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Raymond de Souza

La gente que profesa creer en Jesucristo a menudo da por sentada la Biblia o, más específicamente, los Evangelios. La mayoría simplemente asume que ellos están inspirados por Dios, y ése es el fin del asunto. Pero, en estos días de descristianización y de islamización cultural, es importante para los católicos conocer nuestros cimientos, y conocerlos bien.

¿Cuán históricos son los Evangelios? ¿Cuán auténticos? ¿Cuán confiables? Investiguemos estos importantes temas. Ante todo, ¿cómo aceptamos un documento como verdaderamente histórico? ¿Y qué queremos decir con la palabra ‘histórico’?

Una obra es histórica cuando refleja fielmente eventos pasados; si especula acerca del pasado no es histórica. Es ‘genuina’ o auténtica si el autor es verdaderamente la persona a la que la obra es atribuida; si alguien más pone su nombre sobre la obra, es un plagio; la obra es fidedigna si el autor merece credibilidad, está bien informado sobre los eventos narrados y dice la verdad; si su reputación revela una falta de seriedad, seremos lentos para confiar en lo que narra. Finalmente, la obra debe estar intacta, es decir sin partes faltantes, de lo contrario elementos importantes se perderían, lo que podría modificar el mensaje de alguna manera.

¿Los cuatro Evangelios son históricos en el sentido de los criterios que expuse arriba? ¡Muy decididamente!

En primer lugar, la autenticidad de los Evangelios es atestiguada por escritores cristianos y no cristianos de los siglos I y II. En ese tiempo los Evangelios eran ampliamente conocidos en las comunidades cristianas primitivas, eran reverenciados y guardados cuidadosamente por los fieles, especialmente los obispos, y eran leídos en la celebración dominical, y estudiados cuidadosamente por los incipientes estudiosos de la época. Y esto dentro de sólo cien años después de las muertes de los apóstoles. Es impensable que esos hombres, que entregaron sus vidas por no negar la verdad de su mensaje, hayan permitido que circularan falsificaciones entre sus comunidades. Nadie muere por una mentira.

Los conversos judíos, siempre muy celosos de su propia religión, no habrían aceptado a este Mesías crucificado a menos que ellos estuvieran concienzudamente persuadidos de la autenticidad de la narración del Evangelio, después de un cuidadoso escrutinio de las profecías de su propio [Antiguo] Testamento, y luego se hubieran dado cuenta de que todo se hizo realidad en Jesucristo, y sólo en Él. La pérdida del Templo, el archivo del sacerdocio, la mezcla de las tribus, los exilios, la ausencia del sacrificio, etc., etc., les hicieron ver que Jesucristo era el Mesías prometido del Antiguo Testamento.

Los cristianos gentiles, tanto romanos como griegos, acostumbrados como estaban a una vida de libertinaje moral, nunca habrían aceptado abandonar sus costumbres por una vida de sacrificio y riesgo de muerte, un código moral que les planteaba severas exigencias, a menos que estuvieran concienzudamente persuadidos de su autenticidad. Entre ellos había también muchos estudiosos, filósofos y personas muy educadas, que estaban tan convencidos que ellos entregaron sus vidas por la verdad del mensaje del Evangelio.

Por otra parte, desde los primeros días del cristianismo, escritores paganos[1] y escritores heréticos,[2] que atacaron a la Iglesia desde cada ángulo que pudieron pensar, ciertamente no habrían descuidado discutir la autenticidad de los Evangelios, si hubiera habido cualquier sombra de duda sobre ella. Pero no lo hicieron. Ellos pueden haber discutido la divinidad de Cristo, o los Sacramentos, o la autoridad de la Iglesia, etc., etc., pero nadie puso en duda jamás que los Evangelios eran auténticos. Fue sólo en los siglos recientes que los agnósticos y herejes plantearon sus dudas al respecto –¡demasiado tarde, compañero!

Los fieles cristianos conocían muy bien el significado de profesar la fe cristiana en público: podía significar la muerte para ellos y sus hijos. Muerte por el fuego o la espada, ser comido por bestias o marchar a trabajos forzados. Si los Evangelios no eran auténticos, ¿por qué ellos debían sacrificarse a sí mismos y hacer peligrar el futuro de sus hijos aceptando y promoviendo tales fraudes?

Los Evangelios fueron citados ampliamente por escritores de los siglos I y II, tales como el Papa Clemente (96 d.C.), Ignacio de Antioquía (107 d.C.), el Pastor de Hermas (145 d.C.) y Policarpo de Esmirna (155 d.C.). Merece una mención especial la Didajé, porque fue escrita entre el 95 y el 130 d.C., como el primer catecismo de la doctrina cristiana jamás escrito. Cita muchas veces a los Evangelios.

Unos cuantos escritores más de los tiempos de persecución y martirio, antes del año 313 d.C., cuando Constantino dio la libertad a la Iglesia: Justino de Samaria, quien se volvió cristiano en 130 d.C., testificó que los Evangelios fueron escritos por los Apóstoles y eran ampliamente leídos en las reuniones de cristianos en los días de culto (los Domingos); Papías de Frigia explicó las circunstancias del escrito de San Marcos (120 d.C.); Taciano escribió su armonía de los cuatro Evangelios, el Diatesseron –ningún historiador ha puesto en duda jamás su exactitud (170 d.C.); quizás el mejor historiador y apologista de los aquí citados es San Ireneo de Lyon, quien fue discípulo de Policarpo, él mismo discípulo de San Juan Evangelista, el último Apóstol; sus escritos combinan las tradiciones del Este y el Oeste, y siempre ha sido aceptado como decisivo.

El famoso Tertuliano (c. 200 d.C.) también defendió la autenticidad de los cuatro Evangelios, “que habían sido guardados por las iglesias desde los tiempos apostólicos”. Él menciona específicamente que los Evangelios son la obra de los Apóstoles Mateo y Juan y de los discípulos Marcos y Lucas.

Por lo tanto, siempre que un agnóstico acusa a los Evangelios de no ser auténticos, podemos responder simplemente con esto: que prueben su acusación en primer lugar. No tenemos que defender a los Evangelios contra acusaciones gratuitas. El principio es: quod gratis asseritur, gratis negatur. Lo que se afirma sin prueba, puede ser negado igualmente sin prueba. Lo que se afirma sin argumentos, también puede ser negado sin necesidad de argumentos. Por lo tanto, déjenlos presentar un argumento histórico sólido para probar que los Evangelios no son auténticos. La carga de la prueba le incumbe al acusador, no al defensor. Dejen que quienes acusan a los Evangelios de ser falsificaciones o inauténticos presenten su prueba en primer lugar. De lo contrario, simplemente ignoremos su acusación infundada y prosigamos hacia algo más importante.[3]


[1] i.e. Celso, muerto en 200 d.C.

[2] i.e. Basílides, muerto en 130 d.C.

[3] Texto traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes.