martires-del-chaco-2.png

Miguel Antonio Barriola

La Santidad

Una nación se gloría de sus héroes, de sus preclaros gobernantes o benefactores, científicos, poetas, artistas, que han dado vida al refrán: “Quien se eleva, eleva al mundo”.

Avizorando horizontes infinitamente más vastos que este mundo o una historia secular, la Iglesia se alegra y complace con sus hijos que atravesaron esta tierra, “pasando hacia donde ya no se pasa,”[1] como peregrinos dirigidos a la ciudad permanente.[2] Lucharon por conservar la integridad de la fe, trabajaron esforzadamente por hacer llegar el Reino de Dios hasta todos los hombres que pudieran encontrar. Pero no se distinguieron a la manera de campeones olímpicos, que obtienen sus medallas o galardones de modo excepcional, sino, todo lo contrario, entregaron sus vidas, invitando a todo el mundo a ganar una “corona incorruptible.”[3] Nunca se presentaron como próceres inalcanzables, sino que sus vidas incitaban a la imitación, porque no exhibían sus trofeos como conseguidos por su industria personal, sino que, confesando sus propias deficiencias, no menos proclamaban que todo en ellos era obra prevalentemente de la gratuita ayuda de Dios.

Así, en las batallas interiores previas a su conversión, San Agustín se preguntaba: “¿Y tú no podrás lo que pudieron éstos y éstas? ¿Acaso éstos y éstas lo pudieron por sí mismos y no por su Dios y Señor? El Señor, su Dios, me regaló a ellos. ¿Por qué te apoyas en ti mismo, sin poder sostenerte? Arrójate en Él, no tengas miedo. No retirará de ti su apoyo para que caigas. Arrójate seguro; Él te recibirá y te sanará.”[4]

Siglos más tarde, los santos, lejos de aparecer como raras y extrañas excepciones, despertaron no menos iguales inquietudes en Íñigo de Loyola, en los momentos que precedieron a su entrega total a Cristo: “¿Qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco y esto que hizo Santo Domingo?”[5]

Y esta oleada de elevación y entrega total al Señor llegó también hasta las vastas regiones de América por medio de testigos admirables, que viniendo de Europa, concreta y especialmente de España,[6] lograron una admirable sintonía de valores evangélicos entre diversas razas, que manifestaron entre nosotros la admirable unidad, que amalgama estrechamente a diferentes épocas, naciones, varones y mujeres, miembros de todas las categorías de clases sociales, desde las más humildes hasta las más elevadas: niños y ancianos, de toda nación, color y profesión.

Así de variado y universal es el conjunto de los santos, todavía “sin altar,”[7] que ofrecieron sus vidas por Cristo en la vecina región del valle del Zenta y que todos anhelamos ver elevados a la gloria de su canonización. En efecto, junto con los bien conocidos, de los que trataremos en estas charlas, [8] fueron masacrados por su fe en Cristo dieciocho laicos, componentes de una bien considerable diversidad, pero unida en la catolicidad de una misma fe, ya que había entre ellos españoles, criollos, un mulato, un negro, aborígenes, niñas, adultos: mujeres y varones.

Don Pedro Ortiz de Zárate

De los datos históricos acerca de este heroico grupo de mártires, ya conocidos por la vasta y profunda obra de Mons. Salvatore Bussu, se irá escogiendo, para la presente exposición, aquellos rasgos que indiquen el ardor evangelizador, que caracterizó tanto al sacerdote jujeño Pedro Ortiz de Zárate, como al jesuita sardo Juan Antonio Solinas.

Don Pedro antes del sacerdocio

Ya en su vida de laico cristiano, Pedro Ortiz de Zárate mostró sus convicciones de fe, oponiéndose a todo tipo de rencores o divisiones. Lo demuestra su mismo matrimonio con María Argañaraz, si nos ubicamos en aquellos años en torno al 1644. Porque la situación de Jujuy podría compararse con los odios que se dan en el drama de Shakespeare, entre los Monteschi (Romeo) y los Capuletti (Julieta). En efecto, los Argañaraz y los Zárate hasta aquel momento no tenían buenas relaciones. Se disputaban los derechos de jurisdicción sobre el valle de Jujuy, cosa que no sólo había creado enemistad entre ellos, sino que también dividió a la misma ciudad en dos partidos.

