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José Alfredo Elía Marcos

El año 1974 es el punto de inflexión para la contracepción, iniciándose lo que hoy denominamos “la guerra contra la población”. La misma deja de ser un asunto de instituciones particulares, o de algunos gobiernos, para politizarse al máximo nivel e internacionalizarse. El control de natalidad pasa a ser uno de los ejes principales en la política exterior de los países desarrollados, en especial de los EE.UU., y se empieza a imponer de forma compulsiva a los países en vías de desarrollo, a través de organismos transnacionales. A partir de esa fecha, los fondos dedicados al control de la natalidad aumentan de forma exponencial. Este punto de inflexión es el resultado de cuatro hechos fundamentales:

  • La publicación de la llamada “literatura del apocalipsis”. Obras como La bomba demográfica de Paul Ehrlich (1968) y Los límites del crecimiento del Club de Roma (1972) ayudan a crear el mito de la Superpoblación.
  • En 1973 la Corte Suprema de los EE.UU. dicta su inhumano fallo en el caso Roe vs. Wade por el que legaliza el aborto en todo el territorio norteamericano. En los siguientes años muchos otros países occidentales empezarán a legalizar el aborto en varios supuestos.
  • En 1974 se celebra la IV Conferencia de Población de Bucarest, siendo la primera de carácter político en la que se plantea por vez primera el control de natalidad como medida para el progreso y desarrollo de los países.

Henry Kissinger elabora el informe Memorandum 200 por orden del presidente Nixon, en el que expone la necesidad de invertir en control de natalidad en el tercer mundo para asegurarse la supremacía sobre las materias primas de este.


El informe Rockefeller

El 18 de julio de 1969, Richard Nixon dirigió al Congreso su Mensaje especial para el Congreso sobre Problemas de Crecimiento de la Población, en el que declaró que:

“Durante algún tiempo, el crecimiento de la población ha sido visto como un problema de los países en vías de desarrollo. Sólo recientemente la presión demográfica se ha manifestado como un problema para los países industrialmente avanzados […] Es por todos estos motivos que hoy propongo la creación, por parte del Congreso, de una “Comisión Sobre el Crecimiento de la Población y el Futuro de América.” El Congreso debería de otorgar a dicha Comisión la responsabilidad de investigar y hacer recomendaciones sobre tres áreas específicas:

Primero, el curso probable del crecimiento de la población, las migraciones internas y los desarrollos demográficos desde ahora hasta el año 2000.

Segundo, los recursos en el sector público de la economía que se requieran para abordar el crecimiento de población anticipado.

Tercero, modos en que el crecimiento de población puede afectar a las actividades del Gobierno Federal y de los gobiernos locales”.

“Uno de los retos más serios del destino humano en el último tercio de este siglo será el crecimiento de la población. Que la respuesta del hombre a este desafío sea digna de orgullo o de desesperanza en el año 2000 dependerá mucho de lo que hagamos hoy en día. Si ahora comenzamos nuestro trabajo de la forma adecuada, y seguimos prestando considerable atención y energía a este problema, entonces la humanidad será capaz de superar este reto como ha superado otros muchos a lo largo de la civilización.”[1]

Dicha Comisión estuvo encabezada y presidida por John D. Rockefeller III, quien presentó el informe final en estos términos:

“Tengo el honor de transmitir para su consideración el Informe Final que contiene los resultados y recomendaciones de la Comisión sobre el Crecimiento de la Población y el Futuro de América, Sec.8, p. 91-213.”

“Después de dos años de concentrado esfuerzo, hemos concluido que, a largo plazo, no se obtendrán substanciales beneficios del continuo crecimiento de la población de la Nación; por el contrario, la gradual estabilización de nuestra población a través de métodos voluntarios, contribuiría significativamente a la capacidad de la Nación de resolver sus problemas.”[2]

Rockefeller vio en la Iglesia Católica el principal enemigo contra las estrategias neocolonialistas. En el informe global 2000 se expone el por qué de esta decisión:

“El informe Rockefeller señalaba como causa fundamental del peligro para la plena consecución de sus planes de reducción forzada de la población a la Iglesia Católica ‘que educa a los pueblos, les da cultura, les hace pensar y les anuncia la inalienable dignidad de los hombres.’”[3]

El mito de la Superpoblación

El 30 de septiembre de 1968 el presidente del Banco Mundial Robert McNamara se dirigió a la Junta de Gobernadores del mismo en la ciudad de Washington, para anunciar cuál iba a ser la política que en adelante se consideraría prioritaria en las agencias de las Naciones Unidas: El control de la población: “El rápido crecimiento demográfico es una de las mayores barreras que obstaculizan el crecimiento económico y el bienestar social de nuestros Estados miembros”.

