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Miguel Antonio Barriola

Que se me permita señalar, que la tarea apostólica del P. Solinas se extendió también hasta mi patria de origen: el Uruguay.

En efecto, dado que ya muchos indígenas guaraníes, acogidos y cristianizados en las reducciones de los jesuitas, eran considerados vasallos del Rey de España, se los llamó a defender las comarcas de dicho rey en el Río de la Plata. Porque, “desde la era de los descubrimientos, los portugueses ambicionaron llegar al límite ‘natural’ del Río de la Plata, aunque recién en el siglo XVII[1] pudieron organizarse con el fin de ocupar la Banda Oriental. Hacía mucho tiempo que las bandeiras[2] paulistas habían traspasado la línea de Tordesillas,[3] desplazándose hacia el oeste y el sudoeste y atacando las misiones jesuíticas, cuando entre los años 1669 y 1671 los gobernadores generales del Brasil formularon ante el Príncipe don Pedro, regente de Portugal, la conveniencia de poblar las tierras de a Banda Oriental…, que según las tesis lusitanas pertenecían a ellos… Así en los primeros días de 1680 Don Manuel de Lobo fundó la Nova Colonia do Sacramento.”[4]

Aquellos asaltantes portugueses, llamados también “mamelucos,”[5] iban adueñándose de terrenos en lo que hoy conocemos como Uruguay. Durante estas invasiones, se les ofreció a los nuevos gobernados por España, los guaraníes sobre todo, los más cercanos al área de estos combates, la ocasión de deber comprometerse en la mayor empresa asumida por ellos: desalojar a los portugueses de la Colonia del Sacramento. El P. Altamirano, encargado de gobernar todas las reducciones indígenas, pidió ayuda al gobernador de Buenos Aires, D. José de Garro, el cual solicitó que se tuviera a disposición tres mil indios bien adiestrados, acompañados de dos religiosos, para su asistencia espiritual. Entonces el ya mentado P. Altamirano tuvo la ocasión de comprometer a los guaraníes en la más grande empresa por ellos realizada, desde que eran súbditos del rey de España.

Para la atención religiosa fueron enviados cuatro padres, entre los cuales el P. Solinas. Éste acompañó a pie a un batallón de indios a lo largo de casi doscientas leguas (cerca de mil kilómetros), por caminos imposibles, donde a cada paso había un río o un pantano que vadear. No existían puentes, ni embarcaciones para el transporte de los víveres. Pero, convencido de que cumplía la voluntad de Dios, manifestada por medio de los superiores, el P. Solinas sufrió todos aquellos malestares con alegría, haciendo que sus indios caminasen en orden, obedeciendo al capellán.

Así fue cómo el 7 de agosto de 1680, tres mil indios de las reducciones colaboraron para asaltar y apoderarse con mucho denuedo de la bien defendida fortaleza de la Colonia del Sacramento. Los capellanes, disponibles para la asistencia religiosa, el día en que se anunció la victoria, administraron los sacramentos de la reconciliación y de la unción de los enfermos a todos aquellos que tenían necesidad de los mismos, sin discriminación alguna: a los indios guaraníes, tupíes,[6] a los portugueses y españoles, preocupándose además de curar a muchos heridos y de sepultar a los muertos. Todo esto, aún con riesgo de la vida, a lo largo de toda la jornada, desde el alba hasta bien entrada la noche y sin interrumpir para alimentarse. Una vez más comprobamos el espíritu “católico” de aquellos misioneros: en medio de las batallas, se mostraban disponibles para con todos: enemigos, europeos e indígenas.

Terminada esta difícil empresa, Juan Antonio Solinas volvió a su trabajo, siempre en medio de los indios. En 1681 lo encontramos en la Reducción de San José. Allí, fuera del paréntesis pasado en la Reducción de Concepción,[7] vivió probablemente hasta el tiempo de la última de sus correrías apostólicas; la expedición misionera al Chaco, en la que participará junto con el padre Diego Ruiz, un hermano coadjutor y Don Pedro Ortiz de Zárate.

