa. Aquello que gusta, suele ser visto una y otra vez. Así, quienes gozan con el foot-ball no se cansan de ver la reiteración de ciertos goles o jugadas; en la ópera o conciertos, el público suele pedir “bis” cuando algún aria o coro ha sido bien interpretado por el tenor, la soprano o quienes sean.

Por lo mismo, aquello que constituirá nuestra “vocación de por vida” no puede caer en la monotonía meramente soportada, el frustrante sentimiento del “más de lo mismo”, cediendo a las ansias de la diversión o la novedad perpetua. Así podemos observar, lamentablemente, cómo la inmensa mayoría de la gente se cansa y busca siempre sensaciones novedosas. “Bailando por un sueño”, “Nadando por un sueño”, “Patinando por un sueño” y mil variaciones, que tienden a saciar el hambre de “lo distinto”, casi cada día.

Pero, para la fe cristiana hay realidades, en el tiempo, de valor perenne y que no podemos dejar abandonadas a nuestros estados de ánimo o cambiarlas a piacere. Ya lo advertía la Gaudium et Spes, la Constitución Pastoral del Vaticano II, que tantos consideran como la “más moderna” y “dialogante con el mundo”, que, sin embargo, en su n. 10, no dejó de recordar lo siguiente: “Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre.”[42]

Esta permanencia está siendo poderosamente atacada hoy en día por “ilustres” teólogos, obispos y cardenales, ante la problemática sacramental, ya del matrimonio, ya de la Eucaristía y la Penitencia. Por lo cual, hemos de recordar y nunca olvidar que el amor verdadero entre cónyuges cristianos no dura sólo “en la luna de miel”, sino que ha de permanecer (si es verdadero cariño y no sólo mero enamoramiento primerizo) también cuando se va la miel, quedando sólo la luna.

Por más que su música sea estupenda y excepcionalmente artística, no podemos consentir con la letra y fondo de la “Habanera”, cantada por la protagonista en la ópera “Carmen” de G. Bizet:[43]L’amour est enfant de Bohème, qui n’a jamais, jamais a connue des lois.[44] Porque, si se trata de afecto humano, no se puede excluir del mismo aquello que es su diferencia específica: la inteligencia (animal rationale). De lo contrario es mero erotismo, flechazo de Cupido.[45]

Aplicando lo expuesto a la vocación apostólica, especialmente sacerdotal, según el carisma propio de la Iglesia católica latina, he visto, en mi ya larga vida de formador en seminarios (Montevideo, Córdoba, Tucumán, Santa Fe, La Plata), verdaderos llantos de emoción y alegría en las solemnes ceremonias del sacramento del orden. Pero…, no menos: posteriores períodos de saciedad, monotonía, desencanto de una vocación que se quiso abrazar de por vida.

Es que ya desde épocas neotestamentarias, hemos de contar y practicar el repetido consejo de Pablo a Timoteo: “No descuides el carisma que hay en ti, que te fue dado por intervención profética con imposición de manos del presbiterio. Medita estas cosas y permanece en ellas, para que todos vean cómo progresas. Cuida de ti mismo y de la enseñanza. Sé constante en estas cosas, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.” [46]

Semejante recomendación repetirá en 2Timoteo 1,6: “Reaviva (ana-zo-pyrein)[47] el carisma que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.”

No menos puede apoderarse de las vocaciones apostólicas, sacerdotales, religiosas, el desenfreno de lo “divertido”, el ya mentado “tinellismo”, el recurso a cualquier medio con tal de salir del tedio de “siempre lo mismo”. Y, para remediar tales hastíos, no se ha de buscar teatralidad o lo fuera de serie. Como tan claramente lo describía el entonces Cardenal Ratzinger: “La liturgia no es un show, no es un espectáculo que necesite directores geniales y actores de talento. La liturgia no vive de sorpresas ‘simpáticas’, de ocurrencias ‘cautivadoras’, sino de repeticiones solemnes [remarcado por mí]. No debe expresar la actualidad, el momento efímero, sino el misterio de lo Sagrado. Muchos han pensado y dicho que la liturgia debe ser ‘hecha’ por toda la comunidad para que sea verdaderamente suya. Es ésta una visión que ha llevado a medir el ‘resultado’ de la liturgia en términos de eficacia espectacular, de entretenimiento. De este modo se ha dispersado el proprium litúrgico, que no proviene de lo que nosotros hacemos, sino del hecho de que aquí acontece Algo que todos nosotros juntos somos incapaces de hacer.”[48]