Para justificar estas políticas se publicaron en los años siguientes varios libros que, pese a no tener ningún rigor científico y ser absolutamente sensacionalistas, tuvieron una enorme difusión. Estos textos difundieron en el inconsciente colectivo las falsas ideas de un terrible exceso de la población mundial y la proximidad de un colapso universal. Era el nacimiento del mito de la superpoblación.

El catastrofismo neomalthusiano

Al crecimiento poblacional se le empieza a asociar la crisis ambiental, de tal manera que el neomaltusianismo empieza a hablar de “catástrofe del planeta”. Varios serán los autores que empezarán a publicar textos alarmistas sobre una catástrofe del medioambiente causada principalmente por la superpoblación y que propongan como única solución el control de la población. En 1948 Fairfield Osborn publica Our plundered planet[4] y en 1953 The limits of the Earth.[5]

“Vivimos sometidos al imperio de un principio independiente del tiempo, que ejerce su influencia implacable y universalmente. Este principio está estrechamente relacionado con la ley de la oferta y la demanda. Se expresa en una simple razón, en la que uno de los términos sería los recursos de la tierra y el otro sería el número de habitantes. Mientras que el primero es relativamente fijo y está sólo parcialmente sujeto al poder del hombre, el otro es cambiante y puede determinarlo el hombre en buena medida, si es que no del todo. Si somos ciegos para ver esta ley, o si nos engañamos subestimando su poder, podemos estar seguros de una cosa: el género humano pasará por un período de crecientes penalidades, de conflictos y de tinieblas.”[6]

En 1955, Alan Gregg, de la Fundación Rockefeller, describió, por primera vez, el género humano como un “crecimiento cancerígeno” sobre el planeta Tierra que podría con el tiempo destruirlo: “La superpoblación es un cáncer; nunca he oído que un cáncer se curara alimentándolo”.

En 1960, Raymond B. Cowles propuso una “bonificación para no tener hijos” a ser pagada a los padres potenciales por el gobierno. Esta idea fue elaborada en 1964 por Kenneth E. Boulding en una “licencia comercializable para los bebés”. La unidad para tal licencia sería un “deciniño”, y una acumulación de diez de estas unidades, por la compra, la herencia o donación, permitiría a una mujer tener un hijo legal. En 1967, William y Paul Paddock llegaron incluso más lejos y propusieron un sistema de “triaje”, que cancelaría todos los envíos de alimentos estadounidenses a aquellos países que dejen de controlar su “superpoblación”. Ya que “no podían ser salvados”, deberían simplemente ser abandonados a morir, lo más pronto posible.

“Si no hay suficiente comida para alimentar el excesivo número de gente (los pobres, las masas) ellos deben ser lanzados fuera de la borda (asesinados por guerras o epidemias). Estos “razonamientos” proveen una justificación para controlar la curva del crecimiento poblacional y la destrucción del exceso de población por cualquier medio, incluyendo las guerras, los genocidios, las epidemias, las hambrunas, las depresiones económicas y hasta el terrorismo.”[7]

Paul Erlich y la bomba demográfica (1968)

El principal impulso al catastrofismo neomalthusiano lo dio el entomólogo Paul R. Ehrlich de la Universidad de Stanford, quien en 1968 publicó The population Bomb[8] y que fue un éxito de ventas. En el mismo prólogo se adelanta la visión pesimista del libro.

“La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado […] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre a pesar de cualquier programa de choque que se emprenda ahora. A estas alturas nada puede impedir un sustancial incremento en la tasa de mortalidad mundial, aunque muchas vidas podrían ser salvadas mediante drásticos programas para ampliar la capacidad de la tierra incrementando la producción alimentaria y distribuyendo más equitativamente el alimento disponible. Pero estos programas sólo proporcionarán un aplazamiento a menos que se acompañen con esfuerzos decididos y exitosos de control de la población.”[9]

A lo largo de las siguientes doscientas páginas Ehrlich hacía predicciones tan atrevidamente maltusianas como que “un mínimo de diez millones de personas, en su mayoría niños, se morirán de hambre durante cada año de la década de los sesenta. Pero éste es un mero puñado comparado con los números que se morirán de hambre antes del fin de siglo”.

Para evitarlo Ehrlich se apresuró a ofrecer ideas de control demográfico coercitivas, aunque reconocía que no eran propias sino sugeridas por colegas suyos. Entre estas medidas proponía la adición de sustancias anticonceptivas en toda la comida vendida en los Estados Unidos.

Garret Hardin y la capacidad de carga de la tierra

Garret Hardin (1915-2003) fue un profesor retirado de biología de la Universidad de California, y es considerado uno de los más influyentes teóricos del control de población. En 1968 publica su más famoso ensayo The tragedy of the commons[10] en la prestigiosa revista científica Science. Con la “capacidad de carga”, Hardin aplica a la población humana un concepto biológico que se empleaba para determinar el número de insectos que un ecosistema podía soportar. A partir de la publicación del artículo, la gestión colectiva de los recursos se convirtió en uno de los temas clave de los economistas ambientales y los especialistas en recursos naturales. En el ensayo Hardin sostiene que cuando los recursos son limitados, las decisiones racionales de cada individuo “dan lugar a un dilema irracional para el grupo”, planteando que cada usuario de un bien colectivo tiende a maximizar el uso individualizado de ese recurso en un corto plazo, lo que conduce invariablemente a su sobreexplotación.

