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Néstor Martínez Valls

Como ya sabemos, el hijo menor pidió su parte de la herencia, se fue, gastó todo en la mala vida y, cuando tuvo hambre, se le ocurrió volver a la casa del padre. Pero aquí está la novedad evolutiva que ha “emergido” en la parábola en las últimas décadas, en total armonía con los postulados del P. Teilhard de Chardin:

“El hijo pensó: ‘¿Deberé arrepentirme de lo que he hecho y pedir perdón a mi padre? No me parece. En realidad no he hecho más que expresar mi personalidad auténtica. El verdadero pecado habría sido no haberlo hecho’. Así que, cuando llegó, le echó en cara al padre por no haberle enviado fondos para que siguiera divirtiéndose y le informó que en adelante consentía quedarse a vivir en la hacienda siempre y cuando el padre se hiciese cargo de todos los gastos. ‘Pienso seguir disfrutando de la vida, obvio’, agregó. El padre saltó de alegría y ahí mismo mandó construir un chalet nuevo para uso exclusivo del hijo menor. Entonces entró en escena el malvado hijo mayor. Y le dijo al padre: ‘Padre, ¿no te parece que tendrías que plantearle alguna exigencia más a mi hermano?’ Ahí sí que el padre no pudo más y perdió la paciencia. ‘¿Cómo es eso?’ –le dijo al hermano mayor–. ‘¿No te das cuenta de que estás atado al legalismo carente de misericordia?’.”

En fin. El hijo mayor de la parábola auténtica sí es un fariseo, y Jesús dice la parábola precisamente para responder a la hipocresía de los fariseos que se escandalizaban de que Jesús tuviese trato con los pecadores y comiese con ellos. Y es un fariseo reprensible, porque en la parábola auténtica el hijo menor vuelve arrepentido: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores”.

En cambio, en la parábola “progre” el hijo menor no se arrepiente de nada, porque quiere comulgar sin dejar de tener relaciones sexuales adúlteras o, peor aún, sin dejar de tener relaciones homosexuales. Porque es obvio que es de eso de lo que están hablando los nuevos parabolistas. Entonces, en la parábola “progre” el hijo mayor es simplemente el católico que todavía no perdió del todo el seso, y que dice: “todo bien, pero confesión y comunión sin propósito de enmienda y por tanto sin arrepentimiento, nones.”

En el Sínodo no se está discutiendo sobre la primera parábola, la evangélica, sino sobre la segunda, la inventada hace poco por los “misericordiantes”. El asunto, entonces, es el que la parábola del hijo pródigo es uno de nuestros argumentos más fuertes. La misericordia de Dios es para los que se arrepienten de sus pecados y los confiesan: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. No es para los que se enorgullecen de sus pecados.

Nos han estado corriendo a ponchazos con una parábola falsa, demoníaca, que no figura en la Escritura, en la que el hijo menor vuelve a casa para que el padre le bendiga el adulterio; para que el padre le bendiga y le financie la parranda. No tienen ningún argumento, nada.