La vida del P. Solinas corría ya a su fin, al último encuentro glorioso con el Señor. Un año antes de su envío al Chaco, casi como acto preparatorio para volverse digno del martirio, fue admitido a pronunciar sus últimos votos como religioso jesuita. Al año siguiente culminará sus fatigas apostólicas con el trágico y glorioso desenlace de su sangre derramada por la evangelización de estas tierras.

Hacia el martirio en el Chaco: unión de destinos

Ciertamente[8] que entre los misioneros jesuitas y Don Pedro Ortiz de Zárate hubo un acuerdo en el período previo a esta empresa. Dependiendo ambas misiones de los propios obispos y de los mismos gobernadores que se fueron sucediendo por aquellos años en Tucumán, las dos misiones, que tal vez surgieron independientemente, prosiguieron unidas y concordes hacia la misma meta, sin que los protagonistas, seguramente, se preocuparan de quién había tenido la idea primeramente. Se encontraron, por lo tanto, a lo largo de la misma ruta, no por casualidad, sino necesitándose los unos a los otros, porque estaban siendo esperados y guiados por el mismo Cristo hacia el lugar del martirio. Don Pedro, de hecho, habrá sido el guía y jefe, ya por la autoridad que le venía de su papel civil y eclesiástico desempeñado hasta aquel momento, ya por edad muy superior a la de los otros dos.

Las relaciones entre las tribus de la región chaqueña no eran buenas. Sólo por la seguridad de la posible protección española contra los propios enemigos indígenas habrían abrazado la vida cristiana. El motivo no era tan sincero, pero no dejaba de ser un buen comienzo. Se fueron acercando unos y otros aborígenes, pero el clima era tenso. No estaban claras sus intenciones.

Planes generosos en medio de las amenazas

Don Pedro y el P. Solinas, no contentos con los pequeños grupos que se les acercaban en plena selva, trazaban ya el plan de llegar hasta los indios Vielas. Para ello preveían que necesitarían otro misionero y es altamente aleccionador considerar las condiciones que, según el P. Ruiz (el otro jesuita de esta empresa, que sin embargo no estuvo presente en el lugar del martirio el día en que sucedió, pero allí se dirigía con víveres y protección militar) describió las condiciones que debía reunir el que fuera elegido:

“Primero: debe ser totalmente desprendido del mundo y bien resuelto en los peligros y dificultades; segundo: su caridad debe ser suma, para nada miedoso, con un rostro alegre, un corazón amplio, sin escrúpulos impertinentes, porque debe tratar con gente desnuda, no muy diferente de las fieras. Su Reverencia no debería enviar a quien no tuviera tales cualidades, porque sería más un peso que una ayuda”. Y, por supuesto, que tales condiciones eran las que reunían tanto Don Pedro como el P. Solinas, ya embarcados en tan heroica empresa.

Un autor del siglo XX comenta muy a propósito: “Nos causa sumo agrado insertar este final de la carta del brioso P. Ruiz, por su contenido cristiano, humano y pedagógico. Nosotros, hijos de este siglo XX, muy frecuentemente no apreciamos los esfuerzos, los sacrificios y el martirio de nuestros antepasados americanos, sea españoles o indios, porque no llegamos a medirlos en toda su intensidad; y creemos que todo aquello es cosa pasada, y que los esplendores de aquel siglo nada tienen que ver con los de nuestros siglos de conquista y civilización. Todo lo que hoy tenemos es fruto de lo que han sembrado entonces.”[9]

Se adensan los nubarrones

Aumentaba el número de aborígenes que se iban acercando a los misioneros, sobre todo en torno a la capilla de Santa María, a unos veinticinco kilómetros del Fuerte de San Rafael. Todos se sentían bien recibidos por los misioneros, que explicaban el motivo de su venida: hacerlos hijos de Dios y librarlos de los muchos pecados que cometían. Pero los Mocovíes y Mataguayos se mostraron desconfiados, temiendo el intento de que el agruparlos fuera alguna trampa para entregarlos a las tierras de los españoles.

Además, y esto tenía un mayor peso, todos aquellos indios eran devotos de sus dioses, a los que temían; y la fe cristiana traía consigo la destrucción de los ídolos. Sus sacerdotes, llamados hechiceros, vivían en un estado de exaltación religiosa: en primer lugar contra los misioneros y en consecuencia contra todos los cristianos. Como en los primeros tiempos de la Iglesia, se daba el choque entre la fe cristiana y los cultos paganos.

