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José Alfredo Elía Marcos

Desde Platón hasta el siglo XX el Eros era considerado como “el deseo del otro”. El amor en pareja se sostenía por el deseo mutuo de vivir juntos. El Cristianismo completa este concepto del amor con el Ágape: Amar y ser amado. Amor como entrega y deseo del bien para el otro.

Pero a partir del mayo del 68 esta concepción del amor como donación y entrega se rompe por la contracultura. El amor se convierte en simple placer, y el “otro” (ser amado) desaparece siendo sustituido por “uno mismo” (narcisismo, autoerotismo). La invención de la píldora anticonceptiva, y la influencia de las ideas de Wilhelm Reich y Alfred Kinsey, desencadenó la denominada Revolución sexual, en la que se pueden distinguir dos fases.

Primera Revolución sexual

En la primera revolución sexual se produce el cambio semántico, ético y ontológico del Eros. El amor se transformó en puro placer instintivo. El altruismo del Eros fue sustituido por el egoísmo narcisista. Se busca la satisfacción del cuerpo a cualquier precio.

La implantación de la píldora anticonceptiva en la sociedad originó la desvinculación entre sexo y procreación, y el divorcio entre libertad y responsabilidad. Las reivindicaciones sociales que pedían un salario justo, un trabajo digno y una seguridad laboral, son reemplazadas por otro tipo de reivindicaciones sociales: amor libre, divorcio, contracepción y aborto. La política se sexualiza.

El Estado de Bienestar y la Sociedad de consumo creados por economistas como Keynes y Kingsley, y llevados a la práctica por el presidente norteamericano Roosevelt habían generado en la gente una sensación de hastío y vacío y una conciencia rebelde y transgresora por traspasar los límites y realizar lo prohibido.

Segunda Revolución sexual

El fin del Eros conduce a la violencia unida al sexo. La liberación sexual de la mujer condujo a su desprotección. Al desaparecer el cuidado maternal y la procreación unida al sexo, la mujer se convierte en objeto sexual y en mercancía para la pornografía. La consecuencia es clara; si la mujer no es virgen o madre, se convierte en prostituta: pura mercancía sexual. Es la muerte del sexo y el nacimiento del género (eres lo que tú quieras ser). Se pasa del utopismo (deseo de hacer un mundo mejor), al hedonismo (deseo de buscar el placer para sí mismo). El sexo se politiza. Esto traerá graves consecuencias:

  1. La relación sexual más íntima se convierte en espacio político, lo que posibilita al poder público intervenir en el ámbito de lo privado y personal. El poder no te va a decir con quien puedes o no puedes acostarte, pero si te va a decir lo que puedes o no puedes hacer en la intimidad.
  2. El sexo se convierte en un instrumento de poder para transformar la sociedad:
  3. La ideología de género establece que la relación entre un varón y una mujer es una construcción social y por lo tanto no natural. Existen, por tanto, múltiples modalidades y combinaciones relacionales: varón-varón, mujer-mujer, varón-mujer, varón-mujer-varón, etc.
  4. Se pretende crear una sociedad en la que no existen diferencias sexuales, sino tan sólo géneros y orientaciones sexuales.
  5. La estrategia de acción pasa por destruir todo tipo de relación sexual permanente y perdurable como es la familia y el matrimonio. En este sentido se han seguido dos líneas de acción: Desde 1968 hasta 1995, la estrategia era destruir la familia tradicional para imponer la llamada “familia liberal”, un prototipo de estructura de convivencia familiar que no impone criterios o pautas de acción en la educación de los hijos (laissez faire). A partir de 1995 la estrategia cambia y ahora se intenta denominar “familia” a cualquier tipo de sociedad de convivencia entre dos o más humanos.

