infidelidades-y-reformas

José María Iraburu

Con referencia a las vocaciones sacerdotales y religiosas, otra de las mayores vergüenzas de muchas Iglesias de hoy es que no tengan jóvenes y muchachas en las comunidades cristianas que estén en condición espiritual idónea para escuchar la llamada de Cristo y para seguirlo dejándolo todo.

Y ese escándalo, como está sobradamente comprobado, sólo desaparece en aquellas Iglesias que se reforman en la ortodoxia y en la ortopraxis, y que se atreven a enfrentarse abiertamente con el mundo en pensamientos y costumbres. Pronto en ellas, por obra del Espíritu Santo, florecen de nuevo las vocaciones, hasta entonces impedidas por errores y abusos, por infidelidades y escándalos.

Pecados materiales y formales, pecados personales y estructurales

En nuestro escrito hemos empleado con alguna frecuencia los términos “grave pecado”, “sacrilegio”, “pecadores públicos”, etc. Pero podrá alegarse, con razón, que muchas veces esos pecados no son formales, sino únicamente materiales, al carecer quienes los cometen de conocimiento y libertad plena.

Una mujer, sin formación moral alguna, muy en contra de su voluntad, puede abortar, en un acto de abnegación y de amor, porque se lo exige su esposo y su familia. Un sacerdote, de conciencia deformada, puede dar ilícita y quizá inválidamente absoluciones colectivas, creyendo sinceramente que con eso ayuda la vida espiritual de su pueblo. Tantos acuden al matrimonio “por la Iglesia” sin ser conscientes de que no realizan un sacramento, sino un sacrilegio.

No entramos, pues –no debemos ni podemos entrar: de internis neque Ecclesia iudicat–, en el juicio de las conciencias subjetivas. Sin embargo, objetivamente considerados, tanto ese aborto, como esa sacrílega absolución colectiva o ese atentado al matrimonio sacramental no dejan de ser enormes males, que habrá que atajar cuanto antes. Son escándalos gravísimos.

Una estructura de pecado dificulta grandemente, de hecho, el conocimiento y la práctica de la virtud. Por eso su destrucción es una tarea urgente, aunque quizá no pocos de quienes la sustenten apenas tengan culpa subjetiva de esa maléfica maldad. Sólo entonces vendrá a ser para muchos asequible el conocimiento y el ejercicio del Evangelio que salva.

Entre tanto, los males que producen los pecados, aunque sólo sean materiales, son muy grandes. La anticoncepción, por ejemplo, aunque esté practicada con buena conciencia –de eso se encargan ciertos moralistas–, causa objetivamente daños indecibles en la unión conyugal, en la familia, en la educación de los hijos, en la sociedad.

Es, pues, tarea urgente denunciar aquellos pecados que, precisamente por estar generalizados en un lugar y tiempo dados, no son captados ya en su maldad, aunque la culpabilidad moral de quienes los cometen venga atenuada o incluso eliminada, según los casos, por el ambiente. Sólo así, con la gracia del Salvador, podrán ser vencidos aquellos males y crímenes que se han generalizado tanto, que casi se han hecho invisibles.

La reforma es posible

Las Iglesias en las que más abundan los errores doctrinales y los abusos disciplinares y morales son, lógicamente, aquellas que más se ven a sí mismas como irreformables. Pero bien sabemos, tanto a priori como a posteriori, que eso es falso. El Espíritu Santo tiene fuerza divina de amor para renovarlo todo, y por supuesto, para sanar a la Iglesia de los males que padece, adornándola con todas las gracias, dones y carismas que son propias de la Esposa de Cristo.

Por otra parte, la adhesión de la mayoría de los errantes a las doctrinas erróneas suele ser muy débil. Muchos enseñan este o aquel error porque está de moda, y porque así pasan por modernos. Pero la gran mayoría de los profesores, por ejemplo, que vean perder la cátedra a un colega por enseñar algo en contra de la doctrina de la Iglesia, o de los párrocos, que sepan que otro ha sido retirado de su parroquia por quebrantar alguna grave norma de la disciplina eclesial, pronto vuelven cautelosamente a la ortodoxia y a la ortopraxis de la Iglesia.

Enseñaban errores y violentaban la ley de la Iglesia mientras esto “se podía hacer”, mientras “estaba permitido”, sin que por ello sobrevinieran sanciones y penas canónicas. Quizá unos pocos se mantengan en su error e indisciplina –aquellos que están más fuertemente ideologizados en su posición rebelde–. Pero todos los demás, en pocos años, o en meses, vuelven a la obediencia de la Iglesia. Hay mártires por mantener la fe; pero apenas los hay por sostener una ideología teológica. Este dato, a lo largo de la historia, ha podido ser comprobado en muchas ocasiones.