Más de uno podría preguntar hoy día: ¿por qué perturbar la secular cultura religiosa de aquellos primitivos habitantes de estas regiones? El mismo sentido común clamaba justicia contra los desafueros que aquellos brujos ejercían sobre sus amedrentados súbditos, así como su poligamia y antropofagia, que por arraigadas que se encontraran en las costumbres, no encuentran justificación alguna, en el mero orden racional. Además, aún en el caso de que no hubiera habido nada que objetar en los usos y costumbres de aquellas tribus, si no conocían al único Salvador, Jesucristo,[10] el celo misionero de cristianos cabales no podía dejar de proponer (nunca “imponer”) el anuncio del Evangelio.[11]

Hacia el trágico y glorioso desenlace

Mientras tanto, creciendo siempre más el aflujo de indios, fueron construyendo en aquella llanura cabañas con su capilla. Los sacerdotes eran incansables enseñando el Evangelio.[12] Los pocos soldados españoles que se habían quedado en Santa María regresaron a la reducción de San Rafael, para que sus armas no fueran motivo de temor y alejamiento de las tribus desconfiadas. Don Pedro había alcanzado la seguridad de que los indios, en base a su palabra y sus promesas, no intentarían retirarse y mucho menos agredir.

Pero un día, tal vez el 20 de octubre, Don Pedro y el P. Solinas, en compañía de algunos indios, salieron, en dirección hacia el sur, con el deseo y la ilusión de salir al encuentro de la gran caravana salteña, guiada por el P. Ruiz y el célebre capitán Arias. Probablemente entre la partida y el retorno a Santa María no pasaron más de tres días. A la vuelta, notaron con gran sorpresa la presencia de un numerosísimo contingente de indios, quinientos y más, enteramente armados y con los cuerpos totalmente pintados, como solían hacer para una fiesta o una batalla. Los misioneros no habían recibido la menor noticia sobre la llegada de estos visitantes. Los cuales cercaron la capilla por varios días demostrando hipócritamente amistad, mientras los misioneros, a su vez, no se cansaban de ofrecerles alimentos, vestidos y regalos varios. Los indios respondían con agradecimiento a tantas demostraciones de afecto, pero su actitud era un auténtico fingimiento: sin duda esperaban refuerzos que les permitiesen atacar la misión y aniquilarla.

Los cabecillas de aquellos indios, gracias evidentemente a un hábil servicio de espionaje, habían controlado todos los movimientos de los acampados en Santa María y, viendo que eran pocos, querían aprovechar para eliminarlos. Aquellos indígenas eran ciento cincuenta tobas y el resto estaba compuesto de cinco caciques mocovíes y sus guerreros. No había mujeres ni niños.

La noche entre el 26 y el 27 de octubre llegó con gran cautela un cacique de los maraguayos, que con gran secreto advirtió a los misioneros acerca de la traición maquinada por los tobas y mocovíes infieles. Al instante cambió el ánimo y el clima espiritual de los religiosos, comprendiendo que estaba por llegar para ellos el momento por tantos años deseado y esperado.

Por eso, ambos comenzaron a preparar sus almas para entregar sus vidas y sangre por la salvación eterna de aquellos pobres hermanos indígenas. Con todo, tenían sus dudas sobre dar o no importancia al aviso del cacique, por lo cual no dejaron de dar a los indios muchos signos de alegría y afecto, haciendo de modo que volviesen felices y contentos a sus familias, de modo que, conquistados por esta amistad, al menos algunos se resolvieran a agregarse al número de los catecúmenos.

Con esta santa ilusión, pero no sin temores, la mañana del 27 de octubre, en la Capilla de Santa María, los dos sacerdotes oraron intensamente y se prepararon a la celebración del Santo Sacrificio de la Eucaristía. Primero lo hizo el P. Solinas. Después continuaron su labor, distribuyendo alimentos y hablando de Dios, mientras aquellos indios continuaban su ficción, demostrándose interesados y contentos, en el momento mismo en que se preparaban para asesinarlos.