El joven Don Pedro era contrario a estas enemistades, ya que las detestaba, no sólo por mentalidad, sino también y sobre todo por su espíritu profundamente cristiano: ansiaba, por lo tanto, reparar el escándalo y para lograr esto buscaba las mejores oportunidades. Tanto María como Pedro se conocían desde pequeños, por encima de los enconos entre las dos familias y sobre todo los unía una profunda fe religiosa. Así decidieron también casarse, para poner fin, por medio de su amor cristiano, a aquellas enemistades, que habían durado casi cincuenta años. Su unión fue sin duda alguna un signo de esperanza y de un futuro mejor para la población jujeña.

Pasando del orden familiar y cívico al de las relaciones entre los españoles e indígenas de aquellos tiempos, sabemos cómo se daban tremendas injusticias en la institución de las “encomiendas.”[9] Y bien, Don Pedro con sólo 22 años fue alcalde de Jujuy, a la vez que heredero de “encomiendas”. También en este orden, su profunda convicción cristiana lo llevó a apartarse de las injusticias tremendas que se llevaban a cabo entre los encomenderos: los abusos, injusticias y esclavitud a las que sometían a los habitantes originarios de la región.[10] Él se preocupó de que todos los asentamientos feudales tuvieran su capilla, de que las relaciones entre indios y españoles, especialmente entre los encomenderos y sus tributarios indígenas, fuesen respetuosas, tanto en lo que se refería a la justa remuneración como a la vida moral.

Podemos concluir, en un primer acercamiento, hasta qué punto, ya como laico cristiano, estaba Don Pedro empapado del Evangelio, al punto de acabar tanto con enfrentamientos pueblerinos, como combatiendo las injustas condiciones en que muchos españoles oprimían a los indios.

Fue la encarnación viviente del exigente pedido de Jesús, que nos manda hasta amar a los enemigos[11] y del ideal de vivir la unidad católica entre diferentes naciones, culturas y clases sociales.[12]

Don Pedro párroco

Antes ya de su casamiento había sentido Pedro el llamado a servir a Cristo como su ministro consagrado. Después del fallecimiento de su esposa, habiendo confiado sus dos hijos al cuidado de su suegra, volvió al cultivo de su primera inclinación al servicio total del Evangelio. Los jesuitas de Salta iban seguidamente a verlo, hablándole del ideal misionero. De modo que el pensamiento del joven viudo volvió a correr hacia los inmensos bosques del Chaco, a los pobres indios, que eran odiados por los españoles y que, al contrario, pese a que tampoco eran los “buenos salvajes” imaginados por filósofos del Siglo XVIII, debían ser convertidos y amados, para llevarlos a Cristo. Así Pedro, a sus 32 años, se preparó en Córdoba para ser ordenado sacerdote por Mons. Maldonado y Saavedra, obispo de Tucumán, en torno a 1657.

Habiendo sido conciudadano jujeño desde su niñez, después de haber trabajado ya como laico por la armonía ciudadana y el mejor trato posible para con los indios, la gente lo consideraba como totalmente suyo. Cuidaba de modo especial la predicación dominical, cuaresmal y misionera sin interrupción alguna. Promovía fiestas populares, sobre todo las patronales en las fincas rurales y en los pequeños centros habitados, preocupándose de que siempre estuviera presente el párroco. Era un trabajo enorme, que lo obligaba a trasladarse continuamente y bajo cualquier condición atmosférica. Porque su caridad, más allá de los cuerpos, iba sobre todo a la salud eterna. Por tal noble objetivo evangélico estaba dispuesto a cualquier sacrificio: no había incomodidad que lo pudiera detener en la administración de los sacramentos, cualquiera fuera la distancia a recorrer. Iba al encuentro de los enfermos, asistiéndolos con afecto paterno, sobre todo cuando se trataba de los pobres indios, que tenían más necesidad que todos los demás.

Francisco Jarque,[13] que lo conoció bien, atestigua que fue siempre ejemplar en todos sus cargos, demostrando el conjunto de virtudes que acreditan a un eclesiástico como santo.

Su último obispo, Fray Nicolás de Ulloa, dejó este testimonio de Don Pedro: “Lo he visto con mis ojos, varias veces, trabajando con sus manos en la construcción de diversas capillas en los poblados, por más que no perteneciesen a su Doctrina (territorio misional)… Es ya un hombre de una cierta edad y cada año desea retirarse a una capilla de su propiedad en gran soledad. Hasta hoy se le ha impedido porque no se quiere que falte su ejemplo en aquella ciudad”.

