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José María Iraburu

Yo, con perdón, no tengo vocación de mártir. Y el otro día le oí decir eso mismo a un sacerdote.

–Pues convendrá que vaya usted a la parroquia y pida que anoten en su acta bautismal: apóstata.

El Concilio Vaticano II va y dice que ”a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.”[1] La mayoría actual de los bautizados ni se entera siquiera de que existe esa batalla: están sordos para oír su fragor… Pues bien, en esta “lucha dramática entre la luz y las tinieblas,”[2] o elige usted estar con los hijos de la luz por el martirio, o prefiere unirse por la apostasía a los hijos de las tinieblas. No hay una tercera opción. Se lo explico a continuación y usted elija.

Al principio de la Iglesia

Nuestro Señor Jesucristo fue el primero de los mártires, en la Cruz del Calvario, y dio la vocación de mártires a todos los cristianos: “recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos (mártires.)”[3] Cristo vino al mundo “para dar testimonio de la verdad,”[4] y ésa misma será la vocación y misión de sus discípulos. Por eso de Él nacieron otros muchos mártires, hasta nuestros días.

San Esteban, diácono, es el primer mártir cristiano.[5] Años después el rey Herodes manda decapitar a Santiago el Mayor, hermano del evangelista Juan,[6] y Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén, muere lapidado hacia el 62 a.D. La primera gran persecución contra la Iglesia la organizó Nerón, con ocasión del incendio de Roma. Gran número de cristianos, hombres, mujeres y niños, fueron martirizados en sus jardines imperiales del Vaticano en el 62 a.D. En ese tiempo mueren mártires San Pedro y San Pablo (64-67 a.D.)

Los Protomártires de Roma dieron para todas las Iglesias la primera exégesis viva, absolutamente fidedigna, de aquellas palabras de Cristo enormes, tremendas, enigmáticas: “Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí primero que a vosotros… Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán.”[7] “El que quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa la salvará.”[8] “Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo,”[9] ha de renunciar “aun a su propia vida.”[10]

Conocemos bien esta persecución mortífera que la Iglesia de Roma sufrió en el año 64 por los relatos del papa San Clemente, cuarto obispo de Roma (88-97 a.D.), y del senador e historiador romano Cornelio Tácito (55-120 a.D.)

San Clemente Romano, en su I Carta a los Corintios, pone como ejemplo la fidelidad a Cristo de los cristianos de Roma en la persecución desencadenada contra la Iglesia por el emperador Nerón, después del incendio de la ciudad de Roma.

“A estos hombres [Pedro y Pablo], maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo… fueron perseguidas muchas mujeres que,… sufriendo graves y nefandos suplicios, corrieron hasta el fin la ardua carrera de la fe y, superando la fragilidad de su sexo, obtuvieron un premio memorable… Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para recordaros vuestra obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate… Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos de Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció todo el mundo la gracia de la conversión”.

Cornelio Tácito, historiador, cónsul, senador, describe fríamente la persecución neroniana que sufrieron los cristianos. “Se empezó a detener abiertamente a los que confesaban su fe; luego, por las indicaciones que éstos dieron, a toda una ingente muchedumbre.”[11] Describe las mayores injusticias, atropellos y atrocidades sin objeción alguna. Más bien expresa en su relato el inmenso desprecio que los cristianos le merecen, empleando al hablar de ellos en el texto aludido las más odiosas palabras: “ignominias”, “execrable superstición”, “atrocidades y vergüenzas”, “odio al género humano”, “culpables”, “merecedores del máximo castigo”… Y tampoco se avergüenza de decir: “A su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras. O bien clavados en cruces, al caer el día, [untados de brea] eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche”. Fueron tales los tormentos que llegaron a suscitar compasión y horror en el mismo pueblo romano. “Entonces –sigue diciendo Tácito– se manifestó un sentimiento de piedad, aun tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón. Y la persecución no terminó en aquel fatal verano del 64 a. D., sino que continuó hasta el año 67 a. D.

Casi todos los Papas en los tres primeros siglos fueron mártires. De los 31 Obispos que hubo en Roma hasta la conversión del emperador Constantino (312-337 a.D.), 25 murieron mártires. Solamente seis no fueron mártires–aunque también fueron perseguidos, por supuesto. Quien aceptaba ser el Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra ya sabía que muy probablemente iba a ser prontamente asesinado. Por ello, todos fueron mártires, al menos espiritualmente. Y todos fueron santos.

