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Bruno Moreno

Cuando leo alguna noticia sobre la próxima celebración del 50º aniversario de la creación de la Conferencia Episcopal Española, suelo acordarme de la parábola evangélica de los talentos. Ya saben: un Rey se va de viaje y entrega a sus sirvientes diversas cantidades (1, 2 o 5 talentos). Cuando vuelve de su viaje, el que había recibido cinco talentos le entrega al Rey diez y es felicitado; el que había recibido dos, entrega cuatro y también es felicitado; mientras que el que había recibido uno le entrega al Rey ese mismo talento, y es condenado por su cobardía y pereza.

Una cosa que siempre me ha llamado la atención de esta parábola es que no haya ningún siervo que entregue al Rey menos de lo que había recibido de sus manos. Los tres siervos creen que han hecho bien, dos de ellos con razón y uno injustificadamente, pero es evidente que ni el siervo más inconsciente podría esperar ser felicitado si devolvía mucho menos de lo recibido de manos del Rey de reyes. Apliquemos la parábola de los talentos a los cincuenta años de historia de la Conferencia Episcopal Española y a su celebración, recordando algunos datos importantes.

Hace medio siglo, en 1966, al terminar el Concilio Vaticano II, se creó en España la Conferencia episcopal para potenciar y coordinar la acción pastoral de las diócesis españolas. Los obispos, por aquel entonces, tenían encomendados los fieles de una nación con grandes deficiencias (como todas), pero dotada por la Providencia divina con indudables talentos desde el punto de vista de la fe: una historia y una tradición empapados de catolicismo, el ejemplo cercano en el tiempo (1936-1938) de los miles de mártires de la guerra civil, la aceptación social, cultural y legal de las grandes líneas de la moral católica, un sistema político que intentaba con mayor o menor acierto plasmar en la sociedad los principios católicos y una mayoría de españoles católicos, con sus pecados, debilidades y defectos, pero realmente creyentes y practicantes.

Hace medio siglo, recordemos, no había divorcio en España y casi todos los matrimonios eran católicos. Actualmente, hay dos divorcios por cada tres matrimonios, los nacidos de madre no casada superan el 40%, los matrimonios civiles son ya dos veces más numerosos que los sacramentales y el matrimonio católico, la nupcialidad sacramental, ha descendido tanto que se puede considerar que está en vías de desaparición (ya que, de continuar la tendencia, en pocos años quedaría en una cifra estadísticamente irrelevante). Desgraciadamente, cuando se fue a aprobar la ley del divorcio en 1981, no hubo más que dos o tres obispos de toda España que siguieran las directrices de Roma y que se opusieran con fuerza a esa ley, ante la pasividad de la Conferencia Episcopal, que pareció aceptar el divorcio como un mal inevitable, como un precio que había que pagar para poder integrarse entre la democracias liberales de Europa. Después de todo, se sugería, el aborto había ya entrado en Italia por una ley firmada por el demócrata cristiano Giulio Andreotti, paradigma de políticos “católicos” (a quien en el 2000 se confió el discurso de apertura del Jubileo de los políticos). No era, pues, cosa de ser “radicales”, ni convenía desprestigiar socialmente a la Iglesia en España, planteando por el divorcio una batalla destinada a la derrota (como si el criterio del comportamiento católico fuera la probabilidad humana de victoria, en lugar de la Voluntad de Dios).

El aborto, ese crimen aborrecible, hace cincuenta años estaba prohibido y la sociedad en su conjunto lo consideraba como algo criminal e inadmisible. Actualmente, se matan a sangre fría 150.000 niños cada año con la bendición del Estado y en buena parte a cargo de los contribuyentes, y a nadie le parece algo raro. Nueve de cada diez niños con síndrome de Down son asesinados en el vientre de sus madres. Según se ha referido, el mismo rey Juan Carlos I contó con el perverso consejo de algunos eclesiásticos, que le aseguraron, ante la pasividad de la Conferencia Episcopal y contra toda la moral católica, que podía firmar la primera ley del aborto. E increíblemente, la Conferencia Episcopal, por boca de su secretario, volvió a afirmar lo mismo en la ley del aborto de 2010. Durante todos estos años, desgraciadamente, la oposición de los obispos al aborto ha sido más teórica que práctica, más de palabra que de obra, pues han apoyado, con entusiasmo positivo o como mal menor, a partidos abortistas, como el PP. ¿Qué significa que ni un solo obispo haya ido a la cárcel por oponerse a que sus fieles más inocentes fueran masacrados por cientos de miles? ¿Cómo es posible que portavoces de la CEE o miembros distinguidos de ella hayan afirmado tantas veces que son buenas las relaciones de la Iglesia con los gobiernos, cuando ellos son los principales responsables del genocidio?

Con un costo enorme y sufragado por muchos “óbolos de viudas”, la Conferencia Episcopal creó una radio y una televisión propias… pero, en lugar de utilizarlas para evangelizar y combatir las mentiras y males del mundo, las ha usado más bien para hacer propaganda manifiesta del partido abortista de derechas, desactivando sistemáticamente cualquier posible militancia católica organizada, fiel a la ley natural. En la misma línea y por obra de todos los partidos con representación parlamentaria, incluido el PP, el “matrimonio” del mismo sexo es hoy parte de nuestras leyes y también la ideología del género, la transexualidad o la experimentación con embriones están normalizadas. Y la eutanasia no queda muy lejos. Los “medios católicos” de información más importantes dependientes del Episcopado, tanto de prensa como de radio o televisión, no han dado la batalla con fuerza suficiente ante esta degradación creciente de la nación.

El adoctrinamiento laicista por parte del Estado continúa y se hace cada vez más invasor, afectando incluso a muchos colegios y universidades de la Iglesia, sin que las fuerzas de la mentira y del mal hallen un combate eficaz de las fuerzas de la verdad y el bien. Puede recordarse por ejemplo que, cuando unos cuantos padres se negaron heroicamente a que sus hijos recibieran la anticatequesis de la Educación para la Ciudadanía, los obispos y los colegios religiosos terminaron por abandonarlos vergonzosamente a su suerte.

Durante estos años los sacerdotes que, fieles a la Iglesia, han predicado y escrito contra la anticoncepción han sido una minúscula minoría, en tanto que eran innumerables los teólogos, presbíteros y catequistas que toleraban la anticoncepción o incluso la aconsejaban, utilizando los cursillos prematrimoniales, el confesionario y no pocas editoriales católicas como arma para destruir el sentido moral de los católicos. Todo eso con un índice de natalidad de 1,3, brutalmente por debajo de lo que una sociedad necesita para sobrevivir.

A veces, se justifican estas cosas diciendo que la situación está muy difícil, que los obispos han hecho lo que han podido, que era imposible conseguir más, pero la realidad es que han tenido plena libertad y todo tipo de facilidades para hacer algo que no han hecho. Durante estos cincuenta años, la Iglesia no ha tenido que ir a buscar a nadie para evangelizar, ya que entre comuniones, colegios religiosos y clases de religión, ha tenido durante decenios a casi toda la población joven a su disposición para catequizarla… Y el resultado ha sido la descristianización masiva del país. No era necesario ir al fin del mundo: venían a nosotros y se fueron con las manos vacías (o con relativa frecuencia, peor aún: llenas de errores y rencor contra la Iglesia). Ante la pregunta de Cristo, ¿qué hombre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?, la verdad nos exige responder que no pocos obispos, teólogos, párrocos y catequistas han actuado así.