Lo vemos como un nuevo Pablo: “Me siento urgido por ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo” (Filipenses 1, 23).

La extensión de su parroquia era inmensa, abarcando más de cien leguas. Tenía derecho a ser recompensado por aquellos servicios, pero Don Pedro no aceptaba nada y todo lo dividía entre los ayudantes, sacerdotes y religiosos, porque no quería tocar ni siquiera un “real” de los frutos de su ministerio. Éste era uno de los muchos motivos por los cuales el pueblo lo amaba tanto. No trabajaba por una ganancia, sino para conducir a sus hermanos al cielo. Pero donde tenía que ejercitar un intenso apostolado misionero era sobre todo entre las tribus de los indios ocloyas: un apostolado lleno de recuerdos trágicos, por las horribles matanzas de sus vasallos y esclavos, de sus servidores y amigos por parte de los bárbaros indios del Chaco.

Pero, aun ante tales salvajadas, Don Pedro no estaba contento con las expediciones militares españolas. Sin embargo no dejaba de preocuparse por las barbaridades cometidas también por los mismos indios del ya mencionado Chaco, que como fieras hacían estragos a las puertas de la ciudad de Tucumán. El párroco desde Jujuy avizoraba otra solución diferente de la sumisión violenta y esclavizante: la conversión de los infieles. Lloraba continuamente por su ceguera con mucho afecto por ellos y hacía penitencia para que el Señor los iluminase. Por muchos años solicitó repetidamente al gobierno de Tucumán y a otros gobernadores, como también a obispos, arzobispos y otros eclesiásticos y seglares, para que se pensase seriamente en una ocupación espiritual, sin ruido de armas, de los indios mocovíes, tobas y de otras tribus de aquella región tan turbulenta y que confinaba con la propia, proponiendo los medios más eficaces que su gran celo y capacidad le dictaban.

El Cabildo de Jujuy, en enero de 1677, decidió finalmente mandar un memorial al Rey de España, proponiendo los pedidos de Don Pedro. Sólo después de cuatro años, la Cédula del Rey del 13 de enero de 1681 exhortaba a proceder a la evangelización del Chaco de modo pacífico. ¡Era todo lo que quería Don Pedro! Él, por más que cansado y ya sexagenario, estaba firmemente decidido a emprender aquel trabajo centuplicado en los bosques, sin reposo alguno, fuera del de la muerte; y todo por amor de Dios y de las almas de los indios. Acercándose ya a la vejez, más aún de lo que fue en su primera juventud, se hacía más fuerte en él el deseo de morir por Cristo. Por lo cual, como él mismo escribía, “estando ya en el umbral de los 60 años y dada la poca salud a causa de los continuos sufrimientos, deseo ardientemente gastar lo que me queda de vida en esta empresa.”[14]

Para despedirse de la grey que había pastoreado hasta ese momento, convocó al pueblo en la Iglesia Catedral y, después de haber expuesto el Santísimo Sacramento, con lágrimas en los ojos se despidió de todos, pidiéndoles perdón por todas las culpas cometidas en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, protestando que no había obrado con malas intenciones, sino solamente por ignorancia. Fueron momentos solemnes e indescriptibles. También las lágrimas salían de los ojos del pueblo devoto, que presenciaba aquella función conmovedora. Tales demostraciones de veneración y amor se unían con un profundo dolor por el presentimiento de no tener más la felicidad de verlo otra vez.

¿Puede aportar algo un hombre del Siglo XVII a los problemas del Siglo XXI?

No hemos acabado aún esta resumida reseña de la vida y obras de Don Pedro, que culminará con su heroico y santo martirio. Pero, creo que ya de su testimonio evangelizador podemos obtener lecciones y aplicaciones valederas, rescatando de su persona y vida orientaciones para la existencia cristiana en nuestro tiempo.

