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Miguel Antonio Barriola

Ya no cabe duda de que estamos agitados por tiempos borrascosos, tanto en el mundo (terrorismo islámico, envejecimiento europeo, etc.), como en la Iglesia de Cristo. Baste con rememorar, respecto a nuestra fe, las discusiones de los dos pasados sínodos episcopales y las ambigüedades del Cap. VIII de la exhortación apostólica Amoris Laetitia.

Quisiera, en lo que sigue, hacer frente a un dato tremendamente triste, que, con ocasión de los mentados sínodos, surgió desde las iglesias alemana y holandesa. El 54% de los sacerdotes no se confiesa en esos países,[1] que fueran otrora señalados por sus teólogos,[2] por su poderosa renovación después de la II Guerra mundial, su ayuda a las Iglesias necesitadas y tantos aportes a la vida católica. Y lo más desconcertante es que desde tales Iglesias se quiere dar cátedra a las demás, con altanería y casi desprecio de las opuestas y más sensatas comunidades africanas o de Polonia. Trataré, pues, de reflexionar sobre el sacramento de la reconciliación, servicio sublime, pero que últimamente ha sufrido una merma en el aprecio de los fieles y de los mismos sacerdotes, también en otras regiones del mundo.

San Pablo enseñaba con medular convicción: “Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo,[3] no tomando en cuenta las trasgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les suplicamos: déjense reconciliar con Dios.”[4]

Se percibe sin dificultad la importancia que da el Apóstol a esta realidad: cinco veces, en pocas líneas, aparece el concepto de la reconciliación. Ahora bien, “la embajada de Cristo” que se ejercita por medio del ministerio de la reconciliación es uno de los más arduos, a la vez que profundamente consoladores, ministerios en su naturaleza misma. Requiere constante vigilancia, tanto en penitentes como en confesores, para que no caiga en descrédito.

De entrada pueden servirnos de prevención las desoladas consideraciones de un confundido sacerdote, personaje de la obra Juicio universal de G. Papini: “Durante años y años… entumecido por aquel trono clandestino, escuché con resignada náusea las sucias miserias de las mujeres y de los hombres…, los pecados siempre mezquinos, siempre mediocres, siempre los mismos… Conseguía perdonarlas, pero no lograba amarlas… Fui un remiso ministro de los sacramentos en mi vida triste y gris y, sin embargo, temo y tiemblo bastante más que los pecadores que fueron absueltos por mí.”

En cambio, el perdón sacramental, para quien tiene fe y se empeña por vivir el Evangelio, debería ser una fuente segura de alegría y paz. De hecho tal es la atmósfera en la que lo instituye el Señor Jesús resucitado. Según Juan 20,19-29, los discípulos estaban encerrados, por temor a los judíos. Pero, apareciéndoseles Jesús, su saludo primero consiste en “La paz con vosotros.”[5] Muestra sus llagas (que podrían causar temor, ya que ellos lo abandonaron en su hora más trágica), pero reiterando: “La paz con vosotros.”[6] Establece, acto seguido, la cadena de envíos pacíficos: el Padre lo mandó a Él;[7] ahora, fortalecidos con el soplo del Espíritu,[8] los orienta a su vez a perdonar los pecados.[9]

Tal gesto característico de este sacramento nos orienta sobre la actitud prevalente en quienes lo han de administrar: infundir ánimo, confianza. Cosa que no significa permisividad de abuelito reblandecido, fomentando rupturas entre la misericordia y la verdad, sino invitación a cultivar sin cansancio la difícil síntesis entre indulgencia y exigencia.[10] En semejantes diagnósticos y remedios consiste el carácter personal que reviste este sacramento, cuya dificultad no se ha de esconder, así como el buen médico no oculta a sus pacientes las enfermedades que padecen.

