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Néstor Martínez Valls

En estos tiempos en que hay Cardenales y Obispos que proponen que se pueda dar la comunión a los adúlteros que no renuncian a serlo y que siguen cometiendo, sin arrepentirse, porque no forman propósito de enmienda, el pecado de adulterio, hay quienes han querido interpretar la parábola del Hijo Pródigo como si dijese que Dios da el perdón al pecador sin que éste se haya arrepentido previamente.

Para analizar esta interpretación nos valemos entre otras cosas de textos patrísticos extraídos de la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino, Sobre San Lucas, cap. 15. Por eso, la referencia la ponemos cuando en dicha obra aparece.

Son obstáculo para esta interpretación de la parábola, entre otras muchas cosas, los versículos 18 y 19 de ese capítulo 15 de San Lucas: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.”[1] Donde parece claro que el hijo pródigo experimenta el arrepentimiento antes de ir a pedir perdón a su padre.

Algunos argumentan contra esto diciendo que en realidad el hijo menor no está arrepentido de lo que ha hecho, sino que solamente prepara una estrategia para poder ser recibido por su padre y así saciar el hambre. Se apoyan en que el texto dice: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré:” etc.

Pero entonces ¿qué nos estaría enseñando aquí Jesús? ¿Que no hace falta el arrepentimiento para ser perdonados por Dios? Es claro que eso es absurdo. Y no es eso, obviamente, lo que dice la parábola en cuestión.

En primer lugar, porque la parábola integra un grupo de tres parábolas que tienen el mismo tema: el perdón de Dios al pecador arrepentido. En efecto, las parábolas de la oveja perdida y de la moneda perdida terminan de mismo modo: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.”[2] “Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.”[3]

Ahora bien, la parábola del Hijo pródigo termina así: “Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” ¿De qué muerte había revivido el hijo menor? Obviamente, no de la muerte corporal, sino de la espiritual, o sea, el pecado. ¿Se revive del pecado por diseñar una estrategia para saciar el hambre? No, ni el Señor puede haber querido enseñarnos eso. ¿Cómo se revive del pecado? Ante todo, por el arrepentimiento, que es, recordemos, el tema común a estas tres parábolas.

En cuanto a “se había perdido y ha sido hallado”, hace eco también a las dos parábolas anteriores:

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.” “Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.” Las cuales, como ya sabemos, hablan del arrepentimiento.

El verbo griego para “encontrar, hallar, ser encontrado, ser hallado” es el mismo en los tres casos: εὑρίσκω. (imperf. εὕρισκον; fut. εὑρήσω; aor. εὗρον; perf. εὕρηκα; aor. pas. εὑρέηθν; fut. pas. εὑρεθήσοµαι). Encontrar, hallar, descubrir, obtener, lograr, recibir, reconocer.

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.”[4] καὶ εὑρὼν ἐπιτίθησιν ἐπὶ τοὺς ὤμους αὐτοῦ χαίρων, καὶ ἐλθὼν εἰς τὸν οἶκον συγκαλεῖ τοὺς φίλους καὶ τοὺς γείτονας λέγων αὐτοῖς, Συγχάρητέ μοι, ὅτι εὗρον τὸ πρόβατόν μου τὸ ἀπολωλός.

“Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido.”[5] καὶ εὑροῦσα συγκαλεῖ τὰς φίλας καὶ γείτονας λέγουσα, Συγχάρητέ μοι, ὅτι εὗρον τὴν δραχμὴν ἣν ἀπώλεσα

“Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”[6] εὐφρανθῆναι δὲ καὶ χαρῆναι ἔδει, ὅτι ὁ ἀδελφός σου οὗτος νεκρὸς ἦν καὶ ἔζησεν, καὶ ἀπολωλὼς καὶ εὑρέθη.

Es este contexto el que obliga a tomar en serio las palabras del hijo menor cuando decide volver a la casa paterna: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros,”[7] como expresivas de arrepentimiento por sus pecados.

Por eso, y no solamente por aplicar piadosamente una doctrina espiritual a un texto bíblico, dice San Juan Crisóstomo, en una homilía titulada “Sobre el padre y sus dos hijos”: “Iunior filius ad poenitentiam venit sua sponte, recordatus praeteritae abundantiae patris sui; […[ Deinde senior filius in reditu et salute fratris sui tristatur; cum dominus dicat laetitiam esse apud Angelos super uno peccatore poenitentiam agente” “El hijo menor vino a su penitencia espontáneamente, recordando la pasada abundancia junto a su padre; […] El hijo mayor se entristeció del retorno y la salvación de su hermano, pues el Señor dice que hay más alegría entre los ángeles por un pecador que hace penitencia”.