Ante todo no podemos dejarnos dominar hasta tal punto por un afán de progreso, que nos convenza de que no hay que mirar tanto atrás, cuanto más bien avanzar siempre hacia adelante. Una cosa no quita la otra. Más todavía es dañino e irreal pensar que todo comienza con nosotros, que podríamos considerarnos como hongos sin raíces. Semejante talante va contra la sana razón natural y más aún no condice con la índole de nuestra fe, cimentada profundamente en la historia. El mismo Jesús nos advirtió que el Reino de los cielos se asemeja a un sabio, que extrae de su arcón cosas nuevas y antiguas.[15] Así como en toda nación es aleccionador refrescar el recuerdo de los héroes patrios, con mayor razón será provechoso y tonificante conectarnos con los pioneros de una fe que nos amalgama en una ciudadanía sin límites territoriales y que, para más, es antesala de la patria eterna.

Y bien, parece que, de lo que hemos venido considerando del empuje misionero de Don Pedro Ortiz de Zárate, podríamos compendiar algunas orientaciones de valor perenne. Su entrega a Cristo no comenzó sólo con su decisión por el sacerdocio. Ya como laico y en una época enredada por conflictos de todo tipo, hasta bordear el peligro de muerte ante los malones indígenas, se dejó iluminar por la fe, convencido de que la paz del Evangelio era posible también en medio de aquellos conflictos. Por una parte comprendía que los españoles se inclinaran a exterminar con las armas a los indios. Mientras que, por otro lado, escuchaba a los misioneros, que insistían sobre la necesidad de llegar a la pacificación con la predicación de la palabra de Dios.

Al asumir el ministerio sagrado, no dejó de preocuparse de las necesidades materiales de pobres e indígenas, de modo que todas las tardes, con dos sirvientes cargados de pan y otras cosas iba por las casas de los enfermos, para hacerles llegar aquellos auxilios de Dios. Pero su caridad, más allá de los cuerpos, se dirigía sobre todo a las almas. Como ya recordamos, no había incomodidades de mal tiempo o de cualquier otro tipo que lo pudieran detener en la administración de los sacramentos, fuera cual fuera la distancia a recorrer. Fue tanta su constancia en oficiar el Santo Sacrificio en los lugares más apartados, que sólo muy raras veces dejó de celebrarlo. Lo hacía para quienes habitaban alejados y no lo omitía, aunque se encontrara de viaje o en medio de otros impedimentos, con el objetivo de no defraudar a sus comunidades, dejándolas sin este alimento de vida eterna, superior al que también distribuía para acudir al hambre natural.

Y tal ansia apostólica no fue frenada por su ya avanzada edad. Bien podría haber considerado: “Ya trabajé bastante. Me puedo jubilar y gozar de un merecido descanso”. Todo lo contrario, con sus sesenta años a cuestas, se sometió a un viaje peligroso y duro, a maltratos y la muerte misma, movido por el único ideal de ser “pescador de hombres”[16] para llevar a aquellos fieros salvajes la paz de Cristo con los progresos en todo sentido que promovió la Evangelización en toda Iberoamérica.

Quisiera insistir en esta jerarquía de necesidades en la vocación de todo cristiano, sea seglar, religioso o sacerdote. Porque siempre, pero especialmente en décadas recientes, sobre todo bajo las presiones de cierta teología de la liberación, de tal modo se puso el acento preferentemente en la asistencia social, hasta pregonar revoluciones y guerrillas, que muchos sacerdotes, teólogos y comunidades eclesiales dejaron casi de lado la alimentación del corazón, del espíritu, olvidando que “no sólo de pan vive el hombre.”[17]

Todo lo contrario llevó a cabo otro notable misionero de nuestra época más cercana, siempre en conexión con las prioridades del Evangelio, de los auténticos santos, de Don Pedro Ortiz de Zárate y de toda la Tradición de la Iglesia. Me refiero al P. Jacques Loew. Fue él el primer “sacerdote obrero” de los años 40-50 en Francia, poniéndose a trabajar de changador en el puerto de Marsella, allá por 1941. Aquellos sacerdotes sintieron el impulso de mezclarse en la vida misma de los trabajadores, para ayudarlos, como decían, no sólo largándoles limosnas desde fuera, sino conviviendo los mismos problemas y dificultades de la clase obrera. Propósito verdaderamente digno de toda alabanza. Sólo que el P. Loew de tal manera ofreció ante todo el Evangelio y la fe que, a un momento dado, sus mismos camaradas le pidieron que dejara de cargar bolsas o cajones y se dedicara solamente a atenderlos espiritualmente: sacramentos, catequesis, formación católica. En cambio, lamentablemente, gran cantidad de otros prêtres ouvriers se hicieron sindicalistas, marxistas y hasta dejaron el sacerdocio. De modo que Pío XII se vio en la obligación de suspender ese tipo de tarea sacerdotal.

