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Néstor Martínez Valls

En esta fiesta de Santo Tomás de Aquino estuve buscando unas notas que había sacado de Internet sobre Jean-Marie Paupert, pero pude encontrar muy poco, así que solamente voy a señalar el tema y dejar su desarrollo para el futuro eventual, Dios mediante.

Hace años leí Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000, escrito en 1967 por Jean-Marie Paupert, y me agarré la consiguiente bronca con el autor, que se dedicaba a demoler a la Iglesia sobre la base de un “progresismo” gritón y sin argumentos rigurosos. En realidad, se trataba de la violenta y sarcástica respuesta de Paupert a El Campesino del Garona, en que, tras presenciar los desastres del post-Concilio, Jacques Maritain hacía su retractación parcial, por así decir, de la línea más bien “progresista” (grandes comillas) en que se había embarcado a mitad de su carrera filosófica.

Luego me enteré de que Paupert había divulgado en lengua francesa, en ese mismo año de 1967, los documentos confidenciales de la Comisión que asesoraba a Pablo VI en el tema de la anticoncepción, en la preparación de la Encíclica Humanæ Vitae, y que lo había hecho para apoyar la posición mayoritaria, que estaba a favor de la “píldora”, y no hice más que confirmar mi diagnóstico anterior.

Pero mucho después me enteré, gracias a Internet, que ya en el tiempo en que yo leía aquel libro, Paupert había hecho una espectacular conversión y se había pasado con armas y bagajes al bando de los “carcas”, “conservadores”, “reaccionarios”, “retrógrados”, es decir, se había convertido en un “anciano de Cristiandad” radicado en el “archipiélago de los monos aulladores” donde antes había recluido a los que querían permanecer fieles a la fe. En efecto, para esa época en yo leía y me enojaba, Paupert ya había escrito, en 1979, Péril en la démeure, algo así como ‘Peligro en la mansión,’ libro análogo a El Campesino del Garona de Maritain, en el que Paupert, para desconcierto de todos, hace profesión pública de arrepentimiento de su pasado “progresista”. Y poco antes había escrito Las madres patrias: Jerusalén, Atenas y Roma, donde reconocía el carácter único de la cultura occidental fundada en esas tres ciudades. Por supuesto que el escaso entusiasmo de nuestros medios “culturales” por difundir esta segunda etapa del pensamiento de Paupert colaboró a que yo demorase tantos años en enterarme de la misma.

¿Qué tiene que ver todo esto con la fiesta de Santo Tomás de Aquino? Paupert fue novicio dominico, educado en el tomismo estricto, amigo, entre muchos otros, del autor de lo que él considera (y no sería raro que tuviera razón) el mejor manual de filosofía tomista, el R. P. Maquart. Luego salió del seminario y se dedicó entre otras cosas a escribir y a editar libros. Pues bien, en una de esas notas que ahora no encuentro, Paupert confiesa que en sus tiempos de “progresismo” él no había dejado de ser personalmente tomista, sólo que pensaba que para “las masas” era mejor difundir una especie de kantismo aguado, que es en efecto una de las bases “filosóficas” de la mencionada dimisión intelectual. Pero no encuentro el texto correspondiente de Paupert, así que de todos modos, en honor del Aquinate, traduzco, con perdón de la lengua francesa, este otro pasaje de Péril en la demeure, donde Paupert recuerda sus años de novicio dominico:

“La pasión especulativa me había agarrado las tripas y me había encendido la cabeza; dejando los manuales, en los que la mayor parte de mis compañeros pastaban por virtud en forma tan obligada como fastidiosa, me lancé de lleno a los grandes autores y sobre todo, durante todo y después de todo, a la obra gigantesca, fluvial, de Santo Tomás de Aquino, que carga consigo toda la ciencia de su tiempo y una buena parte del saber eterno, todo el Occidente y una parte del Oriente; asiduamente aplicado tanto a la meditación y la explicación de las Escrituras judeo-cristianas como de aquellas de los grandes maestros griegos Platón y sobre todo Aristóteles, del que, ignorando el griego, se hizo traducir los textos por Guillermo de Moerbeke; no ha cesado, en toda su breve vida, de rumiar, como un gran buey mudo, la vasta síntesis del conocimiento universal, sacando para ello de su memoria monumental las mejores riquezas de lo antiguo (vetera), y de su curiosidad insaciable y su genio prodigioso los hallazgos más nuevos (nova), que lo hicieron tan notable en su tiempo, realizando así, entre las diversas fuentes de información, entre la razón y la fe, entre el Oriente y el Occidente, entre la tradición y el progreso, un equilibrio natural que sin duda no había sido jamás logrado hasta entonces con ese grado de perfección y que desde entonces sin duda jamás ha sido igualado. Yo era un muchacho de dieciséis o diecisiete años, perdido de admiración y de reconocimiento por tanta belleza en la verdad; ebrio del vino fuerte del saber y siempre alterado de conocimiento, asombrado, en el sentido raciniano más fuerte, de visitar los monumentos tan considerables del espíritu y de saber por aquí o allá dominar algunas perspectivas, más aún, ordenar por mí mismo algunos elementos.”

Luego de contar cómo “trasnochaba” en su celda del convento, envuelto en frazadas y medio muerto de frío, para seguir leyendo al Aquinate, dice:

“[…] sin darme cuenta de lo que después he comprendido, es decir, que Tomás de Aquino, que iluminaba y calentaba mis noches oscuras y glaciales, era eminentemente un hombre de las tres capitales: Jerusalén, Atenas y Roma, que resume en su obra inmensa la luz divina de la revelación judeo-cristiana, la luz racional del pensamiento aristotélico importado recientemente de Grecia por los árabes de África del Norte y de España, el método y la claridad romanos, sin contar la lengua latina que usaba, así como en su época toda la Europa de los sabios y los letrados. Ciertamente que yo no era consciente de ello en esa época, pero lo sabía mejor todavía, porque, incapaz de formularlo en los mismos términos que hoy, lo vivía.”[1]

Pidamos a Santo Tomás de Aquino, en su fiesta del día de hoy, que interceda por la Iglesia, en la que tantos Pauperts andarán por ahí esperando todavía el momento de ser sacudidos por la Verdad, y por todos nosotros, para que podamos ser fieles en estos momentos en que la crisis denunciada por Paupert en sus últimas obras ha alcanzado una agudeza que, felizmente para él, no llegó a ver.

Montevideo, 28 de enero de 2016.


[1] Péril en la demeure, pp. 116-118.