Fuera de casos extremos (naufragio, avión que se desploma, cataclismo) no se absuelve genéricamente, sino tal como lo hizo el mismo Jesús. Augura y ofrece la paz, pero llama a Pedro a que se desdiga de su triple negación.[11] Invita a Tomás a sacudir su falta de fe.[12] Da un buen y saludable tirón de orejas a los caminantes de Emaús, por sus sueños mesiánico-políticos.[13]

Por lo mismo, San Juan Pablo II ha hablado de la confesión individual como “el derecho a un encuentro más personal del hombre con Cristo crucificado, que perdona; con Cristo que dice, por medio del ministro: tus pecados te son perdonados.”[14] Es evidente que aquello que cuenta en esta afirmación es la actitud del ministro, no solamente el hecho sacramental de la absolución, ya que también con el perdón colectivo, en casos de emergencia, se encuentran Cristo y los pecadores. Pero, la “personalización” de este diálogo con Cristo pasa ahora por la relación con el ministro y, por eso, la actitud servicial en toda la celebración, desde la acogida hasta la despedida, es importante para el penitente. ¿Será un remiso ministro, casi un funcionario del sacramento (rememorar el personaje de G. Papini) o un portavoz y representante del mismo Cristo?[15]

Aquí y en toda la vida los pastores han de tener siempre bien claro y nunca olvidar que su “autoridad” no es humana, sino la del resucitado: “Se me ha dado toda autoridad,”[16] pero ÉL mismo la limita para el bien, no para hacerla sentir. “Ha sido dada para edificación y no para destrucción.”[17] Por lo mismo, tal potestad no se basa en cualidades humanamente atribuibles al ministro, sino que su oficio en una “administración de un beneficio ajeno.”[18] Por lo cual, pese a que pueda parecer reiterativo, siempre será muy oportuno y aplicable a la dispensación de este sacramento examinarse a la luz de aquella virtud que San Pablo exigía a los que debían ejercer el “episcopado”: ser “hospitalarios, acogedores,”[19] y preguntarse hasta qué punto se es fácilmente asequible. Ejemplo sublime siempre se lo tendrá en el Santo Cura de Ars, que pasó su vida casi en el confesonario: “¿Puedo ser verdaderamente severo con gente que viene de tan lejos, que hace tantos sacrificios, que con frecuencia tiene que venir de incógnito?”[20]

Justamente por lo fatigoso que puede resultar este servicio (atención de niños, jóvenes, mujeres, varones, casados, religiosos, otros sacerdotes), doblemente se ha de mantener en cuenta su sentido sobrenatural: esta reconciliación no es el encuentro con un psiquiatra, sino con un ministro de Cristo y de la Iglesia. Por lo cual es bueno que el confesor aparezca como el que está dispuesto a escuchar, orientar y absolver en nombre de Dios Uno y Trino, que también reza por sus penitentes, descentralizándose de sí mismo y orientando toda la celebración hacia Cristo. Bien lo recordaba San Juan Pablo II: “El sacerdote actúa in persona Christi. Cristo es el que aparece como hermano del hombre, pastor decidido a buscar la oveja perdida, médico que cura y conforta, maestro único que enseña e indica los caminos de Dios, juez de los vivos y de los muertos, que juzga según la verdad y no según las apariencias. Éste es, sin duda, el más difícil y delicado, el más fatigoso y exigente, pero también uno de los más hermosos y consoladores ministerios del sacerdote.”[21]

Una dificultad frecuente en la administración de este sacramento, fuente de desánimo y hasta de hastío, tanto para penitentes como para confesores, es el verse reincidiendo siempre en idénticas mañas y defectos.[22] Se siente gran frustración, porque una larga lucha parece resultar invariablemente derrotada. Y tal sensación asalta sobre todo a las personas dotadas de mayor sensibilidad religiosa. Algunos llegan a preguntarse qué sentido puede tener el recurso sistemático a una medicina que parecería privada de toda eficacia de curación. Surge la tentación de dejarlo todo: el combate espiritual, la frecuentación del sacramento, la misma práctica religiosa. Un tal abandono hasta puede dar la engañosa sensación de una liberación. Ante tales engañifas del Demonio, hemos ante todo de apaciguarnos, considerando que ni los santos han sido exceptuados de estas batallas sin cuartel. Así, San Pedro, que se convirtió tan humildemente,[23] tuvo que ser instado por tres veces (así como tres veces renegó de Cristo) a cumplir una misión que, desde su mentalidad judía, no podía comprender.[24] Fue llamado al orden por San Pablo, debido a una cobardía suya en un tema por demás importante.[25]

Pablo enseña que “el amor no se ‘irrita.’”[26] Sin embargo en su dura discusión con Bernabé fue tal la “irritación,”[27] que tuvieron que separarse, siguiendo cada uno por su lado.[28] En 1Corintios 15,8, recordando la aparición con que Jesús resucitado cambió su vida, se califica a sí mismo como “fruto de un aborto,” con lo cual muestra su humildad. Pero pareciera que se le subieran los humos a la cabeza cuando, casi acto seguido, afirma: “trabajé más que todos ellos.”[29] Aunque, reacciona al instante, anotando: “no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”

Se cuenta que un general de los franciscanos pidió a uno de sus frailes, muy buen grafólogo, que analizara los manuscritos de San Francisco de Asís. Dado que pasó mucho tiempo sin que apareciera resultado alguno de tales estudios, el general mismo le insistió al grafólogo sobre lo que había encontrado en la letra del santo. La respuesta fue que aparecían tales defectos que prefería quedarse con la imagen de Francisco que ofrecían las Florecillas. El general, comentó: “Eso redunda más todavía en el aprecio de nuestro fundador, porque se ve que luchó durante su vida con aquellas imperfecciones.”

Por supuesto que tales ejemplos no han de justificar que hagamos las paces con nuestras malas inclinaciones. El hombre viejo levanta cabeza una y otra vez. Así como en invierno suele ser común que nos resfriemos y no por eso dejamos de abrigarnos y de recurrir a antigripales o aspirinas. Además, hemos de considerar que se trata de pecados que no queremos, pero que con frecuencia han echado raíces en nosotros, sea por la educación, o por una historia pasada con errores. San Francisco de Sales observaba al respecto: “Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar tierra. Es preciso no caer ni embarrarse, pero tampoco es necesario pensar en volar, porque somos pichones y todavía no tenemos alas.”[30] Y en su obra maestra: “El alma que asciende del pecado a la devoción es comparable al alba que, cuando surge, no hace desaparecer la oscuridad de golpe, sino poco a poco. Un aforismo dice que la curación que se hace lentamente es la más segura; las enfermedades del alma y del cuerpo vienen a caballo y corriendo, pero se van a pie y paso a paso.”[31]

Ante tal perspectiva, la práctica de la confesión frecuente significa y aporta la gracia sacramental, para vitaminizar la lucha sin tregua contra aquellas fragilidades que atestiguan la permanencia de tendencias negativas, desde las cuales el pecado podría despertar nuevamente en cualquier momento. El recurso en la fe al sacramento ayudará mucho para que nuestro diálogo con Cristo se vuelva siempre más auténtico y personal, indelegable a lo genérico, ya que ÉL nos quiere a cada uno: “Yo conozco a mis ovejas y las llamo por su nombre.”[32]

Por todo lo cual, los que han de continuar la tarea del Buen Pastor, los sacerdotes, nunca podrán caer en la postura de funcionarios, ni dejarse abatir por sus propios estados de ánimo. Más bien estarán pendientes de los problemas, grandes o pequeños, triviales o dramáticos, de sus fieles. No han de ser culpables de la desafección del pueblo fiel hacia este sacramento, que, en manos del Cura de Ars, San Pío de Pietrelcina, Leopoldo Mandic y muchos otros, ha devuelto la fe a tanta gente abrumada y desorientada. Para lograrlo han de saber que requiere sacrificio y ascesis, sobre todo en atención al otro, tanto a la viejita que pareciera perderse en pavadas, pero que para ella son “sus problemas,” como ante situaciones dolorosas que exigen una gran empatía y comprensión. Así como del veneno mortal de las serpientes se ha sabido encontrar el antídoto contra el mismo, el pecado, estiércol abominable para Dios, sirve como “abono” de la santidad, siendo la “materia” de este sublime sacramento de la reconciliación.


[1] Ver: “Cristo hoy.org” – 19 de mayo de 2016.

[2] Guardini, Schnackenburg, Ratzinger, Semmelroth, Jedin, Brandmüller, Scheffczyk y otros.

[3] Se puede notar con el Card. G. Biffi cómo “el texto de la segunda carta a los Corintios nos hace entender que Dios todavía no ha llegado al término de la acción reconciliadora. El uso del imperfecto griego tiene justamente este significado. De modo que podríamos traducir: ‘Dios en Cristo está reconciliando consigo al mundo’ (2Corintios 5,19)” (“Lasciatevi riconciliari con Dio” en su obra: Pecore e pastori – Riflessioni sul gregge di Cristo, Siena –2008 –122). Sólo que, si tal incansable inclinación divina al perdón no encuentra quiénes la canalicen por su prolongación sacramental, se verá notablemente reducida en nuestras vidas.

[4] 2Corintios 5,18-20

[5] Juan 19.

[6] Juan 20-21.

[7] Juan 21.

[8] Juan 22.

[9] Juan 23.

[10] ¿Qué diríamos del maestro que, ante el niño que piensa que 2 + 2 hacen cinco, o al otro que dijera que la capital de Francia es Lyon, los consolara, pretendiendo que no se aflijan, que no pasa nada? Les estaría brindando una engañosa y contraproducente indulgencia. Una de las “obras de misericordia” es precisamente: “corregir al que yerra.”

[11] Juan 21,15-17.

[12] Juan 20,24-29.

[13] Lucas 24,25: “¡Duros de entendimiento!”

[14] Redemptor hominis, 20.

[15] Recuerdo mi segunda confesión. Al preguntarme el sacerdote cuánto hacía que no me confesaba y al responder que no me acordaba, elevando la voz indignado, me dijo: “Pues vete a pensar.” ¿Qué diría toda la gente que esperaba en el confesonario de aquel niño de 8 años, que era de tal modo alejado por el representante de Cristo? Otro caso puede ser el de aquel penitente que, al comunicar que hacía cerca de 20 años que no se confesaba, recibió del sacerdote el siguiente comentario: “Las que vamos a oír.” Reacción: “Pues ahora no va Usted a oír nada.”

[16] Mateo 28,18.

[17] 2Corintios 10,8; 13,10.

[18] Concilio de Trento, cap. 6, Denz-Hün, 1685.

[19] 1Timoteo 3,2.

[20] En: B. Nodet, Le Curé d’Ars –Sa pensée, son coeur, Paris (1966) 134.

[21] Reconciliatio et poenitentia, 29.

[22] Recuerdo el humor cínico de una penitente: “Padre, soy la misma y con lo mismo. ¿Rezo lo mismo?”

[23] Juan 21,15-17, como ya se recordó.

[24] Hechos 10,14.

[25] Gálatas 2,11.

[26] oú paroxínetai, 1Corintios 13,5.

[27] paroxismós, Hechos 15,36.

[28] Con todo, no pactó el Apóstol con su genio airado, sino que se puede comprobar cómo luchó victoriosamente con él. En efecto, la razón de la fuerte disputa con Bernabé se debió a que éste último quería tomar nuevamente consigo, para el segundo viaje apostólico, a su primo Marcos (ver tal parentesco en Colosenses 4,10), el cual, sin embargo, los había abandonado en medio de la primera gira (Hechos 13,13). Así, en el pasaje recién citado (Colosenses 4,10), Marcos está con Pablo y saluda a los destinatarios de la carta. Igualmente aparece junto a Pablo en Filipenses 23. En 2Timoteo 4,11 Pablo pide a Timoteo: “Trae contigo a Marcos, porque me prestará buenos servicios.”

[29] Ibid., v. 10).

[30] Carta 847.

[31] Introducción a la vida devota, I, 5. Es muy recomendable la lectura meditada de: J. Tissot, L’arte di trarre profitto dai nostri peccati, Napoli (2004). Hay traducción castellana.

[32] Juan 10,14 y 3.