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Raymond de Souza

¿Por qué es imposible la evolución [materialista] de las especies? Es sorprendente cómo los prejuicios pueden enceguecer a las personas, incluso a quienes se llaman a sí mismos ‘científicos’. Es genéticamente imposible para los seres vivos tener descendencia con cualidades que no sean transmitidas por sus progenitores. Para empezar, nadie puede dar lo que no tiene. Cualquier tonto sabe eso. Los socialistas tratan de hacerlo, pero siempre fracasan. La realidad de la ‘mutación genética’ nunca ocurre a fin de agregar una nueva cualidad, sino para quitar una existente. Los seres genéticamente modificados tienen menos genes –no más– en su haber que sus padres.[1]

Por lo tanto, para que un animal, sea una tortuga, un simio o un político liberal, evolucione transformándose en un hombre sensato, se requeriría un milagro. Y los milagros suceden desde el exterior del ser [creado], no desde el interior. La simple realidad es que gente que, desde otros puntos de vista, es inteligente se rehúsa a ver la abismal diferencia entre el hombre y los animales.

El hombre es racional, mientras que los animales son irracionales (incluso los políticos liberales pueden ser incluidos en la categoría de hombres racionales, al menos a veces). Como un ser humano, tú y cada persona cuerda tienen la facultad de la razón; de ahí que uses el poder de la deducción para encontrar verdades nuevas a partir de las que ya conoces, mientras que los animales no pueden hacerlo. Estamos constantemente incrementando nuestro conocimiento, pasando de lo conocido a lo desconocido. De la aritmética al álgebra, del álgebra a la geometría, de la geometría a la trigonometría, y así sucesivamente hasta que enviamos sondas a Plutón. Los verdaderos científicos nunca pretenden inventar leyes naturales; ellos simplemente las descubren y las usan para el progreso de la ciencia y el bien del hombre.

¡Desde el telégrafo hasta el sistema de correo electrónico ha habido un poco más que progreso, por cierto! Los viejos mapas de carreteras impresos y el GPS muestran ad nauseam el poder de la mente humana para incrementar el conocimiento y la capacidad para controlar la naturaleza.

Pero los animales inferiores –y aquí por caridad no incluyo a los políticos liberales– están confinados a sus mismas viejas formas, día tras día, siglo tras siglo, milenio tras milenio. Las abejas hacen miel hoy exactamente como la hacían cuando Sansón mató al león, sin cambios. Los cuervos vuelan hoy exactamente como uno de ellos voló desde el Arca de Noé (la reciente película, dicho sea de paso, a pesar de sus grandes efectos especiales, no tiene nada que ver con la historia bíblica). Los caballos corren hoy exactamente como lo hicieron para jalar los carros del Faraón hacia adentro del Mar Rojo; y los burros sirven a sus amos hoy exactamente como uno de ellos llevó a Jesús hacia Jerusalén.

Tú puedes aplicar tu mente de varias formas: literatura, música, danza, computadoras. Tu mente puede pasar de un tema a otro, sin que tú muevas un dedo o un párpado. Tu cuerpo no participa en tu pensamiento. Tu hijo puede decidir convertirse en un técnico informático y terminar más tarde en su vida como un Marine de los EE.UU. Es una elección libre. Y así sucesivamente, etc.

Pero los animales no hacen esto, porque no poseen libre albedrío. Su conducta está caracterizada por la uniformidad, por hacer las mismas cosas generación tras generación. Las variaciones son mayormente insignificantes. Pero la conducta de los hombres está caracterizada por la diversidad. Esto es así porque el hombre es racional y los animales irracionales.

Alguien podría objetar que algunas tribus muy primitivas del Amazonas también viven una vida de conducta repetitiva, sin ningún progreso perceptible. Sí, es verdad. Pero eso es porque ellos no usan sus mentes y voluntades como podrían. Tan pronto como ellos se mudan a la ciudad, sus hijos van a la escuela y comienzan a desarrollar su pensamiento en más formas; ellos cambian y hacen elecciones con base en una mayor variedad de opciones. Por otra parte, un perro de caza podría dudar entre dos rastros a seguir, pero él no está pensando. Está tratando de encontrar el olor más fuerte. Su elección está basada en un sentido material, no en una elección intelectual.

La conclusión es simple: el alma del hombre no es material sino espiritual, es decir, sus actividades son independientes de la materia, y hasta cierto punto de sus operaciones. Es espiritual porque algunas de sus acciones son independientes de la materia. Por ejemplo, cuando tú piensas en conceptos como verdad y error, belleza y fealdad, orden y desorden, bien y mal, etc., etc., estos conceptos están en tu mente, y tú no los ves, ni los oyes, ni los gustas, ni los hueles ni los tocas.

Si nuestras almas fueran como las de los animales, digamos, sólo formaríamos ideas en imágenes y sensaciones, con su color, gusto, forma, etc., pero nunca conceptos inmateriales. Ése es el por qué un animal no cree en Dios –y en esto los ateos se le asemejan, de hecho.

Los animales no han mostrado el más leve progreso por su propia cuenta. Sus únicas mejoras provienen de la intervención de hombres racionales. Ellos no son inventivos. Siguen ciegamente sus instintos, como por un surco, y no pueden escapar por sí mismos de esta situación.

Esto es evidente, en cuanto concierne al intelecto. Ahora la voluntad: el hombre tiene libre albedrío, puede elegir hacer esto o aquello, obedecer una ley o actuar en contra de ella; pero los animales no tienen esta facultad. Incluso los esclavos del partido entre los políticos liberales a veces cambian su curso.

Los sentidos nos proveen los materiales para formar ideas, las cuales a su vez guiarán nuestra voluntad para hacer elecciones. Igual que un pintor que obtiene pinceles y pinturas para pintar un retrato. Él depende de esos artículos para pintar, pero los artículos no pintaron el retrato por sí mismos. La mente del pintor guió a sus manos para usar esos artículos para hacer la obra.

De modo semejante, un violín no se toca a sí mismo. El violinista lo usa al tocarlo. Si el violín está roto, el violinista no puede tocar, igual que si la persona sufre una conmoción cerebral y está en coma no puede hablar o actuar. Mientras ella está viva, el alma está allí, pero el medio de comunicación –el cerebro, el sistema nervioso, etc.– está descompuesto.

Más aún: uno puede trascender el vínculo de la realidad visible y buscar bienes superiores, como la virtud, su conocimiento y su práctica. O uno puede elegir una vida de vicio, totalmente en contra de su propia educación. Los animales no pueden hacer esto. Todo esto muestra que el principio vital del hombre, su alma, que puede pensar y hacer decisiones libres, no es algo segregado por la pituitaria o la glándula pineal. Si ése fuera el caso, todos los hombres se comportarían de la misma manera, pensando los mismos pensamientos y haciendo las mismas elecciones. Más bien, el principio vital del hombre es independiente de, y superior a, la mera materia.

De ahí la natural y consiguiente conclusión: que, dado que el alma existe y actúa independientemente de la materia, puede continuar existiendo y actuando incluso cuando el cuerpo perece. El alma humana, por lo tanto, es espiritual e inmortal.


[1] Esta es la segunda parte del artículo publicado en el número previo (nro. 117) de la revista Fe y Razón. Está extraído de la obra de Raymond de Souza: Curso de Apologética Católica, Lección 7.