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Equipo de Dirección

Desde el Consistorio de febrero de 2014, cuando el Cardenal Walter Kasper propuso permitir en ciertos casos la comunión a los católicos divorciados vueltos a casar no arrepentidos, se ha producido un fuerte debate en la Iglesia Católica, que ha manifestado una gran desunión doctrinal. Aunque en esa ocasión la mayoría de los Cardenales se opuso enérgicamente a esa propuesta, la misma fue el principal centro de atención y de interés en los dos “Sínodos de la Familia”, celebrados en octubre de 2014 y octubre de 2015. Tampoco los Padres Sinodales, en ninguna de ambas ocasiones, aprobaron la propuesta de Kasper. A tal punto fue así que el documento final del Sínodo de 2015 ni siquiera menciona el asunto de la comunión a los divorciados vueltos a casar. Sin embargo, tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, y pese a que la misma no zanja claramente ese debate, casi toda la prensa mundial y muchos Obispos han interpretado que Su Santidad abrió una vía para permitir la comunión a esas personas, sin exigirles (como antes) que dejen su “segunda unión” o convivan “como hermano y hermana”.

Fe y Razón ha defendido y defiende la praxis tradicional de la Iglesia Católica en esta materia, no por mero conservadurismo, ni mucho menos por falta de misericordia, sino porque dicha praxis está firmemente basada en muchas e importantes verdades de fe, que no pueden ser abolidas ni soslayadas sin destruir gran parte de la doctrina católica inmutable. A continuación expondremos, en apretada síntesis, las principales verdades de fe que están en juego en esta cuestión.

1 La unidad y la insolubilidad son dos de las notas esenciales del matrimonio. Por eso la poligamia y el divorcio son dos pecados graves, que atentan contra la dignidad del matrimonio.

2 Nuestro Señor Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, enseñó a sus discípulos que: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio.”[1]

3 El adulterio es un pecado grave contra el sexto mandamiento: “No cometerás adulterio.”[2]

4 La convivencia more uxorio de una persona “divorciada vuelta a casar” con su nueva pareja es un estado de adulterio público y permanente.

5 Comulgar en pecado mortal es un sacrilegio, un pecado gravísimo. Por eso San Pablo enseña: “Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación.”[3]

6 En el sacramento de la penitencia, el sacerdote puede absolver al penitente, pero la absolución no es válida si éste no está arrepentido de sus pecados y no tiene propósito de enmienda.

7 Si el penitente vive en estado de adulterio pero no conoce la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación, el deber del sacerdote será “enseñar al que no sabe” y “dar un buen consejo al que lo necesita” (dos obras de misericordia espiritual).

8 Si el penitente vive en estado de adulterio y conoce la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación pero no la acepta, el deber del sacerdote será “corregir al que yerra” (otra obra de misericordia espiritual).

9 Si el penitente vive en estado de adulterio y rechaza en forma pertinaz la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación, peca gravemente contra la fe católica, y también por esta razón no puede acceder a la comunión eucarística.

10 El sexto mandamiento de la Ley de Dios no es un ideal inalcanzable salvo para una pequeña élite de perfectos, sino una norma moral exigida a cada cristiano. La gracia de Dios da a cada uno la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos del Decálogo y toda la ley moral.

11 En todo este debate se parte siempre de la hipótesis de que el primer matrimonio es válido y por ende indisoluble. Si el primer matrimonio fuera inválido, el problema tendría una solución sencilla: la persona podría procurar y obtener la declaración de nulidad de su primer matrimonio de parte de la Iglesia y luego, si no hubiera impedimentos adicionales, podría casarse por la Iglesia con su segunda pareja, después de lo cual (previo paso por el sacramento de la penitencia, obviamente) ambos cónyuges podrían acceder a la santa comunión. Aunque su matrimonio sea nulo, un católico separado de su cónyuge no puede contraer nuevo matrimonio si antes la Iglesia no declaró nulo su primer matrimonio. Por otra parte, conviene tener en cuenta que la reforma del proceso canónico correspondiente a las solicitudes de declaración de nulidad matrimonial dispuesta en 2015 por el Papa Francisco ha vuelto ese proceso mucho más rápido y más económico.

12 Si en cambio el primer matrimonio es válido (o es inválido pero la Iglesia no ha declarado aún su nulidad), el católico que ha contraído un nuevo matrimonio (civil) dispone de tres vías alternativas para reconciliarse con Dios y con la Iglesia: separarse de su actual pareja y reconciliarse con su cónyuge legítimo; o separarse de su actual pareja sin volver a convivir con su cónyuge legítimo; o seguir conviviendo con su actual pareja, pero “como hermano y hermana” (absteniéndose de las relaciones sexuales).

En este número de Fe y Razón incluimos dos artículos sobre la exhortación apostólica Amoris Laetitia que, con la veneración y la obediencia debidas al Sumo Pontífice, buscan sostener la doctrina católica bíblica y tradicional, frecuentemente rechazada hoy tanto dentro como fuera de la Iglesia. Estamos convencidos de que así hacemos un mejor servicio al Sucesor de Pedro que quienes aplauden indiscriminadamente todo lo que un Papa dice o hace.

En este número incluimos también la bella oración del Papa Francisco a la Sagrada Familia, con la que concluye la Amoris Laetitia. Oremos de forma perseverante con el Papa y por el Papa, por toda la santa Iglesia Católica, y en especial por las familias cristianas.


[1] Marcos 10, 11-12.

[2] Éxodo 20, 14.

[3] 1 Corintios 11, 28-29.