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Equipo de Dirección

Hace años un sacerdote católico “progresista” criticó un documento de los Obispos uruguayos por recaer en la visión (según él preconciliar y superada) de que el mundo marcha mal porque se ha alejado de Dios. Sin embargo, esa “lectura religiosa de la realidad” es, no sólo la de la Biblia y toda la Tradición de la Iglesia, sino también la del último Concilio Ecuménico. Baste una cita célebre para demostrarlo: “Si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece […] Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.”

Estas palabras del Vaticano II brillan hoy con la luz de una profecía cumplida. Es evidente que el derrumbe de la civilización cristiana y el avance de la secularización han traído sobre Occidente y el mundo entero, no sólo el recrudecimiento de males tales como las guerras y las injusticias sociales, sino también una multitud de plagas que, en su misma esencia o en su amplia difusión, son propias de nuestra época: anticoncepción, esterilización, aborto, reproducción artificial, divorcio, uniones libres, uniones homosexuales, eutanasia, suicidio asistido, drogadicción, etc.

A pesar de esto, muchos cristianos cierran los ojos ante la evidencia y siguen insistiendo en que lo importante no es la ortodoxia, sino la ortopraxis: no el creer en Dios y en su Divina Revelación, sino el vivir éticamente, sirviendo a los demás. Olvidan que no es posible obrar rectamente sin antes pensar rectamente. Objetivamente, el ateísmo es un pecado contra la fe, y por su misma dinámica tiende a la deshumanización. Quien de verdad considera al ser humano como un simple conjunto de átomos o un mero animal algo más evolucionado lógicamente tenderá a tratar a los demás como objetos o animales. Y si, por la gracia de Dios, no los tratare así, esto se deberá sólo a una feliz incoherencia, que subsiste en un precario equilibrio inestable. Si un no creyente de buena voluntad no piensa como vive, corre el fuerte riesgo de terminar viviendo como piensa.

Terminaremos esta breve reflexión citando unas luminosas palabras del Papa Benedicto XVI sobre la importancia y la urgencia de “la cuestión de Dios” en nuestra situación actual:

“Al respecto, me parece particularmente importante haber querido afrontar este año, en la asamblea plenaria, el tema de Dios: “La cuestión de Dios hoy.” Nunca deberíamos cansarnos de volver a proponer esa pregunta, de “recomenzar desde Dios,” para devolver al hombre la totalidad de sus dimensiones, su plena dignidad. De hecho, una mentalidad que se ha ido difundiendo en nuestro tiempo, renunciando a cualquier referencia a lo trascendente, se ha mostrado incapaz de comprender y preservar lo humano. La difusión de esta mentalidad ha generado la crisis que vivimos hoy, que es crisis de significado y de valores, antes que crisis económica y social. El hombre que busca vivir sólo de forma positivista, en lo calculable y en lo mensurable, al final queda sofocado. En este marco, la cuestión de Dios es, en cierto sentido, “la cuestión de las cuestiones.” Nos remite a las preguntas fundamentales del hombre, a las aspiraciones a la verdad, la felicidad y la libertad ínsitas en su corazón, que tienden a realizarse. El hombre que despierta en sí mismo la pregunta sobre Dios se abre a la esperanza, a una esperanza fiable, por la que vale la pena afrontar el cansancio del camino en el presente.

Pero, ¿cómo despertar la pregunta sobre Dios, para que sea la cuestión fundamental? Queridos amigos, si es verdad que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,” la cuestión sobre Dios se despierta en el encuentro con quien tiene el don de la fe, con quien tiene una relación vital con el Señor. A Dios se lo conoce a través de hombres y mujeres que lo conocen: el camino hacia Él pasa, de modo concreto, a través de quien ya lo ha encontrado. Aquí es particularmente importante vuestro papel de fieles laicos. Como afirma la Christifideles laici, ésta es vuestra vocación específica: en la misión de la Iglesia “los fieles laicos ocupan un puesto concreto, a causa de su “índole secular,” que los compromete, con modos propios e insustituibles, en la animación cristiana del orden temporal.”   Estáis llamados a dar un testimonio transparente de la importancia de la cuestión de Dios en todos los campos del pensamiento y de la acción. En la familia, en el trabajo, así como en la política y en la economía, el hombre contemporáneo necesita ver con sus propios ojos y palpar con sus propias manos que con Dios o sin Dios todo cambia.

Pero el desafío de una mentalidad cerrada a lo trascendente obliga también a los propios cristianos a volver de modo más decidido a la centralidad de Dios. A veces nos hemos esforzado para que la presencia de los cristianos en el ámbito social, en la política o en la economía resultara más incisiva, y tal vez no nos hemos preocupado igualmente por la solidez de su fe, como si fuera un dato adquirido una vez para siempre. En realidad, los cristianos no habitan un planeta lejano, inmune a las “enfermedades” del mundo, sino que comparten las turbaciones, la desorientación y las dificultades de su tiempo. Por eso, no es menos urgente volver a proponer la cuestión de Dios también en el mismo tejido eclesial ¡Cuántas veces, a pesar de declararse cristianos, de hecho Dios no es el punto de referencia central en el modo de pensar y de actuar, en las opciones fundamentales de la vida! La primera respuesta al gran desafío de nuestro tiempo es, por lo tanto, la profunda conversión de nuestro corazón, para que el Bautismo que nos ha hecho luz del mundo y sal de la tierra pueda realmente transformarnos.”

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