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Miguel Antonio Barriola

Por medio de la presente exposición, sencillamente se quiere practicar una selección entre los inmensos tesoros que ofrece este singularísimo e importante Santo Padre latino respecto al amor y centralidad que ha de ocupar la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia toda y de cada uno de sus miembros.

Breve presentación del personaje

Oriundo de Estridón, ciudad de la que no se ha hallado rastro arqueológico alguno, pero que estaba situada en Dalmacia, en el territorio ocupado hoy por Croacia, frente al Mar Adriático e Italia. Nació en torno al 340.

Jerónimo pasó su juventud en Roma, en una vida disipada moralmente hablando, pero acompañada del ansia de empaparse a fondo con la cultura clásica latina y la retórica. A sus 25 años fue bautizado por el Papa Liberio, emprendiendo desde entonces múltiples viajes y estadías, ya en Aquilea, en la Galia de entonces, ya en Antioquía de Siria, Constantinopla, de nuevo en Roma, como secretario del Papa Dámaso y terminando en Belén, como anacoreta dedicado enteramente a la vida monástica, la dirección espiritual y sobre todo a la traducción y profundización de la Palabra de Dios. Falleció en el 420.

Se podrían multiplicar los testimonios de creyentes de toda época, católicos, protestantes u ortodoxos, que reconocen certera y honestamente la prestancia y valor de los escritos de este santo varón, en lo que se refiere a la veneración y frutos de la Palabra de Dios escrita para la Iglesia toda y cada cristiano. Pero baste anotar resumidamente cómo Benedicto XVI, en su Verbum Domini (exhortación apostólica postsinodal)[1], cita a Jerónimo 11 veces, y que el anterior Benedicto XV dedicó toda su encíclica Spiritus Paraclitus[2] al santo del que nos estamos ocupando.

En el exordio de dicha carta, recuerda que el Espíritu Paráclito fue suscitando a lo largo de los siglos santos y doctísimos varones, que hicieron fructificar con sus comentarios el tesoro inagotable de la Palabra de Dios. Pero cuando encara al que sería objeto principal de su enseñanza, dirigida a toda la Iglesia, expresa: “Entre estos, sin duda y según el común consentimiento de todos, ocupa el lugar principal San Jerónimo, al cual considera la Iglesia como al Doctor Máximo que le ha sido regalado.”[3]

El sueño ciceroniano

Su conversión de costumbres juveniles mundanales lo llevó a elegir el austero estilo penitencial de los monjes del desierto: soledad, silencio, oración, estudio.

Con todo, no deja de apuntar él mismo, cómo igualmente seguían asediándolo los recuerdos de sus juergas y desvíos romanos. Pero, para nuestro fin, es muy aleccionador, otro tipo de tentaciones de antaño, que también lo atormentaba, por más que no fuera pecaminoso.

Así lo describe en su carta a Santa Eustoquio:[4] Después de haber renunciado a todo para servir en la milicia de Cristo en Jerusalén “no podía privarme en absoluto de la biblioteca que tras largos desvelos y esfuerzos me había procurado en Roma. ¡Miserable de mí! Ayunaba mientras leía a Tulio [Cicerón]. Tras mis frecuentes vigilias nocturnas, tras las lágrimas que el recuerdo de mis pasadas culpas arrancaba del fondo de mi ser, tomaba en mis manos a Plauto. Si por ventura, entrando de nuevo dentro de mí mismo me daba a la lectura de los profetas, me hastiaba su lenguaje descuidado: ¡y creía que era culpa del sol, no de mis ojos, si no percibía la luz con mis ojos obcecados! De este modo andaba divirtiéndose conmigo la antigua serpiente, cuando, hacia la mitad de la Cuaresma, se adueñó de mi cuerpo exhausto una fiebre que me penetró hasta los tuétanos… De pronto soy arrebatado en espíritu y conducido ante el tribunal del juez. Había allí tanta luz y era tan grande el fulgor que despedían los circunstantes, que yo, postrado en tierra, no me atrevía a levantar la mirada. Interrogado sobre mi condición, respondí que era cristiano. Mas aquel que presidía, repuso: ‘Mientes; tú eres ciceroniano, no cristiano. Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.’[5] Al instante enmudeció y entre los azotes (el Juez había ordenado que me flagelaran) me sentía aún más lastimado por el resquemor de mi conciencia. Entre tanto repetía para mí aquel versículo: En el infierno ¿quién te alabará?[6]… Finalmente los presentes, postrados a los pies del presidente, le rogaron que se dignara perdonar mi juventud y que me permitiera hacer penitencia de mi error, afirmando que en lo sucesivo habría de pagar el terrible castigo, en cuanto volviese a leer libros profanos… Desde aquel momento he estudiado los libros divinos con más ardor del que había puesto en el estudio de los libros profanos.”[7]

