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Equipo de Dirección

En el Año de la Misericordia conviene recordar especialmente aquellas obras de misericordia que hoy son menos apreciadas y practicadas. La Tradición de la Iglesia nos enseña que hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales. Las obras de misericordia corporales son: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos y enterrar a los difuntos. Las obras de misericordia espirituales son: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rezar a Dios por los vivos y por los difuntos. Todas estas obras de misericordia son importantes y deben ser vividas por todos los cristianos con una intensidad y fidelidad cada vez más honda. Sin embargo, es preciso reconocer que, aunque nos queda mucho por hacer en el ámbito de la misericordia corporal, en nuestra época nuestros fracasos y omisiones son mucho mayores en el ámbito de la misericordia espiritual. Sucede que, mientras que las obras de misericordia corporal son en general bien vistas por todos, las corrientes de pensamiento predominantes en la cultura contemporánea se oponen frontalmente a las obras de misericordia espiritual.

El relativismo, el agnosticismo y el subjetivismo se oponen a las tres primeras obras de misericordia espiritual: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca. El relativista niega la existencia de una verdad objetiva, y muy especialmente de las verdades de orden religioso y moral, que son las principales para el ser humano. Si la verdad objetiva no existe, tampoco puede ser conocida y mucho menos comunicada a otros. Por lo tanto, sería imposible enseñar al que no sabe, ya que nadie sabría nada en términos objetivos, sino que cada uno tendría “su verdad.” Pretender enseñar a otro “mi verdad” sería una imposición, una falta de respeto a la libertad del otro. Con mayor fuerza aún—en ese falso marco conceptual—se rechaza el corregir al que yerra. Ante todo porque, si cada uno tiene “su verdad,” nadie yerra. ¿Quién soy yo para juzgar que otro está equivocado? Según la cultura relativista, decirle a otro que está equivocado es casi el colmo de la ofensa y la intolerancia; pero hay otra obra de misericordia espiritual que es aún más odiada. Cuando el cristiano no se limita a corregir teóricamente al que yerra, sino que le da un buen consejo práctico—porque quien está equivocado generalmente lo necesita y mucho—entonces muchos sienten que comete la mayor ofensa posible: “entrometerse” en la vida del otro.

En este punto debemos tomar en cuenta otro aspecto fundamental de la cultura contemporánea: el individualismo. Si cada ser humano existe y vive sólo para sí mismo, sin que deba preocuparse por el bien y la felicidad de los demás, y sin establecer con ellos más vínculos que los utilitarios, entonces la actitud básica del hombre con respecto a su prójimo es la reflejada en la célebre pregunta de Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” En esta perspectiva individualista no hay verdadera solidaridad, no hay responsabilidad de cada uno por todos los otros; y por supuesto es impensable dar un buen consejo al que lo necesita pero no lo pide ni lo quiere. Por ejemplo, la ideología individualista impulsa hoy a muchos psicoterapeutas a atender a sus pacientes sin involucrarse personalmente de ninguna manera en sus vidas.

El individualismo se opone también a otras obras de misericordia espiritual: perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Si cada uno vive para sí mismo, buscando para sí el máximo placer, ¿para qué esforzarse en consolar al triste? Más bien se tenderá a huir del triste, a dejarlo solo, por considerarlo una persona “tóxica,” que atenta contra la felicidad de uno. Si sólo me importan mis “derechos” y no reconozco verdaderos deberes morales para con los otros, ¿por qué he de sufrir con paciencia los defectos del prójimo? Más bien tenderé a no soportar esos defectos en absoluto, sino a rechazarlos de forma enérgica e impaciente, tanto más cuanto más me molesten. Y sobre todo, en la falsa y triste perspectiva del individualismo, ¿por qué habríamos de perdonar al que nos ofende? Más bien tenderíamos a cortar nuestros lazos con él, o bien a responder a su ofensa con otra ofensa.

El relativismo, el agnosticismo, el subjetivismo y el individualismo desembocan tarde o temprano en el secularismo, la característica más saliente de nuestra actual cultura occidental. Y el secularismo tiende a ahogar, y en última instancia a eliminar, la última obra de misericordia espiritual: la oración por los vivos y por los difuntos. Pretende expulsar a la religión del ámbito público y recluirla en el ámbito privado porque no reconoce en ella ninguna verdad objetiva, sino sólo un sentimiento irracional y subjetivo. Y cuando ese secularismo llega a calar en los creyentes y a impregnar su pensamiento y su acción, la crisis de fe se vuelve inevitable, porque Dios deja de ser el Ser Absoluto y Realísimo, el Creador y Señor del universo, para pasar a ser una pía y consoladora invención humana; y a una mera idea no se le puede hablar, no se le puede rezar en serio.

Por la primacía del espíritu sobre la materia, aun reconociendo la necesidad y la urgencia de las obras de misericordia corporal, se debe dar (hoy y siempre) una prioridad ontológica a las obras de misericordia espiritual. De lo contrario, nuestra caridad tenderá a diluirse, convirtiéndose en mera filantropía.

“Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: “la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo.” Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas.”[1]


[1] Benedicto XVI, “Mensaje para la Cuaresma 2006”, 29 de septiembre de 2005