La gran hora

En realidad los tobas y mocovíes, inspirados por sus hechiceros, se preparaban para organizar el asalto, que tuvo lugar en las primeras horas de la tarde. Los misioneros hacía poco que habían llamado con campanillas a los neófitos para el catecismo y estaban ya comenzando la enseñanza. En aquel momento, aquellos traidores, viendo indefensos a los dos ministros de Dios, incitados por el demonio y por los hechiceros, haciendo oídos sordos a los misterios de nuestra santa fe y por odio de la ley de Dios, que con el más grande amor por sus almas les predicaban aquellos sacerdotes del Altísimo, los agredieron con gran griterío y los mataron con flechas y otras armas parecidas a clavas y los decapitaron. Después mataron también a dieciocho personas (dos españoles, un negro, un mulato, dos niñas, una india y once indios)[13] que estaban junto con los dos misioneros en Santa María. Los desnudaron a todos y después de haberles cortado las cabezas, hincaron en sus cuerpos una flecha.

Los indios escaparon con aquellas cabezas en señal de triunfo, como siempre solían hacer y después festejaron, bebiendo con los cráneos usados a modo de copas hasta caer embriagados, según las costumbres de aquellas tribus.[14] Un indio pudo escapar con un caballo encontrado en las cercanías, pudiendo pocos días después contar todo lo sucedido a los cristianos de Humahuaca. Allí advirtió al cura Antonio Godoy, que envió inmediatamente un despacho a Salta.

La visión del “silenciario” de Oliena

Ahora nos trasladamos a leguas de distancia, nuevamente hacia la Cerdeña, donde nació y de donde salió el P. Solinas rumbo a nuestra América. Pero, quedándonos en la misma época y hasta en el mismo día, para asistir a un hecho portentoso, bien documentado por testigos oculares.

Antes de que la noticia de estos dolorosos sucesos llegara al P. Ruiz, que (como ya se dijo) estaba acercándose ya próximo al lugar con víveres y auxilio de españoles, fueron conocidos de modo sobrenatural en Cerdeña. Efectivamente, en el convento de los capuchinos de Bitti vivía un anciano y santo hermano coadjutor proveniente de Oliena, conciudadano pues del P. Solinas.

Cuenta el biógrafo del P. Solinas[15] que en el mismo momento en que en el Chaco sucedía el asesinato, Dios mismo quiso hacer conocer la noticia en Cerdeña a un gran siervo suyo, para dar mayor testimonio a nuestro ínclito mártir.

El hecho sucedió así: entre los muchos religiosos capuchinos conocidos por su virtud, milagros y profecías que florecían y florecen en la provincia de Sassari, en el convento de Bitti, había un religioso nacido en Oliena, patria del venerable P. Solinas, como ya se adelantó. Él nunca hablaba, sino lo necesario, respondiendo a preguntas o por otros motivos comunitarios, pero se había propuesto guardar un riguroso silencio. De ahí que lo llamaran “El Silenciario”.

En la hora en que la comunidad se disponía a cenar, este santo hombre rompió su inalterable mutismo, que tan puntualmente observaba en esta familia religiosa, con tales y tantas demostraciones de alegría extraordinaria, que hacían entender bien que en su pecho palpitaba el Espíritu y comunicaba a su alma, sobrenaturalmente llena de Dios, noticias del cielo. La comunidad se maravilló mucho por semejante júbilo improviso y el guardián, prudentemente, para dar alguna explicación del quebrantamiento del silencio, inviolable según las reglas en todo el convento y sobre todo en el comedor, lo reprendió severamente por haber transgredido las sagradas constituciones con aquellas insólitas demostraciones de alegría, pero, al mismo tiempo le pidió el motivo de tan grande alegría, que, a su parecer estaba fuera de lugar.

Una vez vuelto del éxtasis, el piadoso religioso, con mucha humildad y obediencia, para ejemplo de los tibios y sostén de los fervorosos, respondió, pidiendo a todos que no escandalizasen por aquellas repentinas expresiones de júbilo, a las que se había dejado llevar sin quererlo. El Señor le había hecho la gracia de hacerle conocer la noticia del glorioso martirio e ilustre corona con que los infieles indios, justo entonces, habían honrado a su copaisano el P. Solinas en la lejana provincia del Chaco argentino.

