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Raymond de Souza

Cuando hablamos de lógica simple, es una buena cosa comenzar con realidades que todos saben que son verdaderas. Por ejemplo: todos saben que para que un hombre o un animal, o incluso una cosa, haga algo, ante todo debe existir. Para que tú leas, debes existir antes de leer. Para que una abeja haga una cierta cantidad de miel, ante todo debe existir. Para que la lluvia caiga sobre tu techo, debe existir también. ¿Por qué es así? Simplemente porque los seres no existentes no hacen nada. Naturalmente. Igualmente evidente, o ciertamente más evidente, es el hecho de que nada puede crearse a sí mismo. Si vemos venir a la existencia a cualquier cosa nueva –una silla, un nuevo modelo de auto deportivo, una mariposa, un bebé, cualquier cosa que no estaba allí antes–, estamos seguros de que debe haber sido traída a la existencia por algo o alguien más.

Hasta aquí todos estamos de acuerdo, ¿no? Correcto. Ahora bien, en términos lógicos, nosotros llamamos a la cosa que no existía y ahora existe un efecto. Y a la cosa que lo trajo a la existencia, una causa. Pero las causas que conocemos son también efectos de otras causas. La silla vino de la madera tomada de un árbol y del trabajo de un carpintero con herramientas; la mariposa salió de un huevo puesto por otra mariposa; el bebé fue engendrado por sus padres, etc. Toma otro ejemplo, la luz eléctrica que súbitamente brota al accionarse un interruptor e inunda tu habitación en la noche. Es un efecto. Pero, ¿cuál es su causa? La corriente eléctrica. Pero la corriente eléctrica es un efecto del movimiento del generador.

Ahora bien, sabemos que el generador móvil no es la última causa que podemos nombrar en la lista de causas, porque fue hecho por alguien con algunos materiales. Por lo tanto, estamos todavía sin una explicación completa y satisfactoria de la luz eléctrica, porque el generador mismo es un efecto. Por consiguiente, al final de nuestra serie de preguntas, nos encontramos en presencia de una larga serie de causas y efectos.

Repitamos de forma general o abstracta lo que hemos estado diciendo en el último párrafo: en el mundo que nos rodea, la existencia de cualquier cosa particular, que llamaremos A, se explica por algo más, que llamaremos B. A es el efecto; B es su causa. Pero el mismo B es el efecto de C, y C el efecto de D, y D el efecto de E, y así sucesivamente a través de una larga serie. Si la última causa que podemos establecer –llamémosla Z– ha sido a su vez producida por algo más, entonces estamos todavía sin una verdadera y satisfactoria explicación de A. Cuando se nos acaben las letras del alfabeto latino, podemos empezar a usar el griego, con alpha, beta, etc., y la lista continúa.

Ahora bien, si no hubo una causa primera, dos explicaciones se imponen por sí mismas, y las dos son inviables. Primera: si no hubo una causa primera, entonces tampoco hubo una segunda, porque la segunda dependía de la primera para existir. Si no hubo una segunda, entonces tampoco hubo una tercera, ni una cuarta, etc., etc. Entonces, no debería haber nada en el universo. Pero el universo está allí para que todos lo vean. Por lo tanto esta hipótesis es falsa.

La segunda hipótesis es que la materia es eterna, no se corrompe a sí misma, y permanece todo el tiempo tan buena como al principio. Eso explicaría la inexistencia de la primera causa. Pero la segunda ley de la termodinámica contradice esta idea, porque la cantidad de energía disponible en el universo está siendo gastada continuamente. Las estrellas se queman a sí mismas cuando no hay más energía, al igual que la vela encendida ante el Santísimo Sacramento se extingue después de un rato. La energía que existe hoy llegará a su fin dentro de millones y millones de años. Sí, el universo es material, y la materia demostrablemente no es eterna. Llegará a un punto muerto algún día. Si terminará, empezó. Si empezó, ¿quién o qué le dio su comienzo? La única solución es admitir que fue comenzada por una Causa exterior a sí misma.

La explicación completa y final será encontrada sólo cuando alcancemos una causa que no es un efecto, una causa que no ha derivado su existencia de alguna otra cosa. Esta causa, a la que denominamos la Causa Primera, explica a la vez la serie entera de causas que hemos estado considerando y cualquier otra serie que elijamos investigar.

Así, la Causa Primera de todas las cosas de la naturaleza debe ser necesariamente incausada (si fuera causada no sería la causa primera). No fue traída a la existencia. Así, debe tener la existencia por sí misma; debe ser auto-existente. A la causa primera, la fuente auto-existente de todas las cosas, la llamamos Dios.

En resumen: el orden presupone necesariamente un ordenador. Ahora bien, hay orden en el universo. Y cuando tú ves cosas prolijamente organizadas de acuerdo con la naturaleza y el propósito específicos de cada cosa, entonces sabes que alguien que conocía el propósito de todas las cosas las puso juntas. El universo está en orden. Por lo tanto, alguien lo puso en orden. A ese ‘alguien’ lo llamamos Dios.

Según la propiedad natural de la materia llamada inercia, la materia inanimada no puede comenzar ni detener un movimiento sin la ayuda de un ser exterior a ella, para iniciar o detener el movimiento. El universo se mueve. Por lo tanto, debe su movimiento a un ser externo a él que lo puso en movimiento. A ese ser lo llamamos Dios.

Una ley no existe por sí misma. Es un efecto. Es promulgada y hecha cumplir por un legislador. El universo está lleno de leyes naturales, cada una de las cuales está siendo ejecutada todo el tiempo. Por lo tanto, el universo tiene un Legislador que establece las leyes y las pone en vigor. A ese Legislador lo llamamos Dios.

Nada de lo que existe en el universo debe su existencia a sí mismo. Nada puede crearse a sí mismo. Dado que el universo existe, no debe su existencia a sí mismo, sino a otro ser que existe fuera de él, independientemente de él, y es por ende increado. A ese ser lo llamamos Dios.

Ésa es la razón por la que el ateísmo es la cosa más tonta que una mente humana puede tramar, como fue bien ilustrado por un texto que publiqué en mi página de Facebook: el ateísmo es la creencia de que no había nada y nada ocurrió a la nada y entonces la nada explotó mágicamente sin ninguna razón, creando todo y entonces un manojo del todo se reconfiguró mágicamente a sí mismo sin ninguna razón en absoluto, transformándose en pedacitos auto-replicantes que luego se convirtieron en dinosaurios. Tiene perfecto sentido.

Traducido del original inglés por Daniel Iglesias Grèzes.