Roger Aubert, describiendo “la represión antimodernista” –así la llama él–, recuerda que cuando en 1910 San Pío X exigió a todo el clero católico profesar el juramento antimodernista, sólo hubo en toda la Iglesia 40 sacerdotes que se resistieron.[1]

Por el camino de la humildad

Dios enseña la humildad a las Iglesias no solamente por medio de su Palabra, sino también por sus Hechos providenciales.

Fijémonos, por ejemplo, sólo en un tema: en algunas diócesis, muy poco fieles a la doctrina y a la disciplina de la Iglesia, llega a darse una extrema carencia de vocaciones, con todas sus gravísimas consecuencias: parroquias, colegios, conventos, que se van cerrando, dispersión del rebaño…

Pues bien, el abatimiento extremo al que llegarán esas Iglesias descristianizadas –es un hecho providencial muy elocuente– las purificará de muchas arrogancias intelectuales y operativas, pasadas o actuales. Llevadas así por Dios a la humildad por el duro camino de la humillación, llegarán de nuevo a la verdad que salva. Siempre ha sido así: “en su angustia, ya me buscarán”, dice el Señor.[2]

Las Iglesias, en cambio, que, a pesar de la humillación extrema, persistan en su soberbia, morirán, pues “Dios resiste a los soberbios.”[3]

Las otras, Dios quiera que todas, volverán a la verdad, como decimos, por el camino de la humildad, pues “Dios da su gracia a los humildes”[4] San Bernardo decía: “por un mismo camino se va y se vuelve a la Ciudad… Si deseas volver a la verdad, no busques un camino nuevo, desconocido, pues ya conoces el que has bajado. Desandando, pues, el mismo camino, sube, humillado, los mismos grados que has bajado ensoberbecido.”[5]

Por el camino de la fe

A veces, cuando un enfermo está muy grave, se multiplican frenéticamente las acciones procurando su salud, cuando quizá lo que más lo ayudaría es que lo dejaran tranquilo, en quietud y más silencio.

¿Cómo devolver la salud y la fuerza a esas Iglesia locales tan gravemente enfermas? ¿Cómo poner fin a esa continua y creciente dispersión del rebaño? ¿Cómo eliminar tantos escándalos tan arraigados? ¿Cómo lograr que la Viña eclesial vuelva a dar el fruto normal de las vocaciones sacerdotales y apostólicas? En una palabra: ¿qué tendrían que hacer esas Iglesias?…

Cuando los judíos preguntaron al Señor: “¿Qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?” Respondió Jesús y les dijo: “la obra de Dios es que creáis en aquél que Él ha enviado.”[6]

En efecto, más que hacer esto o lo otro, lo que esas Iglesias gravemente enfermas necesitan antes de todo es recuperar la fidelidad perdida en la fe, la moral y la disciplina: profesar la doctrina que enseña el Catecismo sobre el mundo, el purgatorio, el infierno y el cielo, el demonio, el pecado, la gracia, la necesidad de Cristo y de sus sacramentos, la condición sacrificial y expiatoria de la pasión de Cristo, la realidad de sus milagros y de su resurrección, la virginidad de María, la necesidad de la conversión y de la penitencia sacramental, la castidad conyugal y el valor de la virginidad, la obligación de sancionar a los que se rebelan públicamente contra la doctrina o la disciplina de la Iglesia, etc.

No está la salvación tanto en organizar grandes eventos en la Iglesia, o en cambiar su imagen, o en acrecentar y modificar comisiones y organigramas, pues todo eso será inútil, muchas veces contraproducente, y siempre engañoso: hace sentir que se está haciendo “todo lo posible”, cuando en realidad se está omitiendo “lo único necesario”. La salvación está en creer y cumplir humildemente lo que la Iglesia enseña y manda. Eso es lo que ciertamente traerá formidables reformas, florecimientos y renovaciones.

Por el camino de la esperanza

Los fieles que viven abrumados en una Iglesia local por el peso de tantos pecados, infidelidades y escándalos, desfallecen con frecuencia en la virtud de la esperanza. Se ven tentados a pensar que no hay remedio posible para tantos males.

Urge, pues, levantar los corazones con la fuerza alegre de la esperanza, pero con la fuerza de la verdadera esperanza, pues es indudable que hay muchas esperanzas falsas, y una sola verdadera.

–Falsas esperanzas. No tienen verdadera esperanza quienes diagnostican como leves los males graves o incluso ven los males como bienes. Como no tienen esperanza, porque no creen que pueda Dios sanar males tan terribles, niegan la gravedad de los males, y concluyen con forzado optimismo: “vamos bien”.

Son falsas igualmente las esperanzas de quienes, reconociendo a su modo los males, pretenden ponerles remedio aplicándoles nuevas fórmulas doctrinales, nuevas estrategias pastorales, nuevas formas litúrgicas y disciplinares, “más avanzadas que las de la Iglesia oficial”. Éstos, como no tienen esperanza, una y otra vez intentan por medios humanos lo que sólo puede conseguirse por la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios y de su Iglesia.

