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Raymond de Souza

La mayoría de las personas del mundo no han experimentado milagros. El milagro es contrario a la experiencia humana común. Pero la mayoría de la gente tiene experiencia de falsos testimonios de otras personas. Los humanos tienden a mentir a veces. Por lo tanto, cuando alguien dice ‘¡Es un milagro!’, es inmensamente más probable que la afirmación del milagro sea falsa que no que sea verdadera.

Respuesta: Realmente no. Lo que es improbable sucede muchas veces. Por ejemplo, si Cristóbal Colón hubiera visto un aeroplano volando sobre su barco y hubiera reportado al Rey de España lo que había visto, ¿habría sido razonable que el Rey dijera ‘Yo nunca he visto esa cosa voladora de la que hablas. Por lo tanto, no debe de ser verdad’?

¿La experiencia del Rey –o la experiencia de cualquier otra persona– es suficiente para hacer que algo sea verdadero o falso? Obviamente no. Y esto es así por varias razones:

Primero, el testimonio de un testigo concienzudamente confiable sería rechazado. Si tales testigos pueden ser descartados, ¿a quién le creerás?

Segundo, uno descartaría la posibilidad de que un inventor inteligente haga una máquina tal, como si la tecnología se hubiera congelado en su época y para siempre.

Ocurre lo mismo en el caso de un milagro atestiguado por un testigo confiable: si tú no confías en la gente confiable, ¿en quién confiarás? ¿Sólo en ti mismo? Sólo porque tú no estabas allí para ver el milagro, ¿por ende no es verdadero? Dado que tú crees en Dios, ¿niegas Su poder de realizar un milagro? No, esta forma de rehusarse a creer no es razonable.

La Iglesia Católica es extremadamente lenta en afirmar que un evento particular fue un milagro, como el hombre ciego que recobró su vista instantáneamente en Lourdes o la sangre de San Genaro que se licúa cada año el mismo día en la Catedral de Nápoles. No. La investigación es concienzuda y confiable. Por lo tanto, cuando la evidencia es aceptada, es tonto dudar de ella; de otro modo nunca creeríamos en nada, ¡ni siquiera en quiénes son nuestros padres!

Segunda objeción: el avance de la ciencia –¡oh, la divina ciencia!– ha terminado, de una vez por todas, con todo tipo de creencia en cosas sobrenaturales. Por lo tanto, los milagros son para los niños y para esas pobres almas crédulas que creerán en casi cualquier cosa…

Respuesta: nadie muere para defender una mentira. Tú puedes dar tu vida por algo que crees que es verdad, pero si tú sabes que tu creencia es una broma, un fraude o un truco, no morirás por ella. Ahora bien, considera la Resurrección de Jesucristo. Los primeros cristianos no eran personas pequeñas y tontas, crédulas hasta el extremo de creer en cuentos de hadas, ¡y sin embargo ellos dieron sus vidas para afirmar la verdad de la Resurrección! Ésa es la prueba más fuerte de credibilidad. Además, para uno de los primeros cristianos, creer en Cristo implicaba a menudo romper con su familia, su cultura y su país, y también sufrir persecución. Los primeros cristianos aceptaron la Resurrección con base en una evidencia abrumadora. El apóstol Tomás fue incrédulo hasta que vio a Jesús resucitado, y posiblemente incluso hasta que tocó Sus heridas. Pablo fue un perseguidor de la Iglesia primitiva, ¡el mejor ejemplo de un no creyente que es golpeado en la cara por un milagro, y cree!

Pero ¿el Imperio Romano era una pequeña tribu de nativos incivilizados, sin una cultura, una filosofía y un desarrollo intelectual? ¡No en absoluto! Muchos de los primeros cristianos, tanto en Roma como en Grecia, provinieron de las clases altas, y eran personas cultas, civilizadas e inteligentes. No se puede engañar fácilmente a personas como ésas. Ellos se volvieron cristianos convencidos por la evidencia irrefutable que les fue presentada – ¡Cristo resucitado! El mayor milagro de la historia sucedió en verdad.

En todas las épocas hay gente crédula, sí, como hoy los creyentes en la evolución materialista, que fuerzan una cantidad de fe en sus mentes para creer algo completamente anticientífico pero de moda en círculos modernos, y hay también mentes inteligentes con un juicio crítico, que analizan la realidad y alcanzan la verdad de que un milagro dado ocurrió realmente.

Tercera objeción: supongamos que los malos espíritus pueden hacer milagros, ¿entonces qué? ¡Tú estarías creyendo en ellos!

Respuesta: esta objeción es tan tonta como improbable. Ante todo, decir eso presupone la fe en Dios y en Sus Ángeles, algunos de los cuales desobedecieron a su Creador y fueron castigados. Hasta aquí tenemos algo en común. Pero los malos espíritus –los demonios– son capaces de realizar milagros aparentes en la medida en que Dios les permite hacerlos. Los ángeles y los demonios no son mini-dioses, capaces de hacer todo lo que quieran. Los mismos ángeles realizan milagros por permiso y por el poder de Dios. Dios no permitirá que la gente buena sea engañada por los trucos de los demonios. Y usualmente no es difícil identificar el truco, dado que comúnmente es realizado por gente de dudoso balance mental o moral, o por el carácter absurdo de su doctrina, comparada con las enseñanzas del Evangelio.

Cuarta objeción: ¿Quién conoce todo el poder de la Naturaleza? ¿Quién sabe lo que la energía solar o el magnetismo o los elementos químicos o alguna otra cosa pueden hacer? Los milagros cristianos probablemente fueron reacciones naturales que hoy no conocemos o siquiera entendemos, pero algún día lo haremos, estoy seguro…

Respuesta: Sí, por supuesto, bien podría haber en la Naturaleza poderes que no conocemos pero podríamos descubrir en el futuro –ojalá para beneficio de la humanidad y no para su destrucción–. Bien. Pero hay cosas que sabemos que las fuerzas naturales no pueden hacer. Por ejemplo: sabemos que un doctor puede traer de nuevo a la conciencia a un hombre que está en coma, pero también sabemos que no puede devolver la vida a un hombre muerto y enterrado hace cuatro días, y que ya huele a descomposición. Eso lo sabemos con certeza. Más aún, a pesar de la creencia mítica de la evolución materialista, sabemos que un científico no es capaz de convertir instantáneamente materia inerte en una célula viva. O tomar a un hombre ciego de nacimiento y hacer en un momento que él vea. Y sabemos que un hombre puede dividir un pan en muchos pedazos para alimentar a cierto número de personas, pero no puede multiplicar ese pan casi infinitamente. Sabemos que esas cosas no pasan. Si negamos ese conocimiento, entonces toda forma de pensamiento racional es imposible. Todo lo que tendríamos sería ignorancia compartida…

Más aún: ciertamente será posible, con el avance de la tecnología médica, construir máquinas que mantendrán vivas a las personas por un largo tiempo o incluso restaurarles la salud de formas antes nunca vistas. Las cirugías actuales del cerebro o del corazón abierto son grandes logros del progreso científico y tecnológico. Pero el artífice del milagro no usa máquinas, ni tecnología, ni electricidad; no usa nada más que su oración… Sí, ¡eso es un milagro!

 

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