Con la tolerancia o la aquiescencia de los encargados de vigilar la fe (es decir, de los episcopoi, los obispos), han sido innumerables   durante décadas los teólogos que niegan graves doctrinas de la Iglesia, enseñando barbaridades en seminarios, facultades y universidades de la Iglesia, predicando en parroquias, publicando en editoriales católicas, vendiendo sus libros en librerías católicas, a veces diocesanas, y dando conferencias en locales de la Iglesia. Incontables colegios católicos se han convertido en lugares donde no sólo no se predica la fe, sino que a menudo se enseña activamente en contra de esa fe, logrando que los niños salgan vacunados contra el catolicismo. La historia que se enseña en ellos se hace eco en buena parte de las leyendas anticatólicas de los últimos siglos, asumiendo como “dogma de fe” que fue la Ilustración liberal y relativista la que encendió la luz en la oscuridad secular de la Iglesia. De hecho, en la práctica, no son una excepción las parroquias y colegios religiosos que se han convertido en escuelas de ateísmo y anticlericalismo. Hasta algunos obispos, en ocasiones, se permiten negar públicamente la doctrina de la Iglesia, ya sea sobre la indisolubilidad del matrimonio, la pecaminosidad del adulterio, la anticoncepción, la ordenación sacerdotal de mujeres u otros temas de la doctrina católica.

Cuando Juan Pablo II denunciaba como una realidad indudable que “los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados. Se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se han propalado verdaderas herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones. Se ha manipulado incluso la liturgia” (6-2-1981), estaba pensando en las Iglesias de Occidente, también sin duda en la de España. Ahora bien, los teólogos heréticos no suelen tener vocación de mártires, y esparcen sus herejías mientras ven que pueden hacerlo impunemente, mientras puedan permanecer en sus cátedras y sus publicaciones sin ser atajados eficazmente por sus obispos. Si los lobos andan sueltos entre las ovejas, seguro que harán estragos: herirán a unas, matarán a otras y muchas huirán, dispersando el rebaño.

Son muchas en España las casas de Ejercicios donde se imparten cursos de eneagrama, Qi Gong, zen, yoga, taichí, reiki, budismo, mindfulness y las doctrinas sectarias más burdas. A veces los profesores son sacerdotes o religiosos. También son muchas las editoriales “católicas” que no tienen ningún inconveniente en publicar lucrativos libros que promueven falsas religiones, espiritualidades orientales no cristianas y las ideas de los gurús del pensamiento débil. Si quisiéramos recopilar los abusos litúrgicos que se han dado en tantas parroquias españolas durante el último medio siglo, no habría papel suficiente para registrarlos.

Como consecuencia, el número de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa se ha desplomado brutalmente y se considera un gran éxito que haya 150 ordenaciones sacerdotales en un año, cuando la realidad es que debería haber diez veces más todos los años sólo para evitar el terrible desastre de la falta de sacerdotes que se avecina, teniendo en cuenta que hay un treinta por ciento menos de sacerdotes que hace cincuenta años, que la mitad de esos sacerdotes ya están jubilados y que un quince por ciento de los que se ordenan terminan por secularizarse. Las cifras de los seminarios españoles cayeron drásticamente en los años sesenta y setenta (por ejemplo, en el seminario de Pamplona las ordenaciones se dividieron por diez y el seminario de Vitoria, que llegó a tener mil seminaristas, actualmente tiene dos). La mitad de los seminarios diocesanos españoles tienen menos de diez seminaristas mayores, de los cuales una gran parte no llegará a ordenarse. Son muchas las comunidades religiosas que están desapareciendo y buena parte de las que quedan continúan por el camino del suicidio, ignorando el cumplimiento de las reglas que libremente profesaron, secularizándose cada vez más y dando cobijo a falsos profetas o profetisas.