El superior suspendió entonces la ejecución de una regla tan importante y lo exhortó a dar gracias al Señor por un beneficio tan insigne, recibido de su libre mano. Entonces comenzó diciendo: “Padre Superior, ¿permite que haga un brindis?” Obtenida la licencia, se congratuló con su paisano, que en este momento sufre – según palabras del mismo Fray Salvatore de Oliena (“El Silenciario”) –   el más cruel martirio a mano de los salvajes de América meridional. Detalló la descripción del canibalismo practicado por aquellas hordas con el cuerpo del Padre Solinas. Finalizó exclamando: “Pero lo que más me urge dar a conocer para gloria de Dios y que trae indecible consuelo a mi corazón es que su alma ha volado directamente al cielo entre los beatos que ven a Dios cara a cara.”

Después que el Superior le hizo asegurar bajo juramento todo lo que había afirmado, en presencia de los venerables padres del Convento, que estaban al corriente de los favores que el Cielo reservaba a aquel religioso, hizo una relación escrita y firmada por todos los presentes, enviándola al padre rector del colegio jesuita de Oliena. El provincial de los jesuitas, recibió muy pronto las noticias detalladas desde las reducciones indígenas y confirmó que el martirio del P. Solinas se había desarrollado en las maneras descritas por fray Salvatore, en las circunstancias más detalladas vistas y reveladas por él. Así Dios dio un testimonio tan insigne de la gloria de nuestro mártir, manifestando desde tan grande distancia la corona que él se ganaba y disponiendo que este favor fuese manifestado ante testigos tan acreditados.

Los dieciocho mártires laicos anónimos

Lamentablemente las crónicas[16] dicen muy poco de estos laicos martirizados también ellos por Cristo. No transmiten ni siquiera sus nombres.

Es hermoso poner de relieve tanta diversidad unida bajo la armonía del Evangelio, abrazados hasta la muerte: adolescentes, adultos, razas diferentes, colonizadores, aborígenes, un mulato y otro descendiente de africanos, todos mancomunados por la firmeza de una misma fe. Este grupo de mártires nos hace recordar la primera comunidad de creyentes nacida en Pentecostés con variedad de lenguas, pueblos y proveniencias. Podrían haberse apartado de los misioneros, evitando sus muertes, uniéndose a los asaltantes y así salvar sus vidas. Pero permanecieron en la fe cristiana en medio de persecución y muerte.

Fue un verdadero martirio

Apenas dos años después de la muerte de nuestros personajes, el Doctor Jarque, erudito sacerdote del clero de España y de América, y después jesuita, escribió en 1685:

“Llamo mártires a los misioneros Juan Antonio Solinas y Don Pedro Ortiz, por las dos siguientes razones. Primero: Es cierto que, para hacer conocer al verdadero Dios a los infieles y hacer crecer su gloria, de modo que lo pudiesen adorar en todas aquellas tribus, reconociéndolo y sirviéndolo como Creador, ellos entraron en aquellas sus tierras y se expusieron a los riesgos de la muerte más cruel. Y esto con tal intrepidez y ánimo deliberado que, habiéndoles dicho, pocos días antes de la muerte, algunos catecúmenos de la reducción de San Rafael que los bárbaros tobas y mocovíes querían matar a los misioneros, respondió (Don Pedro) con mucho coraje: ‘¿Por qué deberían matarnos, sabiendo que nosotros jamás les hemos hecho daño alguno y, al contrario, sólo deseamos su bien? Pero yo no debo desistir de procurarles con todas mis fuerzas la vida eterna para sus almas, por más que yo deba perder la del cuerpo’. De aquí parte el segundo motivo: estos insignes misioneros, por la salud eterna del prójimo y la vida espiritual de su alma, han expuesto sus cuerpos a los tormentos y a la muerte con pleno conocimiento y advertencia del peligro al que se enfrentaban. Por lo tanto, si alguien es venerado como mártir por parte de la Santa Iglesia a causa de haber perdido la vida por haber servido con caridad a los fieles apestados, aunque no haya habido ningún tirano que lo atormentara, sino que murió acabado por el servicio de caridad hacia el prójimo, ¿no será mucho más excelente el martirio de aquellos que, no para curar los cuerpos, sino para librar sus almas, han expuesto su cabeza al cuchillo? Sólo por esto merecerían la aureola de los mártires, aunque no apareciese externamente en los indios tiranos el odio de la fe que tenían Diocleciano, Maximiano, Juliano y los demás perseguidores de la Iglesia. Pero no parece que semejante odio hacia la fe estuviera ausente de los bárbaros tobas y mocovíes. De hecho no tenían otro motivo para odiar a aquellos pobres y desarmados sacerdotes, fuera de la fe, porque sabían bien que no molestaban a nadie; más aún hacían un gran bien a todos los que se les habían unido espontáneamente y no con la fuerza, atraídos solamente con regalos, con amistad y dulces palabras. Y si ellos no hubieran querido formar parte de la reducción, quedando escondidos en sus bosques, los misioneros, ciertamente, los habrían dejado tranquilos y en paz. Por más que tuvieran cierto hastío con los españoles, por las hostilidades pasadas, sabían bien que los jesuitas y Don Pedro jamás habían usado las armas y ni siquiera antes habían ido contra ellos, al contrario siempre los habían protegido como bien sabían algunos de los mismos asesinos, cuando se encontraron en las ciudades españolas.”[17]