Así leemos con luminosa claridad esta reflexión del P. Loew: “La tarea primordial del cristiano es la de cambiar su corazón, la de realizar la ‘metanoia’. Es la conversión permanente. Es necesario ‘buscar primero el Reino de Dios’. Es preciso que surja una generación de hombres y de mujeres perfectamente ‘comprometidos’ con el mundo, pero que sean, sobre todo, ‘buscadores’ del Reino de Dios.”[18] Y corrobora su visión con esta estupenda cita del Beato Cardenal Newman: “La Iglesia no considera el todo, sino las partes. Los individuos tienen el primer lugar en su corazón y la sociedad se sitúa en segundo orden. Mira al pensamiento, al motivo, a la intención y a la voluntad, mucho más que a los actos exteriores. No conoce ningún mal que no sea el pecado y el pecado es algo personal, consciente, voluntario. Y no conoce ningún bien sino la gracia y la gracia es algo que ocurre en lo más profundo del hombre.”[19]

Tal cual, ni más ni menos, fue el ideal, el empuje evangelizador de Don Pedro. Hasta en su ancianidad, a los sesenta años, no quiso batallones para civilizar y convertir a los fieros indios del Chaco, sino que confió enteramente en la fuerza de la Palabra de Cristo. Que haya sido asesinado en la demanda, lejos de ser un fracaso, nada quita al fruto permanente de su empeño misionero. Al contrario, ya que, según el conocido refrán de Tertuliano: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos.”[20] De hecho, después de su muerte, se pudieron instalar siete reducciones jesuíticas en la zona del Chaco.

El P. Juan Antonio Solinas, SJ

El bien documentado estudio de Mons. Salvatore Bussu abunda en datos de este gran misionero jesuita, oriundo de la localidad de Oliena en la isla de Cerdeña, donde nació en 1643. Para nuestro propósito resaltaremos aquellos aspectos que interesan al tema que nos convoca: su empeño e ideal evangelizador y su martirio, junto con el misionero jujeño del que hemos presentado, también muy sucintamente, los rasgos de su rica tarea apostólica.

Educado por los jesuitas, desde muy joven se enteró de los trabajos por difundir el Evangelio en las misiones de tierras lejanas. Sobre todo se recordaba del “misionero de los gentiles San Francisco Javier”, cuyas cartas, distribuidas en los colegios, hablaban de cuántos valientes creyentes se necesitaban, que dejándolo todo, se dispusieran a convertir a aquellos hermanos.

De sus años de estudiante es posible subrayar el siguiente dato, siempre muy importante, para quien se prepara a sagrados ministerios. Ya en el orden natural, enseñaba Séneca: “Non scholae sed vitae discimus[21] y en el joven Juan Antonio se veía, justamente, que no se aplicaba a los estudios por ambición, sino que una llama lo encendía, llevándolo mucho más allá de los bancos de la escuela y de las sesiones de exámenes, hacia la conquista evangélica, para la cual los libros eran como armas para la lucha. La sed de saber se le volvía devoradora en la medida en que la visual se ampliaba; advertía la eficacia apostólica de la cultura, saboreando la impaciencia del obrero evangélico que quiere encontrarse pronto en la lucha.

Elegido para evangelizar en las tierras descubiertas por España, fue ordenado sacerdote en Sevilla el 27 de mayo de 1673. Cuatro meses después zarpó con sus compañeros rumbo a Buenos Aires. Dado que, al ser ordenado, no había terminado todavía su teología, tuvo que seguir estudiando en Córdoba. Siendo muy capaz e inteligente, se lo quería destinar al ámbito docente. Pero el mismo Solinas no deseaba continuar más los estudios en vistas a una eventual carrera académica. Según el testimonio de A. Maccioni[22], pidió con insistencia ser mandado enseguida a la misión de las reducciones del Paraná y del Uruguay. Los superiores –escribe todavía su biógrafo– dadas sus reiteradas insistencias, creyeron estaba bien contentarlo, pero sólo después que hubiera concluido el tercer año de probación y renovado la profesión. Cosa que hizo con el mismo fervor demostrado en el noviciado.[23]