Estos recursos bastante extravagantes para “salir del cansancio repetitivo” han de ser igualmente tenidos a raya en la vida privada cotidiana. No puede ser que, al sentirnos saturados de trabajo, vayamos siempre a la TV, Internet o cualquier tipo de entretenimiento. Lejos de mí y de cualquier formador sensato el negar la utilidad de las computadoras, Internet y el uso moderado de la TV, el cine y tantos otros modos de rebajar en algo las tensiones del día. Pero, bueno sería que no fueran siempre y primordialmente esos recursos los que nos hagan reposar o reponer fuerzas. Aconsejable sería llevar un plan de lectura, seguir estudiando, que no se acabe la formación con el último examen que se presentó en los años de formación. Orar y sobre todo impedir que la riqueza de la Liturgia de las Horas se vuelva “la suegra”, como calificaban algunos curas de otras épocas al “Breviarium Romanum”. Y, no en último lugar, dedicar buen tiempo a la preparación de las homilías.

Evangelii gaudium[49]

Por lo común, cuando se menciona o se anhela “la alegría”, se la suele asociar con la fiesta, la jarana, el jolgorio, la carcajada.

No así lo hizo Jesús, cuando en su primer discurso (según Mateo) unió “la felicidad”, “la beatitud,”[50] con lo que se suele aborrecer o tener lejos de la vista: los pobres, pacientes, afligidos, etc…

Significativa unión armónica, que nunca hemos de perder de vista en nuestros logros, éxitos y frutos de apostolado o desilusiones y derrotas. No siempre todo nos saldrá a pedir de boca, pero que las borrascas o fracasos nunca nos hagan bajar los brazos.[51]

Nos puede ilustrar y alentar la carta de Pablo a los Filipenses. Tratándose de una “epístola de la cautividad”, redactada en el calabozo, no menos de once veces evoca o exhorta a la alegría.[52] De los cuales pasajes, sea permitido resaltar algunos, ya que muestran la magnanimidad en el genuino gozo del Apóstol.

Aún sabiendo que muchos predicaban a Cristo con envidia respecto a sí mismo, escribió: “Aquellos, en cambio, anuncian a Cristo por espíritu de discordia, por motivos que no son puros, creyendo que así aumentan el peso de mis cadenas. Pero ¡qué importa! Después de todo, de una u otra manera, con sinceridad o sin ella, Cristo es anunciado y de esto me alegro y me alegraré siempre.”[53] “Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría. También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.”[54] “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.”[55] “Yo tuve gran alegría en el Señor cuando vi florecer los buenos sentimientos de ustedes con respecto a mí.”[56]

Recordemos también la dicha del mismo Jesús: “En aquella hora se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños.’”[57]

Contamos con gran cantidad de esta “alegre sabiduría”, inspirada casi directamente por el mismo Espíritu Santo a pequeños, iletrados, pero santos.

Santa Juana de Arco, antes de sus gloriosas gestas militares en favor de Francia, había sido una pastora analfabeta. Cuando fue hecha prisionera por los invasores ingleses, se la sometió a juicios tremendos, para poder condenarla como “hereje”. Sus jueces fueron doctísimos teólogos dominicos, aliados con los enemigos de Francia. Dado que nadie puede estar seguro de estar en gracia de Dios[58] fin de enredarla, le preguntaron: “¿Estás tú en gracia de Dios?” Ella respondió: “Si estoy, que Él allí me guarde. Si no, que Él allí me guíe”. Se entregó por completo al Señor, sin ponerse a sí misma en el centro, respondiendo en perfecta teología de la gracia.

Así también, el Santo Cura de Ars; cuando empezaba a ser reconocido como gran confesor, de modo que se agolpaban en su confesonario peregrinos de casi toda Francia, algunos clérigos envidiosos organizaron una junta de firmas, para pedir al obispo que no se dieran tales atribuciones a quien se había mostrado tan retrasado en sus estudios. Y bien, una de esas folias vino a caer en manos del mismo Juan B. María Vianney, que… agregó su propia firma a la lista de los “protestantes” en su contra. Evidente rasgo de buen humor, respecto a su propia valoración, tan alejada de cualquier altanería.

Santa Bernadette Soubirous era hostigada hasta por el cura párroco de Lourdes, cuando comunicaba los mensajes recibidos de la Virgen. Entonces respondía con total sentido común: “No me mandó la Señora que los convenciera, sino que les comunicara lo que les estoy contando”.

A mí mismo me pasó que, colaborando con una misión en el “Hospital Misericordia” de Córdoba, al acercarme a confesar a una ancianita, me dijo: “Padre, yo ya estoy sentenciada: tengo cáncer. Pero… ¿sabe lo que es? Allá en Traslasierra, donde yo vivía, el cura pasaba casi sólo una vez al año y aquí, tengo a Jesús todos los días”. ¡Cuánta apreciación “sabia”, para tantos que tenemos el Sagrario tan al alcance y cerca de nuestras moradas!

Con todo, esta preferencia de Jesús por la “sabiduría de los pobres y humildes” no quiere decir que tengamos que dejar los estudios, la mejor preparación, la conciencia de que nunca podremos dejar de cultivarnos en Sagrada Escritura, Teología, recursos para responder a dificultades que se presentan contra la fe, etc.

El Señor, excluyendo a “los sabios y entendidos”, se refiere a los que se pavonean con sus títulos y diplomas, o buscan far carriera. Sólo advierte, pues, para que no seamos pagados de nosotros mismos, que no se nos suban los humos a la cabeza o a fin de no afanarnos detrás de pretensiones honoríficas.

Puede ilustrar esta advertencia la siguiente anécdota.[59] Iban los que asistieron a la escena en un automóvil por una carretera canadiense. Delante de su coche marchaba otro que, en una curva muy cerrada, se estrelló malísimamente, de modo que sus ocupantes resultaron casi difuntos.                Al bajarse del auto, para examinar el estado en que habían quedado los accidentados, uno observó: “Miren, aquel tiene una cadena y una cruz. Ha de ser un obispo”. El personaje señalado, ya casi cadáver, replicó: “Arz”- obispo.

Orán de Salta, Argentina, 5 de septiembre de 2015.


[1] ADVERTENCIA PREVIA: Dos días antes de mi viaje a Orán, para ofrecer una charla sobre Los Mártires del Zenta, el Pbro. Martín Alarcón me pidió si podría también brindar algunas consideraciones sobre la encíclica del Papa Francisco: Evangelii gaudium. No disponiendo del tiempo suficiente para tal objetivo, le propuse desarrollar algunos balbuceos sobre la Evangelización, basándome en el mismo Nuevo Testamento. Tal fue lo que expuse el 29/VIII/2015, sometiéndolo ahora a la consideración de los indulgentes lectores.

[2] Que, con todo, se conectaba con el “comienzo”, querido por el mismo Dios y que… hoy anda también tan discutida en vísperas de la última etapa del Sínodo de los Obispos…

[3] Más aún que en la democrática Grecia, donde las mujeres quedaban reducidas a los “gineceos”.

[4] Cantar de los Cantares 1,9.

[5] 1Reyes 14,10; 15,29; 21,21; 2Reyes 9,8.

[6] A. Aznar, Los caranchos y el Cura Brochero. Su lenguaje enfático, Córdoba (1956) 7-8. Tomado a su vez de: Pbro. César Alejandro Pluchinotta, El Cura Brochero, Hombre – Sacerdote / Su humanidad y espiritualidad sacerdotal, Ed. Lumen, Buenos Aires-México (2013) 122, n. 260.

[7] Mateo 28,20.

[8] Mucho influyó en estos talantes la teoría del “cristianismo anónimo” de K. Rahner, a la cual (sin nombrarla) fustigaba la Redemptoris Missio de San Juan Pablo II: “No obstante, debido también a los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones teológicas [resaltado por mí], algunos preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para qué entonces la misión?” (Roma, 7 de diciembre 1990, Nº 4. Ed. Claretiana, Buenos Aires 1991, 9-10). Nueve años después tuvo que salir también la Dominus Jesus (6 de agosto de 2000), en referencia a tan extendido relativismo misionero.

[9] Efesios 5,21.

[10] Efesios 5,25-26.

[11] 1Corintios 15,28.

[12] Mateo 10,13.

[13] Mateo 18,15-17.

[14] 1Pedro 3,15-16.

[15] 2Timoteo 4,2.

[16] Juan 6,67.

[17] Juan 6,68-69.

[18] 1Corintios 1,12; 3,4.22.

[19] Trad. co-operadores, co-laboradores: 1Corintios 3,9.

[20] 1Corintios 3,5.

[21] Ver: G. Ravasi, Lettera ai Corinzi, Bologna (1991) 48.

[22] Mateo 26,33; Marcos 14,29.

[23] Mateo 26,69-75 y paralelos sinópticos.

[24] Juan 21,15-18.

[25] filó se: Juan 21,16.

[26] Juan 21,15-17.

[27] Es una exageración, pero se contaba en tiempos de las tristemente célebres “controversias de auxiliis” (entre los siglos XVI y XVII), en las que los jesuitas (molinistas) se oponían a los dominicos (bañecianos), que un dominico, durante unas predicaciones cuaresmales, anunció: “Mañana hablaré de la Compañía de Jesús”. Al otro día se colmó de público el templo y, dado que en aquella Iglesia había a un lado un altar con el nacimiento del Niño Dios y en el muro de enfrente otro con el Calvario, el ingenioso, pero no menos malicioso, predicador, señalando al pesebre, dijo: “Compañía de Jesús: al nacer: bestias” (por el asno y el buey, que suelen colocarse al lado del Divino Niño). Y volviéndose al otro altar: “Al morir, ladrones”.

[28] Lucas, 22,24.

[29] 1Corintios 12,22-23.

[30] O “buenismo”, como la suelen llamar hoy en día.

[31] Isaías, 56,10.

[32] Que reproduce, por otra parte, el ya antiguo consejo veterotestamentario: “Porque el Señor corrige a los que ama, como un padre a su hijo predilecto.”

[33] Hebreos 12,5-11.

[34] 1Tesalonicenses 2,5-7.

[35] Deuteronomio 8,2-5.

[36] Deuteronomio 8,2.

[37] Mateo 9,37.

[38] Mateo 9,37.

[39] Colosenses 4,3.

[40] Salmos 127,1.

[41] Recuerdo, al respecto de estos vicios de “mero funcionalismo”, que, encontrándome en una ocasión internado, a causa de una intervención quirúrgica, sentí que se acercaban los enfermeros por el pasillo, para asear los lechos donde yacíamos los enfermos. Entre sus conversaciones, escuché la apreciación “chistosa” de uno de ellos: “Vamos a ver cómo están estos ‘fiambres’.” Una situación tan delicada como la enfermedad suele volver duros e insensibles, ya a médicos como a enfermeros, y… no menos a sacerdotes, religiosos y fieles.

[42] Hebreos 13, 8.

[43] Basada en la obra Carmen (1845) de Prosper Merimée.

[44] Trad. “el amor es hijo de gitanos, que nunca, nunca ha conocido leyes.”

[45] De ahí la consideración muy sagaz de un dicho alemán: “Creo en el amor a primera vista. Pero tengo por aconsejable dar un segundo vistazo”. Porque no se enamora uno de “Miss Universo” o una de “Charles Atlas” o el “Príncipe azul”. El amor humano se da entre personas adornadas de cualidades y virtudes y limitadas no menos con defectos e imperfecciones. El verdadero amor no busca “lo que a MÍ me agrada de la persona querida”, sino que es entrega en las buenas y en las malas. Como bien lo decía San Agustín: “Ubi est amor non est labor, aut ipse labor amatur” (trad. “donde hay amor no hay trabajo o el mismo trabajo es amado”; De bono viduitatis 21,26). También lo observa la sabiduría popular cuando acuña la frase: “Contigo, pan y cebolla”. Es decir: la persona verdaderamente querida no necesita pompas o banquetes exquisitos, para ser verdaderamente amada.

[46] 1Timoteo 4,14-15. En el anterior versículo, le había recomendado asimismo: “Hasta que yo llegue, dedícate a la lectura, a la proclamación de las Escrituras, a la exhortación y a la enseñanza” (1Timoteo 4, 13).

[47] El original griego es muy ilustrativo, ya que se compone de: aná (trad. hacia arriba), zo (trad. vivir), pyréin (trad. fogonear). De modo que viene a indicar el cuidado, que hay que tener siempre, para que las brasas sean sopladas, y así reaviven su fuego hacia arriba, ya que de lo contrario se extinguiría.

[48] “Un espacio para lo sagrado”, en la obra común: Card. Joseph Ratzinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, Madrid; BAC popular 1985, 139.

[49] Así, podríamos calificar como totalmente rechazado al maravilloso discurso de San Esteban (Hechos 7,1-53), que culminó con su inmediata lapidación. Pero, hubo allí un “joven”, encargado de cuidar los mantos de los verdugos, Saulo, que fue el que llevó adelante y realizó la visión universal de Esteban.

[50] Gr. makárioi: Mateo 5,1-12.

[51] De algún modo, recojo la sugerencia primera que me hiciera el P. Martín Alarcón.

[52] Filipenses 1,3.18.25; 2,2.17-18.28; 3,1; 4,1.4.10.

[53] Filipenses 1,17-18. Subrayemos hasta qué punto el gozo de Pablo está desprendido de sus propias conveniencias. Cristo anunciado, sea como sea, le basta para redundar en alegría.

[54] Filipenses 2,17-18.

[55] Filipenses 4,4.

[56] Filipenses Filipenses 4,10.

[57] Lucas 10,21.

[58] “Es verdad que mi conciencia nada me reprocha, pero no por eso estoy justificado: mi juez es el Señor” (1Corintios 4,4).

[59] Que le escuché al P. Jean-Noël Aletti, profesor del Pontificio Istituto Biblico de Roma y del cual fui colega en la Pontificia Comisión Bíblica (2002-2013).