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Daniel Iglesias Grèzes

En 1994, durante una conferencia en la Universidad de Cornell, el famoso astrónomo y propagandista del ateísmo Carl Sagan (1934-1996) mostró una fotografía de la Tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 en 1990, desde un lugar situado a más de 6.000 millones de kilómetros de nuestro planeta. Habiendo completado su misión principal, el Voyager ya estaba saliendo del Sistema Solar. Desde el Centro de Comando se envió a la nave la orden de que rotara, mirara hacia atrás y tomara fotografías de cada planeta que había visitado. Desde esa enorme distancia, el Voyager capturó una imagen que muestra a la Tierra como un pequeñísimo y pálido punto azul. Carl Sagan quedó muy impresionado por esa imagen. A continuación citaré y comentaré un extracto de esa conferencia de Sagan que he traducido personalemente del inglés, que expresa su cuestionable interpretación de esa fotografía tan especial. Pondré la cita en itálica e intercalaré mis comentarios en letra normal.

“Logramos tomar esa imagen [desde el espacio profundo], y, si tú lo miras, ves un punto. Eso es aquí. Eso es el hogar. Eso somos nosotros. Sobre él, todas las personas de las que has oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han vivido, vivieron sus vidas. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y padre, cada inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió allí sobre una mota de polvo, suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en una vasta arena cósmica. Piensen en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores a fin de que en gloria y en triunfo ellos pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensen en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón del punto a los escasamente distinguibles habitantes de algún otro rincón del punto. ¡Cuán frecuentes son sus malentendidos, cuán ansiosos están de matarse unos a otros, cuán fervorosos son sus odios!”

Hasta aquí no tengo nada que objetar a Sagan. Estas palabras suyas incluso podrían ser parte de una buena y saludable reflexión sobre la pequeñez del hombre y la fugacidad de la gloria de este mundo. Pero hay mucho que objetar a la continuación de su discurso.

“Nuestros fingimientos, nuestra imaginada auto-importancia, el engaño de que tenemos alguna posición privilegiada en el universo, son desafiados por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una partícula solitaria en la gran oscuridad cósmica que lo envuelve. En nuestra oscuridad –en toda esta vastedad– no hay ningún indicio de que vendrá ayuda de alguna otra parte para salvarnos de nosotros mismos. Depende de nosotros.”

Como buen materialista, Sagan se deja impresionar demasiado por el tamaño. No comprende que algo tan pequeño pueda ser tan importante a los ojos de Dios. Para escándalo suyo y de todos los que piensan como él, los cristianos creemos que el Ser infinito, el Creador de nuestro vastísimo universo, que ante Él no es más que una mota de polvo, ama verdaderamente a este mundo nuestro, nos ama a cada uno de nosotros, pequeños seres finitos, creados por Él a su imagen y semejanza para que compartamos su Gloria. Y tanto amó Dios al hombre (esa mota de polvo sobre un planeta infinitesimal dentro de un cosmos que no es nada en comparación con Él) que se encarnó, se hizo uno de nosotros, para nuestra salvación, es decir para reconciliarnos con Él, reconstruyendo con su entrega infinita en Jesucristo la comunión con Él rota por nuestros innumerables pecados a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. Nuestro Dios es tan grande que, si quiere, también puede hacerse pequeño, nacer en un pesebre, de una mujer virgen. Y eso es precisamente lo que hizo “en la plenitud de los tiempos”, como escribió San Pablo a los Gálatas.

Para un enamorado (y Dios, como dice San Juan y nos recordó Benedicto XVI, es Amor), el tamaño no es lo más importante. Ojalá nosotros compartamos el punto de vista de Dios… Porque si no somos más que meros animales insignificantes, ¿por qué deberíamos valorarnos el uno al otro? ¿No sería eso precisamente puro auto-engaño e ilusión? He aquí un peligro mortal del “humanismo ateo”. El Concilio Vaticano II nos lo advierte: “Sin el Creador, la criatura se diluye”.

Este texto de Sagan desestima demasiadas cosas. En el Capítulo 3 de mi libro Todo lo hiciste con sabiduría he reseñado un libro excelente[1] que refuta concienzudamente, desde los puntos de vista científico y filosófico, la tesis de que tanto nuestra posición física como nuestra importancia metafísica en el universo son insignificantes.

Pero sobre todo Sagan desestima aquí el fenómeno cristiano. Los cristianos creemos que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y que para ello se encarnó y dio su vida en la Cruz. Jesucristo es realmente el único Salvador del mundo. ¡Esto es mucho más que un “indicio” de ayuda celestial!

La fe católica no es ningún engaño. Es posible demostrar racionalmente (con argumentos filosóficos) la existencia de Dios. He resumido las pruebas clásicas de la existencia de Dios en el Capítulo 1 de mi libro Razones para nuestra esperanza.

Por otra parte, según la doctrina católica, la fe en la Divina Revelación (la autorrevelación de Dios al hombre en Jesucristo) no es un salto al vacío o una opción inmotivada, sino un acto del entendimiento, una adhesión a la Palabra de Dios con sólidos motivos de credibilidad, fundamentos racionales. La fe no destruye o anula la razón, sino que la supera. No se basa en la pereza intelectual, sino en razones válidas. Es certeza plena, no una simple apuesta.

Todos tenemos el deber de buscar el sentido de la vida, y sobre todo tenemos el deber de aceptarlo cuando lo encontramos. El creyente también debe esforzarse por comprender más y más aquello que cree y por descubrir la voluntad de Dios para su vida.

Sin conocimiento de Dios no puede haber conocimiento del Sumo Bien del hombre y por lo tanto tampoco una moral bien fundamentada. Esto no significa que los no creyentes no pueden vivir una vida moralmente recta, sino que, si lo hacen, no pueden dar un fundamento último a esa forma de vida. Al que no sabe a dónde va cualquier camino le sirve, por lo menos a nivel conceptual.

Por último, si el Cielo no existiera o estuviera “cerrado”, no tendríamos salvación alguna, con o sin esfuerzo nuestro. El mundo sería un callejón sin salida y nosotros unos seres absurdos, unos condenados a la muerte total y eterna que esperan su ejecución en la cárcel del mundo. Pero el Cielo existe y ha sido abierto para nosotros por el Único que podía hacerlo. Ésta es una doctrina muy bella, y lo más bello en ella es que es verdadera. Los pesimistas quizás digan que es demasiado bella para ser cierta. Por el contrario, yo digo que es tan bella que tiene que ser verdad, porque Dios no se deja ganar en generosidad por la imaginación del hombre. Podríamos llamar a esto “la prueba estética de la verdad del cristianismo.”


[1] El planeta privilegiado, de Guillermo Gonzalez y Jay W. Richards.