El mismo Jarque se adelanta a una posible objeción:

“Pero, suponiendo y no concediendo que los bárbaros comunes se hubiesen movido con el ánimo de vengar las ofensas recibidas de los españoles, está fuera de duda que la tentativa de los hechiceros, inspirados por el demonio su maestro, por lo cual los mandaban contra los misioneros, fuera principalmente la de impedir los progresos de la santa fe… Y ni siquiera los fieles han dudado de que se les debía la gloria del martirio. En efecto, cuando fue llevado a Jujuy el cuerpo de Don Pedro, por cierto que celebraron sus exequias en la Iglesia, por haber perdido a semejante pastor, pero más le demostraron alegría y afecto por lo que consideraban un intercesor suyo en el cielo y por tener en la tierra la gloria de un hijo coronado con la aureola del martirio… También en la provincia de Guipúzcoa y Vizcaya el Señor infundió esta misma persuasión de festejar la muerte como la victoria de un mártir. Sólo se impidió que se diera un culto, debiendo esperar para esto el permiso de la Santa Sede Apostólica, a la cual únicamente pertenece el reconocimiento de una materia tan por encima de todo juicio humano.”[18]

Como confirmación de la autenticidad del martirio, también otro autor hace hincapié en la visión del fraile capuchino de Bitti, de la cual ya hemos tratado.[19] En realidad, si se compara asimismo con el martirio de San Roque González y sus compañeros en la provincia del Paraguay, no se ve casi diferencia en cuanto a las motivaciones que produjeron los asesinatos en el Valle del Zenta: el influjo de los hechiceros, por inquina contra la fe católica, que alejaba de su influjo maligno a los indios, que se agolpaban en torno a los misioneros en forma idéntica.[20]

Resumiendo la historia

Podemos redondear estas semblanzas con la sintética respuesta que diera Mons. Salvatore Bussu en la entrevista que concedió en 2006, cuando vino a Orán con ocasión de la presentación de la traducción al castellano de su libro: Martiri senza altare:[21] “Nuestros futuros santos – como lo esperamos – ) ofrecen también a los jóvenes un mensaje misionero: el P. Solinas no se quedó tranquilo entre los bellos parajes de su tierra natal, sino que, cual otro Pablo o Francisco Javier, se lanzó a tierras desconocidas recién descubiertas para la Palabra de Dios. Y así Don Pedro. En él lucharon su íntimo deseo de estarse a solas con Dios y el inextinguible ardor misionero. Pero, empujado por este deseo misionero, haciéndose cargo de los indios infieles, él movió cielo y tierra para consagrar el objetivo de poder entrar en el valle del Zenta, para su conversión.

Relativamente también a los dieciocho (o cincuenta) mártires laicos, ellos son un estímulo para los laicos de toda la Argentina de hoy, por el testimonio de estos compañeros de los misioneros, que rezaban con ellos, celebraban, hacían de intérpretes, acompañaban a los aborígenes y no descuidaban el servicio de la misión.”[22]

Mirando al futuro

No es posible dejar de destacar el cúmulo de virtudes heroicas que emergen al considerar la vida y martirio de estos dos insignes sacerdotes, que dedicaron lo mejor de sus vidas a implantar el Evangelio en nuestra Patria. Y… por más que hayan quedado en el anonimato, no es menos admirable el conjunto de creyentes seglares que los acompañaron en el sacrificio de sus vidas.

Se condujeron con total despojo de intereses terrenos, junto con el intento de llegar a los más peligrosos lugares, dejando de lado la fuerza de las armas y acudiendo a la pura persuasión y confianza en Jesús, que los enviaba.

Concluimos que para una Iglesia, consciente de sus raíces y de la pujanza evangelizadora de sus pioneros, no es posible dejar sin cultivar y lograr que resplandezca una gloria tan genuina, que no ha de ser exaltada para apabullar con héroes de epopeya, sino para instar a un empeño similar y sacrificado, ante el “martirio”, con que hoy nos reta el mundo. Ya no habrá matanzas cruentas,[23] pero hemos de enfrentar el indiferentismo, la burla, la calumnia, la farandulización,[24] el espesor de las acusaciones, dirigidas exclusivamente contra la Iglesia Católica, como si fuese la sentina de todos los vicios.

Tales dificultades exigen no menos agallas de valentía, y por consiguiente la fuerza de la gracia divina, para proseguir con un testimonio coherente de vida cristiana, pese a la paganización que se difunde desde los medios de comunicación y a la ofensiva contra los principios más sagrados, como son la vida de los inocentes, amenazados por proyectos indulgentes con el aborto, la general ideología del placer a toda costa, propuesta a nuestra juventud por medio del cine, telenovelas y revistas, la teoría del “género”, un desaforado feminismo, la degradación de la familia, que hasta ha penetrado en mentes de teólogos, cardenales y obispos, sobre todo europeos, y tan generalizada también en Norte y Sudamérica. En fin, otras lacras, que se presentan como muy atractivas de momento, pero que arrastran consigo, a largo plazo, tragedias sin cuento.

Oremos y trabajemos con entusiasmo y convicción, para que en la Iglesia universal se reconozca el heroísmo de nuestros mártires, que así, con su ejemplo y coraje, nos alentarán a afrontar nuestro cotidiano martirio, para no dejarnos anegar por la marea de materialismo, que amenaza a la fe y a la misma civilización.

Una sugerencia para terminar

He preguntado a sacerdotes, profesores, seminaristas y laicos en La Plata, así como a alguno que otro de Córdoba y Buenos Aires, si tenían noticia de la sublime, ejemplar vida y martirio de estos santos sacerdotes y laicos del Zenta, siendo la respuesta siempre negativa. Pareciera que fueran conocidos sólo en el Noroeste Argentino y, por lo mismo, me atrevo a proponer, que, sea la Conferencia Episcopal Argentina o los obispos interesados en el proceso de canonización, pidan a sus hermanos en el ministerio pastoral que promuevan en todo el país las noticias e historia de estos futuros santos (como lo esperamos con ahínco), de modo que no se reduzca todo a una sola región, por extensa que sea. Tal vez se podría para ello reeditar el resumen del libro más voluminoso de Mons. Bussu[25] y brindarlo a las diversas jurisdicciones eclesiales argentinas.

Parece que vale la pena el esfuerzo y que sería muy fructuoso, difundiendo conocimiento y aumentando la oración, para este objetivo tan importante y sin duda fructuoso para la Patria.

Orán de Salta, Argentina, 29 de agosto de 2015


[1] El mismo siglo de los dos misioneros que venimos recordando.

[2] De ahí viene el modo cómo también se los catalogaba: “bandeirantes”, ya que se agrupaban en torno a banderas provenientes de Sâo Paulo.

[3] Tratado realizado entre los reyes de Portugal (que también hicieron sus conquistas en América: Brasil) y los de España, para que los portugueses no interfiriesen en las colonias hispanas. Se firmó el 7 de abril de1494.

[4] J. J. Arteaga-M. L. Coolighan, Historia del Uruguay desde los orígenes hasta nuestros días, Montevideo (1992) p.106.