Una vez en su destino misionero, podemos comprobar semejanzas con lo que ya hemos analizado en Pedro Ortiz de Zárate: su dedicación a la ayuda social y cultural de aquellas primitivas tribus, pero poniendo el principal acento en el cultivo de las virtudes cristianas. Tales son las noticias que nos brindan testigos de esa época: “Era auxilio de los pobres, a los cuales proveía sustento y vestido; médico para los enfermos que curaba con gran delicadeza; y universal remedio para todos los males del cuerpo. Por eso los indios lo veneraban con el afecto de hijos”.[24] Es sabido que, en las reducciones, los padres debían ser cocineros, despenseros, ecónomos, constructores, jardineros, panaderos y despachar otros encargos que se dan en una bien organizada ciudad, comunidad, pueblo o aldea. Pero, como siguen señalando Jarque y Maccioni, “su constante solicitud era sobre todo la de ser útil a sus almas”. Por lo tanto, “para llevar a los fieles indios a la perfección cristiana”. Para ello quiso aprender con la máxima diligencia la lengua guaraní, a tal punto que llegó a serle familiar, por más que se tratase de un idioma tan difícil. En aquella lengua hablaba familiarmente y los instruía con mucha constancia en las verdades de la fe”.[25]

Y, dadas sus evidentes facultades y adaptabilidad cultural, nuevamente, ahora el mismo General de la Compañía, el P. Oliva, le había ordenado al provincial del Paraguay ofrecerle la posibilidad de proseguir los estudios teológicos para que recibiese el grado superior de profeso, en cuanto que aquel joven misionero sardo era un sujeto bueno muy capaz, fervoroso, celoso y de buenos talentos para el púlpito y las enseñanzas de las letras humanas.[26] Con todo jamás quiso Solinas aceptar el ofrecimiento, privándose con alegría hasta de la posibilidad de llegar a la profesión solemne, no queriendo abandonar a sus amados indios y respondiendo humildemente y con mucha sinceridad que viviría contentísimo en el ínfimo grado de la Compañía, de la cual se sentía indigno.[27]

Con todo, no se contentaba con sus dotes naturales de inteligencia y organización. El secreto de los éxitos del P. Solinas era sobre todo su vida interior. Aún en medio de grandes fatigas que le venían del hecho de tener que atender con toda diligencia al cuidado no sólo de los indios cristianos y de sus familias, sino también de los que todavía eran paganos, no se olvidaba de alimentar espiritualmente ante todo a sí mismo con largos períodos de oración y de contemplación, especialmente en las horas nocturnas. Nutría una muy tierna devoción por la Virgen, que honraba con todas las finezas del más inteligente amor filial; e inspiraba su cariño a sus cristianos y a los neófitos, a los que recomendaba sobre todo el rezo del Rosario. En la predicación hablaba con frecuencia de María y después de una particular devoción a Jesús Eucaristía, proponía, sobre todo a los más cercanos, una filial veneración de María, nuestra Señora.

Y no era él solamente misionero de los indios, sino también, y con el mismo celo, de los españoles que habitaban cerca de las reducciones, los cuales tenían también mucha necesidad espiritual. Muchas veces, por tal razón, iba con ellos para tener misiones, sobre todo durante la Cuaresma. Así a su apostolado en las reducciones unió las misiones en la ciudad de San Juan Vera, vulgarmente llamada de las Corrientes, por los siete grandes afluentes que en su territorio confluyen en el gran río Paraná.

Tal era el celo y santidad de este joven jesuita, que sacerdotes mucho más avanzados en edad lo elogiaban. Así el P. Jiménez, en una carta al P. Diego Francisco Altamirano, provincial de aquella región por aquel entonces, expresaba: “El P. Solinas ha trabajado y está trabajando estupendamente, tanto en el confesonario como en el púlpito, que ha usado bien. Muchos días ha tenido sermones y todos los días conversaciones con muchos ejemplos, la enseñanza de la doctrina a los niños y todas las categorías de la población y Dios le ha dado salud y fuerza y con ellas ha trabajado día y noche por el bien de las almas sin alguna distracción en otras cosas. Dígnese Su Reverencia agradecer mucho al P. Solinas por su gran trabajo, el celo y la aplicación con que ha atendido a todo, y sirva para confusión de mi tibieza. Yo verdaderamente lo venero como un gran hijo de la Compañía y como tal es infatigable en su empeño por la salvación de las almas.”[28]

Orán de Salta, Argentina, 29 de agosto de 2015.