San Pedro (m. 67 a.D.)

San Lino (m. 76 a.D.)

San Anacleto (m. 88 a.D.)

San Clemente I (m. 97 a.D.)

San Evaristo (m. 105 a.D.)

San Alejandro I (m. 115 a.D.)

San Sixto I (m. 125 a.D.)

San Telésforo (m. 136 a.D.)

San Higinio (m. 140 a.D.)

San Pío I (m. 155 a.D.)

San Aniceto (m. 166 a.D.)

San Sotero (m. 175 a.D.)

San Eleuterio (m. 189 a.D.)

San Víctor I (m. 199 a.D.)

San Ceferino (m. 217 a.D.)

San Calixto (m. 222 a.D.)

San Urbano (m. 230 a.D.)

San Ponciano (m. 235 a.D.)

San Anterus (m. 235 a.D.)

San Fabián (m. 250 a.D.)

San Cornelio (m. 253 a.D.)

San Lucio I (m. 254 a.D.)

San Esteban I (m. 257 a.D.)

San Sixto II (m. 258 a.D.)

San Dionisio (m. 268 a.D.)

San Félix I (m. 274 a.D.)

San Eutiquiano (m. 283 a.D.)

San Cayo (m. 296 a.D.)

San Marcelino (m. 304 a.D.)

San Marcelo I (m. 309 a.D.)

San Eusebio (m. 309 a.D.)

Con la conversión del emperador Constantino (312-337 a.D.) cesan las persecuciones y logra la Iglesia la libertad civil.

De los datos precedentes, que son ciertos, se deducen tres consecuencias fundamentales.

La Iglesia, durante sus primeros tres siglos, no tiene ninguna viabilidad histórica como sociedad religiosa. Está formada por innumerables comunidades, presentes en todo el Imperio, pero es diezmada por las persecuciones con frecuencia, y concretamente su Presidente supremo, el Obispo de Roma, casi siempre muere asesinado. Lo que también es muy frecuente en los demás Obispos y miembros principales de las Iglesias.

El pueblo cristiano no se escandaliza ni se desanima ante esta realidad tan terrible. No se hallan quejas ni lamentos pesimistas en los primeros escritos cristianos. Por el contrario, las Actas de los mártires, concretamente, vienen a ser partes de victoria, sorprendentes por su esperanza y alegría. Todos ven como “lo más normal” las terribles y al parecer inacabables persecuciones, pues todos saben muy bien, como ya recordamos al principio, que han sido claramente anunciadas por Jesucristo, el Mártir primero. Puede decirse que tal convicción es entonces de cultura general entre los cristianos, no sólo por fe en la profecía del Maestro, sino por experiencia histórica. Quienes en tales condiciones entran por la puerta estrecha de la Iglesia ya saben que “renuncian al mundo”, a toda prosperidad temporal, y que van a “perder la vida” para salvarla.

En ese tiempo la Iglesia crece y se extiende más y más por todo el Imperio, confirmando así la palabra de Cristo: “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto.”[12]

En el año 197 a.D. escribe Tertuliano: “La sangre [de los mártires] es semilla de los cristianos.”[13] Por ese mismo tiempo se escribe en una carta de autor anónimo al pagano Diogneto: “¿No ves cómo [los cristianos] son arrojados a las fieras para obligarlos a renegar de su Señor, y no son vencidos? ¿No ves cómo, cuanto más se los castiga de muerte, en mayor cantidad aparecen otros? Eso ya se ve que no es obra de hombres; eso pertenece al poder de Dios; eso son pruebas de su presencia.”[14] Por esos años también, Hipólito Romano escribe durante la persecución de Septimio Severo que un gran número de hombres, atraídos a la fe por medio de los mártires, se convertían a su vez en mártires.[15]

¿Por qué el Imperio Romano persigue a muerte a los cristianos, teniendo en el Derecho romano un conjunto de leyes tan justas, y albergando el Imperio dentro de sus inmensas fronteras una gran diversidad de pueblos, cuyas leyes y religiones toleraba sin dificultad alguna?… Fueron muchas las causas. Las comunidades cristianas confesaban un Dios único, Señor de todas las naciones, negando de este modo a los dioses romanos y a cualquier otra religión. Por su continua actividad misionera trataban de difundir en todo el mundo la fe en Jesucristo, como único Salvador de la humanidad, y predicaban todas sus enseñanzas como las únicas verdaderas en medio de un bosque de errores y mentiras.

Los cristianos denunciaban con su testimonio y también con su palabra los vergonzosos pecados que invadían a los hombres de su tiempo, que habían llegado a ver los peores vicios como excelsas virtudes (Romanos 1). Se negaban a participar en los cultos del Imperio: preferían la muerte, antes que quemar unos granitos de incienso ante la estatua del emperador divinizado. Y aunque en nada accidental se distinguían de sus contemporáneos, y eran los más cumplidores de las leyes, se diferenciaban claramente de la sociedad vigente porque no admitían en absoluto abortos o infanticidios, divorcios, concubinatos y adulterios, espectáculos indecentes y crueles, y se distanciaban incluso de costumbres por todos aceptadas, como las termas… Y para colmo, en todo el Imperio se multiplicaban en una cantidad alarmante. El pueblo, estimulado por los políticos y los intelectuales, fue creando siniestras calumnias, que hacían ver a los cristianos como “un pueblo miserable y odioso”.

Entrar por la puerta estrecha bautismal en la comunidad cristiana venía a ser una auto-condena a perpetuidad, al menos en algunas regiones del Imperio… Era “perder la vida” por amor al Salvador único del mundo… La “renuncia al mundo” (apotaxis) que el cristiano profesaba en los ritos del Bautismo iba en serio: no era sólo una frase de significado puramente espiritual… La condición de ciudadano tolerado, proscrito pero tolerado, era permanente. Las grandes persecuciones extremas –exilios, cárceles, trabajos en las minas, tormentos, fieras, muertes– no eran continuas; pero en cualquier momento, en cualquier región del Imperio, a veces por circunstancias mínimas, se podían desencadenar. Y se desencadenaban. Y aun así seguía imparable el crecimiento de la Iglesia, como lo testimonia Tertuliano (160-220): “Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el foro. A vosotros sólo os hemos dejado los templos.”[16]

Este crecimiento incontenible del cristianismo es visto por el Imperio como una amenaza invasora de incalculables peligros, y éste decide acabar con la Iglesia antes de que sea tarde. Así lo intentan con especial inteligencia y crueldad los emperadores de la segunda mitad del siglo III[17]… Todo inútil. Finalmente la Iglesia vence al mundo precisamente porque está aferrada a la Cruz de Cristo: “in hoc signo vinces”. Cesan las persecuciones y logran definitivamente los cristianos su libertad cívica.[18]

Suele decirse, en otro orden de cosas, el de la guerra terrorista, que “contra un suicida no hay modo de defenderse”. Eso viene a ser lo que finalmente entendió el Imperio en su combate contra la Iglesia: que acabar con el cristianismo, persiguiendo a hombres y mujeres que no temían perder la vida con tal de seguir unidos a Cristo, era tarea imposible.

En la Iglesia actual

Tres datos fundamentales

La Iglesia de nuestro tiempo ha tenido innumerables mártires. De los 40 millones de mártires habidos en toda la historia de la Iglesia, cerca de 27 millones son del siglo XX.[19] Es muy difícil en tal asunto hacer una estadística segura. Antonio Socci, en el libro I nuovi perseguitati (2002), estima en 70 millones los cristianos mártires, de los cuales 45 millones (el 65 %) serían del siglo XX. Y a la vez:

En veinte siglos de su historia, la historia de la Iglesia nunca ha tenido una cantidad de apostasías comparable con el actual, tanto en número como en extensión. No pocas Iglesias locales se han visto reducidas en no muchas décadas a la mitad o a un quinto de lo que eran. Incontables cristianos han apostatado de la fe en Cristo, quizá sin enterarse. Despreciando los mandamientos del Señor, han aceptado el sello de la Bestia en su frente y en su mano –en el pensamiento y la acción.[20] Se han alejado masivamente de la Eucaristía, y aún más de la Penitencia. Es decir, han abandonado la unión sacramental con Cristo y la vida de la gracia. No pueden ya, en estas condiciones, vivir la vida cristiana, ni mucho menos transmitirla a sus hijos.

La persecución del naturalismo liberal y relativista contra la Iglesia es en nuestro tiempo mucho más fuerte y eficaz que la de los primeros siglos. El Imperio romano era para los cristianos un perro de mal genio, con el que se podía convivir a veces, aunque en cualquier momento podía morder, comparado con el león terrible del Mundo moderno apóstata: éste pretende destruir la Iglesia física y espiritualmente, desde fuera y desde dentro. Y es lógico que así sea: corruptio optimi pessima.

El Imperio romano perseguía sobre todo los cuerpos por la violencia. Pero el Mundo actual apóstata, usando más la seducción que la fuerza, procura la destrucción de la Iglesia por la corrupción de las almas, por el engaño de la mentira, por la estimulación multiforme del pecado, por la destrucción del matrimonio y de la familia, por la depravación de niños, adolescentes y jóvenes, por la sistemática negación de Dios y de la vida eterna. La apocalíptica Bestia anti-Cristo del mundo moderno, guardando cierta discreción en los modos, persigue implacablemente todo lo cristiano con la complicidad poderosa de los Grandes Organismos Internacionales.[21]

La evitación sistemática del martirio, que ha llevado a la apostasía, tiene hoy en el interior de la Iglesia dos causas fundamentales: el semipelagianismo y el horror a la Cruz. Hay muchas otras causas, pero quiero fijarme ahora en estas dos, porque son quizá las que más desvirtúan el cristianismo en no pocos cristianos practicantes. De los alejados, no digo nada: mundanización total, pelagianismo, agnosticismo, apostasía…

El semipelagianismo

La evitación sistemática del martirio procede del pelagianismo o del semipelagianismo, y ha producido la apostasía de Occidente. Cualquier forma pelagiana o semipelagiana de entender el cristianismo excluye por principio la Cruz de Cristo, es decir, el martirio. Y ésta ha sido la causa principal de la ruina de la Iglesia en las naciones de antigua filiación cristiana, hoy ricas y poderosas.

Los católicos teocéntricos, esto es, los católicos, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien es causado por la gracia de Dios, y que los hombres co-laboran en la producción de ese bien, dejándose mover libremente por la moción de la gracia: es decir, se mueven movidos por la gracia divina. Dios y el hombre se unen así en la producción de la obra buena como causas subordinadas, en la que la principal es Dios, y la instrumental y secundaria el hombre. Así pues, los cristianos fieles a la voluntad de Dios se mueven movidos por ella, incondicionalmente, sin cálculos humanos de eficacias previsibles.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos. Llegada la persecución –que en uno u otro modo es continua en el mundo–, ni se les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que pueda traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa del Reino en este mundo. Muy al contrario, están ciertos de que la docilidad incondicional a la gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

Los católicos antropocéntricos, por el contrario, han segregado en los últimos siglos un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, la primacía absoluta de la voluntad salvífica de Dios –tan desconcertante a veces en su providencia: la Cruz. Muchos de ellos piensan que, en definitiva, la obra buena procede solo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más que procede en parte de Dios y en parte del hombre (semipelagianismo), que actuarían así como causas co-ordinadas.

En esta perspectiva voluntarista se comprende perfectamente que los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieran perder la propia vida o ver disminuida su fuerza y prestigio; más aún, estiman que Dios “no puede querer” hacer unos bienes que impliquen en los fieles marginación, persecución o muerte, pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios en el mundo. Nunca, en ninguna circunstancia, será conveniente que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie para no pecar, para ser más dócil a la gracia y más eficaz en su acción.[22]

En consecuencia, rehúyen en conciencia el martirio, como sea, en cualquiera de sus formas. Procuran por todos los medios estar bien situados y considerados en el mundo, aunque esto exija hacerse más o menos cómplices, al menos pasivos, de las abominaciones mundanas. Así, estando a bien con el mundo, podrán servir mejor al Reino de Dios en la vida presente. Esperan que, “salvando su vida” en este mundo, conseguirán que su parte humana colabore mejor y más eficazmente con la parte de Dios en el servicio al Reino.

Según esto, la Iglesia y cada cristiano deben evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, eludiendo toda actitud que pueda desprestigiar el Evangelio ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues lógicamente una Iglesia perseguida y mártir, debilitada su fuerza humana, no podrá co-laborar eficazmente con Dios en la causa del Reino. Por tanto, todo aquello que es una pérdida de influjo social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente, es una miseria, no tiene gracia alguna. El martirio es malo para todo, incluso para la salud… Así piensan bajo el influjo del Padre de la Mentira.

La Iglesia voluntarista, puesta en el mundo en el trance del Bautista, se dice a sí misma: “no le diré la verdad al rey, pues si lo hago me cortará la cabeza, y sin ella no podré seguir evangelizando. Yo debo proteger ante todo el ministerio profético que Dios me ha confiado.” ¡Cuántos Obispos, párrocos, teólogos, padres de familia, políticos, profesores, misioneros, laicos comprometidos y feligreses de toda índole piensan y actúan así! Por el contrario, sabiendo que la salvación del mundo la obra Dios, la Iglesia, la Iglesia verdadera de Cristo, dice y hace la verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo persecución, evangeliza al mundo y crece más y más: “no te es lícito tener la mujer de tu hermano.”[23]

El horror a la Cruz

Los cristianos, buscando eficacias y sobre todo escapándose de la Cruz, afectados de pelagianismo o semipelagianismo, por su camino razonable, van llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores. Lo vemos en una de sus formas más escandalosas en muchos “políticos católicos” –mucho más políticos que católicos–, absolutamente estériles para la causa de Cristo. No les vale el modelo de Cristo o del Bautista. Ellos quieren guardar la cabeza sobre sus hombros y conservar su escaño… Cesa entonces la evangelización de los pueblos, de las instituciones y de la cultura. ¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!… No será raro así que el abuelo, piadoso semipelagiano conservador, tenga un hijo pelagiano progresista; y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño y llegue a la apostasía.

Cuando el bien y el mal son dictados por la mayoría, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general. Los cristianos semipelagianos – “¡por amor a la Iglesia!”, cuidado–, también los que son Obispos, no quieren de ningún modo que se debilite la parte humana con la que pretenden colaborar con el Salvador: en pastoral, misiones, ecumenismo, política, cultura, enseñanza, educación, sanidad, etc. Se callan, o hablan pero bajito, se disfrazan y pasan por lo que sea “para no ser perseguidos [ni ellos ni el rebaño que se les ha confiado] por la cruz de Cristo.”[24] Es decir, insisto: “por amor a la Iglesia” (sic).

Reconozcamos que este grave error es con frecuencia en buenos cristianos inculpable, porque sufren una “ignorancia invencible”, invencible de hecho para ellos: nadie les ha dicho la verdad evangélica del martirio. Pero otras veces es culpable, cuando se avergüenzan del Evangelio y del Magisterio apostólico: silencios clamorosos, complicidades con el poder político y cultural perverso, todo justificado por el conflicto de valores, la moral de actitudes, el situacionismo, la opción por el mal menor, el consecuencialismo, etc.

El horror a la Cruz ha llegado a expresarse en teología y espiritualidad: “Dios no quiso la cruz de Cristo”, “El Padre celestial no necesita para perdonar a sus hijos verlos afligidos por penalidades voluntarias”, etc. Los santos de nuestro tiempo han conocido la perversidad de estas doctrinas. Edith Stein, Santa Benedicta de la Cruz, escribe: “Los seguidores del Anticristo… deshonran la imagen de la cruz y se esfuerzan todo lo posible para arrancar la cruz del corazón de los cristianos. Y muy frecuentemente lo consiguen, incluso entre los que… etc.”[25]

Según esta visión, obran en contra del Reino de Dios en este mundo el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, el cristiano laico y todos los que dan testimonio fuerte de la verdad natural y revelada; y más aún, que combaten contra las mentiras y pecados del mundo: son cristianos impresentables, que no están a la altura de su misión, y con lo que dicen o hacen ocasionan a la Iglesia desprecios y persecuciones del mundo.

Este tipo de cristianos, con sus palabras y obras, es evidente, son los que más dificultan las conversiones, y quienes más causan la división dentro de la Iglesia. Deben, pues, ser silenciados, marginados o retirados por la misma Iglesia. Aunque lo que digan y hagan sea la verdad y el bien, aunque sigan al más puro Evangelio, aunque guarden perfecta fidelidad a la tradición católica, aunque actualicen lo que dijeron e hicieron los santos que la Iglesia pone como modelos… En fin, aunque resulte duro, en necesario frenarlos, silenciarlos, neutralizarlos: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia. Elíjanse Obispos tolerantes, promuévanse teólogos y políticos “abiertos” al mundo de su tiempo, eviten todos cualquier forma de radicalismo evangélico que enfrente a la Iglesia con el Mundo…

¡Qué ceguedad!…”Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguno quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios.”[26] Estos cristianos insensatos piensan que la Iglesia evitadora del martirio, la que “guarda su vida”, la que se hace amiga del mundo, la que por fin se reconcilia con él, será una Iglesia próspera, moderna, mucho más atractiva y también más alegre. Pero es todo lo contrario. Lo podemos comprobar ampliamente por la experiencia. Los mártires son alegres y los apóstatas son tristes. Los mártires hacen crecer la Iglesia. Los apóstatas manifiestos, y quizá más los encubiertos, la hacen estéril, la falsifican y, donde estén, acaban con ella.

Final

Hoy los cristianos fieles a Cristo son mártires del mundo y también mártires de aquella Iglesia local descristianizada en donde la providencia del Señor les ha dado vivir. Los fieles de Misa dominical, oración y sacramentos, apostolado y espíritu de pobreza (no gastos superfluos, para poder acordarse de los pobres y de la Iglesia), castidad juvenil y conyugal (no anticonceptivos), que “no se configuran a este siglo”, es decir, al pecado del mundo (lujo, culto al cuerpo, a la riqueza, al poder político, impudor en vestir, espectáculos, ocasiones próximas de pecado, malas doctrinas y costumbres, uso abusivo de los medios de comunicación, etc.), sino que, por el contrario, procuran “transformarse por la renovación de la mente, procurando conocer cuál es en todo la voluntad de Dios,”[27] son doblemente mártires, pues sufren la persecución del mundo y la de su Iglesia local. Por supuesto, la más dolorosa es la persecución que sufren de la Iglesia.

Una oración primero. “Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y vivir cuanto en él se significa.”[28]

Y ya, la elección. ¿Martirio o apostasía? La santísima Trinidad y la Virgen, todos los ángeles y santos del cielo, y también, sin saberlo, los cristianos de la tierra, están atentos a lo que usted decida: ¿Martirio o apostasía? Elija, por favor.[29]


[1] Gaudium et Spes 37b.

[2] Gaudium et Spes 13b.

[3] Hechos 1,8.

[4] Juan 18,37.

[5] Año 34: Hechos 6,8-7,60.

[6] Año 44: Hechos 12,2.

[7] Juan 15,18-20.

[8] Lucas 9,23-24.

[9] Lucas 14,33.

[10] Lucas 14,26.

[11] Anales XV, 44.

[12] Juan 12,24.

[13] ”Sanguis martyrum semen christianorum.” Apologeticum 50,13.

[14] VII, 78.

[15] Comentario sobre Daniel II, 38.

[16] Apologeticum, 35.

[17] Por ejemplo, Decio 251-253a.D., Valeriano 253-260a.D., Diocleciano 284-305 a.D.

[18] Constantino 312-337 a.D.

[19] Symposium Testigos de la fe en el siglo XX, Roma 2000.

[20] Apocalipsis 13,16-17.

[21] Católicos y política XIII. Doctrina de la Iglesia, post nro. 108, 11. En Reforma o Apostasía, Infocatolica.org, 29 de septiembre de 2010.

[22] Marcos 9,43-48.

[23] Mateo 14,1-12.

[24] Gálatas 6,12.

[25] Exaltación de la Cruz, meditación del 14 de septiembre de 1939.

[26] Santiago 4,4.

[27] Romanos 12,2.

[28] Oratio Domini, XV.

[29] Estas cuestiones pueden verse más desarrolladas en otros escritos míos, como cuando trato en Reforma o Apostasía, del pelagianismo (nn. 56, 59, 60) y del semipelagianismo (n. 61-65), y concretamente en (n. 63) Voluntarismo semipelagiano III. Más ampliamente expongo el tema en mis libros El martirio de Cristo y de los cristianos (Fund. Gratis Date, Pamplona 2003, 156 pgs.) y en De Cristo o del mundo (ib. 3ª ed. 2013, 233 pgs.). Muy recomendable es la obra clásica de Paul Allard, Diez lecciones sobre el martirio (ib. 2000).