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Raymond de Souza

Debes de haber notado que hay muchas leyes en la Naturaleza: en física, química, biología, matemática, álgebra, geometría, etc. Los científicos no inventan las leyes de la naturaleza; sólo las descubren. Incluso la mota de polvo más pequeña está, en todos sus movimientos y cambios, sujeta a leyes naturales fijas. Lo mismo vale para los seres vivos –plantas, animales y hombres: cada especie crece, se desarrolla y actúa de la misma manera. Ellos siguen las leyes específicas de su propia naturaleza. El universo entero está unido en un conjunto enorme e increíblemente complicado, como una máquina grande y maravillosa, cuyas partes encajan admirablemente en un orden perfecto.

Mira el movimiento ordenado de la Vía Láctea y las galaxias; o lo que podemos ver en las fotos tomadas por el telescopio Hubble; o la estructura maravillosa de los seres vivientes y sus órganos, tales como la vista y el oído, los estupendos instintos de los animales, como en el trabajo de las abejas y la construcción de los nidos de los pájaros, etc. Además, la actividad libre del hombre, sus grandes logros en ciencia, literatura y arte –todas esas maravillas son dones de la naturaleza, sí, pero siempre en conformidad con sus leyes. Los animales que no vuelan no vuelan, pura y simplemente. No les crecen alas a los perros ni a los sapos, ni mucho menos a las tortugas. Empero los hombres tampoco vuelan, y sin embargo pueden aprender las leyes de la aerodinámica y hacer máquinas que vuelan. La inteligencia de los hombres puede perfeccionar el orden del universo.

Ahora bien, ¿es razonable suponer que esas leyes naturales, que producen efectos tan vastos, y sin embargo tan ordenados en su conjunto y en sus menores detalles, podrían haber surgido por mero azar? ¿Puede haber una ley sin un legislador? ¿No es inmensamente más razonable admitir que las leyes inteligibles provienen de mentes inteligentes, los legisladores? Un Legislador que enmarcó esas leyes, y las dirigió en su obrar para alcanzar los fines deseados. Ese Legislador debe ser un ser de una inteligencia increíblemente vasta. Él también debe poseer libre albedrío, porque ha dado esa facultad a una de Sus criaturas: el hombre. Él debe poseer un poder que está más allá de nuestra capacidad de medida, un poder al cual nuestras mentes no pueden poner ningún límite.

Volvamos a tu vieja cámara fotográfica. Su fabricante juntó los materiales que necesitaba; los modeló, presentó y limpió con gran cuidado, y finalmente los encajó unos a otros. Ahora tú tienes tu cámara. Tú puedes admirar su destreza, y sin embargo tú sabes que tú mismo, con un entrenamiento adecuado, también podrías hacer tu propia cámara.

¿Pero qué hay del hacedor de esa otra cámara, el ojo humano? ¿Cómo hizo Él su trabajo? ¡De una forma sumamente misteriosa que somos bastante incapaces de entender, y que reconocemos como mucho más allá de la posibilidad de imitación…! Podemos aprender a fabricar una cámara hecha de metal o plástico, pero no podemos aprender a fabricar un ojo humano por nuestra cuenta –para tener ojos humanos debemos seguir las leyes de la naturaleza y engendrar humanos, que normalmente nacen con ojos.

El gran Isaac Newton, quien descubrió las leyes del movimiento de los cuerpos celestes, escribió lo siguiente: “Este hermosísimo sistema del sol, planetas y cometas no pudo de ningún modo venir a la existencia sin el diseño y la propiedad de un Ser a la vez inteligente y poderoso… Este Ser gobierna todas las cosas, no como si Él fuera el alma del mundo, sino como el Amo de todo. […] Nosotros Lo admiramos por Sus perfecciones, y Lo veneramos y adoramos por su Señorío.” (Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687), III, General Scholium).

Conocemos que hay un Dios debido a la ley básica del movimiento

Cuando estudiamos física en el liceo, aprendimos acerca de las propiedades de la materia. Una de ellas es llamada inercia. Afirma que un cuerpo inanimado no puede comenzar un movimiento o detener un movimiento sin un motor desde afuera. Por lo tanto, si tú ruedas una pelota sobre el suelo, sabes que, más pronto o más tarde, va a detenerse. ¿Por qué? A causa de al menos dos factores que interfieren con su movimiento: gravedad y fricción. Empero, si la pelota es lanzada por un cohete al espacio, donde no hay gravedad ni fricción, seguirá moviéndose por siempre, a menos que choque contra otro cuerpo en el espacio que lo haga detenerse o frenarse. A la inversa, la pelota no podría arrojarse a sí misma rodando sobre el piso ni al espacio a menos que una fuerza desde afuera –tu brazo o un cohete– inicie el movimiento. Esto se llama la ley de inercia, y todo científico la conoce.

¿Y qué?, podrías preguntar. Simple: si los planetas se mueven alrededor del sol, ¿cómo comenzaron a moverse? ¿Quién hizo que se movieran? Decir que fue una gran explosión sólo pospone el problema, porque no puedes explicar la energía dentro de la masa original y quién encendió la explosión. Lo mismo se puede decir del movimiento de los electrones alrededor del núcleo de un átomo. Ellos no pudieron iniciar el movimiento sin un motor externo.

Por lo tanto, la experiencia cotidiana nos muestra que las cosas se mueven. Ninguna cosa del mundo visible se puede mover enteramente por sí misma, es decir sin ayuda. Ninguna cosa móvil contiene en sí misma la explicación completa de su movimiento. Esto es especialmente así en el caso de los cuerpos inanimados. Ellos se mueven sólo si son movidos. No se mueven a sí mismos de ninguna manera. Obtienen todo su movimiento desde afuera de sus seres.

Apliquemos estas observaciones a la Tierra y los cuerpos celestes. Que algunos de estos cuerpos están en movimiento es manifiesto. El movimiento de la Tierra sobre su eje es un hecho probado. Su movimiento alrededor del sol es igualmente cierto. ¿Cómo obtuvo la Tierra su movimiento? Muchos físicos dicen que obtuvo su movimiento del Sol, el cual, dando vueltas, la arrojó fuera como un fragmento. ¿Pero de dónde el Sol obtuvo su movimiento? Algunos dicen que el Sol obtuvo su movimiento de un cuerpo más grande del cual formó parte una vez, mientras que otros afirman que el Sol con su movimiento es el resultado de una colisión entre dos estrellas. ¿Pero cómo se originó el movimiento del cuerpo más grande o de las estrellas? La ciencia puede proveer conjeturas pero, al hacerlo, nos habla meramente de otro cuerpo móvil u otros cuerpos móviles cuyo movimiento necesitaría igualmente explicación.

Esa respuesta nos dejaría exactamente donde estábamos: aún estaríamos tan lejos como siempre de una explicación final y satisfactoria del movimiento de la Tierra. La única respuesta real que excluye cualquier indagación ulterior es que el movimiento se debe inmediatamente o en última instancia a alguna fuente inmóvil de movimiento, al primer motor.

Debe existir, por lo tanto, un ser distinto del mundo, que le dio el movimiento. Ese ser es, o bien el primer motor o un ser movido por algún otro. Si ese motor es movido por otro, ¿de dónde ese otro derivó su movimiento? La pregunta sobre la fuente del movimiento puede ser respondida satisfactoriamente sólo cuando, finalmente, alcanzamos un primer motor que no es movido por ningún otro. A ese primer motor lo llamamos Dios.[1]

Traducción del inglés por Daniel Iglesias Grèzes.


[1] Raymond de Souza es conductor de un programa de EWTN; coordinador regional de Human Life International para los países de habla portuguesa; presidente del Sacred Heart Institute; y miembro de la Soberana, Militar y Hospitalaria Orden de los Caballeros de Malta.