Una primera lección para todo cristiano

Podemos apreciar desde ya hasta qué punto se ha de desconfiar de las “primeras impresiones” y cómo, para las cosas de Dios y su mensaje escrito para todos nosotros, se requiere “paciencia”, como lo indicaba ya San Pablo, precisamente, para leer con fruto las Sagradas Escrituras: “Pues todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza.”[8]

Sin la perseverancia de Jerónimo y Agustín, superando sus primeras repugnancias, no habríamos tenido a los máximos doctores bíblicos de la patrística latina. Frente a sus propios “gustos e inclinaciones”, prefirieron otorgar mayor crédito a Dios y su Hijo Jesucristo, a cuyos tesoros revelados no se llega por mera inclinación natural, sino dejando de lado arranques o preferencias personales y sometiéndose, en la fe, a Quien es infinitamente mayor que los genios más preclaros de la literatura y cualquier ciencia humana.

Trabajo científico de Jerónimo con la Biblia

En la soledad de su primer ensayo de ermitaño, nos cuenta que aprendió el hebreo, poniéndose bajo la docencia de otro monje, que del judaísmo se había convertido a la fe cristiana. Su testimonio, una vez más, nos confirma en la difícil perseverancia que le costó la empresa:

“En los años de mi juventud, pasados en la soledad del desierto, no podía soportar los impulsos viciosos y la excitación de la naturaleza. No cejaban los impulsos impuros, aun cuando me defendía de sus acosos con reiterados ayunos. Entonces, con la mira puesta en poder así embridarle, me hice discípulo de un compañero judío convertido, para aprender las letras hebreas y ejercitarme en pronunciar sus sonidos guturales y agudos.

Inicié este duro aprendizaje después de haber saboreado tiempo atrás las sutilezas de Quintiliano, la elocuencia torrencial de Cicerón, las sentencias profundas de Frontón y el suave estilo de Plinio. Mi propia conciencia y mis ocasionales compañeros son testigos de lo mucho que trabajé en esa tarea, de las incontables dificultades que tuve que superar, de las veces que, desanimado, desistí de seguir adelante con mi plan y otras tantas, empecé de nuevo a estudiar, espoleado por mis ansias de aprender. Ahora doy gracias a Dios porque estoy recogiendo sabrosos frutos de aquella fatigosa cementera.”[9]

Cuando fue llamado a Roma por el Papa Dámaso (382), éste le pidió que de los originales hebreo, arameo y griego tradujera nuevamente al latín la Palabra de Dios.[10] Este ciclópeo trabajo lo tuvo ocupado desde el año 390 o 391 hasta el 406. Fue en los principios mal recibida su versión, dado que el pueblo estaba acostumbrado a escuchar las anteriores. Pero se fue imponiendo de tal suerte en toda la Iglesia latina que se la llamó Vulgata (del latín “divulgada”).

Para los recursos de los que se disponía en aquella época, los críticos, tanto católicos como acatólicos coinciden en reconocer la superioridad de la versión jeronimiana sobre todas las otras antiguas.[11]

Biblia y vida cristiana

Jerónimo, en sus años romanos al servicio del Papa Dámaso, logró formar un selecto grupo de matronas y vírgenes romanas, que bajo su guía se fueron entusiasmando vívidamente por las Sagradas Letras, sobre todo las santas Paula y Marcela. No se trató de círculos de exquisita aristocracia, sino de personas que, lejos de buscar llenar el tiempo de alguna manera culta y académica, realmente estaban prendadas existencialmente de la Palabra de Dios. Como lo documenta A. Penna, “algunas de ellas se daban incluso al estudio del hebreo, pero esto no era un signo de la moda extravagante del momento, ni efecto de doctas veleidades, sino más bien una de tantas formas de ascetismo. Conociendo la lengua original podían percibir mejor la belleza de la Biblia; así era cómo este estudio las acercaba más a Dios. Ello explica ciertos entusiasmos de Jerónimo por la exégesis alegórica, que le ofrecía los más variados recursos para alimentar la piedad de aquellas almas elegidas.”[12]

