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Néstor Martínez Valls

El pasado mes de mayo el Cardenal Koch hizo las siguientes declaraciones, reportadas por el Catholic Herald:

“Los cristianos tienen la misión de convertir a todos los musulmanes, de acuerdo con uno de los principales asesores del Papa Francisco.

El cardenal Kurt Koch, encargado de las relaciones ecuménicas en el Vaticano, hizo tales comentarios en una reunión interreligiosa celebrada por el Instituto Woolf de la Universidad de Cambridge.

El cardenal Koch también dijo que los cristianos no deben tratar de convertir los Judíos y deberían ver el judaísmo como una “madre.”

“Tenemos la misión de convertir a la gente de todas las religiones no cristianas [excepto el] judaísmo,” dijo, según los informes, antes de añadir que esto se extendía a los yihadistas responsables de la persecución de los cristianos en Oriente Medio.

El cardenal también instó a los cristianos a ver el judaísmo como una “madre” y dijo que el cristianismo y el judaísmo comparten una relación especial.

“Es muy claro que podemos hablar de tres religiones abrahámicas, pero no podemos negar que la visión de Abraham en la tradición judía y cristiana y la tradición islámica no es la misma,” dijo.

“En este sentido tenemos sólo con el pueblo judío esta relación única que no tenemos con el Islam.”[1]

Es claro que para hacer estas declaraciones el Card. Koch se basa en el documento recientemente publicado de la Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo, que depende del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

Dicho documento comienza aclarando que no es Magisterio de la Iglesia, y es una suerte que lo haga, porque lo que allí se afirma es contrario a la fe católica, como hemos explicado en mi reciente post Iglesia y Judaísmo.[2]

A raíz de las declaraciones del Card. Koch, ha visto la luz últimamente, como no podía ser de otro modo, la aclaración vaticana a cargo del P. Lombardi:

“Con respecto a algunos artículos en diferentes idiomas, que reportan recientes reflexiones del cardenal Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, en Cambridge (Instituto Woolf de la Universidad de Cambridge), el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Padre Federico Lombardi, consultado por nosotros, afirmó que se trata “de presentaciones mediáticas que no corresponden a lo que ha dicho el Cardenal y, en particular, distorsionan el significado y el contexto de sus reflexiones, como entre otras cosas lo demuestran las manifiestas diferencias conceptuales entre los títulos y el contenido de los artículos. Es claro por tanto que no es correcto atribuir al cardenal K. Koch una invitación al proselitismo respecto de los fieles musulmanes.” [3]

Sería bueno saber si estas declaraciones atribuidas al P. Lombardi son realmente suyas y si expresan realmente el punto de vista del Vaticano. En todo caso, asumimos, si se quiere provisoriamente, que son realmente declaraciones del P. Lombardi, y procedemos a comentarlas sin esperar a que aparezca alguien más explicando lo que el P. Lombardi dijo y lo que quiso decir.

Como podemos ver, el contenido de la aclaración no es, como alguno tal vez podía pensar, que sí debemos evangelizar a los judíos, sino que tampoco debemos evangelizar a los musulmanes.

Pasamos por alto lo relativo a la palabra “proselitismo,” porque mientras no se dé de ella una definición clara que muestre por qué se distingue del anuncio de Jesucristo como único Salvador con la finalidad de que el oyente crea, adopte la fe católica, e integrándose a la Iglesia disponga de la plenitud de los medios de la salvación, no parece que ayude algo a entender lo que se discute.

Por lo visto la dinámica “ecuménica” progresa aceleradamente, y a esta altura y a esta velocidad es pertinente plantear la pregunta acerca del hinduismo, por ejemplo. ¿A los fieles hindúes sí hay que evangelizarlos? ¿No tienen una riquísima tradición espiritual, los Vedas, Gandhi, etc.? Se nos responderá que no pertenecen a la rama abrahámica. Pero ¿es más esencial para la salvación la pertenencia al conjunto de religiones abrahámicas que la fe en Jesucristo? Si después que el Señor dijo “Nadie va al Padre sino por Mí,” decimos que no es necesario evangelizar ni a los judíos ni a los musulmanes, entonces ¿por qué vamos a “discriminar” a los hindúes, budistas, shintoístas, animistas, etc., diciendo que sus creencias sí son insuficientes para salvarse de modo que sí necesitan ser evangelizados?

Además ¿cuál es ahora el criterio? Porque luego de tanta exaltación del puesto especial del pueblo judío, de la Alianza de Dios con Israel, de los “hermanos mayores,” la “madre,” etc., ¿ahora resulta que los musulmanes están también a su mismo nivel? Repetimos: ¿una referencia vaga a Abraham es más importante que la fe en Jesucristo? En caso afirmativo, el “núcleo salvífico” ya no sería ni el cristianismo, ni el judaísmo, ni el Islam, y entonces ¿por qué no dar por bueno también el hinduismo, el budismo, la fe bahai, la “ciencia cristiana” y la umbanda?

En definitiva, estamos presenciando en vivo y en directo, a todo color y en pantalla gigante, la reducción al absurdo del progresismo católico. Es una demostración interesantísima y que sin duda dará algunas de las páginas más alucinantes de los futuros manuales de Historia de la Iglesia, pero también hay que reconocer que es bastante afligente y que debemos pedir al Señor con todas nuestras fuerzas que llegue cuanto antes el “quod erat demonstrandum.”

*

Nos interesa contrastar estas expresiones del Card. Koch y el P. Lombardi con pasajes muy expresivos de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco.

Un pueblo para todos

112 La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a Sí. Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la salvación ofrecida por Dios. Ella, a través de sus acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión. Bien lo expresaba Benedicto XVI al abrir las reflexiones del Sínodo: “Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser – con Él y en Él – evangelizadores.” El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización.”

Es claro por este texto que no hay salvación posible para el hombre sin la gracia de Dios, que se nos comunica por medio de Jesucristo y de su Iglesia. Es lógico, entonces, que el cristiano quiera la salvación también del judío, y en consecuencia, quiera que éste se convierta al Evangelio. ¿No es verdad? Es clara también la expresión de San Pablo, según la cual “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”[4]

Efectivamente, dice Evangelii Gaudium: “113 Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos, y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia. Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos.”[5] San Pablo afirma que en el Pueblo de Dios, en la Iglesia, “no hay ni judío ni griego […] porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”[6] Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes: ¡El Señor también te llama a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!”

O sea, no solamente que la salvación de Dios por la gracia de Jesucristo está destinada a todos los hombres, sino que es por la integración al Pueblo de Dios que los hombres han de recibir esa gracia salvadora, y ese Pueblo de Dios es la Iglesia de Cristo. Y es claro que entre “todos los hombres” se encuentran también los judíos. ¿No es cierto?

Sigue Evangelii Gaudium: “114 Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.”

De nuevo, “todo el mundo” incluye también a los judíos, ¿o vamos a discriminarlos? Sin embargo, el documento no magisterial (según se dice al comienzo del mismo) de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, dependiente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, da un sonido totalmente distinto:

40 Es fácil entender que la así llamada “misión a los judíos,” es para los judíos una cuestión muy delicada y sensible, porque a sus ojos lleva implicada la existencia misma del pueblo judío. Esta cuestión se demuestra también ardua para los cristianos, pues a sus ojos el significado de la universalidad salvífica de Jesucristo, y por consiguiente la misión universal de la Iglesia, tienen una importancia crucial. La Iglesia se ve así obligada a considerar la evangelización en relación a los judíos, que creen en un solo Dios, con unos parámetros diferentes a los que adopta para el trato con las gentes de otras religiones y concepciones del mundo. En la práctica esto significa que la Iglesia Católica no actúa ni sostiene ninguna misión institucional específica dirigida a los judíos. Pero, aunque se rechace en principio una misión institucional hacia los judíos, los cristianos están llamados a dar testimonio de su fe en Jesucristo también a los judíos, aunque deben hacerlo de un modo humilde y cuidadoso, reconociendo que los judíos son también portadores de la Palabra de Dios, y teniendo en cuenta especialmente la gran tragedia de la Shoah.”

¿Cómo se entiende esto? ¿La alegría del Evangelio es para todo el mundo, menos para los judíos? Aunque si atendemos a lo que dice el P. Lombardi, parece que habría que decir “menos para los judíos y los musulmanes.” La lista de excluidos parece tener tendencia a alargarse. Notemos además que el final del texto del documento recién citado parece haber sido desmentido por la última intervención del Card. Koch, según la cual simplemente no se debería tratar de convertir a los judíos.

Sin embargo, Evangelii Gaudium deja claro que la salvación en Jesucristo se dirige también, y en cierto sentido ante todo, a los judíos:

4  Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: “Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo.”[7] Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: “¡Dad gritos de gozo y de júbilo!”[8] A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén.”[9] La creación entera participa de esta alegría de la salvación: “¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido.”[10]

Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega “pobre y montado en un borrico”: ”¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!”[11]

Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: “Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo.”[12]

¿Se dirá que estas promesas estaban dirigidas al Israel del Antiguo Testamento, y no al pueblo judío posterior a la venida de Cristo? Pero es que las Promesas divinas se hacen para cumplirse. Y cuando se cumple la Promesa mesiánica, en Jesucristo, es claro que ya no estamos en el Antiguo Testamento…

Los judíos a los que se dirige Pedro en Pentecostés ya son posteriores a la venida de Cristo. Y es a estos judíos posteriores a la venida de Cristo que Pedro les dice: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar.”[13] El Apóstol Pedro tuvo suerte de proferir estas palabras un tiempo antes de que el Cardenal Koch estableciese la prohibición de tratar de convertir a los hijos de Israel, de modo que podría alegar en su disculpa la ignorancia de la norma…

Continúa Evangelii Gaudium: “14 […] Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción.””

Aquí es importante el hecho de que se deja claro que anunciar a Jesucristo (y no solamente “dar testimonio” de Él) no es proselitismo, de modo que en todo caso las palabras del P. Lombardi no hay que entenderlas en el sentido de que no se debe anunciar el Evangelio a los musulmanes.

Finalmente, tal vez este pasaje de Evangelii Gaudium dé la clave de lo que le hace falta a todos aquellos que en la Iglesia tienen dudas, al parecer, sobre la universalidad absoluta de la misión evangelizadora de la Iglesia:

264 La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: “Cuando estabas debajo de la higuera, te vi.”[14] ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, “lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos.”[15] La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.”


[1] “Christians have a mission to convert all Muslims, says Vatican official” The Catholic Herald, Lunes, 23 de Mayo 2016.

[2] “Iglesia y Judaísmo” por Néstor Martínez Valls, Infocatólica, en el blog “No Sin Grave Daño”, 1 de enero de 2016.

[3] “P. Federico Lombardi su alcuni articoli che riportano riflessioni recenti del cardinale Kurt Koch presso il Woolf Institute della Cambridge University.” Il Sismografo, 28 de mayo de 2016.

[4] 1Timoteo 2,4.

[5] Mateo 28,19.

[6] Gálatas 3,28.

[7] Isaías 9,2.

[8] Isaías 12,6.

[9] Isaías 40,9.

[10] Isaías 49,13.

[11] Isaías 9,9.

[12] Isaías 3,17.

[13] Hechos 2,38.

[14] Juan 1,48.

[15] 1Juan 1,3.