creacion-3

José Alfredo Elía Marcos

A lo largo del año 1994 el Papa Juan Pablo II, preocupado por la orientación que se estaba dando a los preparativos de los congresos internacionales, fue dando una serie de discursos orientados a defender la vida y la familia, dirigidos a los hombres de buena voluntad.

En su homilía pascual pidió que “frente a la vida que irrumpe en la historia, retroceda la cultura de la muerte que humilla al ser humano no respetando a las criaturas débiles y frágiles y hasta intentando dañar la dignidad sagrada de la familia, corazón de la sociedad y de la Iglesia. La familia continúa siendo la principal fuente de humanidad: cada Estado debe tutelarla como precioso tesoro.”

Días después, ante 50.000 fieles congregados en la Plaza de San Pedro, elevó la voz en varias ocasiones mientras hacía una apasionada defensa de los derechos de las familias. “No podemos tolerar la muerte sistemática de los que todavía no nacieron… No podemos seguir adelante con la muerte como única base de nuestra civilización. Debemos hacerlo con la cultura del amor que da la bienvenida a la vida.” Luego, el Papa pidió a los jefes de Estado que se opongan a los planes demográficos de la ONU, porque “con el control de nacimientos, la legitimación del aborto y la sexualidad individualista se puede destruir la familia y la dignidad del individuo,” según el Sumo Pontífice. Con motivo de la cumbre de El Cairo de 1994 el Papa dirigió una carta a los jefes de Estado de todo el mundo y su texto fue dado a conocer. Nadie, advirtió el Pontífice, puede “manipular la institución familiar” y es sobre este punto donde “nuestras sociedades se construyen o se destruyen.” El mensaje también fue dirigido al secretario general de las Naciones Unidas, Boutros Ghali, porque el proyecto final de la conferencia de las Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo, que tendría lugar en El Cairo, provocó una “dolorosa sorpresa,” una “amarga impresión” y una “gran inquietud” en Juan Pablo II. Finalmente, los días 8 y 9 de octubre de 1994, el Papa recibió en Roma a representantes de todas las familias del mundo, como culminación de toda su actividad en defensa y promoción de la familia en ese año.

Evangelium Vitae: La vida es un don sagrado

En esta su undécima encíclica, firmada el 25 de marzo de 1995, sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana, Juan Pablo II expresa “una llamada apasionada a todos y cada uno en nombre de Dios” para respetar, defender, amar y servir a la vida humana. La Encíclica está dirigida no solamente a los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos, sino también a todas las personas de buena voluntad, ya que la vida es un valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la razón

En la Evangelium Vitae, el Papa reafirma la grandeza y el valor de la vida humana en todos sus aspectos y en todos sus momentos, como vida corporal y espiritual al mismo tiempo, y en sus fases terrena y eterna, que alcanza su plenitud de significado en la participación de la misma vida de Dios. La Encíclica contempla las amenazas contra la vida humana, que en este momento de la historia se configuran con unos rasgos particulares, en consonancia con las ideas predominantes en la sociedad actual: concepto de libertad muy individualista y de carácter absoluto, que acaba por ser la libertad de los más fuertes contra los débiles; relativismo, negando la existencia de un verdad objetiva, que es sustituida por la opinión subjetiva del individuo haciendo que, al final, todo resulte convencional y negociable; por último, el predominio del secularismo, con la pérdida del sentido de Dios y del hombre, que lleva a la confusión entre el bien y el mal. El hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo.

Juan Pablo II consideró como una violación de la ley de Dios, y moralmente rechazable, la muerte deliberada de un ser humano, y se detiene especialmente en los dos extremos de la vida: el nacimiento y la muerte, declarando el aborto y la eutanasia como desórdenes morales graves por sí mismos, por su propio objeto, independientemente de las circunstancias y de las intenciones de quien los realiza. Se trata de delitos que amplios estratos de la opinión pública justifican en nombre de los derechos de la libertad individual, reivindicando incluso su autorización estatal, mediante legislaciones inhumanas, y su cumplimiento con la complicidad de los propios operadores sanitarios.

La Encíclica confirma que el Magisterio de la Iglesia enseña que el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde su concepción hasta su muerte natural, y que la ciencia y la técnica deben estar ordenadas al hombre y a su desarrollo integral. Juan Pablo II confirma este juicio moral de la Iglesia fundamentado en la ley natural, en las Sagradas Escrituras, en la tradición viva de la Iglesia y en el Magisterio, que lo ha afirmado en repetidas ocasiones.

