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Néstor Martínez Valls

El P. Jorge Costadoat S.J. ha publicado un artículo titulado Ante Amoris Laetitia, ¿qué hacemos los sacerdotes? Lo transcribimos y comentamos intercaladamente a continuación. Las negritas en mis intervenciones son mías.

“A propósito de la posibilidad de que los católicos divorciados vueltos a casar comulguen en misa, Amoris Laetitia señala que la institución eclesiástica debe procurar “integrar” a todos a la comunidad eclesial. El documento afirma que estas personas –aunque se encuentren en una situación anómala desde un punto de vista objetivo– pueden encontrarse en gracia, y los sacerdotes que han de tratar con ellas, en vez hacerles sentir culpables, podrían ayudarles con los sacramentos.”[1]

Comentario: Donde no dice explícitamente que puedan comulgar sin al menos antes haber formulado el propósito de vivir como “hermano y hermana.”

“De regreso de Lesbos se preguntó a Francisco por esta posibilidad. Su respuesta fue: “podría decir sí, y punto.” Y remitió a la explicación mayor dada por el Cardenal Schönborn.”

Comentario: Y el Cardenal Schönborn, en el lugar citado, sólo repite lo que dice Amoris Laetitia.

“¿Qué debiera hacer un sacerdote al que se le acerca una persona pidiéndole participar plenamente en la Eucaristía? Mi opinión es que, por de pronto, tendría que acogerla como si no dependiera de él darle permiso para comulgar. Esta decisión, en última instancia, debiera tomarla ella en conciencia.”

Comentario: Pues sí depende del sacerdote precisamente el aceptar o no que esa decisión que la persona toma “en conciencia” tenga por efecto, eventualmente, el darle la absolución y la Eucaristía a un adúltero que no tiene propósito de enmienda, cometiendo por tanto un sacrilegio el sacerdote, y permitiendo y posibilitando que lo cometa el confesante y comulgante.

“El sacerdote, por su parte, debiera acompañarla y cooperar a que asuma esta decisión, la que puede ser ocasión de un crecimiento humano y espiritual.”

Comentario: “Crecimiento espiritual,” solamente en el caso de que decida abstenerse de comulgar dada su situación objetiva de pecado, o decida separarse de su compañero de adulterio, o decida convivir con él en adelante como ”hermano y hermana.” De lo contrario, la decisión será, como dice San Pablo, un paso hacia la condenación eterna, cosa que misericordiosamente el sacerdote debe evitar por todos los medios a su alcance, entre ellos, mediante la negación de la absolución y la comunión mientras la persona persista en esa actitud.

“Será muy importante ayudar a la persona a que tome conciencia de los errores que ha podido cometer en su primer matrimonio; a evaluar si puede recuperar aun su compromiso matrimonial anterior o si el nuevo compromiso es irreversible porque, por ejemplo, sería irresponsable volver atrás habiendo nuevos hijos que educar; a examinar si realmente quiere crecer en su pertenencia eclesial o simplemente desea recuperar un derecho perdido.”

Comentario: En la hipótesis de que no sea posible dejar de convivir con los hijos nacidos de la unión adúltera, eso sólo podrá hacerse cristianamente, como dice Familiaris Consortio n. 84, mediante la decisión de vivir en adelante como ”hermano y hermana.” No existe en la doctrina católica la “situación de pecado irreversible,” porque es central en el Evangelio la llamada a la conversión.

“Dependiendo el caso, el sacerdote pudiera también recomendarle que recurra a un psicólogo que le ayude a sanar las heridas de la destrucción de su primer matrimonio y a aprender de su experiencia para que su segunda familia sea más feliz que la anterior.”

Comentario: Segunda familia, solamente en el caso de viudez del primer matrimonio o que se declare por la Iglesia la nulidad del mismo. De lo contrario, no es una familia, sino una unión adúltera, objetivamente contraria a la ley divina, porque sin matrimonio no hay familia, y el matrimonio, en la doctrina católica, es indisoluble. Y esto, como otras cosas que veremos, es doctrinal, no solamente “pastoral.”

“Una vez que la persona haya podido atar los cabos que habían quedado sueltos de su ruptura y tenga un deseo suficientemente serio de vivir su nueva relación con fidelidad y de por vida, podrá pedir al sacerdote el sacramento de la reconciliación y, éste, sin hacer de administrador de justicia, tendrá que dárselo y de todo corazón.”