Constantemente se habla de los pobres, los emigrantes y los marginados, pero la realidad es que un gran número de inmigrantes católicos, al venir a España, abandonan la práctica religiosa y terminan perdiendo la fe, ya que en muchas parroquias se limitan a ayudarlos materialmente. Con bastante frecuencia se han hecho protestantes, porque o bien los católicos no les hablaban de Dios, de la vida cristiana y del pecado o, en algunos casos, ni siquiera les hablaban en español “por su propio bien” y “para que se integraran”. Como es sabido, una gran parte de los gitanos ha abandonado la fe católica para formar la llamada “Iglesia de Filadelfia”, completamente ajena a sus tradiciones e historia. Las conversiones al catolicismo de los musulmanes que viven en España se aproximan al cero absoluto. En muchas misiones no se predica el Evangelio, por “respeto a la cultura y religión locales”, reduciéndose a centros de beneficencia. Y un país como España, que enviaba misioneros a todo el mundo, hoy tiene que recibirlos del extranjero para mantener algunas de sus parroquias. Los organismos de la Iglesia dedicados a la acción caritativa, en muchos casos, se secularizan y evitan cuidadosamente cualquier expresión de catolicismo. Al mismo tiempo, se multiplican en las diócesis los organismos y delegaciones episcopales para el ecumenismo, la inmigración, la liturgia, la catequesis, la juventud, la dependencia y un sinfín de objetivos, de modo que la burocracia eclesial no ha dejado de crecer más y más.

Los planes pastorales son cada vez más largos y complejos, los sínodos diocesanos se celebran por doquier, las reuniones se multiplican y alargan, los papeles se amontonan hasta el cielo como modernas torres de Babel… pero, a juzgar por los resultados, apenas quedan tiempo y fuerzas para la evangelización de las gentes. Las enseñanzas “duras” de la Iglesia se ocultan y se sustituyen por tópicos políticamente correctos. La asistencia a la Misa dominical ha descendido del 80 % o más a un 8 % o menos. En muchas parroquias, las primeras comuniones son las últimas. El sacramento de la penitencia, en bastantes diócesis, prácticamente ha desaparecido, sustituido en algunos casos por esporádicas celebraciones pseudo-sacramentales. Los católicos se van de la Iglesia a millares, buscando a alguien que les hable de Dios, del sentido de la vida presente, de la esperanza de una vida eterna, porque es infrecuente que en las parroquias hallen algo que no sea lo que dice y promueve todo el mundo: más de lo mismo. No es extraño que el número de suicidios diarios en España haya ido creciendo imparablemente, si la sal se vuelve sosa y la luz de Cristo se esconde bajo el celemín. Nuestra sociedad está enferma y se muere, sedienta de una salvación temporal y eterna que sólo Cristo puede ofrecer y que hoy apenas se predica.

Hace poco un Cardenal se mostraba “perplejo” ante la situación de España, que parece haber tocado fondo en su degradación. Pero no hay efectos sin causas. Todo esto no es extraño, ni ha aparecido de la nada. Ancha es la senda que lleva a la perdición y, paso a paso, hemos ido avanzando por ella, derechos al abismo. Conviene recordar, por ejemplo, la famosa Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes del año 1971, bajo el mando y la inspiración del cardenal Tarancón (presidente de la Conferencia) y Mons. Echarren (director del Secretariado episcopal del clero y después obispo). La Asamblea Conjunta fue la interpretación fraudulenta que se dio al Concilio Ecuménico Vaticano II y que se impondría en adelante. Por ello, una vez celebrada la Asamblea en España, la Congregación vaticana para el Clero publicó un largo documento (9 de frebero de 1972) sobre sus ponencias y conclusiones, demoledoramente crítico, dirigido al cardenal Tarancón, que debía enviarlo a todos los obispos. “Hay orientaciones y planteamientos de fondo, esparcidos en todas las ponencias, que suscitan graves reservas doctrinales y disciplinares” (II,I,5). En el examen de la Ponencia I y de sus 60 conclusiones se aprecia que “el resultado final es una inversión y deformación de la naturaleza y de los fines de la Iglesia y del ministerio sacerdotal” (II,2).