Es falsa también la esperanza de aquellos que, como no creen en la victoria de Cristo Rey, pactan con el mundo, haciéndose sus cómplices. Esos acuerdos suyos con el mundo, siendo derrotas, los viven y presentan como victorias.

Tampoco tienen esperanza los que se atreven a anunciar renovaciones primaverales inminentes sin llamar primero a conversión, es decir, sin quitar los pecados y escándalos que están frenando la acción del Espíritu Santo. No llaman a conversión y a reforma, porque en el fondo, carentes de esperanza, no creen en su posibilidad. ¡Y son ellos los que tachan de pesimistas, derrotistas y carentes de esperanza a aquellos que, entre tantos desesperados, son los únicos que mantienen la esperanza verdadera!

–Verdadera esperanza. Los que tienen verdadera esperanza pueden ser también reconocidos muy fácilmente. Ellos ven los males y los escándalos del pueblo descristianizado: se atreven a verlos y, más aún, a decirlos, y se atreven a ello precisamente porque tienen esperanza en el poder del Salvador, es decir, porque creen que todos esos males tienen remedio.

Además, la verdadera esperanza en Cristo les hace libres de la fascinación del mundo. Les da fidelidad y fuerza para no ser sus cómplices ni por acción ni por omisión. No temen la persecución, venga ésta de donde venga, ni pretenden para nada la prosperidad y la gloria presentes.

Éstos hombres de esperanza predican al pueblo con mucho ánimo el Evangelio de la conversión, para que se ponga fin a todas las infidelidades y escándalos, para que se hagan las reformas necesarias, para que todos pasen de la mentira a la verdad, de la soberbia intelectual a la humildad discipular, de la rebeldía a la obediencia, de los sacrilegios a los sacramentos, del culto al placer y a las riquezas al único culto sagrado del Dios vivo y verdadero.

Se atreven a predicar así el Evangelio porque creen que Dios, de un montón de esqueletos descarnados, puede hacer un pueblo de hombres vivos,[7] y de las piedras puede sacar hijos de Abraham.[8]

Es, pues, una gran falsedad, una mentira diabólica, tachar de pesimistas y de carentes de esperanza a quienes califican como graves los graves pecados y las escandalosas infidelidades de ciertas Iglesias.

Por el camino de la caridad

La fidelidad a la Iglesia es fidelidad a Cristo, su Esposo amado, el que por Ella nos enseña, nos guía y nos manda. Y ciertamente la fidelidad cristiana está hecha de amor y de obediencia: “si me amáis, guardaréis mis mandamientos.”[9] Es el amor a Cristo y a la Iglesia lo único que nos hace posible la fidelidad, la fidelidad incondicional, sin límites, en lo grande y en lo pequeño.

Toda infidelidad es un desfallecimiento en el amor, una traición al Amado y a su Esposa. Por tanto, la vuelta de la infidelidad a la fidelidad es un regreso penitencial al amor y a la obediencia.

Cristo es el Salvador

En medio de tantos pecados y escándalos en el mundo y en la Iglesia, ¿cuáles son las esperanzas de los cristianos?… Nuestras esperanzas son nada menos que las promesas de Dios en las Sagradas Escrituras: todos los pueblos bendecirán el nombre de Jesús y lo reconocerán como único Salvador.[10] Finalmente, con toda certeza, resonará formidable entre los pueblos el clamor litúrgico de la Iglesia, cantando la gloria de Cristo Salvador:

“Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, soberano de todo. Justos y verdaderos tus designios, Rey de las naciones” (Apocalipsis 15,3).

Y la gloria de Cristo es la gloria de la Iglesia, pues Ella es su Cuerpo, su Esposa amada: “vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se adorna para su esposo.”[11]

Ella es en Cristo el “sacramento universal de salvación” entre los pueblos.[12] Sacramento que significa la santificación de los hombres, y que realiza con maravillosa eficacia aquello que significa.

Bendita sea la Iglesia una, santa, católica y apostólica.[13]


[1] Nueva historia de la Iglesia, V, Cristiandad, Madrid 1984, 200 y 204.

[2] Oseas 5,15.

[3] 1Pedro 5,5.

[4] ibid.

[5] Los grados de la humildad y de la soberbia 9,27.

[6] Juan 6,28-29.

[7] Ezequiel 37

[8] Mateo 3,9.

[9] Juan 14,15.

[10] Tobías 13,13; Salmos 85,9; Isaías 60; Jeremías 16,19; Daniel 7,27; Oseas 11,10-11; Sofonías 2,11; Zacarías 8,22-23; Mateo 8,11; 12,21; Lucas 13,29; Romanos 15,12; etc.

[11] Apocalipsis 21,2.

[12] Lumen Gentium 48, Ad Gentes 1.

[13] Tomado de José María Iraburu, Infidelidades en la Iglesia, publicado por la Fundación Gratis Date, Pamplona 2005, pp. 45-47.

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