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Raymond de Souza

Investigación de la pretensión de los milagros. Hay muchas religiones en el mundo hoy, y todas pretenden ser verdaderas. Muchas fueron fundadas por individuos que pretendían ser ‘profetas’ de Dios –o de los dioses, según el caso. En este contexto, ¿por qué ser cristiano en absoluto? ¿Por qué no ser musulmán, judío, budista, hindú, animista o de cualquier otra clase de religión?

¿Cómo podría un hombre que fundó una religión específica –o una mujer, para el caso, y estoy pensando por ejemplo en la Sra. Ellen White, que fundó a los Adventistas del Séptimo Día, o la Sra. Blavatsky, que fundó la Teosofía–; cómo podría tal persona probar la autenticidad de su mensaje? Uno podría usar el fuego y la espada como Mahoma, o presentar una atractiva filosofía de la teología como cualquier Fulano, Mengano o Zutano de hoy en día, y encontrar gente que lo siga.

¿Pero por qué tú deberías ser cristiano? Me gustaría presentar tres buenas razones para mostrar que el mensaje de Cristo contenía la plenitud de la verdad acerca de Dios, la vida y la salvación. Y las consideraremos en esta sección, una a una, a su debido tiempo. Aquí están:

1 Si el fundador de tu religión pretendía ser, no meramente un profeta de Dios, sino el Hijo de Dios, tan divino como Su Padre, y lo probó realizando milagros; ésa es una indicación muy buena de que Él es el artículo genuino.

2 Si los libros acerca de Él son auténticos y dicen la verdad acerca de Él, y Su vida fue profetizada en detalle siglos antes de que naciera;

3 Si Él previó su propia muerte por asesinato y dijo que resucitaría –¡y lo hizo!–, entonces tú no tienes excusas para no seguirlo como tu verdadero guía y salvador. ¡Nadie puede superar eso!

En primer lugar, ¿cómo evaluamos la veracidad o no veracidad de una persona que pretende hablar de parte de Dios? Ante todo, debemos investigar si la doctrina es digna de su supuesto Autor; es decir, debería ser seria, confiable, elevada, como corresponde a un mensajero de Dios, y no tonta, trivial, mucho menos ridícula o absurda. Además, el supuesto ‘profeta’ debe probar su misión, de un modo que no deje ni una sombra de duda sobre su autenticidad. Dado que el fuego y la espada son sólo el argumento de quienes no tienen argumentos e imponen sus creencias por la fuerza, la mejor forma de probar la propia misión es realizar milagros y/o ser el objeto de profecías previas.

Comencemos por los milagros. ¿Qué es un milagro? Una definición simple: un hecho, un suceso o una realidad que ocurre fuera del curso de la naturaleza y sólo puede ser explicado por la intervención de una acción divina.

Por lo tanto, dado que un hacedor de milagros no desperdicia el poder de Dios para realizar milagros sólo por diversión, los hace para probar la veracidad de su mensaje. Cuando Dios interviene en la historia humana para realizar el milagro, prueba que la enseñanza es verdadera, porque Dios no daría testimonio de una mentira o un error.

Ahora bien, ¿los milagros son posibles en absoluto? Si tú no admites la existencia de Dios, entonces [responderías que] no; no serían posibles porque no habría nadie para intervenir en la historia realizando el milagro. Por eso tú no pierdes tu tiempo tratando de probar un milagro a un ateo. Pero para cualquiera que cree en la existencia de Dios, en un Ser Superior que creó el universo y estableció todas sus leyes físicas y demás leyes, [es claro que] lógicamente Él puede alterar o suspender o sólo cambiar el curso de la naturaleza a voluntad. ¿Por qué no? Si tú estás a cargo, tú puedes hacerlo. Por lo tanto, cuando hablamos de un milagro en particular, no discutimos acerca de la posibilidad de su ocurrencia, dado que Dios existe y puede hacerlo; discutimos acerca de su realidad, o sea, acerca de si sucedió o no sucedió. En consecuencia, un milagro se prueba por su evidencia, no por la buena voluntad o credulidad de la gente que habla de él.

Algo evidente puede ser visto –vidente significa alguien que ve–, es decir, debe ser perceptible por los sentidos del cuerpo, no por la buena fe del sujeto. Por ejemplo, el milagro de la transustanciación en la Eucaristía no es perceptible por los sentidos. Es creído por fe en la palabra de Jesús, y por consiguiente no puede ser citado aquí como un ejemplo para probar los milagros. Estamos hablando acerca de aquellos eventos que no pueden ser explicados por el curso normal de la naturaleza.

Considera, por ejemplo, una supuesta cura milagrosa que ocurrió en Lourdes. Un hombre ciego lavó sus ojos en el agua y salió viendo. Bien, ¿cómo podríamos investigar la realidad o no de ese supuesto milagro?

¿Quiénes son los testigos? ¿Ellos vieron el milagro? ¿Son confiables? ¿El supuesto ‘milagro’ se verificó por fuera de las leyes naturales? Esta última pregunta es de la mayor importancia porque no conocemos todo acerca de la naturaleza; hay cosas que a nuestros ojos no pueden ser explicadas, y que sin embargo no son milagros. Por ejemplo, se supone que el abejorro no debería volar, según todas las leyes de la aerodinámica. Las alas son demasiado pequeñas, el cuerpo demasiado gordo y pesado, los músculos que conectan las alas al cuerpo son demasiado blandos, etc., etc., por lo tanto no debería volar –pero lo hace. Y no es un milagro. Por ende, se requiere precaución en esta área. Pero la precaución no es incredulidad ni agnosticismo.

Sin embargo, hay cosas que sabemos que nunca ocurren en la naturaleza, tales como que un ciego lave sus ojos en agua común y comience a ver. ¡Ningún agua puede hacer eso, por cierto! Si el hombre era verdaderamente ciego, y el agua era verdaderamente agua común, y si el lavado de los ojos restauró su vista instantáneamente, entonces sabemos que fue una intervención de Dios en la historia. Fue un milagro.

Luego viene la segunda cuestión: ¿Se supone que ese milagro ocurrió para probar cierta verdad o doctrina, propuesta por el hacedor del milagro? Lourdes prueba más allá de toda sombra de duda la doctrina de la intercesión de María, y los milagros realizados por San Pedro también probaron la verdad de su doctrina.

Por lo tanto, los milagros son una prueba positiva de que la enseñanza propuesta por el hacedor de milagros es verdadera. Tú no tienes que confiar sólo en su palabra para eso. Por eso Jesús, para probar Su unidad con Dios Padre, dijo a los judíos: “Si Yo no hago las obras de Mi Padre, no crean en Mí; pero si Yo las hago, aunque ustedes no crean en Mí, crean en las obras, para que puedan conocer y entender que el Padre está en Mí, y Yo en el Padre.”[1]


[1] Juan 10:37-38.

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