Nunca, quizá, la Iglesia en España había recibido una crítica tan grave, una llamada tan clara de atención de Roma para que se replanteara el camino emprendido. Inmediatamente, toda la progresía teológica y mediática reaccionó contra el documento romano. Fue decisivo en este momento crucial el fuerte apoyo que dieron a la Asamblea Conjunta cuatro teólogos de Salamanca (Sebastián, Setién, Rouco y Olegario; los tres primeros posteriormente obispos) en un Estudio teológico-jurídico sobre el Documento de la Congregación del Clero, de unas 30 páginas, elaborado por los cuatro. El documento vaticano quedaría enterrado, con graves consecuencias, porque la Asamblea Conjunta había logrado, con una intuición certera, defender invariablemente las posiciones que demostrarían ser las más destructivas para la Iglesia española: culto a la democracia liberal, desmovilización política total de los laicos, politización del clero, nacionalismos, asamblearismo, predominio de la Conferencia sobre el obispo personal, implantación del “espíritu del Concilio”, asunción acrítica de las ideas izquierdistas infiltradas en los movimientos de Acción Católica, visión del mundo ingenuamente positiva y, desde un análisis liberal o marxista, fuertemente crítica del presente y de la historia de la Iglesia, especialmente de la Iglesia española; ante las herejías, promoción de la tolerancia muda en los responsables de velar por la enseñanza ortodoxa de la fe.

En cualquier caso, la Asamblea fue un hito histórico, un comienzo solemne para una trayectoria francamente desastrosa de la Conferencia Episcopal, que, por ejemplo, aceptó en 1978 sin apenas combate (fuera del cardenal González Martín y algún otro) una Constitución que afirma los principios del laicismo y anunciaba ya claramente la descristianización de España. ¿Cómo olvidar los elogios con que la CEE, tres décadas más tarde, alabaría el “extraordinario valor” del servicio a España de un Rey que firmó la ley del aborto, traicionando a los más pequeños de sus súbditos, abandonando a millones de ellos a la muerte antes de nacer? Por alguna razón, parece que, como también sucede en otras naciones, los obispos españoles, reunidos en Conferencia, parecen adquirir un tono gris y anodino, con documentos y decisiones caracterizados por la mediocridad, fruto de tendencias opuestas y únicamente coincidentes en la búsqueda de lo política y eclesialmente correcto. Me permito, con perdón, recordar el adagio latino: senator bonus vir, senatus mala bestia.

No olvidemos, por otra parte, que los pecados de omisión pueden ser los más graves y que quien calla al menos parece otorgar. Obispos ha habido que, ante el silencio de sus hermanos reunidos en la Conferencia, han coqueteado con los terroristas, han permitido (nihil obstat, imprimatur) la herejía en publicaciones y en cátedras, han tolerado como si fueran inevitables las pésimas inmoralidades implantadas por el poder político, han sido incapaces de defender con fuerza y en público las enseñanzas de la Iglesia, se han acostumbrado al divorcio, al aborto y a todo lo demás (“es el precio que hay que pagar por la democracia”), predicando a tiempo y a destiempo la corrección política.   Da la impresión de que la Conferencia mantiene como criterio primordial la necesidad de evitar como fuera una confrontación entre la Iglesia y el mundo secular moderno.

¿No hay nada positivo? Lo hay, ciertamente, pero, fuera de las actuaciones individuales más que honrosas de algunos obispos, es llamativamente escaso. En el campo del “haber” de la Conferencia Episcopal señalamos sin duda la instrucción pastoral de 2006 sobre La teología y la secularización en España, impulsada por Mons. Romero Pose. En ella se rechazaron los numerosos errores de exégesis, dogmática, moral o liturgia, enseñados en España durante varios decenios por teólogos nombrados, promovidos o tolerados en sus seminarios y universidades por los señores obispos que ahora denunciaban tantos errores. Que por lo demás, en gran parte, siguieron enseñándose impunemente.

Asimismo, podríamos recordar otras llamadas de atención a algún que otro teólogo heterodoxo como Vigil, Queiruga o Pagola (eso sí, después de que llevaran años y años pervirtiendo la fe del pueblo cristiano). En el caso, por ejemplo, de Marciano Vidal, la Comisión Doctrinal de la CEE reprobó su Moral de actitudes 25 años después de su primera edición (1974) y justamente después de que la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el año 2000, reprobara esta obra, cuando llevaba más de dos décadas siendo ya el manual preferente de la Teología moral en lengua hispana, es decir, en la mitad de la Iglesia Católica.

También pueden apreciarse en el haber de la CEE algunos otros documentos, ciertos éxitos desde el punto de vista organizativo y, sobre todo, el hecho de que la situación eclesial en algunos países es bastante peor, como en Alemania, Suiza o Bélgica. Claro que en otros es significativamente mejor.

Ante todo esto, uno siente la tentación de olvidar la reverencia debida a los que realmente son Sucesores de los Apóstoles y desahogarse un rato. Sin embargo, quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Con todo el respeto del mundo, los obispos son pecadores, como todos nosotros, y no dan más de sí, ya sea por ignorancia, por debilidad, por la resistencia que a veces encuentran en el pueblo cristiano o por lo que sea. Además, los obispos no salen de la nada, sino que en buena parte son el reflejo de la situación del pueblo de Dios al que pertenecen, con sus defectos y debilidades. En ese sentido, la responsabilidad de los errores de los últimos cincuenta años no es exclusivamente suya, sino que constituye una carga que todos los católicos compartimos, en mayor o menor grado. Dios nos perdone.

Dicho eso, incluso comprendiendo la debilidad de los obispos y la época de mala doctrina en que no pocos de ellos recibieron su formación doctrinal, no se puede evitar una sensación de asombro al ver que, cuando contemplan estos cincuenta años, su tendencia es felicitarse unos a otros, considerando la época postconciliar que han presidido como un tiempo de “superación” de la esclerótica Iglesia anterior. Muchos somos los que no alcanzamos a ver el sentido de esa actitud. Yo me pregunto: ¿de verdad van a celebrar festivamente los obispos el 50º aniversario de la creación de la Conferencia Episcopal? ¿No les parece al menos inquietante que, a la hora de rendir cuentas, resulta que han perdido en medio siglo tres cuartas partes del rebaño que les entregó el Buen Pastor? ¿No les dará vergüenza comprobar la situación civil y religiosa de la España actual? ¿Por qué pudo derribarse tan gran parte de la Iglesia española después de casi dos milenios de vida católica profunda y tan fecunda que, por obra del Espíritu Santo, pudo engendrar tantas naciones en la fe católica? ¿Realmente conviene celebrar gozosamente las cinco últimas décadas de la Iglesia en España? ¿No son verdaderos y muy graves los males que he indicado? Quizá alguien pueda considerar que me he excedido en alguna expresión, pero es indudable que esos males son verdaderos y deben señalarse. Los cristianos, como Cristo, hemos venido al mundo para dar testimonio de la verdad, bien conscientes de que sólo la verdad nos hará libres.

Parece más bien que lo oportuno será que teólogos y sacerdotes, laicos y religiosos, con nuestros obispos al frente, recitemos con plena convicción el “Yo confieso ante Dios… y ante vosotros hermanos… por mi gran culpa” con el que comenzamos todas las misas. Teólogos y sacerdotes, seglares y religiosos, presididos por nuestros obispos, recordemos las terribles palabras de Cristo en la parábola: Siervo malo y holgazán… quitadle el talento… echadlo a las tinieblas exteriores y allí será el llanto y el rechinar de dientes. En lugar de celebraciones triunfalistas y festivas, ¿no serían más apropiadas unas jornadas de penitencia, presentando con humildad nuestra miseria ante la Misericordia divina en este Año Jubilar?