“Si cada familia humana dependiera exclusivamente de sus propios recursos, si los hijos de padres no previsores murieran de hambre, si, por lo tanto, la reproducción excesiva tuviera su propio ‘castigo’ para la línea germinal: entonces no habría ninguna razón para que el interés público controlara la reproducción familiar. Pero nuestra sociedad está profundamente comprometida con el estado de bienestar… Equilibrar el concepto de libertad de procreación con la creencia de que todo el que nace tiene igual derecho sobre los recursos comunes es encaminar al mundo hacia un trágico destino.”[11]

Como conclusión final establece la iniciativa de pedir a la raza humana su renuncia a la procreación, como condición para poner fin a la tragedia de los recursos comunes.

“La libertad de reproducción traerá la ruina para todos… La única manera en que nosotros podemos preservar y alimentar otras y más preciadas libertades es renunciando a la libertad de reproducción, y muy pronto. La libertad es el reconocimiento de la necesidad, y es el papel de la educación revelar a todos la necesidad de abandonar la libertad de procreación. Solamente así podremos poner fin a este aspecto de la tragedia de los recursos comunes.”[12]

Los límites del crecimiento del Club de Roma (1972)

En 1968 se reúnen en Roma treinta y cinco personalidades de treinta países entre los que se encuentran académicos, científicos, investigadores y políticos para fundar lo que ellos mismos denominaron Club de Roma. Sus miembros, de diferentes culturas e ideologías, compartían una común inquietud: una preocupación común por el futuro de la humanidad.

El primer informe del Club de Roma llevó por título Los límites del crecimiento y fue editado en los Estados Unidos durante 1972 y presentado a la Asamblea de las Naciones Unidas, reunida en Estocolmo para el estudio del medio ambiente. El estudio se llevó a cabo utilizando las técnicas de análisis de dinámica de sistemas más avanzadas del momento. Primeramente se recopilaron datos sobre cinco variables significativas: población, producción industrial y agrícola, contaminación y consumo de reservas conocidas de algunos minerales. A continuación se diseñaron fórmulas que relacionaban esas variables entre sí. Finalmente introdujeron el sistema completo en un ordenador y le pidieron que calculase los valores futuros de esas variables.

Las perspectivas resultaron muy negativas. El informe señalaba que debido a que la población mundial está creciendo “sin control alguno”, los recursos no renovables del mundo estarán eventualmente extintos en unos años y la economía mundial caerá en una gran depresión y miseria. Las conclusiones del estudio argumentaban que de continuar un crecimiento exponencial en los “factores” que inciden contra el planeta, sólo duraríamos hasta el 2027.

“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial.”[13]

La única forma de conseguir la eliminación de esta crisis consistía en igualar inmediatamente las tasas de natalidad y mortalidad en todo el mundo, la detención del proceso de acumulación de capital y la reinversión del mismo en recursos más ahorradores y menos contaminantes. Lo que el informe pretendía es lo que más tarde se denominó como crecimiento cero.

El efecto de tan pesimistas previsiones no se hizo esperar. Poco después de publicarse el informe del Club de Roma los precios del petróleo y de las materias primas se dispararon y los países occidentales se hundieron en la crisis económica más grave y prolongada que se había conocido desde la Segunda Guerra Mundial. Muchos pensaron que aquellas sombrías previsiones estaban a punto de cumplirse, antes de lo estimado. Fue la época del nacimiento de un gran número de organizaciones ecologistas y de teorías sobre el crecimiento cero. Libros del tipo Cómo sobrevivir una familia explotando dos hectáreas de terreno alcanzaron los puestos más altos en las listas de ventas.

La conferencia de población de Bucarest

Durante 1973, las Naciones Unidas anunciaron la Conferencia de Bucarest, como culminación del Año Mundial de la Población 1974, publicitada con pósters que sugestivamente decían: “una familia pequeña es una familia feliz.” Rockefeller se dirigió a los delegados de la Conferencia, en un discurso donde afirmó que la “planificación de la población ha de ser una parte fundamental de cualquier programa de desarrollo moderno, tal como lo reconocen y aceptan los líderes de las naciones”.

El “Plan de Acción Poblacional Mundial”

La ONU había organizado previamente dos Conferencias de Población de carácter exclusivamente científico, en Roma (1954) y en Belgrado (1965). La de Bucarest fue la primera que tuvo un carácter marcadamente político. La Conferencia fue abierta por el entonces Secretario General de la ONU, Kurt Waldheim, el 19 de agosto de 1974. En ella participaron 135 gobiernos, además de 14 organismos de Naciones Unidas relacionados con la temática poblacional, entre ellos el FNUAP, UNESCO, FAO, OIT y UNICEF. En Bucarest se debatió el Plan Mundial de Acción en Población, basado en un Plan Provisional, preparado por 16 “expertos” de las N.U.

