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Equipo de Dirección

Nuestro Señor Jesucristo es Sacerdote, Profeta y Rey. El cristiano, con Cristo, por Él y en Él, participa de esos tres oficios del Señor. En esta ocasión nos detendremos en su oficio profético. “El Pueblo de Dios… participa de… [el] oficio profético [de Cristo] cuando, con el sentido sobrenatural de la fe, se adhiere indefectiblemente a ella, la profundiza y la testimonia.”[1]

La fe cristiana es la aceptación por parte del hombre—movido por la gracia divina—de la Revelación de Dios en Cristo. La Revelación es transmitida por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. La palabra “tradición” viene del latín traditio, que significa “entrega”. La Sagrada Tradición es una sucesión de entregas y envíos, que tiene una dimensión esencial profética y doctrinal: (1) el Padre entrega su doctrina a su Hijo y lo envía al mundo —Juan 7,16: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”— (2) el Hijo entrega su doctrina a los Apóstoles y los envía al mundo —Mateo 28,19-20: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos… enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”— (3) los Apóstoles entregan a la Iglesia la doctrina recibida de Cristo —1 Corintios 11,23: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente…”— (4) la Iglesia entrega a los fieles cristianos la doctrina de la fe católica y apostólica—Profesión de Fe: “Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal”.

El oficio profético del católico implica que éste ha de dar testimonio de toda la doctrina católica y sólo de la doctrina católica. De toda la doctrina católica: no vale seleccionar sólo los aspectos más fáciles o agradables de esa doctrina y silenciar los más resistidos por el mundo. Y sólo de la doctrina católica: cuando habla en cuanto miembro de la Iglesia, el católico no anuncia sus ideas o creencias personales discutibles u opinables, sino sólo la doctrina católica, aunque a menudo la exponga y la explique con sus propias palabras. No mezcla ni confunde la doctrina católica con doctrinas no asumidas ni aprobadas por la Iglesia, ni menos aún con doctrinas rechazadas por Ella. Esto vale para clérigos y laicos, pero es más importante aún para los clérigos. También ellos, como Nuestro Señor, deberían poder decir: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado”. Esto no significa que no puedan tener posiciones personales sobre temas políticos, científicos o ecológicos opinables —como la mega-minería, el fracking, la teoría del calentamiento global antropogénico catastrófico, etc.—sino que han de evitar expresar esas posiciones cuestionables cuando predican en nombre de la Iglesia.

“Podemos entonces comprender por qué la Iglesia católica, ayer y hoy, da tanta importancia a la rigurosa conservación de la Revelación auténtica, y la considera como un tesoro inviolable, y tiene una conciencia tan severa de su deber fundamental de defender y de transmitir en términos inequívocos la doctrina de la fe; la ortodoxia es su primera preocupación; el magisterio pastoral su función primaria y providencial; la enseñanza apostólica fija de hecho los cánones de su predicación; y la consigna del Apóstol Pablo, Depositum custodi,[2] constituye para ella un compromiso tal, que sería una traición violarlo. La Iglesia maestra no inventa su doctrina; ella es testigo, es custodia, es intérprete, es medio; y, para cuanto se refiere a las verdades propias del mensaje cristiano, ella se puede decir conservadora, intransigente; y a quien le solicita que vuelva su fe más fácil, más relativa a los gustos de la cambiante mentalidad de los tiempos, responde con los Apóstoles: Non possumus, no podemos.”[3]

El Magisterio supremo de la Iglesia nos ha entregado recientemente un instrumento valiosísimo para ayudarnos a conocer y testimoniar con fidelidad toda la doctrina católica. Nos referimos al Catecismo de la Iglesia Católica. ”Este catecismo tiene por fin presentar una exposición orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia. Sus fuentes principales son la sagrada Escritura, los santos Padres, la Liturgia y el Magisterio de la Iglesia.”[4]

Acerca del valor doctrinal de ese texto, el Papa San Juan Pablo II enseñó lo siguiente: “El Catecismo de la Iglesia católica,… que hoy dispongo publicar en virtud de mi autoridad apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, comprobada o iluminada por la sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Yo lo considero un instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, y una regla segura para la enseñanza de la fe. Ojalá sirva para la renovación a la que el Espíritu Santo incesantemente invita a la Iglesia de Dios, cuerpo de Cristo, peregrina hacia la luz sin sombras del Reino.

La aprobación y la publicación del Catecismo de la Iglesia católica constituyen un servicio que el Sucesor de Pedro quiere prestar a la santa Iglesia católica, a todas las Iglesias particulares que están en paz y comunión con la Sede Apostólica de Roma: es decir, el servicio de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús,[5] así como fortalecer los lazos de unidad en la misma fe apostólica.

Pido, por consiguiente, a los pastores de la Iglesia y a los fieles, que acojan este Catecismo con espíritu de comunión y lo usen asiduamente en el cumplimiento de su misión de anunciar la fe y de invitar a la vida evangélica. Este Catecismo se les entrega para que les sirva como texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica… Se ofrece, también, a todos los fieles que quieran conocer más a fondo las riquezas inagotables de la salvación.”[6]

No dejemos caer en el olvido esta importante exhortación del gran Papa San Juan Pablo II. Usemos todos asiduamente el Catecismo de la Iglesia Católica, texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, al cumplir nuestra misión de anunciar la fe y de invitar a la vida evangélica.


[1] Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 155.

[2] Trad. “custodio del depósito” en 1 Timoteo 6,20; 2 Timoteo 1,14.

[3] Hechos de los Apóstoles 4,20. Pablo VI, Audiencia General del miércoles 19 de enero de 1972; nuestra traducción.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 11.

[5] Lucas 22,32.

[6] Juan Pablo II, Constitución apostólica Fidei Depositum, 11 de octubre de 1992, n. 4.

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