Y, dando la palabra al mismo Jerónimo, reproduce Penna este párrafo de su carta a Paula: “Dime, ¿hay cosa más sagrada que este misterio, deleite más preciado? ¿Hay palabras, hay mieles más dulces que saborear la sabiduría de Dios, que entrar en sus santuarios, que meditar el pensamiento del Creador y las palabras de tu Señor, llenas de espiritual sabiduría, objeto de burla de la sabiduría de este mundo? ¡Oh, quédense los demás con sus riquezas, beban en sus cálices preciosos, resplandezcan en sus vestidos de seda, deléitense en los aplausos populares y, aun variando sus placeres, no lleguen nunca a agotar sus riquezas; nuestras delicias están en meditar la Ley del Señor noche y día, en llamar a la puerta que no está abierta, en recibir los panes de la Trinidad y en andar en pos del Maestro sobre las olas del siglo.”[13]

La Biblia no sólo para doctos o clérigos

Ya, al rememorar este grupo de damas romanas, [14] a las que Jerónimo contagió su amor entusiasta por la Palabra de Dios, consta que el Santo no podía concebir dicha Palabra como exclusividad de algún sector de la Iglesia, erudito o con cargos pastorales. Él instaba a todos los cristianos, sacerdotes, monjes y laicos, a empaparse de la Palabra de Dios. Y no sólo como elemento cultural, sino en su traducción a la vida.

Repasemos algunos de estos consejos y casi apremios de Jerónimo a que todo el pueblo de Dios se sumergiera en los tesoros de la Biblia.

En su extensa carta, le aconseja a la virgen Eustoquio: “Lee con mucha frecuencia y aprende lo más posible. Que el sueño te sorprenda con el códice en la mano y caiga tu faz sobre la página santa.”[15]

A Celantia, una dama de alta alcurnia, en una extensa carta[16] acerca de los recaudos para perseverar en la vida cristiana, le subraya cómo la Palabra de Dios no ha de ilustrar sólo el conocimiento, sino la vida entera.

“Tú, en cambio, no tanto has de guardar los preceptos de la letra cuanto los del espíritu; y así, espiritualmente, has de cultivar la memoria de los mandamientos divinos. No se trata sólo de recordarlos a menudo, hay que pensar constantemente en ellos. Que, por lo tanto, siempre estén en tus manos las divinas Escrituras, y continuamente les des vueltas en tu espíritu. Y no imagines que te baste saberte de memoria los mandamientos de Dios y olvidarte luego de ponerlos por obra. Has de conocerlos para hacer todo lo que sabes que tienes que hacer. Porque los justos delante de Dios no son los que oyen la ley, sino que se justificarán los que la cumplen.[17] Ancho, a la verdad, e inmenso es el campo de la divina ley que, adornado de testimonios variadísimos de la verdad, como con flores de una celeste primavera, apacienta y satisface el ánimo del lector con deleite maravilloso. Conocer todos esos testimonios y revolverlos constantemente dentro de uno mismo es ayuda enorme para conservar la justicia; pero hay una sentencia del Evangelio que has de escoger como una cifra y compendio y universal aviso y escribirla sobre tu corazón como síntesis de toda justicia que salió de la boca del Señor: Todo lo que queréis que los hombres hagan con vosotros, hacédselo también vosotros a ellos.[18] Y para expresar el alcance de este precepto, prosigue el Señor diciendo: Porque en esto se cifra la ley y los profetas (ibid.) Infinitas son, en efecto, las especies y partes de la justicia; no sólo seguirlas con la pluma, pero aun comprenderlas con el pensamiento es cosa dificilísima. Sin embargo, el Señor las encerró todas en esa breve sentencia y, con secreto juicio de corazón, absuelve o condena la oculta conciencia de los hombres”.

Y, sin pretender transformar en una monja a esta misma destinataria de sus advertencias espirituales, insiste una vez más señalando de qué manera, en medio de sus trajines diarios, ha de ocupar un lugar privilegiado el encuentro con la Palabra de Dios: “Calma con la tranquilidad del retiro las olas de los pensamientos que excitan los asuntos de fuera. Pon allí tanto empeño y fervor en la lección divina, sucédanse tan frecuentes tus oraciones, sea tan firme y denso el pensamiento de la vida futura, que fácilmente compenses con esta dedicación todas las ocupaciones del tiempo restante. No te digo esto porque intente retraerte de los tuyos; lo que busco más bien es que allí aprendas y allí medites cómo hayas de comportarte con los tuyos.”[19]

Se podrían multiplicar los avisos y llamados de atención de Jerónimo para centrar la vida cristiana en la Palabra de Dios y, como ya anotado, no sólo en el ámbito teórico, cultural, cognoscitivo, sino buscando que impregne la vida entera, sin divorcios entre lo que escuchamos o leemos en el Libro Inspirado con lo que después se vive en la existencia de cada día.