Y San Gregorio de Nisa, en De Virginitate, cap. 12: “Hunc autem filium prodigum spiritus sanctus nobis descripsit, ut instruamur nos qualiter debeamus cordis deplorare peccamina.” “El Espíritu Santo nos ha descrito a este hijo pródigo para que seamos instruidos de cómo debemos deplorar de corazón los pecados.”

Y San Cirilo, en su comentario a Isaías, 3,3: “Est ergo hic sensus parabolae. Arguentibus eum Pharisaeis et Scribis quod reciperet peccatores, proponit praesentem parabolam, in qua hominem vocat Deum, qui pater est duorum fratrum, iustorum scilicet et peccatorum; quorum primus gradus est iustorum ab initio iustitiam sequentium, secundus gradus est hominum per poenitentiam ad iustitiam reductorum.” “Éste es el sentido de la parábola: Arguyendo los fariseos y los escribas a Cristo porque recibía a los pecadores, les propone esta parábola, en la cual compara a Dios con un hombre que es padre de dos hermanos, uno justo y el otro pecador; de los que el primero representa a los justos, que desde el principio han obrado con justicia, el segundo a los que por la penitencia vuelven a la justicia.”

Dice el R. P. Juan Leal, S.J.: “El proceso de la conversión fue: a) entrar dentro de sí, hacerse reflexivo por la desgracia; b) recordar a su padre, comparando el trato que allí tenían los jornaleros con el que ahora él experimentaba. Se acuerda del padre por interés y egoísmo, más que por amor filial; c) voluntad de volverse al padre, d) con humilde y sincera confesión de su pecado, e) dispuesto a aceptar lo que se le dé, viviendo como un jornalero más, porque no merece ser tratado como hijo. El conjunto de la descripción nos da el retrato, pretendido por el parabolista, del pecador arrepentido, que contrasta con la soberbia e hipocresía de los escribas y fariseos, acusadores de ‘publicanos y pecadores.’”[8]

Oigamos además a un protestante, Matthew Henry, en su Comentario bíblico, en la parte destinada al capítulo 15 del Evangelio de San Lucas: “La parábola del hijo pródigo muestra la naturaleza del arrepentimiento y la prontitud del Señor para acoger bien y bendecir a todos los que vuelven a Él. Expone plenamente las riquezas de la gracia del evangelio; y ha sido y será, mientras dure el mundo, de utilidad indecible para los pobres pecadores, para guiarlos y alentarlos a arrepentirse y a regresar a Dios.

Habiendo visto el hijo pródigo en su abyecto estado de miseria, tenemos que considerar en seguida su recuperación. Esto empieza cuando vuelve en sí. Ése es un punto de retorno en la conversión del pecador. El Señor abre sus ojos y le convence de pecado; entonces, se ve a sí mismo, y a todo objeto bajo una luz diferente de la de antes. Así, el pecador convicto percibe que el siervo más pobre de Dios es más dichoso que él. Mirar a Dios como Padre, y nuestro Padre, será muy útil para nuestro arrepentimiento y regreso a Él. El hijo pródigo se levantó y no se detuvo hasta que llegó a su casa. Así, el pecador arrepentido deja resueltamente la atadura de Satanás y sus lujurias, y regresa a Dios por medio de la oración, a pesar de sus temores y desalientos.”

Además, el texto dice que el hijo menor “volvió en sí” antes de diseñar su “estrategia”. “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”[9] Pero si sólo buscaba saciar su hambre, seguía “fuera de sí mismo”, no había vuelto en sí para nada.

Así lo interpreta San Agustín: “In se autem reversus est cum ab eis quae forinsecus frustra illiciunt et seducunt, in conscientiae suae interiora suam intentionem reduxit.” “‘Vuelto en sí’ es cuando reduce su intención de las cosas que desde fuera agradan y seducen, a las que están dentro de su conciencia.”[10]

Y San Gregorio de Nisa: “Non prius autem rediit ad pristinam felicitatem, quam in se rediens sentiret opprimentis aerumnae praesentiam, et meditaretur poenitentiae verba, quae subduntur: surgam.” “No volvió a la felicidad anterior sin que antes, entrando en sí, sintiese la opresiva presencia de la aflicción…, y meditase las palabras de la penitencia que siguen: ‘Me levantaré…’”[11]

Y San Ambrosio: “Bene in se revertitur, quia a se recessit: etenim qui ad Deum regreditur, se sibi reddit; et qui recedit a Christo, se sibi abdicat.” “Bien vuelve a sí, porque se había apartado de sí, pues quien a Dios regresa, vuelve a sí, y el que se aleja de Cristo, se aparta de sí mismo.”

