estructura.png
José María Iraburu

Juan Pablo II llama a una nueva evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones.”[1] Y ha vuelto a llamar a ella con frecuencia, a veces en documentos importantes.[2]

En la exhortación apostólica Christifideles laici (1988) expone ampliamente el tema. Extractamos:

“Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo.

Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo – si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria – inspiran y sostienen una existencia vivida “como si no hubiera Dios”. Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total irrelevancia práctica de Dios para resolver los problemas, incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores que el ateísmo declarado. Y también la fe cristiana – aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales – tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir…

En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas.

Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad.”

Conversiones previas necesarias

Juan Pablo II, en varios de los documentos aludidos, insiste en que la nueva evangelización ha de comenzar por los mismos evangelizadores. Las Iglesias de la unidad católica, para impulsar una nueva evangelización poderosa, previamente han de convertirse de muchas infidelidades doctrinales y disciplinares, han de purificarse de la mundanización creciente de sus pensamientos y costumbres, en una palabra, han de convertirse y han de reformarse.

Pero quizá esta necesidad previa de conversión o, si se quiere, de reforma no parece estar suficientemente viva en la conciencia actual de la Iglesia. Hoy no se da, lamentablemente, ese clamor que en otros siglos de la historia de la Iglesia pedía la reforma de Obispos y de sacerdotes, de religiosos y de laicos. Y es que unos creen que vamos bien como vamos. Otros, que hay luces y sombras, como las ha habido siempre. Y no faltan quienes estiman que vamos mal, pero que no hay posibilidad alguna de reforma; o que ésta en modo alguno está en nuestra mano, sino sólo en la acción de la Providencia divina.

Estamos bien

En los años del Concilio Vaticano II, antes y también poco después, en la Iglesia se manifiesta con frecuencia un optimismo desbordante. Y paradójicamente, al mismo tiempo que se condenan triunfalismos pretéritos, se incurre en triunfalismos presentes raras veces conocidos en la historia de la Iglesia.

El Cardenal Traglia, vicario de Roma, declaraba al comienzo del Concilio:

“Jamás, desde sus orígenes, la Iglesia Católica ha estado tan unida, tan estrechamente unida a su cabeza; jamás ha tenido un clero tan ejemplar, moral e intelectualmente, como ahora; no corre ningún riesgo de ruptura en su organismo. No es, pues, a una crisis de la Iglesia a lo que el Concilio deberá poner remedio.” [3]

Sería muy penoso reproducir algunas declaraciones de entonces sobre la fuerza de la Iglesia renovada en el Concilio para actuar sobre el mundo y transformarlo. Hoy nos resultarían casi ininteligibles. Muy al contrario, la tentación de un optimismo eclesial glorioso está en el presente completamente ausente. Más bien se da la tentación opuesta: el pesimismo inerte, amargado y sin esperanza. El peso de ciertas realidades se impone. Pero tampoco ese pesimismo oscuro lleva a reconocer del todo los males que afligen a la Iglesia.

Estamos mal

El mismo Pablo VI, como vimos, es el primer testigo de los grandes males que afectan a la Iglesia y al mundo. Ya en el discurso de clausura del Concilio, el Papa hace un retrato sumamente grave del tiempo actual:

“un tiempo que cualquiera reconocerá como orientado a la conquista de la tierra más bien que al reino de los cielos; un tiempo en el que el olvido de Dios se hace habitual y parece, sin razón, sugerido por el progreso científico; un tiempo en el que el acto fundamental de la personalidad humana, más consciente de sí y de su libertad, tiende a pronunciarse en favor de la propia autonomía absoluta [“seréis como dioses”], desatándose de toda ley transcendente; un tiempo en el que el laicismo aparece como la consecuencia legítima del pensamiento moderno y la más alta filosofía de la ordenación temporal de la sociedad; un tiempo, además, en el que las expresiones del espíritu alcanzan cumbres de irracionalidad y desolación; un tiempo, en fin, que registra, aun en las grandes religiones étnicas del mundo, perturbaciones y decadencias jamás antes experimentadas.”[4]

Diagnósticos semejantes hallamos en Juan Pablo II[5] y en otras autorizadas voces actuales.

Todos esos males son del mundo, pero también, en su medida, de la Iglesia. La Iglesia es en Cristo luz del mundo, y a ella le corresponde iluminarlo. Si crecen las tinieblas, si se hacen más oscuras, habrá que pensar que la luz ha perdido potencia luminosa. Es lo que pensamos cuando entramos en una gran estancia y la hallamos en penumbra o casi a oscuras. No decimos: “ha aumentado la oscuridad”. Decimos: “aquí hay poca luz”.