[1] En feliz frase de Raniero Cantalamessa, ll Mistero della Pasqua, Milan, 2009; p. 23.

[2] Hebreos 13, 14.

[3] 1Corintios 9, 25.

[4] Confesiones, VIII, pp. 26-27.

[5] Autobiografía, I, p.7.

[6] Si bien el P. Solinas era oriundo de Cerdeña, en aquella época la isla, actualmente italiana, pertenecía a la corona española.

[7] Según el sugerente título de Salvatore Bussu, Mártires sin altar –Padre Juan Antonio Solinas, Don Pedro Ortiz de Zárate y dieciocho cristianos laicos, Salta; 2003.

[8] Don Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas.

[9] El sistema de encomiendas, codificado en las Leyes de Burgos (1512), consistía en que los Reyes de España, encomendaban grupos de indígenas a los conquistadores, para que los ayudaran en el cultivo de las tierras, construcciones o demás trabajos, por tiempo limitado y con el formal compromiso de otorgarles amparo y protección, proveyendo a su instrucción religiosa y asistencia espiritual. Ver: C. Bruno, Las Encomiendas, en su obra: El aborigen americano en las leyes de Indias, Buenos Aires;1987; p. 69.

[10] Es sabido cómo cierta “leyenda negra” ha enfocado la tarea conquistadora y evangelizadora de España como feroz campaña de exterminio de los pueblos originarios de América. No se pueden negar graves abusos, criticados por los mismos misioneros (Montesinos, Las Casas – si bien éste ha exagerado bastante sus acusaciones). Con todo, nunca tales injusticias llegaron a los extremos cometidos por los norteamericanos contra las tribus, que intentaron exterminar. Se atribuye al Gral. Philip Sheridan (ca. 1869, durante sus campañas contra las tribus pieles rojas) el siguiente dicho: “El único indio bueno es el indio muerto”. Tales barbaridades no suelen ventilarse tanto como las exageraciones contra la católica España.

[11] Mateo 5, 44; Hechos 7, 60; Romanos 12, 20.

[12] Romanos 1, 5.14-16; Gálatas 3, 28; Colosenses 3, 11.

[13] Xarque, historiador jesuita. Estado presente de las misiones en el Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, Tucumán; 1687. Insignes misioneros de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Pamplona; 1687.

[14] M. A. Vergara, Don Pedro Ortiz de Zárate. Jujuy, tierra de mártires, Rosario; 1966; p. 235.

[15] Mateo 14, 52.

[16] Mateo 4, 19.

[17] Deuteronomio 8, 3; Mateo 4, 4.

[18] J. Loew, Seréis mis discípulos, Madrid; 1978; p. 195.

[19] Ibid.

[20] Apologeticus, en: Rouet de Journel, Enchiridion Patristicum, Friburgi, Brisgovia. Publ. Barcinone; 1953, p.285.

[21] En realidad el filósofo romano se quejaba, comprobando que, lamentablemente: “Non vitae sed scholae discimus” (trad. no aprendemos para la vida, sino para la escuela,) Epistula 106, quejándose de estudiantes que aprendían sólo para cumplir y no para hacer carne propia lo que iban aprendiendo. De allí, pero con el mismo sentido fundamental, ha surgido el conocido emblema: “No aprendemos (sólo) para la escuela, sino para la vida”.

[22] Historiador jesuita de aquella época: Las siete estrellas de la mano de Jesús –Tratado histórico de las admirables vidas y resplandores de virtudes de siete varones de la Compañía de Jesús, naturales de Cerdeña y misioneros apostólicos de la Provincia de Paraguay, Córdoba, 1732.

[23] Ibid.; p. 204.

[24] F. Jarque, Insignes misioneros de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay; Pamplona; 1687, p. 413.

[25] F. Jarque, ibid.; Maccioni, ibid.; p. 20.

[26] Palabras textuales del P. Oliva en la carta del 27 de octubre de 1679.

[27] Ver: Macccioni, ibid., 20.

[28] Maccioni, ibid.; p. 212.