San Agustín no detecta en ello solamente una estrategia egoísta. Dice en Cuestiones sobre los Evangelios, libro 2, cap. 33: “Cetera vero sunt poenitentiam meditantis in confessione peccati, nondum tamen agentis…” “Las demás palabras [del joven] son propias de quien piensa arrepentirse y confesar su pecado, pero que aún no lo ha llevado a cabo…”

Tampoco San Ambrosio: “Deiectus autem se exaltare non debet; unde subdit iam non sum dignus vocari filius tuus. Et ut merito suae humilitatis possit attolli, subdit fac me sicut unum de mercenariis tuis.” “El caído no debe exaltarse a sí mismo, por lo que agrega: ‘ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo’. Y para merecer ser exaltado por su humildad, agrega: ‘trátame como a uno de tus jornaleros’.”

Tampoco San Beda el Venerable: “Ad filii affectum, qui omnia quae patris sunt, sua esse non ambigit, aspirare nequaquam praesumit; sed mercenarii statum iam pro mercede serviturus desiderat; verum nec hunc quidem nisi paterna dignatione se mereri posse testatur.” “No presume aspirar al afecto de hijo aquel que no duda de que todo lo que es de su padre sea suyo, y así desea servirle como mercenario por una retribución. Pero declara que ni aún eso merece ya sino por la bondad de su padre.”

En cuanto a la reacción del padre, San Juan Crisóstomo la ve basada en la percepción del arrepentimiento del hijo: “Sensit autem pater poenitentiam; non expectavit recipere confessionis verba, sed praevenit petitionem, misericorditer agens: unde subditur et misericordia motus est.” “El padre percibió el arrepentimiento; no esperó a recibir la confesión verbal, sino que previno la petición del hijo, actuando misericordiosamente, por lo que agrega: ‘fue movido por la misericordia’.”

Según Crisóstomo, entonces, el padre abraza al hijo antes de que éste diga nada, pero porque ha percibido de algún modo el arrepentimiento ya preexistente del hijo, de modo que, en la aplicación de la parábola, el perdón divino, si bien pudiese adelantarse a la confesión verbal de los pecados, no se adelanta al arrepentimiento interior de la persona. En efecto, un padre humano podría tal vez abrazar al hijo antes de tener conocimiento alguno de su arrepentimiento, pero eso no se aplica a Dios, que conoce todas las cosas.

Agrega Crisóstomo, en una homilía “Sobre el padre y sus dos hijos”: “Quid enim est aliud quod occurrit, nisi quia nos, peccatis impedientibus, nostra virtute ad Deum pervenire non poteramus? Ipse autem potens ad invalidos pervenire descendit. Osculatur autem os, per quod emissa de corde confessio poenitentis exierat, quam pater laetus excepit.” “¿Qué otra cosa es lo que ocurrió, sino que nosotros, impedidos por los pecados, no podíamos llegar a Dios por nuestro poder? Por tanto, el mismo Poderoso descendió para llegar a los inválidos. Se besa por tanto la boca por la que la confesión emitida por el corazón saliera, a la que el Padre dio alegre bienvenida.”

Es evidente, en nuestra fe, que el Padre se nos adelanta absolutamente en cuanto a darnos la gracia para que nos arrepintamos y pidamos perdón por nuestros pecados. No en el sentido de que nos perdone antes de nuestro arrepentimiento.

En todo caso, la afirmación que dice que no es necesario el arrepentimiento del pecador para que Dios perdone su pecado contradice la fe católica tal como la define el Canon 4 de la Sesión XIV del Concilio de Trento, dedicada al Sacramento de la Penitencia: “Canon 4. Si alguno negare que para la entera y perfecta remisión de los pecados se requieren tres actos en el penitente, a manera de materia del sacramento de la penitencia, a saber: contrición, confesión y satisfacción, que se llaman las tres partes de la penitencia; o dijere que sólo hay dos partes de la penitencia, a saber, los terrores que agitan la conciencia, conocido el pecado, y la fe concebida del Evangelio o de la absolución, por la que uno cree que sus pecados le son perdonados por causa de Cristo, sea anatema.”


[1] Lucas 15, 18-19.

[2] Lucas 15, 7.

[3] Lucas 15, 10.

[4] Lucas 15, 4-10.

[5] Lucas 15, 9.

[6] Lucas 15, 32.

[7] Lucas 15, 18-19.

[8] Comentario a la Sagrada Escritura de los Profesores de la Compañía de Jesús editado por la B.A.C. en 1964 tomo. I, p. 694.

[9] Lucas 15, 17.

[10] Cuestiones sobre los Evangelios, libro 2, cap. 33.

[11] De Virginitate, cap. 12

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