Nos ayudará recordar en esto algunas palabras lúcidas y fuertes de San Juan de Ávila, que son válidas para nuestro tiempo, un tiempo en que la crisis de la Iglesia es quizá más profunda y multiforme que la sufrida en el siglo XVI.

“Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquier remedios. Y, si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar.”[6]

“Mírese que la guerra que está movida contra la Iglesia está recia y muy trabada y muchos de los nuestros han sido vencidos en ella; y, según parece, todavía la victoria de los enemigos hace su curso.”[7] “En tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano, echen mano a las armas sus capitanes, que son los prelados, y esfuercen al pueblo con su propia voz, y animen con su propio ejemplo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido… Déseles regla e instrucción de lo que deben saber y hacer, pues, por nuestros pecados, está todo ciego y sin lumbre; y adviértase que para haber personas cuales conviene, así de obispos como de los que les han de ayudar, se ha de tomar el agua de lejos, y se han de criar desde el principio con tal educación, que se pueda esperar que habrá otros eclesiásticos que los que en tiempos pasados ha habido… Y de otra manera será lo que ha sido.”[8] “Las guerras del pueblo de Dios más se vencen con oraciones, y con tener a Dios contento con la buena vida, y con tener confianza en Él que con medios humanos, aunque éstos no se han de dejar de hacer.”[9] “Fuego se ha encendido en la ciudad de Dios, quemado muchas cosas, y el fuego pasa adelante, con peligro de otras. Mucha prisa, cuidado y diligencia es menester para atajarlo.”[10]

Infidelidad, conversión y reformas

La nueva evangelización no podrá darse allí donde la Iglesia se ve abrumada por innumerables errores, infidelidades y abusos. Allí donde Ella no reconozca estos pecados, no son posibles ni la conversión, ni las reformas necesarias, ni menos aún la nueva evangelización. Como fácilmente se comprende, los escándalos peores son los que ya no escandalizan, dada su generalización. Son éstos, sin duda, los más peligrosos. Allí donde la situación escandalosa ya no escandaliza, allí no se capta ni la existencia ni la gravedad de los males; o, si se capta, se estiman incurables. “Siempre ha sido así”, dirá uno. Y otro comentará: “y muchas veces, peor”. La Iglesia, pues, necesita urgentemente escandalizarse gravemente de sus graves males e infidelidades. No basta para superarlos partir de tibios discernimientos de situación: “hay luces y sombras”. Son engañosos. Y no olvidemos que uno de los fines del concilio Vaticano II es la reforma de la Iglesia.

Por eso el Concilio recuerda que “la Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo a esta perenne reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente.”[11] Y Pablo VI dice a los padres conciliares: “Deseamos que la Iglesia sea reflejo de Cristo. Si alguna sombra o defecto al compararla con Él apareciese en el rostro de la Iglesia o sobre su veste nupcial, ¿qué debería hacer ella como por instinto, con todo valor? Está claro: reformarse, corregirse y esforzarse por devolverse a sí misma la conformidad con su divino modelo, que constituye su deber fundamental.”[12]

Condiciones para la conversión

La conversión se realiza por obra del Espíritu Santo, y requiere siete convicciones humildes de la fe:

1 – Vamos mal. Los falsos profetas aseguran “vamos bien, nada hay que temer; paz, paz”. Los profetas verdaderos dicen lo contrario: “vamos mal, es necesario y urgente que nos convirtamos; si no, vendrán sobre nosotros males aún mayores que los que ahora estamos sufriendo.”[13]

2 – Estamos sufriendo penalidades justas, consecuencias evidentes de nuestros pecados: apostasías en número creciente, carencia de vocaciones, etc. Nos merecemos todo eso y más: “eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos.”[14]

3 – Son castigos medicinales los que, como consecuencias de nuestros pecados, la Providencia divina nos inflige. Y en esos mismos castigos la misericordia de Dios suaviza mucho su justicia: “no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.”[15] Esto hay que tenerlo bien presente.

4 – No tenemos remedio humano. No tenemos, por nosotros mismos, ni luz de discernimiento, ni fuerza para la conversión. Para superar los enormes males que nos abruman no nos valen ni métodos, ni estrategias, ni nuevas organizaciones de nuestra acción. Tampoco tenemos guías eficaces de la reforma que necesitamos: “hasta el profeta y el sacerdote vagan desorientados por el país.”[16]

5 – Pero Dios quiere y puede salvarnos. La Iglesia, después de haber mirado a un lado y a otro, buscando “de dónde me vendrá el auxilio”, y ya desesperada de toda ayuda humana, levanta al Señor su esperanza y la pone sólo en Él: “el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.”[17]

6 – Es necesaria la oración de súplica. La Iglesia, en tiempos de aflicción, no encuentra salvación ni a derecha ni a izquierda, sino arriba, por la oración de súplica: “levántate, Señor, extiende tu brazo poderoso, ten piedad de nosotros, por pura gracia, por pura misericordia tuya, no nos desampares, acuérdate de nuestros padres y de tus promesas”. Son las súplicas que una y otra vez se hacen en las Escrituras.

7 – Para la gloria de Dios. Es la oración bíblica: “no nos abandones, Señor, no permitas la destrucción del Templo de tu gloria, no dejes que se acaben los himnos y cánticos que alaban tu Nombre santo. Restáuranos, Señor, por la gloria de tu Nombre, que se ve humillado por nuestros pecados y miserias. Sálvanos con el poder misericordioso de tu brazo. Seremos fieles a tu Alianza, y te alabaremos por los siglos de los siglos. Amén”.

No hay posible conversión o reforma de la Iglesia – sin la cual no hay nueva evangelización –   si estas siete actitudes, hoy tan debilitadas, o algunas de ellas, faltan. Pero si se dan, esperamos con absoluta certeza la salvación, la superación de los peores males, la conversión de personas y de pueblos, aunque parezca imposible. Pedir e intentar la conversión: ora et labora.

Pero veamos algunos escándalos que se dan en la Iglesia, que están exigiendo urgentemente conversión y reforma. Y advirtamos en esto, antes de nada, que la renovación de una Iglesia local en la fidelidad doctrinal y disciplinar no tiene por qué esperar a que se dé un movimiento de renovación en la Iglesia universal. El Obispo de cada comunidad eclesial, concretamente, debe hacer ya – y con él, sacerdotes, religiosos y laicos – aquello que toda la Iglesia debería hacer. Por eso mismo hablaremos aquí especialmente de los deberes y de las posibilidades de los Obispos; y valga lo que digamos de ellos, en forma análoga, para los Superiores religiosos. La tarea hoy más urgente, sin duda, es restaurar la autoridad de la doctrina católica y la vigencia de las leyes de la Iglesia, exigiendo eficazmente la obediencia para una y para las otras.

La doctrina de la Iglesia católica

Hoy es urgente aclarar si la enseñanza de la Iglesia ha de ser entendida como una doctrina obligatoria o más bien solamente orientativa. Y en el caso primero, si hay obligación grave de enseñarla y de sancionar a quienes la contrarían en público.

Un Obispo, pues, ha de ver si se conforma con que su Iglesia diocesana se configure al modo de las comunidades protestantes, y corran por ella libremente errores contrarios a la doctrina católica, o si está decidido a que su Iglesia local sea católica. Esta elección es hoy para el Pastor ineludible; y el que trate de evitarla ya ha elegido por el extremo falso.

La situación doctrinal en algunos Seminarios, Noviciados, Editoriales católicas y Librerías diocesanas y religiosas es a veces realmente una vergüenza. Y es un escándalo perfectamente superable, si se ejercita la autoridad del Obispo sobre ellos; pues hay disidencia, escandalosa o moderada, justamente en la medida en que los Pastores la toleran.

Grandes males exigen grandes remedios. Y si el Prelado no hace cuanto está en su mano para poner los remedios adecuados, él será el principal responsable de los errores y males de la Iglesia. Pero, por el contrario, esté bien seguro el Pastor de que si pone los poderosos remedios de la autoridad apostólica, pronto en su Iglesia, por obra del Espíritu Santo, florecerán la verdad, la gracia, la unidad, las vocaciones. En efecto, el Espíritu Santo, el único que tiene poder para renovar el mundo y reformar la Iglesia, será el protagonista de su acción purificadora y reformadora.

Vendrá, sin duda, sobre él una avalancha de persecuciones. Cualquier Pastor, para ser Obispo fiel, habrá de ser Obispo mártir. Tendrá, pues, que encomendarse a Dios en este empeño, a la Virgen y a todos los santos   – especialmente a santos pastores como Atanasio, Gregorio Magno, Carlos Borromeo, Ezequiel Moreno, Pío IX, Pío X – y llevar adelante su tarea con la fortaleza propia de la caridad pastoral.