“El Plan Provisional recomienda que se debe adoptar como meta de cara al año 1985, la reducción de la tasa mundial de crecimiento anual, desde el 2 % actual a un 1,6 %. Siguiendo esta misma línea, el Plan Provisional urge a todas las naciones que hagan llegar, no más tarde de 1985, a cualquier individuo que lo desee, la necesaria información y educación sobre planificación familiar, y los métodos para llevar a cabo una planificación familiar eficazmente.”[14]

Al tratar el Plan Provisional, “la mayor sorpresa fue la actuación de Argentina, que propuso nada menos que 69 enmiendas, la mayoría de las cuales atacaron a los apartados del Plan dedicados a la planificación familiar y a la reducción del crecimiento de la población. Especialmente ofensiva para Argentina era la meta de proporcionar información y métodos de planificación familiar a todas las parejas del mundo para 1985, y el planteamiento de los problemas del subdesarrollo desde la perspectiva de la supuesta explosión demográfica. Por tanto, Argentina propuso que se eliminase del documento toda referencia a la urgencia de poner en práctica programas de planificación familiar y la repartición de información y servicios sobre el control de natalidad a todas las parejas del mundo para el año 1985. Esta moción fue adoptada por 52 votos a favor y 42 en contra, con protestas oficiales por parte de Estados Unidos, Yugoslavia y México”.

“La delegación de Argentina no podía aceptar el planteamiento de que la población había de tratarse de una manera peculiar y singular, fuera del contexto de otros factores más importantes, como son el desarrollo, la justicia social y la distribución equitativa de las riquezas de la tierra. El cambio de énfasis en el Plan Mundial desde el control de la fertilidad hacia estos otros factores se debe en gran parte a las enmiendas propuestas por Argentina en el Grupo de Trabajo”. En la Eco 92, Argentina volvería a tener un papel decisivo, para desbaratar los aspectos antinatalistas de los borradores de trabajo preparados por los burócratas de las Naciones Unidas.

El Informe Kissinger comentó la suerte del Plan de Acción para la Población Mundial, afirmando que “hubo una consternación general, por lo tanto, cuando al comienzo de la conferencia el plan fue sometido a un ataque fulminante que se prolongó por cinco horas, encabezado por Argelia, con el apoyo de varios países africanos; Argentina, apoyado por Uruguay, Brasil, Perú, y, en forma más limitada, por otros países de Latinoamérica; el grupo de países del Este europeo (menos Rumania); el PRC y la Santa Sede.”[15]

El Plan Mundial de Acción en Población resultó un fiasco para los EE.UU. y los organismos dependientes de Naciones Unidas, cuyo único interés era la aplicación a escala mundial del control natal. Sin embargo, “aunque los objetivos más radicales de los planificadores familiares han sido modificados y minados en gran parte del Plan, todavía siguen allí, entretejidos a lo largo del documento y camuflados por un lenguaje retórico. Por eso, cada palabra llega a tener una importancia mucho mayor de lo que se percibe sobre el papel: la condenación de los abortos ilegales significa de hecho la aprobación de los abortos legales; la integración de la mujer en la sociedad implica la reducción de sus obligaciones con respecto a su familia; el derecho de cada pareja a decidir el número de hijos que desean se traduce en el acceso a los anticonceptivos que quieren, y así sucesivamente”.

La estrategia de la organización

Los organizadores de la Conferencia de Bucarest fueron lo suficientemente hábiles como para compensar su derrota en el campo diplomático con importantes victorias en lo periodístico. Para ello prepararon y desarrollaron, en forma paralela a la Conferencia, el coloquio para Periodistas, con diez conferencias a cargo de diversos “expertos” contratados por la organización. Curiosamente nueve de ellos eran acérrimos partidarios del control natal, como Margaret Mead, Lester Brown, Aziz Bindary y Aurelio Peccei. Al coloquio asistieron más de 250 periodistas, incluyendo 50 que habían sido invitados especialmente y financiados exclusivamente por las Naciones Unidas.

Además, se llevó a cabo la Tribuna de Población, en la que expusieron 159 personas, de los que sólo 46 pertenecían a instituciones universitarias, 8 a la IPPF, y el resto eran funcionarios de organismos demográficos o de salud, gubernamentales o no gubernamentales. El 80 % era partidario del control natal, como por ejemplo el infaltable John D. Rockefeller III… Se publicó el diario Planet de la Conferencia, que fue repartido a los 5.000 asistentes durante los diez días de su duración; lo editó la IPPF, y su contenido fue indisimuladamente partidario del control natal. Con todos estos elementos, los periodistas acreditados en la Conferencia, comenzaron a hablar del supuesto “espíritu de Bucarest”, según el cual habría un exceso en la población mundial, y sería imprescindible e impostergable tomar medidas concretas para la reducción de la tasa de natalidad de todos los países en vías de desarrollo.