Con claridad y fundamento lo sintetiza A. Penna[20]: “El estudio de la Biblia, empero, para que sea útil, no debe ser meramente especulativo, sino que debe mirar a la práctica. Ello no es, en realidad, otra cosa que una progresiva penetración en el misterio de Cristo[21] y de los propios deberes. ‘Entonces, dice Jerónimo, las Escrituras son provechosas para el lector, cuando se pone en práctica lo que se lee.’[22] Para obtener estos saludables efectos, el estudio de la Biblia debe hacerse con un sentimiento de profunda piedad: ‘La Escritura es útil a aquellos que escuchan, cuando nada se dice sin Cristo, cuando nada se profiere sin el Padre, cuando el que predica no pretende comunicar nada sin el Espíritu Santo.’”[23]

Podemos redondear esta sección, en la que hemos intentado advertir hasta qué punto el trato frecuente y nutritivo de las Escrituras no sólo está destinado a monjes o clérigos, sino a todo cristiano, con el hermoso final de la extensa carta a la virgen romana Demetríada[24]: “Quiero juntar el fin con el principio, pues no me contento con habértelo avisado una sola vez. Ama las Escrituras santas y te amará a ti la sabiduría. Ámala y te guardará; hónrala y te abrazará.[25] Éstas sean las joyas para tu pecho y los pendientes de tus orejas. Que tu lengua no sepa hablar sino de Cristo, no suene palabra tuya que no sea santa. Esté siempre en tu boca la dulzura de tu abuela y madre, cuya imitación es norma de virtud”.

San Jerónimo consejero bíblico para los sacerdotes

Si para San Jerónimo, que en esto se hace eco de toda la Tradición de la Iglesia, quien quiera ser cristiano cabal ha de buscar empaparse de la Palabra de Dios en las divinas Escrituras, el empeño se redobla si pensamos en los pastores, que han de guiar a su pueblo hacia las mejores pasturas que alimenten la vida de sus comunidades.

La verdad que, en lo que sigue, no seremos para nada “originales, ”[26] ya que iremos cosechando lo que se encuentra espléndidamente compendiado en la ya mencionada encíclica de Benedicto XV, que ha seleccionado del copioso tesoro jeronimiano saludables orientaciones para el lugar preponderante que ha de ocupar la Biblia en toda la vida sacerdotal. El interés vital por la misma no puede reducirse simplemente al conjunto de exámenes escriturísticos que hubo que presentar durante los años preparatorios a la ordenación, sino que ha de constituir como el alma de toda vida ministerial: personal y de oración, pastoral, catequética y sobre todo homilética.[27] Damos, pues, la palabra a Benedicto XV:

“Pero ese deber, que Jerónimo inculca a todos los fieles, de estudiar el texto sagrado, lo impone muy particularmente a aquellos que ‘han tomado sobre sí el yugo de Cristo’ y cuya vocación celestial es predicar la palabra de Dios.

He aquí la exhortación, que en la persona del monje Rusticus, dirige a todo clérigo: ‘Mientras estés en tu patria, haz de tu celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre la Biblia en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra del Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos.’[28]

Al sacerdote Nepociano le da esta norma: ‘Relee con frecuencia las divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen.’[29]

También al sacerdote Paulino le explica: ‘Al final de su santísima visión dice Daniel que los justos brillan como las estrellas y que los inteligentes, es decir, los justos que poseen las Escrituras, como el firmamento. ¿Ves tú qué distancia separa la santidad sin la ciencia, de la ciencia unida a la santidad? La primera nos hace semejantes a las estrellas y la segunda al mismo cielo.’[30]

En otra ocasión, en una carta a Marcela, trata irónicamente de ‘la virtud sin ciencia’ de algunos clérigos: ‘Esta ignorancia, según ellos, les sirve de santidad y se declaran discípulos de los pescadores del lago, como si la santidad de éstos hubiese consistido en no saber nada.’[31]

Pero no son únicamente éstos, los ignorantes, observa San Jerónimo, los que cometen la falta de no conocer las Escrituras, sino que es también el caso de algunos clérigos instruidos; y emplea el Santo los términos más severos para urgir a los sacerdotes al contacto asiduo con los Libros Santos. Debéis tratar con gran celo, Venerables Hermanos [exhorta Benedicto XV], de grabar cada vez más profundamente las enseñanzas del santo exégeta en el espíritu de vuestros clérigos y de vuestros sacerdotes. Uno de vuestros primeros deberes, ¿no es acaso llamarles cuidadosamente la atención sobre lo que exige de ellos la misión divina, que se les ha confiado, si no quieren mostrarse indignos de ella? ‘Porque los labios del sacerdote serán guardianes de la ciencia y es a su boca a quien se pedirá la enseñanza, porque es el ángel del Señor de los ejércitos’[32]… ¿Y cómo es posible que el sacerdote señale a los demás el camino de la salvación si él mismo descuida de instruirse por la meditación de la Escritura? [Por todo lo cual] ‘la lectura de los Libros Santos será como el condimento de la palabra del sacerdote.’”[33]