Valga lo dicho sobre la doctrina católica en referencia también a la exégesis de la sagrada Escritura. Cuando la interpretación de los textos bíblicos prescinde del Magisterio apostólico, de las enseñanzas de la Tradición, del sensus Ecclesiæ, y sólo se atiene en la práctica a las normas del historicismo y del análisis crítico y filológico, cualquier resultado, y su contrario, es posible. Nos quedamos sin la Biblia. Es la perfecta arbitrariedad. Es la confusión del libre examen, que no tiene por qué tener un lugar en la Iglesia Católica.

“No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios.”[18] El Espíritu Santo, que es “el Espíritu de la verdad,”[19] se entristece al ver tantos errores dentro de la Iglesia Católica, y quiere que se ponga término eficaz a su difusión, de tal modo que todos los fieles puedan oír con facilidad la voz de Cristo, que “nos habla desde el cielo.”[20]

Las leyes de la Iglesia católica

Hoy es igualmente urgente aclarar si las leyes eclesiásticas tienen en realidad un valor preceptivo, obligatorio en conciencia, o si sólo tienen un valor meramente orientativo. Según esto, los Pastores han de decidir si quieren que su Iglesia local sea católica, y cumpla las leyes de la Iglesia universal, viendo en ellas una ayuda para la unidad y el crecimiento espiritual de los fieles, o si se resignan a que su comunidad eclesial se configure al modo protestante.

Las dos vías son posibles. Y ya se comprende que el Obispo, ineludiblemente, ha de dar una respuesta a este dilema: o sigue en su Iglesia la vía católica o la protestante. No vale que diga elegir la forma católica, si luego realiza la protestante. Tampoco vale que reconozca el valor salvífico de las leyes en la Iglesia, si luego estima siempre que no conviene exigirlas, ni inculcarlas, ni sancionar su incumplimiento.

Si el Obispo, en tantas cuestiones doctrinales o disciplinares, no da el ejemplo primero de obediencia a la Iglesia, y a su vez no urge suficientemente la obediencia a la ley eclesial – en la catequesis, en la predicación, en el gobierno pastoral – , ni sanciona en modo alguno a quienes habitualmente la quebrantan, está claro: elige el modo protestante de comunidad cristiana, y renuncia al modo católico, quizá porque lo considera irrealizable. O posiblemente incluso porque lo estima, en principio, inconveniente.

Decía Pablo VI: “ Los fieles se quedarían extrañados con razón si quienes tienen el encargo del episcopado – que significa, desde los primeros tiempos de la Iglesia, vigilancia y unidad – toleraran abusos manifiestos.”[21] Exhortaciones semejantes ha repetido Juan Pablo II muchas veces a los Obispos en visita ad limina.

Lo mismo digamos del párroco, del padre de familia, del superior religioso, de la asociación de laicos, que no respetan la ley de la Iglesia. Se quedan, de hecho, en la enseñanza de Lutero: ninguna ley; sola gratia. El Espíritu Santo, que es “el Espíritu de la unidad”, se entristece al ver tantas desobediencias y divisiones dentro de la Iglesia Católica, y quiere y puede ponerles término eficaz. Unos colaboran con el Espíritu Santo, pero otros lo resisten.

Veamos, pues, seguidamente algunas cuestiones concretas doctrinales y disciplinares hoy especialmente necesitadas de reorientación y reforma en la Iglesia.

Continuará.


 

[1] Discurso a los Obispos del CELAM, Port-au-Prince, Haití, 9 de marzo de 1983

[2] 1990, encíclica Redemptoris Missio 72; 1993, encíclica Veritatis splendor 107; 2002, carta apostólica Novo Millenio ineunte 40.

[3] L’Osservatore Romano, 9 de octubre de 1962.

[4] 7 de diciembre de 1965.

[5] Tertio Millenio adveniente 36.

[6] Memorial II, 41.

[7] Memorial II, 42.

[8] Memorial II, 43).

[9] Memorial II, 46.

[10] Memorial II, 51.

[11] Unitatis redintegratio 6.

[12] 29 de septiembre de 1963, n. 25.

[13] Isaías 3; Jeremías 7; Oseas 2.8.14; Joel 2; Miqueas en 1Reyes 22.

[14] Daniel 3,26-45.

[15] Salmo 102,10.

[16] Jeremías 14,18.

[17] Salmo 120,1-2.

[18] Efesios 4,30.

[19] Juan 16,13.

[20] Hebreos 12,25.

[21] 17 de abril de 1977.