La valoración moral del aborto es aplicada a otras formas nuevas de intervenciones sobre los embriones humanos, que comportan inevitablemente su muerte, como la experimentación con embriones, el uso de los fetos como suministradores de órganos o tejidos para trasplantes y de las técnicas de diagnóstico prenatal con fines eugenésicos. Nos encontramos ante una cultura de la muerte, que se extiende a las diferentes responsabilidades y complicidades personales, sociales o culturales, en lo que Juan Pablo II denomina estructuras de pecado.

Signos de esperanza

Pero la Evangelium Vitae subraya la voz de la sangre de Cristo, que redime y salva, que revela luminosamente el valor inestimable de la vida y la grandeza de la vocación del hombre, que consiste en el don sincero de sí mismo, que da la fuerza para comprometerse a favor de la vida, con la seguridad de la victoria. La Encíclica menciona algunos signos que anticipan esa victoria; son signos positivos de esperanza que están presentes y actúan en la Humanidad, en el ámbito de los esposos que acogen a los hijos; de las familias que acogen a niños abandonados y a ancianos solos; de los centros de ayuda a la vida; de los grupos de voluntarios; de los avances de la medicina y asociaciones de médicos, que los llevan a los países más pobres; del crecimiento de la conciencia social sobre el valor de la vida; de la oposición a las guerras y a la pena de muerte; de la atención creciente a la calidad de vida y a la ecología ambiental humana.

La vida del hombre proviene de Dios y, por tanto, Dios es el único Señor de la vida, y de este señorío divino se derivan la sacralidad e inviolabilidad de la vida humana, que comprende tanto el no al homicidio, como el sí al amor al prójimo.

El primer compromiso de los cristianos consiste en anunciar el Evangelio de la vida, es decir, a Jesucristo mismo. El Dios que da la vida debe celebrarse en la oración cotidiana, individual y comunitaria, en los sacramentos, en la existencia diaria, vivida en el amor y el don de sí mismo a los demás. Además, el Papa propone que se celebre en las distintas naciones, cada año, una Jornada por la Vida, así como una Jornada Mundial del Enfermo.

Anuncio y celebración conducen al servicio del Evangelio de la vida, atendiendo al otro en cuanto persona y encontrando en él a Cristo, extendiéndose a toda la vida y a la vida de todos. La Encíclica expresa la misión de servicio, en referencia a una serie de responsabilidades, desde la de los médicos y operadores sanitarios como guardianes y servidores de la vida, a la de los voluntarios, los animadores sociales y los comprometidos en la política, destacando especialmente el papel decisivo de la familia en cuanto Iglesia doméstica y Santuario de la vida.

Subraya la urgencia de realizar un auténtico cambio cultural, que debe comenzar desde dentro de las propias comunidades cristianas; en primer lugar, mediante la formación de la conciencia sobre el valor e inviolabilidad de la vida humana; en segundo lugar, mediante la educación a favor de la vida, en relación con sus raíces (sexualidad y amor), con la procreación responsable (recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad) y el significado humano y específicamente cristiano del dolor, el sufrimiento y la muerte. En síntesis, un nuevo estilo de vida que afirme la primacía del ser sobre el tener, y de la persona sobre las cosas, así como el paso de la indiferencia al interés por el otro, y del rechazo a la acogida.

El Papa asegura que trabajar a favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común, pues el respeto de la vida es fundamento de la democracia y de la verdadera paz. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida, nos sostiene y anima la confianza en la ayuda de Dios, para quien nada hay imposible. Por eso, “es urgente una gran oración por la vida que abarque el mundo entero.”

Juan Pablo II concluye la Encíclica volviendo la mirada a María, la Virgen Madre, que acogió la Vida en nombre de todos y para bien de todos, y que tiene, por tanto, una relación personal estrechísima con el Evangelio de la vida, pues es Madre de aquella Vida por la que todos viven. Así, María se nos propone a toda la Iglesia como “modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida,” y como “señal de esperanza cierta y de consuelo.”

RESUMEN DE LA ENCÍCLICA “EL EVANGELIO DE LA VIDA”

El valor y el carácter inviolable de la vida humana.

Es una defensa de la vida humana en todos sus aspectos. Confirma que todo ser humano tiene un valor intrínseco e inviolable. Comienza con estas palabras: “El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.”[1]

Estamos ante una crisis que afecta la dignidad humana y sus derechos. Es un conflicto entre la “cultura de la muerte” y la “cultura de la vida.” Jesucristo llama a todos a escoger la vida sobre la muerte.

La vida humana es sagrada e inviolable

“La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta ‘la acción creadora de Dios’ y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente.”[2]

“Jesús dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás…”[3] “Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre, cf. Génesis 9,5: la vida humana es sagrada e inviolable.”[4]

Presenta las raíces de la violencia contra la vida basándose en la historia del Génesis

Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Contestó: “No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

Advierte sobre la “tendencia, cada vez más frecuente, de interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos.”[5]

Esta distorsión lleva a muchos errores modernos: “El concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro. Si es cierto que, a veces, la eliminación de la vida naciente o terminal se enmascara también bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar que semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visión de la libertad de los ‘más fuertes’ contra los débiles destinados a sucumbir.”[6]

Denuncia que en la actualidad el Estado ha abdicado de su función primordial como protector del derecho a la vida. Se ha convertido en protector del aborto, el infanticidio y la eutanasia. Se produce así un círculo vicioso: “Perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, su dignidad y su vida.”[7]

Este eclipse del sentido de Dios y del hombre lleva a:

  • El materialismo y el hedonismo.
  • La negación del valor del sufrimiento.
  • La despersonalización y explotación de la sexualidad humana.
  • El empobrecimiento de las relaciones interpersonales.
  • El eclipse de la conciencia moral de las personas y de la sociedad, la confusión entre lo que es bueno y lo que es malo.

Una defensa contra todas las amenazas a la vida humana

La Encíclica no se limita a defender la vida contra el aborto y la eutanasia.

Con respecto a la pena de muerte dice: “La medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo, salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.”[8]

Con respecto a las personas inocentes dice: “Confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral.”[9]

Con respecto al aborto dice: “Ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.”[10]

Dice el Santo Padre: “Declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita.”[11]

Con respecto a los embriones humanos dice: “El uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona.”[12]

Con respecto a la eutanasia dice: Por eutanasia se “debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor.” “Confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana.”[13]

La ley de Dios está por encima de las leyes de los hombres

“Es cierto que en la historia se han cometido crímenes en nombre de la verdad. Pero crímenes no menos graves y radicales se han cometido y se siguen cometiendo también en nombre del relativismo ético. Cuando una mayoría parlamentaria o social decreta la legitimidad de la eliminación de la vida aún no nacida, inclusive con ciertas condiciones, ¿acaso no adopta una decisión tiránica respecto al ser humano más débil e indefenso? […] ¿Acaso los crímenes dejarían de serlo si, en vez de haber sido cometidos por tiranos sin escrúpulos, hubieran estado legitimados por el consenso popular? […] En la base de estos valores no pueden estar provisionales o volubles mayorías de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva.”[14]

“Las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica.”[15]

“El aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia.”[16]

Este Evangelio (buena noticia) no es sólo la enseñanza personal del Papa o de la Iglesia. Es de origen divino. La Iglesia desde el principio lo ha anunciado. Dios nos ordena: “No matarás.”

La Encíclica defiende la auténtica libertad del hombre

“El hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de nadie.”[17]

“Nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades de convivientes a sociedades de excluidos, marginados, rechazados y eliminados.”[18]

Nos ofrece esperanza

Hay signos esperanzadores de amor a la vida en el mundo: el amor a los niños, grupos que defienden la vida, familias que se abren a la adopción, oposición a la pena de muerte y atención a la ecología.

“El Evangelio de la Vida es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús.”[19]

“También hoy, dirigiendo la mirada a Aquel que traspasaron, todo hombre amenazado en su existencia encuentra esperanza segura de liberación y redención.”[20]

María es la mujer que nos da el mejor ejemplo de cómo acoger la vida.

A las mujeres que se han practicado un aborto el Santo Padre les dice que él comprende su dolor y su corazón herido. Las invita al arrepentimiento, a la reconciliación y a la esperanza. Las invita también a ser las más elocuentes defensoras del derecho a la vida.[21]


[1] Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 1.

[2] Idem, 53.

[3] Mateo 19,18.

[4] Idem, 52.

[5] Idem, 18.

[6] Idem, 19.

[7] Idem, 21.

[8] Idem, 56.

[9] Idem, 57.

[10] Idem, 58.

[11] Idem, 62.

[12] Idem, 63.

[13] Idem, 65.

[14] Idem, 70.

[15] Idem, 72.

[16] Idem, 73.

[17] Idem, 19.

[18] Idem, 18.

[19] Idem, 29.

[20] Idem, 50.

[21] Cf. Idem, 99. || José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 11; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón