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Daniel Iglesias Grèzes

En una reunión de mi grupo de oración, uno de los integrantes del grupo contó la siguiente anécdota. Habiendo invitado a un amigo suyo, católico no practicante, a un breve retiro espiritual, recibió la siguiente respuesta a través de un mensaje de texto en su teléfono móvil: “Dame una sola razón para que yo vaya.” Mi compañero de grupo le contestó indicando tres razones, una de ellas muy personal. Creo que vale la pena reflexionar sobre qué podríamos contestar nosotros (católicos militantes) en una situación similar. Naturalmente, para dar la respuesta más adecuada convendría conocer las circunstancias personales del interlocutor; pero de todos modos hay algunas respuestas posibles que tienen validez general. También es obvio que esas respuestas válidas son muchas, no una sola; pero quisiera analizar aquí algunas de ellas.

Mi tendencia dominante me impulsaría sin duda a responder: “Porque la religión católica es verdadera.” Es decir: porque es verdad que Dios existe, que Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne, que la Iglesia Católica es lo que ella dice ser: el sacramento universal de salvación, de la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Esta respuesta no debe considerarse ni como una demostración suficiente ni como una afirmación arbitraria. Es claro que no es posible dar razón de nuestra esperanza adecuadamente en un mensaje de 140 o menos caracteres. La respuesta en cuestión es más bien una expresión de mi convicción sobre la solidez de los fundamentos de la fe católica y una invitación a re-examinarlos para, con la ayuda de Dios, robustecer una fe que tal vez esté en crisis.

También es claro que no es necesario que cada fiel católico sea un experto en apologética. Pero si es verdad, como afirmó con razón el Papa Benedicto XVI, que la actual crisis eclesial es sobre todo una crisis de fe, entonces se vuelve ineludible dirigir la atención de nuestras mentes a la gran cuestión de la verdad, una cuestión absolutamente capital para la religión cristiana. Parafraseando al Beato Cardenal Newman, sostengo que al cristiano no le basta una vaga religiosidad relativista. Un sentimiento religioso cristiano sin certeza sobre la realidad de Dios o sobre la Divina Revelación en Cristo es algo tan absurdo como un sentimiento de paternidad sin la realidad de un padre.

En otras palabras, la respuesta que propongo es una invitación a considerar nuestra verdadera situación. Si Dios existe, y hay muchas excelentes razones para creer que Él existe, entonces es evidente que tengo que adorarlo. Si Dios me ama, y tenemos muchas pruebas de ello, entonces es obvio que debo corresponder a su amor. Si Dios me habla en Jesucristo y en la Iglesia, y tenemos muy buenas razones para creerlo, entonces es evidente que debo escucharlo y obedecerlo, aunque ello me cueste algunas renuncias o sacrificios.

Como comentó otro miembro del grupo, otra respuesta posible, de resonancias evangélicas, es: “Ven y verás.” Es claro que también esta respuesta tiene su propia validez y eficacia. Pero quisiera señalar algunas de sus limitaciones.

En primer lugar, el interlocutor pedía una razón actual, y esta respuesta pospone la cuestión: “Ven y encontrarás la razón que buscas.”

En segundo lugar, el valor de esta respuesta depende en cierto modo del valor de la respuesta anterior. El bien y la belleza de una experiencia religiosa dependen decisivamente de la verdad de su contenido. Dicho de otro modo, una experiencia religiosa sólo podrá ser buena y bella, realmente atractiva, en la exacta medida en que sea verdadera, es decir que la respectiva religión sea verdadera.

En tercer lugar, aunque en sí misma la apelación a la experiencia religiosa sea válida, puede fácilmente malinterpretarse en el sentido del subjetivismo dominante en nuestra cultura. En última instancia, dicha experiencia será fructuosa si no se reduce a una exploración de nuestra propia subjetividad, sino que es la experiencia de un encuentro con Cristo, una persona real y objetiva, no una idea ni un sentimiento.

Una tercera respuesta posible que quiero analizar aquí es la referencia a la caducidad de la vida humana. Cuando la propuse, uno de mis compañeros la rechazó instintivamente, diciendo que no convenía apelar al miedo a la muerte o al infierno. Pero, de nuevo, no se trata aquí de asustar a nadie, sino de reconocer nuestra verdadera situación. Somos seres mortales; y, vistas desde la perspectiva de la eternidad, muchas cosas que ocupan gran parte de nuestros afanes son vanidades.

La muerte es uno de los temas clásicos de la meditación cristiana. La cultura dominante hace enormes esfuerzos para ocultarnos la muerte y distraer de ella nuestra atención, pero en definitiva esos esfuerzos son vanos. No podemos no tomar en cuenta un factor tan crucial de nuestra existencia. El mismo Jesucristo, en su predicación, se refirió con frecuencia a la muerte y las demás “realidades últimas” (el juicio, el infierno y el Cielo.) También nosotros debemos invitar a nuestros hermanos a estar vigilantes, siempre prontos para el encuentro definitivo con nuestro Creador.