[5] Palabra proveniente del árabe “mamlûk”, que significa: “esclavo, sirviente” y fue aplicada primeramente a la milicia turco-egipcia, formada en un principio por esclavos, que acabaron por enseñorearse del Egipto. Fueron derrotados por Napoleón en 1798 y exterminados en 1811 por Mehemet Alí. A los bandidos portugueses que aquí tenemos en cuenta se los clasificó de ese modo y también como “paulistas”, nombre que se daba en Argentina a los indios o negros.

[6] Indígenas provenientes de colonias portuguesas que guerreaban junto con los “mamelucos”.

[7] Fundada también por San Roque González el 8 de diciembre de 1627.

[8] En lo que sigue, nos inspiramos (sintetizando) en el folleto que ya hubimos de publicar como resumen de la obra mayor de Salvatore Bussu: Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas, S. J. y dieciocho cristianos laicos – Frutos maduros de la Evangelización en el Chaco argentino, Obispado de Orán (Salta), Obispado de Jujuy, República Argentina –2003– 23 y ss.

[9] En lo que sigue, nos inspiramos (sintetizando) en el folleto que ya hubimos de publicar como resumen de la obra mayor de Salvatore Bussu: Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas, S. J. y dieciocho cristianos laicos – Frutos maduros de la Evangelización en el Chaco argentino, Obispado de Orán (Salta), Obispado de Jujuy, República Argentina;2003; p. 23 y ss.

[10] Hechos 4,12.

[11] M. A. Vergara, Don Pedro Ortiz de Zárate –   Jujuy, tierra de mártires, Rosario (1996) 292.

[12] Recuérdese al respecto la declaración Dominus Jesus, del 6 de agosto del 2000, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe el entonces Card. Joseph Ratzinger.

[13] El Profesor Guillermo Ezequiel Méndez, uno de los encargados del proceso de beatificación de nuestros mártires del Zenta, informó que hace poco se encontraron cartas del hijo de Don Pedro, Diego, donde informa que fueron cerca de cincuenta los fieles cristianos masacrados en aquella ocasión.

[14] Ocasión para nuevamente recordar lo iluso y construido, sin base alguna en la realidad, de las posturas de tanta “Leyenda blanca” respecto al “bon sauvage”, sobre todo por parte de los “pensadores”, padres de la Revolución Francesa.

[15] Ibid., 243-245. P. Lozano, Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay, Madrid

(1754-1755) p. 250.

[16] Recuérdese el nuevo dato del Profesor Méndez: que, según documentos encontrados últimamente, el número ascendería a cincuenta.

[17] Jarque, ibid., 421-422. Lozano ofrece las mismas reflexiones, reproduciendo casi a la letra todo lo escrito   por Jarque, ibid., 248-252.

[18] Jarque, ibid., 323-324.

[19] M. A. Vergara, ibid., 324-325.

[20] C. Testore, La corona trionfale del martirio (novembre 1628), en su obra: I Martiri gesuiti del Sud -America – BB. Rocco Gonzalez de Santa Cruz, Alfonso Rodriguez, Giovanni del Castillo, Soc. Tip. A. Macione & Pisanu –   Isola del Liri (1934) 137-170, donde se demuestran las motivaciones anticristianas, sobre todo del hechicero Ñezú. En el año del libro de Testore, todavía no habían sido canonizados San Roque González y sus compañeros mártires. De ahí el título: BB. (beati).Fueron canonizados en noviembre de 1988, por San Juan Pablo II.

[21] Vertido al castellano, por quien aquí escribe, Salta (2003). Salvatore Bussu, Martiri senza altare (Padua 1997).

[22] Panorama Católico, 3 de abril de 2006.

[23] Si bien hemos de lamentar también hoy en día las tremendas crueldades de tantos grupos islámicos contra los cristianos de Irak, Siria y otras regiones, asiáticas y africanas.

[24] Tan bien descrita y justamente criticada por Mons. Héctor Aguer (www.aica.org, 25 de agosto de 2015,) especialmente a raíz de la ridícula pero muy propagada historieta del mutuo enamoramiento del elegante curita capellán del convento y una de sus monjitas (en la telenovela, Esperanza mía).

[25] Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas y dieciocho cristianos laicos – Frutos maduros de la evangelización en el Chaco argentino, Obispado de la Nueva Orán (Salta), Obispado de Jujuy, República Argentina, 2003.