Comentario: De nuevo, fidelidad, si hay previa viudez o nulidad matrimonial. De lo contrario, es absurdo hablar de “fidelidad” en medio del adulterio, o sea, precisamente, en medio de la infidelidad matrimonial.

Aquí se ve, además, que sí depende del sacerdote, en última instancia, si la persona es recibida o no a la Reconciliación y a la Eucaristía, de modo que no sirve tratar de esconder la propia responsabilidad en el asunto y cargarla solamente a la “decisión de la conciencia” del fiel. El sacerdote deberá dar cuenta a Dios de esa decisión por la cual encaminó a hermanos suyos en la fe al sacrilegio eucarístico y, según palabras de San Pablo, a la condenación eterna.

En efecto, el sacerdote no puede dar la absolución sacramental si no hay propósito de enmienda y por tanto no hay arrepentimiento. Aquí no es cuestión de “normas,” sino de realidades conocidas mediante la fe en la Revelación divina. La realidad de la absolución sacramental es que no existe si no hay arrepentimiento del penitente, y la realidad del arrepentimiento es que no existe si no va acompañado del propósito de enmienda. Y también es parte de la realidad de la absolución sacramental, conocida en la fe, que no existe sin arrepentimiento y sin propósito de enmienda, y que dar los pasos para recibirla sin tener arrepentimiento ni propósito de enmienda es un sacrilegio, o sea, la profanación de una cosa sagrada, que por sí mismo es un nuevo pecado, por lo menos tan grave como el adulterio mismo, o más aún, pues va directamente contra Dios.

Y lo mismo, con más fuerza aún, hay que decirlo del Sacramento por excelencia, que es la Eucaristía, en la que se recibe a Nuestro Señor Jesucristo, verdadera y sustancialmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies sensibles del pan y del vino, y que requiere absolutamente, para no ser recibido sacrílegamente, que el que lo reciba esté en gracia de Dios, habiendo recibido por tanto válidamente la absolución por los pecados cometidos anteriormente.

Y no sirve la excusa de que estas personas pueden estar en gracia de Dios al no ser subjetivamente culpables de su situación objetiva de pecado por tal o cual atenuante o eximente, porque eso sólo lo puede saber Dios, no la Iglesia, que no juzga la conciencia de las personas, porque no la conoce, no siendo Dios, y que es la encargada de dar o denegar la absolución y la comunión sacramental.

Negar que éstas sean realidades conocidas por la fe en la Revelación divina es entablar un debate doctrinal y no solamente querer cambiar la aplicación de la doctrina a la práctica.

“Los sacerdotes en estos momentos estamos a la espera de que nuestros obispos o conferencias episcopales nos den criterios u orientaciones parecidas a éstas. El Papa no ha querido modificar la regla general, siendo innumerables las situaciones en las cuales las personas se pueden encontrar (Amoris Laetitia 300.) Los sacerdotes, digo, necesitamos precisiones más claras para cumplir con el mandado de misericordia de Amoris Laetitia.”

Comentario: Ante todo, aquí se reconoce implícitamente que la Exhortación, con su reconocida ambigüedad, no ha decidido el tema. Y no lo ha hecho, porque no se puede pretender que un documento papal vaya contra la doctrina católica. Y tampoco pueden hacerlo por tanto los Obispos ni las Conferencias Episcopales, salvo que estén dispuestos a embarcarse en el cisma, separándose ellos, no los que son fieles a la doctrina, de la unidad de la Iglesia.

“Hemos sufrido mucho negando los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía a las personas que necesitaban más ayuda que nadie. Por fin llegó la hora de hacernos verdaderamente responsables de todos los católicos en vez de guardianes fieros de la doctrina.”

Comentario: Precisamente, la ayuda que necesitan esas personas es que se las llame y mueva eficazmente, por tanto con el auxilio de la gracia divina, a la conversión, y por tanto a la separación de su compañero de adulterio o a vivir en adelante con él como “hermano y hermana.” Para eso está el sacerdote, para eso se ordenó, para eso entregó su vida a Cristo, que no vino a este mundo a gozar sino a llevar la Cruz y a sufrir por la salvación de todos. Y la forma de responsabilizarse de los hermanos en la fe no es ayudarlos a cometer el pecado de sacrilegio contra la Penitencia y contra la Eucaristía. En estos temas, ser guardianes fieros de la doctrina es ser guardianes fieros de esas almas que por el sacrilegio eucarístico se encaminarían a la condenación eterna, y que han sido encomendadas por la Iglesia al sacerdote para que dé su vida, si es necesario, por su salvación.


[1] Amoris Laetitia, nota 351.