La segunda revolución sexual transformó el sexo en política, y el erotismo en narcisismo. En el fondo subyace una concepción antropológica del ser humano como un individuo aislado y egoísta sujeto a la satisfacción consumista de sus propios intereses y deseos. La ciencia y la sociedad de consumo se convierten en el genio de la lámpara dispuesto a conceder todos los deseos que se le antojen al hombre. Deseos que al final generan en el hombre hastío, vacío y desencanto. En este sentido la ideología de género es una traición al verdadero socialismo basado en la idea de solidaridad.

El cambio que propone el feminismo radical de género no es superficial, sino profundo y esencial. Afecta al comportamiento sexual de las personas, al control de la reproducción, al concepto y a la función de la maternidad, a la destrucción del matrimonio y, finalmente a la desaparición de la familia.

Este feminismo de género se presenta con cara amable en un momento en el que la mujer, el matrimonio y la familia se enfrentan a graves problemas: trabajo fuera del hogar, compatibilidad de las tareas domésticas, presión económica y creciente competitividad, violencia doméstica, crisis de la paternidad, desaparición de la infancia…

Wilhelm Reich: El ideólogo de la revolución sexual

La doctrina de Freud se basa en un pansexualismo en el que toda la realidad humana, la individual y la social, se halla gobernada por la dimensión sexual. Freud explica al ser humano como un animal puramente biológico dominado por la libido, que se hallaría reprimida por el subconsciente. En su opinión la sociedad y la civilización sólo son posibles mediante la represión o la sublimación del instinto sexual, porque si se diera rienda suelta al eros sexual, se liberaría otra pulsión instintiva, aún más fuerte, encerrada en el subconsciente que es el tánatos o deseo de matar.

Wilhelm Reich postulará exactamente lo contrario que Freud. Para él la represión de la sexualidad es el origen de todos los males. En su opinión las pulsiones biológicas son buenas y la represión impuesta por la sociedad es la causa de las neurosis. En particular la represión realizada por el Estado capitalista autoritario, la moral de la Iglesia, los modelos educativos basados en la disciplina, el trabajo alienante y la familia patriarcal son el origen de todos los males. Especialmente hará más hincapié en este último aspecto, por ser ésta la que rige la formación del carácter humano, de tal manera que si se destruye la familia patriarcal-monogámica a través de una revolución política, cultural y sexual, se instaurará la espontaneidad en vez de la represión, y la felicidad volverá a la sociedad.

Reich reconoce su obsesión juvenil por el sexo, sus fantasías eróticas y sus relaciones sexuales con los animales de la granja donde vivía: “Me di cuenta de que ya no podía vivir sin tener un burdel a mano”.

“Destrúyase la represión sexual y reencontraremos al hombre natural, que es inmediata y espontáneamente sociable.”[1] La versión original se publicó por primera vez en inglés, bajo el título Sexual Revolution, en 1962.

Pero el principal acontecimiento que cambió su vida sucedió el día en que descubrió con 13 años que su madre tenía un amante más joven. Indignado fue a revelárselo a su padre quien enfurecido disparó con la escopeta al joven amante. La madre no soportó la humillación y se suicidó. El padre viendo lo que había hecho se sumergió en un lago helado donde cogió una neumonía que lo terminó matando. Reich se consideró culpable toda su vida de la muerte de su madre, y a partir de entonces generó un odio hacia su padre y hacia la autoridad patriarcal que él representaba.

En Viena Reich fue alumno de Freud y en 1930 se afilió al Partido Comunista. No obstante fue expulsado de la asociación de psiquiatras austriacos, así como del partido, por sus extravagancias sexuales. Es entonces cuando empieza a considerar que la sociedad occidental no sólo está siendo explotada económicamente, sino que además está enferma. Reich considera que hay que destruir la conciencia o razón represiva (superego) y con ella la moralidad, y que lo único que debía de permanecer en los seres humanos son los impulsos biológicos primarios, como el instinto sexual que él denominaba orgón u orgona.