Ellos no lo reconocerán jamás, pero, tal como observan agudamente Ferrer y otros, en el “espíritu de Bucarest” subyacen las tesis de Malthus, quien “en vez de preocuparse por aliviar la miseria ajenas, descubrió un principio natural, según el cual hay que evitar que existan pobres evitando que nazcan, y si nacen no se los debe ayudar, porque no tienen derecho a la vida: ‘Nos sentimos obligados por la justicia y el honor a negar formalmente que los pobres tengan derecho a ser ayudados’. Este espíritu maltusiano no es la mentalidad de una sociedad adulta y responsable por el futuro, sino una simple expresión de un mundo egoísta”. Lo cierto y real es que desde la Conferencia de Bucarest, los medios de comunicación social se lanzaron a una campaña cada vez más intensa, a favor de la contracepción y el control natal, y paralelamente han silenciado todas las voces partidarias del respeto a la dignidad de la persona humana.

El Informe Kissinger

A principios de los años 70 el presidente Nixon pidió al Congreso mayores fondos para financiar las actividades de población. En 1970 creó la Comisión sobre el Crecimiento Demográfico y el Futuro de Norteamérica, nombrando para presidirla nada menos que a John D. Rockefeller III.

En su carácter de secretario de estado del gobierno norteamericano, Henry Kissinguer suscribió el 24 de abril de 1974 el documento titulado “Memorandum de Estudio para la Seguridad Nacional nro. 200 (NSSM 200) – Implicaciones del Crecimiento Poblacional Mundial para la Seguridad de Estados Unidos e Intereses de Ultramar.”

En 1989 estos documentos fueron desclasificados. Esto permitió descubrir como el Informe Kissinger recomendaba al ejecutivo del gobierno de Richard Nixon declarar de máxima prioridad el control de natalidad en 13 países. Brasil aparecía en primer lugar; los otros países eran India, Bangladesh, Paquistán, Nigeria, México, Indonesia, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia. Se alegaba que la “explosión” demográfica era una “amenaza” para la seguridad de los EE.UU. Entre otras cosas, recomendaba a las agencias del gobierno de EE.UU. no usar el término “control de la natalidad” para no asustar a los políticos, sino expresiones como “planificación familiar” o “paternidad responsable”. El objetivo era garantizar el acceso de los EE.UU. a las materias primas de esos países, minimizando el consumo interno en ellos.

El Memorandum está compuesto por un resumen ejecutivo y dos partes. En la primera parte se presenta la situación demográfica mundial, y la estimación de lo que traerá aparejada tras proyectar varias variables demográficas para los próximos 30 años. La segunda parte configura el programa político sugerido al presidente de los EE.UU. como consecuencia del análisis anterior.

Parte I: Análisis demográfico

En el capítulo I se habla sobre las tendencias demográficas mundiales y se prevé un crecimiento para el 2000 según tres modelos de 7.800, 6.400 ó 5.900 millones de habitantes (este último fue el más acertado).

En el capítulo II se habla del abastecimiento de alimentos. El informe reconoce cómo entre los años 1954 y 1973 se ha producido un aumento del 19 % de la cantidad de alimentos per cápita pero, paradójicamente, pronostica para los siguientes años una serie de hambrunas generalizadas, para lo que propone como solución el descenso en las tasas de crecimiento poblacional de los países pobres.

El capítulo III se refiere a los minerales y combustibles, indicando los niveles de materias primas que EE.UU. necesita para mantener sus niveles de desarrollo y consumo. Este acceso a las materias primas se vería amenazado por el crecimiento poblacional del Tercer Mundo, debido a su mayor consumo y a un supuesto riesgo de alteraciones del orden público en tales países.

“Este hecho da a los EE.UU. un creciente interés en la estabilidad social, política y económica de los países productores. Donde sea que una disminución de las presiones poblacionales por medio de menores tasas de natalidad puede incrementar las perspectivas de tal estabilidad, la política poblacional se convierte en relevante para el suministro de recursos y para los intereses económicos de los EE.UU.”[16]

El capítulo IV comienza con esta apocalíptica y dogmática afirmación:

“El rápido crecimiento poblacional afecta negativamente todos los aspectos del progreso social y económico de los países en desarrollo… esto lleva a preguntar cuánto más fácil serían los desembolsos para combatir la natalidad, que los destinados a incrementar la producción por medio de inversiones directas en irrigación, o proyectos para generar energía, construir fábricas,…”[17]

Una vez establecido el paradigma del control natal, se presentan los medios para imponerlo coactivamente sin levantar incómodas sospechas:

“Se cree que serán necesarios algo más que servicios de planificación familiar para motivar a las parejas a querer familias pequeñas… Este factor lleva a la necesidad de programas a gran escala de información, educación y persuasión dirigida a disminuir la fertilidad.”[18]

El capítulo V pretende hacer responsable a la presión demográfica de diferentes conflictos mundiales, entre ellos la guerra entre El Salvador y Honduras, la guerra civil nigeriana y el conflicto Pakistán-India-Bangladesh.

Por último, el capítulo VI resume la Conferencia de Población de Bucarest de 1974 criticando a aquellos países que se mostraron contrarios al control de población y al llamado Plan de Acción Poblacional Mundial, y planteando una estrategia para revertir y “reeducar” a los gobiernos para que acepten las propuestas Neomalthusianas.

“Las creencias ideológicas y los conceptos erróneos mostrados por muchas naciones en Bucarest indican que se requiere, con mayor fuerza que nunca, educación extensa de los líderes de muchos gobiernos, especialmente en África y algunos países de Latinoamérica.”[19]

Parte II: la estrategia global

El capítulo I presenta la estrategia global poblacional estadounidense. Su análisis es importante para entender la geopolítica que ha gobernado el mundo en las últimas décadas. En primer lugar se indica la necesidad de crear instituciones voluntarias independientes para llevar a cabo el plan. Estas instituciones de voluntarios son lo que en la actualidad denominamos ONG.

“Los programas de asistencia poblacional USG deben ser coordinados con los de las principales instituciones multilaterales, organizaciones de voluntarios (ONG), y otros donantes bilaterales.”[20]

Esta estrategia global para reducción de la natalidad en el mundo se basó en los siguientes elementos:

  • Priorizar la asistencia económica en materia poblacional de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) en los países más grandes y de desarrollo más rápido… Estos países son: India, Bangladesh, Pakistán, Nigeria, Méjico, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia.
  • Condicionar la ayuda económica a la asunción de los planes de control de la natalidad, evitando la incómoda sospecha de que la planificación familiar se descubra como una forma de imperialismo económico o racial.
  • Garantizar el acceso del 85 % de la población a los servicios de anticoncepción y planificación familiar.
  • Complementar esta acción con la educación y el adoctrinamiento de la creciente generación de niños con respecto a lo apetecible del tamaño de una familia pequeña.

“Frente a este plan global, se prevé minimizar las acusaciones de que hay una motivación imperialista detrás del apoyo a las actividades poblacionales afirmando repetidamente que tal apoyo deriva de una preocupación con respecto al derecho de la pareja individual de determinar libremente y responsablemente el número y espaciamiento de sus hijos y a tener información, educación, y los medios para lograrlo; y el desarrollo fundamental social y económico de los países pobres, para los cuales el rápido crecimiento poblacional es a la vez una causa y una consecuencia de la pobreza ampliamente diseminada.”[21]

En el capítulo II se habla ampliamente de la estrategia en la asignación de fondos en materia de población y desarrollo, con el objetivo explícito de “crear las condiciones para la declinación de la fertilidad”. Así en este apartado se reconoce que:

“Ha habido algunos experimentos controvertidos, pero notablemente exitosos, en la India en los cuales incentivos financieros, junto con otros dispositivos de motivación, se utilizaron para lograr que un gran número de hombres se hicieran vasectomías.”[22]

El capítulo III trata del papel que la ONU y sus agencias han de realizar “aumentando el conocimiento y la capacidad para responder a las necesidades en las áreas de población y desarrollo”.

Por último, en el capítulo IV se alienta la investigación en tecnología para la imposición del control natal.

“El esfuerzo para reducir el crecimiento poblacional requiere una variedad de métodos de control de natalidad que sean seguros, efectivos, baratos, y atractivos tanto para los varones como para las mujeres. Los países en desarrollo en particular necesitan métodos que no requieran de médicos y que se puedan utilizar en áreas rurales remotas y primitivas o villas míseras urbanas por personas que tienen una motivación relativamente baja.” (Idem).

El Memorandum fue puesto inmediatamente en práctica, tanto por los burócratas del gobierno norteamericano, como por los de la ONU, sus agencias y organismos multilaterales de crédito. De esta manera las ONG y los medios de comunicación han contribuido a acrecentar las fortunas de los fabricantes de contraceptivos. Como muestra del éxito de estas políticas, destacar que en Brasil, el número de niños nacidos por mujer ha pasado de poco más de 6,1 en 1960 a 2,4 en 1994, una de las caídas más grandes experimentadas por este índice (inclusive mayor que la de China.)

Apenas veinticinco años después del Informe Kissinger, la División de Población de la Secretaría General de la ONU publicó el Informe titulado Reemplazo migratorio, donde destaca que 61 naciones tienen tasas de natalidad por debajo del nivel de reemplazo, y que la esperanza de muchos países industrializados para lograr un número de trabajadores que asegure el equilibrio del sistema económico pasa por la inmigración masiva.

La legalización del aborto en los EE.UU.

En 1970, las abogadas Linda Coffee y Sarah Weddington presentaron una demanda en Texas representando a Norma L. McCorvey (“Jane Roe”). McCorvey sostenía que su embarazo había sido causado por una violación y por tanto solicitaba el aborto de la niña. El fiscal de distrito Henry Wade representaba al Estado de Texas. El tribunal del distrito falló a favor de Jane Roe, pero rehusó establecer una restricción en contra de las leyes sobre aborto.

El caso fue apelado en reiteradas oportunidades hasta que finalmente llegó a la Corte Suprema de Justicia de los EE.UU., la que finalmente en 1973 decidió que el feto no gozaba de la protección de la Constitución de los EE.UU. y por lo tanto no podía impedirse su remoción del vientre materno. El contenido central de Roe vs. Wade es que el aborto debe ser permitido a la mujer, por cualquier razón, hasta el momento en el que el feto se transforme en “viable”, es decir, sea potencialmente capaz de vivir fuera del útero materno, sin ayuda artificial. Esta decisión de la Corte fue interpretada como la legalización del aborto, que a partir de entonces es válido y vigente para los 50 Estados de la Unión.

Si bien el caso Roe vs. Wade legalizó el aborto, en la misma fecha el caso Doe vs. Bolton permitió el aborto a petición durante los nueve meses de embarazo, y fue el medio legal que facilitó la aprobación del tribunal al establecimiento de más de 2.200 abortorios en todo el país.

“Jane Roe” dio a luz a su hija mientras el caso aún no se había decidido. La bebé fue dada finalmente en adopción. En 1987, McCorvey admitió que en realidad no había sido violada por pandilleros, tal como sostuvo durante las sesiones del caso.

Sarah Weddington, la abogada que litigó el caso Roe vs. Wade en el Tribunal Supremo, explicó en un discurso en el Instituto de Ética de la Educación, en Oklahoma, por qué utilizó los falsos cargos de violación, hasta llegar al Tribunal Supremo:

“Mi conducta pudo no haber sido totalmente ética. Pero lo hice por lo que pensé fueron buenas razones.”

Hugh Hefner, fundador de Playboy, reconoció su financiamiento para el juicio:

“Probablemente Playboy estuvo más involucrada en Roe vs. Wade que cualquier otra compañía. Nosotros aportamos los fondos para esos primeros casos y además escribimos el amicus curiae en el caso Roe.”

Tiempo después del polémico caso, Norma McCorvey (Roe) admitió haber cometido el peor error de su vida y cree haber sido utilizada por sus abogadas para conseguir la legalización del aborto. Pasados los años, Norma McCorvey y Sandra Cano (“Mary Doe”) han pedido al Tribunal de Distrito de Nueva Jersey (en un nuevo caso sobre aborto) que se reviertan las sentencias a su favor dictadas hace más de 25 años. McCorvey –conversa en los 90 al catolicismo– y Cano son actualmente fervientes defensoras de la vida, y testimonio vivo del engaño, la manipulación y la mentira a las que se ven sometidas sistemáticamente las mujeres en tantos países que han asumido la cultura de la muerte con una diabólica naturalidad.


El control de la natalidad desde 1974

A partir de los acontecimientos de 1974, la Federación Internacional de Paternidad Planificada (IPPF) se expande por todo el mundo, instalando sucursales en la mayoría de los países. Miembros de la IPPF o individuos con ideología afín son designados en los puestos clave de los principales organismos dependientes de Naciones Unidas, los organismos multilaterales de crédito y la AID. También ocupan cargos importantes en los Ministerios de Salud de muchos países desarrollados. Desde tales posiciones presionan para lograr que en casi todos los países ricos se instalen las clínicas de planificación familiar (muchas de ellas dirigidas por la filial local de la IPPF), se presten servicios gratuitos de control natal en los hospitales públicos, se despenalicen el aborto y las cirugías mutiladoras para evitar la descendencia, y se imparta educación sexual permisiva y obligatoria en las escuelas. En esos años se comienzan a desarrollar programas en varios países del Tercer Mundo, que contienen algunos de los objetivos recién descritos, utilizando para ello como plataforma de lanzamiento las filiales locales de la IPPF.

Reagan y el final de las políticas antinatalistas

El año 1984 supone un claro cambio en la política exterior norteamericana en cuestiones antinatalistas. El presidente Reagan se muestra contrario al aborto y suspende la ayuda del Gobierno Federal a toda institución que contemple dicho crimen como medio de control demográfico. En la práctica esta medida tiene una eficacia relativa, ya que si bien se eliminan los subsidios directos al aborto –que deja de ser gratuito en los hospitales– y Paternidad Planificada (filial norteamericana de la IPPF) pierde su asignación estatal, continúan los subsidios indirectos al aborto, a través de los aportes a la AID y a los organismos de Naciones Unidas. Por otra parte, la política de disminuir la tasa de natalidad en el Tercer Mundo continúa exactamente como la había programado el Informe Kissinger. De todos modos es un indicio de que las cosas van cambiando.

Paralelamente a esto, comienzan a actuar en muchos países desarrollados organizaciones en defensa de la vida humana y la familia. Muchas de ellas son de inspiración religiosa, otras son entidades civiles sin fines de lucro, y las menos son entes de algún modo políticos. Para neutralizarlas y dar otro paso adelante en el cambio de las costumbres sociales, la IPPF se vincula, directamente o a través de organismos de Naciones Unidas o fundaciones, con grupos radicalizados de diversa índole, a saber: feministas, homosexuales y lesbianas, pseudo-ecologistas que defienden simultáneamente la vida silvestre de plantas y animales y el aborto de seres humanos, sectas orientalistas o degeneradas como los Niños de Dios, que luego quedan englobadas de algún modo en el movimiento de la Nueva Era. Muchos de estos grupos heterogéneos aumentan su eficacia al obtener el status de Organismos No Gubernamentales (ONG) en las Naciones Unidas, el Consejo de Europa, la OEA, etc.

Simultáneamente en esa misma década se profundiza la acción contraceptiva en los países del Tercer Mundo. Los préstamos internacionales, que en esos años se multiplican, contienen cláusulas condicionantes en materia demográfica que resultan tan escandalosas que el Papa Juan Pablo II las denuncia en su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, de noviembre de 1981, en estos términos:

“hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto”.

Estas verdaderas extorsiones supranacionales y económicas llevaron a muchos países en vías de desarrollo a claudicar ante los artífices de la “multinacional de la muerte”, tolerando el aborto y la esterilización de sus jóvenes –muchas veces forzada–, las prácticas contraceptivas en los hospitales y la educación sexual permisiva en sus escuelas. Los países musulmanes, por razones culturales y religiosas, suelen ser los más reacios a estas políticas; por el contrario, muchos países asiáticos son los más permeables; Latinoamérica suelen tener una posición intermedia.

En la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987), dedicada a la cuestión social y al desarrollo de los pueblos, el Papa Juan Pablo II afirmó:

“Por otra parte resulta muy alarmante constatar en muchos países el lanzamiento de campañas sistemáticas contra la natalidad, por iniciativa de sus gobiernos, en contraste no sólo con la identidad cultural y religiosa de los mismos países, sino también con la naturaleza del verdadero desarrollo. Sucede a menudo que tales campañas son debidas a presiones y están financiadas por capitales provenientes del extranjero y, en algún caso, están subordinadas a las mismas y a la asistencia económico-financiera. En todo caso, se trata de una falta absoluta de respeto por la libertad de decisión de las personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos a veces a intolerables presiones, incluso económicas, para someterlas a esta nueva forma de opresión. Son las poblaciones más pobres las que sufren los atropellos, y ello llega a originar en ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece la aplicación de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas.”[23]

Esa década terminó con dos hechos de suma importancia, pero completamente antagónicos: en septiembre de 1991 se constituye el Consejo Mundial por la Vida y la Familia, que aspira a ser –y ha comenzado a serlo– la “multinacional de la Vida Humana” y la asunción a comienzos de 1993 del nuevo presidente norteamericano Bill Clinton.[24]


[1] Richard Nixon, Discurso, 18 de julio de 1969.

[2] John D. Rockefeller III, 27 de marzo de 1972.

[3] Sandalio, 7 de julio de 2004, El Informe Global 2000.

[4] Trad. “Nuestro planeta saqueado”.

[5] Trad. “Los límites de la Tierra”.

[6] Fairfield Osborn, Los límites de la tierra, 1956.

[7] Pearce and Turner, 1995.

[8] Trad. “La bomba demográfica”.

[9] Paul Ehrlich, The population bomb, 1968, Prólogo.

[10] Trad. “La tragedia de los comunes”.

[11] Garret Hardin, La tragedia de los comunes, 1968.

[12] Garret Hardin, La tragedia de los comunes, 1968.

[13] D.L. Meadows y otros, Los Límites del Crecimiento, 1972.

[14] Manuel Ferrer y otros, Las políticas demográficas, 1975.

[15] Informe Kissinger, NSSM, pp. 86 y 87.

[16] Memorandum de Estudio para la Seguridad Nacional nro. 200 (NSSM 200), Informe Kissinger.

[17] Idem.

[18] Idem.

[19] Idem.

[20] Idem.

[21] Jorge Scala, IPPF. La multinacional de la muerte, Ed. Promesa, 2005, p. 43.

[22] NSSM 200.

[23] Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 1987, nro. 25.

[24] Tomado del libro de José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 8; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón.