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Raymond de Souza

Los ateos, los agnósticos y las personas intelectualmente superficiales dudan de la existencia del alma humana. Pero no sólo ellos. Muchas personas que van a la iglesia dudan del hecho de que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma. Por supuesto, podemos experimentar la realidad del cuerpo a través de nuestros sentidos, ¿pero el alma…? ¿La existencia del alma puede ser probada por la razón pura?

Éste es nuestro tema en este artículo y el siguiente. La primera cosa a hacer es definir la palabra alma, para asegurarnos de que estamos hablando de la misma cosa.

Todos conocemos la diferencia entre un ser viviente y uno sin vida. Tú ves en el jardín a un niño jugando con un cachorro sobre el césped, cerca de una fuente. Sólo el agua es sin vida, y los otros seres (el niño, el cachorro y el pasto) son seres vivos. El pasto tiene una vida propia, por lo cual se puede alimentar, crecer y reproducir su propia especie. Es llamada vida vegetativa. El cachorro tiene todo eso más sentidos que lo hacen consciente de sus alrededores. A eso se le llama vida sensitiva. El niño tiene todo eso más la capacidad de pensar. Eso es llamado vida intelectual.

Por lo tanto, todo ser vivo tiene dentro de sí mismo la fuente de su propia actividad, su propio poder y su propio principio vital. Esa fuente o poder que hace que todo ser vivo se mueva es llamada el alma, en el sentido más amplio del término. Pero hablando estrictamente sólo llamamos alma al principio vital de los seres humanos, en virtud de su intrínsecamente superior poder de pensamiento. La palabra latina para vida es anima, que también significa alma.

¿Cómo podemos saber con certeza que los seres humanos tenemos un principio vital – el alma – intrínsecamente superior al de las plantas y animales? Razonemos (y aquí estamos actuando de un modo 100% humano, lo que las plantas y animales no son capaces de hacer).

En primer lugar, ¿cómo conocemos algo? No nacemos con ningún conocimiento; al nacer, nuestras mentes son una pizarra en blanco. Conocemos lo que conocemos a través de nuestros sentidos. Es decir, las cosas que vemos, oímos, degustamos, olemos y tocamos. Por lo tanto, sabemos lo que es un arco iris porque lo vemos; sabemos lo que es una canción porque la podemos oír; sabemos cómo son realmente el tocino y los huevos porque los podemos degustar; sabemos lo que es un perfume porque lo podemos oler; y sabemos acerca de la suavidad de la ropa de terciopelo porque nuestro sentido del tacto la siente. He aquí las cinco vías normales por las cuales llegamos a conocer cosas.

Pero hay otra forma de conocer, por la que podemos conocer cosas que no dependen de sensaciones directas. Los conceptos tales como ‘honestidad’, ‘generosidad’ y ‘amabilidad’ no se ven, ni se oyen ni se tocan. Son comprendidos por nuestra mente. Cuando decimos ‘el hombre es un animal racional’ no estamos pensando en un tipo humano específico, blanco, bajo o flaco. Hablamos del ‘hombre’ como una categoría, un concepto, producido por nuestras mentes. Podemos pensar sobre el pensamiento. Y no hay ninguna glándula en el cerebro para producir tales cosas. Ciertas áreas del cerebro pueden estar más directamente conectadas a las sensaciones, pero no al razonamiento.

A esta capacidad humana la llamamos el intelecto, la razón o la mente. Funciona bastante independientemente de los sentidos. Los sentidos proveen la información, y la mente la ‘digiere’, por así decir; extrae sentido a partir de ella.

También la voluntad humana es una prueba de la existencia y las operaciones del alma. El libre albedrío es una característica de la persona humana. Podemos elegir hacer algo o cambiar de idea y no hacerlo. Un hombre puede elegir traicionar a un amigo o no traicionarlo. Es una elección moral, completamente independiente de los sentidos. Yo estoy escribiendo este artículo ahora, pero puedo elegir dejar de escribir y continuar más tarde. Un ateo o un agnóstico que pueda estar leyéndolo puede elegir dejar de leer porque se da cuenta de que tiene sentido y él aborrece el sentido común. Pero al obrar así él prueba que tiene libre albedrío – algo independiente de sus cinco sentidos.

Si los hombres no tuviéramos libre albedrío seríamos como los animales, esclavizados por los sentidos, y prevalecería la ley de la selva – la fuerza da la razón. Pero nosotros esperamos que los criminales sean castigados precisamente porque ellos abusaron de su libre albedrío e hicieron daño a otros. Pero no castigamos a un hombre demente por dañar a otro – él es incapaz de ejercitar su libre albedrío a causa de su demencia.

Entonces tú podrías preguntar: ¿Cómo funciona el libre albedrío? ¿Cómo lo ejercitamos? Se lo puede decir de forma simple: nuestras voluntades siempre están eligiendo lo que percibimos como bueno y evitando lo que nuestras mentes perciben como malo. Estamos impulsados naturalmente a buscar la felicidad, incluso aunque podamos no encontrarla en una elección errónea. Llamamos ‘bien’ a cualquier cosa que nos haga felices, y ‘mal’ a cualquier cosa que nos haga infelices.

Tu elección de carrera está guiada por tu mente, por lo que tú piensas que será mejor para ti. Una chica puede elegir ser una religiosa que trabaja en un hospital en África, mientras que otra chica puede aborrecer esa idea y elegir seguir una carrera en marketing o casarse con un científico. Ambas chicas hicieron una elección basada en lo que sus mentes percibían que les traería felicidad.

Análogamente, el drogadicto elige las drogas porque piensa que lo harán sentir bien o ‘feliz’ en su mente, aun cuando eso arruinará su vida tarde o temprano. Pero su elección fue libre, con base en su percepción de la realidad. Por eso es que en una sociedad humana normal   – algo difícil de encontrar en estos días – el crimen es castigado y las buenas acciones son recompensadas.

Por lo tanto, el libre albedrío se define como la capacidad de elegir entre dos o más cursos de acción, cada uno de ellos atractivo, en cierto modo, para la mente. Porque nadie elige jamás el mal en sí, nadie elige la desdicha y la infelicidad sabiendo que sufrirá sin descanso o consuelo. Cuando elegimos hacer algo malo, es porque hay en ello un bien aparente que nos atrae, y hacemos la elección sabiendo que no es completamente bueno, pero la atracción parece irresistible y elegimos libremente hacerlo.

Considera, por ejemplo, un hombre joven que duda entre hacerse militar y ser un abogado. El uniforme, la disciplina y la pompa lo atraen. Estas cosas son buenas desde su punto de vista. Pero él tiene temor a las alturas y detesta la mera posibilidad de saltar en paracaídas, cosa vista como un mal desagradable. La vida de abogado no tiene saltos en paracaídas, pero tampoco tiene la pompa militar. Por lo tanto, él pesa por una parte el bien de la pompa militar contra el mal de su posible salto en paracaídas; y por otra parte el no saltar en paracaídas en la profesión de abogado contra la falta de pompa. Y él hace una elección, una libre elección, que es bastante independiente de sus sentidos.

Más concretamente, un político católico está deliberando si votar o no a favor del aborto en la Cámara de Diputados. Él sabe que votar por el aborto es un pecado mortal, porque es un accesorio para el asesinato de niños inocentes, pero él agradará al Presidente de la nación y podría obtener un nombramiento para el Senado, con muchos beneficios. Por otra parte, si él vota contra el aborto, caerá en desgracia ante el Presidente y podrá olvidarse de cualquier posible nombramiento por el Partido de gobierno. Es una elección moral, bastante independiente de los sentidos. Una elección libre, que merecerá aplauso o condenación.