Wilhelm Reich creía que el orgón existía en toda la materia y que era la “materia energética básica del universo”. En 1936 monta una clínica en Berlín denominada Sex-pol, con el objetivo de buscar potenciar la orgona mediante prácticas sexuales de todo tipo. En los años en que estuvo abierta llegó a contar con más de cien mil clientes. En 1939 huye a EE.UU., donde funda el Orgonom Institute, dedicado al estudio de la ciencia del orgón. Afirmaba que era capaz de medir y almacenar esta energía en una caja especialmente diseñada. Vendía acumuladores de orgona a 225 dólares la unidad, y los arrendaba por 10 dólares diarios. La Agencia Federal de Alimentos y Medicamentos (FDA) lo acusó en 1954 de fraude y fue condenado a la cárcel de Connecticut, pero el psiquiatra le diagnosticó paranoia, por lo que fue trasladado a una penitenciaría psiquiátrica, donde acabó el resto de sus días. No obstante le dio tiempo a escribir un último libro sobre religión titulado El asesinato de Cristo presentándolo como la reencarnación del “poder orgiástico” que invita a la humanidad a liberar sus energías sexuales reprimidas.

En 1960 la FDA comete el error de mandar quemar sus libros, en particular los titulados Revolución sexual y La función del orgasmo. De esa manera se convierte a Reich en una especie de mártir, despertando el deseo de comprar y leer sus obras, iniciándose así el mito de la revolución sexual.

Las claves del pensamiento de Reich son:

Abolición de la familia: “la familia suprime la sexualidad de los individuos; la sociedad capitalista utiliza a la familia para producir una personalidad autoritaria o sumisa; ambas están unidas de raíz”.

Abolición del matrimonio: “la monogamia destruye la felicidad y hace imposible el goce sexual; ambas cosas en el matrimonio se ven reemplazadas por una relación hijos-padres y una esclavitud mutua que, en síntesis, constituyen un incesto enmascarado”.

“Liberación” sexual de la infancia

La liberación del instinto sexual lleva al fin de la violencia. Según Reich, Belus será sustituido por Eros. “Haz el amor y no la guerra”.

Kinsey y los “desahogos sexuales”

Alfred Kinsey (1894-1956) fue un biólogo norteamericano y está considerado como otro de los padres de la “revolución sexual”. En los años 50 publicó dos trabajos sobre el comportamiento sexual humano, fruto de una serie de entrevistas a más de 10.000 personas de todos los EE.UU., donde se les preguntaba de una manera informal y “desinhibida” sobre sus costumbres sexuales, desde las más comunes hasta las más perversas.

Kinsey era un pervertido sexual desde su niñez. Desde joven estuvo obsesionado con la masturbación, que llegó a practicar de manera sofisticada y hasta masoquista. Desde joven manifestó sus inclinaciones homosexuales; aunque llevó siempre una doble vida, al punto de que en la universidad se lo tenía por un coherente y riguroso cristiano evangelista. Su padre era un pastor metodista que lo asfixiaba en su juventud, reprendiéndolo en todo y nunca expresando ningún tipo de cariño hacia él.

En 1921 contrajo matrimonio con Clara Braceen, a la que convirtió posteriormente en cómplice de sus “experimentos sexuales”. A partir de su matrimonio decidió hacer pública su intención de cambiar la sociedad para conformarla según su propia sexualidad distorsionada. Así fundó en 1947 el Instituto para la Investigación Sexual, en la Universidad de Indiana.

Publicó dos trabajos sobre la sexualidad: El comportamiento sexual del hombre (1948) y El comportamiento sexual de la mujer (1953). En sus informes describía el comportamiento sexual humano como si fuese un simple observador científico neutral, y nunca distinguía entre lo normal y lo anormal, lo natural y lo antinatural, lo bueno y lo malo.

“Dado que todo tipo de actos sexuales hasta entonces considerados como tabúes, en realidad se producen con mucha más frecuencia de lo que se pensaba, esos actos no pueden ser considerados como anormales, porque cualquier cosa que con frecuencia se produce debe ser algo normal.”[2]

De esta manera estableció el perverso principio en virtud del cual lo que es frecuente es normal, y lo normal debe también ser natural.

“La ciencia, por tanto, puede librarnos de los prejuicios irracionales de las generaciones precedentes, puesto que no existe razón científica para considerar determinados tipos de actividad sexual, en sus orígenes biológicos, como intrínsecamente normales o anormales.” (Ídem).

Kinsey defendió que todos los comportamientos sexuales que se consideran desviados son normales. Por contra afirmó que la heterosexualidad era anormal y que ésta era el resultado de inhibiciones culturales y de condicionamientos sociales. Kinsey, de religión metodista, creía que los cristianos habían heredado la aproximación casi paranoide del comportamiento sexual de los judíos.

Algunas de sus conclusiones fueron: la sexualidad es incontrolable, el matrimonio es parte de un condicionamiento social, el sexo fuera del matrimonio es normal y saludable, las familias son innecesarias, el incesto y sexo entre niños y adultos son normales, las relaciones sexuales con animales son naturales.

“Está comprobado que los contactos humanos con animales de otras especies han sido conocidos desde los albores de la historia y no son infrecuentes en nuestra propia cultura, por lo que hay que considerarlos como naturales.”[3]

Estas ideas son aceptadas plenamente por Hugh Hefner, que funda la multinacional Playboy en 1953. Mientras acusa a las enseñanzas judeo-cristianas de “anti-sexualismo” y da glamour a la exhibición de pornografía, amasa fortunas y dona generosas aportaciones al Instituto Kinsey.

Después de 40 años, en los cuales se había dado credibilidad absoluta a dichos datos, con las terribles consecuencias que conllevaron para la sociedad a nivel moral e intelectual, científicos de varios países junto con el FBI demostraron el fraude de tales estudios y el poco rigor científico en los mismos. Los datos habían sido estadísticamente manipulados porque la muestra era manifiestamente sesgada, con un número importante de presos, exhibicionistas, pedófilos y vejadores sexuales, incluyendo en la metodología vejaciones y estimulación sexual de adultos y niños de meses.

La invención de la píldora anticonceptiva

Una vez formulados los principios teóricos de la revolución sexual (Reich, Kinsey y Marcuse); una vez encontrados los medios financieros (Rockefeller, Ford, Playboy, etc.), y definidas las motivaciones (control de la población) sólo había encontrar un medio rápido y efectivo para poder tener placeres sexuales sin temor al “molesto riesgo” de quedarse embarazada.

A inicios del año 1951, Margaret Sanger conoce en una cena al doctor Gregory Pincus, bajo la invitación de Abraham Stone. Pincus había estado trabajando en los años 30 con sistemas de fecundación in vitro con conejos. La cena fue el paso para que la asociación Planned Parenthood Federation of America (PPFA) se comprometiese a financiar una investigación para encontrar y producir un anticonceptivo hormonal de uso masivo en las mujeres.

El recorrido de la investigación no fue fácil y hubo momentos de freno o de aceleración, en gran parte financieros. Fue entonces cuando Margaret Sanger buscó apoyo en la multimillonaria Katharine McCormick, quien se comprometió a financiar completamente el proyecto. Sanger consiguió que Pincus estableciese contacto con otros investigadores que también habían llevado a cabo diversos estudios sobre la manera para detener la ovulación de la mujer, como el doctor Min Chueh Chang y el doctor John Rock.

Los primeros resultados permitieron preparar una píldora en 1955, que luego recibió el nombre comercial de Enovid. La píldora se basaba en una explosiva combinación estro-progestínica, en la que se mezclaban mestranol (150 microgramos) y norethynodrel (10 miligramos), aunque luego las cantidades de ambas sustancias fueron rebajadas. Tal combinación controlaba la producción de algunas hormonas femeninas hasta el punto de provocar en los ovarios una peligrosa situación de “bloqueo”. De este modo, no se producía la ovulación, y así la mujer permanecía temporalmente en situación de esterilidad.