Grave peligro de caer en el “Evangelio del hombre”

Haciendo eco a la grave advertencia paulina: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor y a nosotros como siervos vuestros por Jesús,”[34] Benedicto XV alerta cuanto sigue: “En cuanto al modo de exponer y de expresar, siendo la fidelidad lo que se busca en los dispensadores de los misterios de Dios, Jerónimo pone por principio que hay que atenerse ante todo a la ‘exactitud de la interpretación’ y que ‘el deber del comentarista es exponer, no ideas personales, sino las del autor que comenta;’[35] por lo demás ‘el orador sagrado –agrega– está expuesto cualquier día al grave peligro de convertir, por una interpretación defectuosa, el Evangelio de Cristo en el evangelio del hombre’[36]… Al conformarse a esta regla para la confección de sus obras, declara [Jerónimo] que, en sus comentarios, tenía por objeto no ‘hacer aplaudir’ sus palabras, ‘sino hacer comprender en su verdadero sentido las excelentes palabras de los demás.’[37]

E –interrumpiendo a Benedicto XV– es digno de notar la humildad de un “ex-ciceroniano” que, como ya vimos al comienzo, tanto se gozaba con la fina retórica de Marco Tulio. Pues “la explicación de la divina palabra [devolvemos el discurso a Benedicto XV] reclama, decía Jerónimo, lenguaje ‘que no tenga sabor de afectación, sino que descubra la idea objetiva, desentrañe el sentido, alumbre los pasajes oscuros y no sea entorpecido por la floración excesiva de los recursos dialécticos.’”[38]

Parece conveniente reproducir aquí algunos pasajes de San Jerónimo que muestran claramente el horror que le causaban la elocuencia propia de los retóricos, los cuales con la resonancia y emisión vertiginosa de palabras completamente huecas, sólo aspiran a conseguir vanos elogios: ‘No vayas a ser, le aconseja al sacerdote Nepociano, un declamador y un molino inagotable de palabras… Decir muchas palabras y hacerse apreciar por la volubilidad del lenguaje a los ojos del vulgo ignorante es cosa de necios.’[39] ‘Los espíritus cultivados, con que se cuenta hoy en día, no se preocupan para nada de asimilarse a la médula de las Escrituras, sino de acariciar los oídos de la multitud con flores de retórica.’[40] ‘No quiero decir nada de aquellos que, como yo mismo en otro tiempo, no llegan a abordar el estudio de las Sagradas Escrituras, sino después de haber frecuentado la literatura profana y halagado el oído de la muchedumbre por su estilo florido y que toman todas sus propias palabras por la ley de Dios sin dignarse averiguar lo que quisieron decir los profetas y los apóstoles, antes adaptan a su modo de ver testimonios que no les son conformes; como si fuese grande elocuencia y no la peor de todas, falsificar los textos y atraer por la violencia la Escritura a servir los fines que ellos persiguen’[41]… Por eso, en todo buscaba Jerónimo esta santa sencillez del lenguaje que no excluye el brillo ni la belleza. ‘Que otros se aficionen a disertar con voz enfática torrentes de palabras; en cuanto a mí, me contento en hablar para hacerme comprender y, al tratar de las Escrituras, con imitar la sencillez de las mismas Escrituras.’[42] En efecto, ‘sin renunciar a los atractivos del lenguaje, la exégesis católica debe velarlos y evitarlos, a fin de alcanzar, no vanas escuelas de filósofos y un puñado de discípulos, sino todo el género humano.’”[43]

Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est

No es posible acabar nuestra aproximación a este gigantesco amante de la Palabra de Dios inspirada en las Escrituras sin explayar de algún modo el clásico axioma que casi lo retrata.

Lo podemos fundamentar con la actitud misma del Señor Jesús. En sus discusiones con sus críticos, rabinos, doctores de la ley, fariseos, les hacía notar: “Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí.”[44] “Porque si vosotros creyérais en Moisés, me creeríais también a mí, porque él ha escrito sobre mí.” [45]

A los dudosos discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras.”[46] Después, a toda la primitiva comunidad eclesial, reunida en el Cenáculo, le confirmó la misma verdad: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de Mí.”[47]

Sería de nunca acabar mostrar de qué modo todo el Nuevo Testamento no es más que la desembocadura plenificada, profundizada, comprendida a fondo de la Antigua Alianza.

De modo espléndido lo expone Benedicto XV: “Hacia Cristo, en efecto, convergen como hacia su centro todas las páginas de ambos Testamentos; y comentando el pasaje del Apocalipsis, donde trata del río y del árbol de vida, Jerónimo escribe esta notable sentencia: ‘No hay más que un río que mana debajo del trono de Dios y es la gracia del Espíritu Santo y esta gracia del Espíritu Santo está encerrada en las Sagradas Escrituras, es decir, en ese río de las Escrituras. Y éste corre entre dos riberas que son el Antiguo y el Nuevo Testamento y en cada orilla se encuentra plantado un árbol que es Cristo’[48]

‘Cuando leo la Ley y los profetas el fin que me propongo no es limitarme a la Ley y los profetas, sino por la Ley y los profetas llegar hasta Cristo’[49]

Jerónimo saboreaba, pues, muy abundantes frutos en la lectura de los Libros Santos; de allí extraía esas luces interiores que lo hacían adelantar cada día más en el conocimiento y el amor de Cristo; en ellos bebía ese espíritu de oración, del cual habló tan bien y convincentemente en sus escritos; en la Escritura, por último, es donde adquiría esa admirable familiaridad con Cristo, cuyas dulzuras lo animaban a tender sin tregua, por el rudo sendero de la cruz, a la conquista de la palma del triunfo”.

Con estas últimas consideraciones de Benedicto XV, redondeamos los datos—que podrían multiplicarse ampliamente todavía—acerca de la excelente labor que San Jerónimo legó como grandioso tesoro a la Iglesia.

Y no podríamos olvidar de qué modo, para el santo en consideración, ese alimento de las Escrituras estaba íntimamente unido al de la Eucaristía, tal como lo recuerda el siguiente Benedicto XVI, citando al mismo Jerónimo: “La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida: éste es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida.”[50]

En Córdoba (Argentina), noviembre de 2015.


[1] Documento cuya fecha de emisión está expresamente declarada de este modo: “Dado en Roma, junto San Pedro, el 30 de septiembre, memoria de san Jerónimo, del año 2010, sexto de mi pontificado.”

[2] Junto con la anterior Aeterni Patris de León XIII (1893) y la posterior de Pío XII Divino Afflante Spiritu (1943) es considerada entre las tres encíclicas bíblicas más importantes, preparatorias casi de la Dei Verbum del Vaticano II (1965).

[3] En: Enchiridion Biblicum, Neapoli / Romae (1956) 444.

[4] Epistola 22, 30.

[5] Mateo 6, 21.

[6] Salmos 6, 6.

[7] Un proceso similar le sucedió al contemporáneo de Jerónimo, Agustín. También, antes de su conversión, se sintió movido a buscar la sabiduría divina, no por su encuentro con el Evangelio, sino en la lectura de la obra debida a un famoso autor pagano: el Hortensius, también de Cicerón (escrito que no ha llegado hasta nosotros). “Este libro (Hortensius) trocó mis afectos y me mudó de tal modo, que me hizo dirigir a Vos, Señor, mis súplicas y ruegos y mis intenciones y deseos fuesen muy otros de lo que antes eran” (Confessionum, liber III, cap. 4). Por otra parte se rehusaba a leer la Biblia por su estilo demasiado simple: “Determiné, pues, dedicarme a la lección de las Sagradas Escrituras, para ver qué tal eran. Y conocí desde luego que eran una cosa que no entendían los soberbios y era superior a la capacidad de los muchachos; que era humilde en el estilo, sublime en la doctrina y cubierta por lo común y llena de misterios; y yo entonces no era tal que pudiese entrar en ella, ni bajar mi cerviz para acomodarme a su narración y estilo. Cuando las comencé a leer, hice otro juicio muy diferente del que refiero ahora, porque entonces me pareció que no merecía compararse la Escritura con la dignidad y excelencia de los escritos de Cicerón” (Ibid., III, cap. 5). Ya Benedicto XV había establecido esta analogía entre los dos grandes doctores de la Iglesia latina: “(Jerónimo) había experimentado en efecto las mismas repugnancias que Agustín confesaba haber él mismo probado, cuando emprendía el estudio de las Sagradas Letras” (Spiritus Paraclitus, en: Enchiridion Biblicum, 468). Esto no quiere decir que, en adelante, tanto Jerónimo como Agustín, nunca más hubieran acudido a los escritos de los clásicos paganos. Sólo quisieron indicar hasta qué punto cambiaron sus jerarquías de valores, colocando en su lugar preeminente a los escritos inspirados por el mismo Dios. No descuidaron los aportes por los que también los paganos, por solas luces naturales, podían sostener el recto pensamiento y la vida virtuosa, tal como ya lo hicieran Pablo en el Areópago (Hechos 17, 28; Romanos 1, 20), los Padres Apologetas, sobre todo San Justino y egregiamente Santo Tomás de Aquino con Aristóteles.

[8] Romanos 15, 4.

[9] Epistola 125, 12 ad Rusticum.

[10] Ya desde los siglos II y III hubo versiones latinas de la Sagrada Escritura (conocidas hoy como Veteres latinae), pero se trataba de “traducciones de traducción”, ya que partían del texto griego de la LXX, no de los originales, en cuanto al A.T.

Notemos, también de paso, la humildad del Papa Dámaso, quien, consultando al sabio experto Jerónimo, le había escrito antes: “No encuentro tema más digno de nuestra conversación que el hablar de las Escrituras, pero de manera que yo haga preguntas y tú las contestes” (Epistola 35, 1 Damasi ad Hieronymum).

[11] En cuanto al valor científico de sus exégesis, no es igualmente apreciado. Muchas veces se contenta con enumerar las interpretaciones que se han dado hasta ese momento, sin pronunciarse sobre las mismas, de modo que M. Testard, concluye: “Se ha de confesar que el procedimiento es demasiado moderno y decepcionante” (Saint Jerôme, Paris –1969– 49). Algo semejante observa D. Ruiz Bueno (editor en latín y castellano de las Cartas de San Jerónimo), quien recuerda primeramente el consejo de Benedicto XV: “Si alguna vez ha sido necesario que todos, clero a par que pueblo cristiano, se imbuyan del espíritu del Doctor Máximo, lo es señaladamente en nuestra época, en que tantos se levantan con orgullosa terquedad contra la autoridad e imperio de la revelación divina y del magisterio de la Iglesia” (Spiritus Paraclitus, en: Enchiridion Biblicum, 488). Pero acto seguido añade Ruiz Bueno: “¡Imbuirse, penetrarse del espíritu de Doctor Máximo! Del espíritu, no de la letra. Su obra en el terreno bíblico y acaso principalmente en él, es caduca. El alegorismo sobre todo. Que fue sin duda fuente de fervor en otros tiempos, nos deja a nosotros irremediablemente fríos” (“Introducción general” en su obra: Cartas de San Jerónimo –Edición bilingüe, Madrid /1962/ 30-31). Se coincide que su más sobrio y valioso comentario es el que confeccionó para el Evangelio de San Mateo (M. Testard, ibid., 53-54). Concediendo que se deja llevar del “alegorismo”, sobre todo de Orígenes (al cual, sin embargo, condenará más tarde por sus errores), se ha de admitir con J. Forget: “Con todo se encuentra en casi todos lados (de los comentarios jeronimianos) observaciones muy justas y datos precisos, que constituyen todavía hoy excelentes testimonios de la antigua tradición judía y cristiana. Desde el punto de vista del método crítico, la obra es de un gran mérito en su conjunto. ‘El modo con el que él (Jerónimo) ha hecho sus comentarios sobre los profetas es el mejor de todos’, dijo Richard Simon” (“Jérôme” en: Dictionnaire de Théologie Catholique, VIII –Première Partie, Paris –1924– col. 911, citando a: R. Simon, Histoire critique du Vieux Testament, 1, III, cap. IX).

[12] A. Penna, San Jerónimo, Barcelona (1952) 100.

[13] Epistola 30 a Paula, 13.

[14] Algunas de las cuales lo seguirían en el retiro definitivo de Jerónimo en Belén, entre ellas Paula y su hija Eustoquio.

[15] Epistola 22, 17 ad Eustochium.

[16] Epistola 148, 14 ad Celantiam. Si bien algunos dudan de que este escrito se deba a la pluma de Jerónimo, atribuyéndolo, ya a San Paulino de Nola, ya a Sulpicio Severo, acudimos igualmente a ella, dado que está en consonancia con la visión jerominiana de la Sagrada Escritura en la vida de cada cristiano.

[17] Romanos 2, 13.

[18] Mateo 7, 12.

[19] Ibid., 24.

[20] San Jerónimo, 391.

[21] En su nota 4, recuerda la famosa sentencia de nuestro santo: “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (In Isaiam, lib. I, prolog.)

[22] Cita ahora: In Michaeam 2, 6.

[23] Aquí tiene en cuenta a: In Galatas 1, 11-12.

[24] Epistola 130, 20 ad Demetriadam. Esta noble dama romana con su madre Juliana y su abuela Anicia Proba Faltonia habían huido al África, ante la invasión de Roma por los visigodos al mando de Alarico.

[25] Proverbios 4, 6.8.

[26] Ni pretendimos serlo en lo que antecede.

[27] Estas recomendaciones de Benedicto XV serán retomadas, ni más ni menos que por el Vaticano II en su Constitución dogmática Dei Verbum, 24-25: “El estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la sagrada teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura” (nº 24). En el siguiente párrafo acudirá especialmente a Benedicto XV y el famoso refrán ya mentado de San Jerónimo: “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (In Isaiam, prol.)

[28] Epistola 125, 7, 3.

[29] Epistola 52, 7, 1. Interrumpiendo la exposición y referencias de Benedicto XV, notemos aquí de qué modo la capacidad apologética (tan menospreciada hoy día hasta en ámbitos católicos), pero tenida como muy necesaria desde los orígenes de la Iglesia (1Pedro 3, 15; 2Timoteo 4, 2-4; Tito 1, 13-14), es apreciada por Jerónimo como uno de los deberes de los sacerdotes en su ministerio.

[30] Epistola 53 ad Paulinum, 3.

[31] Epistola 2, 1.2. Acotemos que, si bien la historia de la Iglesia conoce y venera a sacerdotes que no fueron lumbreras doctorales, como el Santo Cura de Ars, es porque dones muy especiales y casi milagrosos suplieron su escasa preparación académica. San Juan Bautista María Vianney nunca menospreció las ciencias sagradas.

[32] Malaquías 2, 7.

[33] Epistola 52 ad Nepotianum, 8, 1.

[34] 2Corintios 4, 5.

[35] Epistola 49 ad Pammachium, 17.

[36] In Galatas 1, 11.

[37] Ibid., Praef, in 1, 3.

[38] Epistola 36 ad Damasum 14, 2. Benedicto XV, sin citarla, corrobora lo dicho, enviando a la Epistola 140 ad Ciprianum Presbyterum 1, de la cual entresacamos esta irónica descripción: “Gentes demasiado elegantes, que es más difícil entender sus explicaciones que lo mismo que intentan explicar.”

[39] Epistola 52 ad Nepotianum 8, 1.

[40] Dialogus contra luciferianos, 11.

[41] Epistola 53, ad Paulinum, 7, 2. Analógicamente, se ha de rechazar hoy en día, no tanto la búsqueda de un estilo rimbombante o exquisito, cuanto condenar no menos el afán de ganarse simpatías y adhesión de ciertos medios o público, acudiendo, ya en la predicación ya en publicaciones de la Iglesia, a un misericordismo alejado de la verdad. Como muchos hacen, subrayando que Jesús “comía con publicanos y pecadores” (Mateo 9, 11) y se opuso a los acusadores de la adúltera: “Tampoco yo te condeno”. Pero…, dejando en la sombra el “vete y no peques más” (Juan 8, 11). El mismo Jerónimo aconsejaba al ya citado Nopociano: “Permanece firmemente arraigado a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de que puedas exhortar según la sana doctrina y refutar a aquellos que la contradicen” (Epistola 52 ad Nepotianum, 7).

[42] Epistola 36 ad Damasum, 14, 2.

[43] Epistola 48 ad Pammachium, 4. Concluimos, por nuestra parte, que los sacerdotes, en nuestras homilías, hemos de evitar la expresión de todo gusto personalista, ya de estilo, ya de doctrina, que oscurezca el limpio mensaje de la Palabra de Dios, no sea que se nos aplique la reprimenda de Ezequiel: “Ustedes dicen ‘oráculo del Señor’, siendo así que yo no he hablado” (Ezequiel 12, 7).

[44] Juan 5, 39.

[45] Ibid., v. 46. Ver también en Juan: 1, 45; 2, 22; 12, 16; 19, 28.36; 20, 9.

[46] Lucas 24, 27.

[47] Ibid., v. 44.

[48] Tractatus in Psalmum 1.

[49] Tractatus in Mc 9, 1-7.

[50] Commentarius in Ecclesiasten, 3. Citado por Benedicto XVI en: Verbum Domini, 54, n. 191.

 

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