Del laboratorio se pasó en seguida a la fase de experimentación sobre mujeres. Los experimentos se iniciaron en 1956 en Puerto Rico con más de 1.300 mujeres, y el año siguiente en Haití y en Ciudad de México. El mismo Dr. John Rock probó el medicamento con pacientes suyas en Brookline (Massachussets).

La tarea de reclutar cobayas portorriqueñas recayó finalmente en la Dra. Edris Rice-Wray y en una misionera que trabajaba en uno de los hospitales protestantes del país, Adeline Pendleton Satterthwaite. Finalmente, la Dra. Rice-Wray eligió un local en un barrio de chabolas y reclutó a cien mujeres. Pero los resultados no fueron prometedores. El 11 de junio de 1956 escribió a Pincus: “Hemos tenido problemas con algunas pacientes que han dejado de tomar la pastilla. En unos pocos casos han tenido náuseas, vértigo, dolores de cabeza y vómitos. Estas pocas han rehusado continuar con el programa. Dos han sido esterilizadas. Un marido se ahorcó, desesperado por su pobreza.” Abandonaron treinta de las cien que iniciaron el experimento. Nueve meses después del comienzo de los ensayos, Edris Rice-Wray entregó su informe, en el que resumía los resultados obtenidos hasta el 31 de diciembre de 1956: habían tomado la píldora 221 mujeres; la tasa de abandono sobrepasaba el 50%; el 17% habían sufrido efectos secundarios negativos. Los síntomas más frecuentes eran vértigo, náuseas y dolores de cabeza. Varias mujeres fallecieron de problemas cardiovasculares, pero los promotores del experimento achacaron su muerte a la desnutrición que padecían.

En 1960, después de las pruebas peor llevadas y menos rigurosas que se hayan hecho nunca con un fármaco aprobado por la Food and Drug Administration, se autorizó el uso de Enovid como anticonceptivo en Estados Unidos. De este modo, en Estados Unidos empezaba una revolución que iba a incidir profundamente en la vida de millones de mujeres de todo el planeta.

El mayo del 68

En los años 60 la canción de los Beatles All you need is love (“Todo lo que necesitas es amor”) era una declaración de principios de la nueva juventud que se estaba gestando. A pesar de la semilla narcisista sembrada por el nuevo orden, la palabra clave en aquellos años era love. En 1967 la juventud fue convocada desde California a vivir el verano del amor. San Francisco recibió a más de 100.000 jóvenes; todos ellos, como reclamaba la canción de Scout MacKenzie, con flores pacifistas en la cabeza. Por todas partes se mezclaron el sexo, el alcohol, la marihuana y las flores. Pareciera que el advenimiento de Dionisos y Eros anunciado por los filósofos vitalistas hubiera sido la profecía del nuevo tiempo. Efectivamente, el problema fue que pronto el concepto de Eros perdió su sentido original de amor, de deseo de otro, y pasó a tener el significado, dado por el pensamiento del 68, de sexo placentero. No por casualidad al coito se le llamó “hacer el amor” como si de una producción mecánico-industrial se tratara. El nuevo paraíso tan sólo se realizó en el mundo de la “comuna” pacífica y marginal, cutre y alucinógena de los hippies. Algunos terminaron en la cuneta hartos de heroína, y otros hastiados de sexo, placer satisfecho y miseria. Pero la mayoría de ellos, al igual que el resto de la sociedad posmoderna surgida del 68, se hartó de consumo, de satisfacción hedonista y en muchos casos de una nueva moral sexual que cambió totalmente el sentido del sexo y el amor en la sociedad occidental. Uno de los grandes problemas de la sociedad de la abundancia actual es el hastío, la hartura que conduce al aburrimiento. Algo de esto sucedió con el exceso de sexo, que no trajo mayor felicidad, sino mayor insatisfacción.

El pensamiento del 68 secuestró la palabra eros, para convertirla en pura sensación placentera y solipsista. Es el placer al margen de la pareja.

Surge la sexualidad de la trasgresión; es decir, la valorización de las prácticas calificadas de perversas. Michael Foucault, en su primer libro de éxito Historia de la locura (1961), se manifiesta a favor de una libido sádica, a la que no considera “una deformación producida por la organización social explotadora, sino, por el contrario, expresión pura de la naturaleza que, al igual que la locura, posee la capacidad de hacer añicos una razón represora tambaleante”.

El sadomasoquismo, la pornografía, la violencia en el sexo fue el resultado práctico en el que derivó la civilización erótica del freudo-marxismo. Alain Touraine comentaba que no es mera casualidad el que la liberación de la mujer y la pornografía se hayan desarrollado al mismo tiempo, “puesto que un mundo dominado, pero también protegido, se ha abierto bruscamente, al igual que un país en el cual desembarcan colonizadores”.

La Humanae Vitae de Pablo VI

La Iglesia Católica siempre ha tenido una actitud positiva ante la procreación: cada nueva criatura es otro hijo de Dios y, por ende, merecedor de todo respeto y dignidad al ser heredero de la gloria celestial. La Iglesia, como Madre y Maestra, respetó siempre y en todos los campos el orden de la naturaleza, dada por el Creador. Por tanto, su posición respecto de la contracepción artificial fue, es y será la de considerarla un grave desorden moral.

El 25 de julio de 1968, Pablo VI publica la más importante y trascendente de sus encíclicas, la Humanae Vitae, donde ya en la introducción manifiesta que “el gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias”.

La Encíclica se divide en tres partes:

  1. Los nuevos aspectos del problema y competencia del Magisterio.
  2. Los principios doctrinales.
  3. Las directivas pastorales.

En la Encíclica el Papa caracteriza el amor conyugal como “plenamente humano, total, fiel y exclusivo hasta la muerte, y fecundo”. Afirma que “La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida” y, por ende, “hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.”[4]

Luego expresa que “si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas y psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.”[5]

Más adelante, Pablo VI profetizó las “graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad,”[6] afirmando que “se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad un camino fácil y amplio; que por el uso de contraceptivos el hombre… acabase por perder el respeto a la mujer… llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada”. Y luego se pregunta: “¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres… llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal”.

Luego afirma el Papa que: “Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.”[7]

En todo momento, lo que Pablo VI pide es que se preserve la dignidad humana y el respeto a la mujer y la vida que gesta, por ser los más débiles en esta historia.

Tal como lo preveía Pablo VI, la Humanae Vitae fue resistida en muchos ambientes, también católicos, incluso con declaraciones ambiguas de algunos episcopados como los de Francia, Bélgica, Austria, Canadá e Inglaterra. Han pasado 35 años. La historia ha dado la plena razón al Papa Pablo VI. Basta contemplar la realidad del mundo actual… Gran número de pensadores actuales ajenos al cristianismo o personas conversas como Scott Hahn, Janet E. Smith y Mary Shivanandan han apoyado los planteamientos de la Humanae Vitae.[8]


[1] Wilhelm Reich, La revolución sexual. Para una estructura de carácter autónoma del hombre, Ruedo Ibérico, París, 1970; Planeta-De Agostini, Barcelona, 1985.

[2] Alfred Kinsey, Sexual Behavior in the Human Male, 1948.

[3] “nforme Kinsey” en: Jesús Trillo-Figueroa, La ideología de género, Ed. Libros Libres, Octubre 2009, p. 77.

[4] Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad, 1968, §11.

[5] Idem, §16.

[6] Ídem, §17.

[7] Ídem, §18.

[8] José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 7; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón.