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San Pablo VI, Papa

Al atardecer del jueves 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, en presencia de una considerable multitud de fieles provenientes de cada parte del mundo, el Santo Padre celebra la Misa y el inicio de su décimo año de Pontificado, como sucesor de San Pedro. Con el Decano del Sacro Colegio, Señor Cardenal Amleto Giovanni Cicognani y el Vicedecano Señor Cardenal Luigi Traglia son treinta los Purpurados, de la Curia y algunos Pastores de diócesis, hoy presentes en Roma. Dos Señores Cardenales por cada Orden acompañan procesionalmente al Santo Padre al altar. En pleno el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, con el Sustituto de la Secretaría de Estado, arzobispo Giovanni Benelli, y el Secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, arzobispo Agostino Casaroli. Damos un informe de la Homilía de Su Santidad.[1]

El Santo Padre comienza afirmando que debe un vivísimo agradecimiento a cuantos, Hermanos e Hijos, están presentes en la Basílica y a cuantos, desde lejos, pero a ellos espiritualmente asociados, asisten al sagrado rito, el cual, a la intención celebrativa del Apóstol Pedro, a quien está dedicada la Basílica Vaticana, privilegiada guardiana de su tumba y de sus reliquias, y del Apóstol Pablo, siempre a unido a él en el designio y en el culto apostólico, une otra intención, aquella de recordar el aniversario de su elección a la sucesión en el ministerio pastoral del pescador Simón, hijo de Jonás, por Cristo denominado Pedro, y por lo tanto en la función de Obispo de Roma, de Pontífice de la Iglesia universal y de visible y humildísimo Vicario en la tierra de Cristo el Señor. El agradecimiento vivísimo es por cuanto la presencia de tantos fieles le demuestra de amor a Cristo mismo en el signo de su pobre persona, y lo asegura por tanto de su fidelidad e indulgencia hacia él, así como de su propósito, para él consolador, de ayudarlo con su oración.

La Iglesia de Jesús, la Iglesia de Pedro

Pablo VI prosigue diciendo que no quiere hablar, en su breve discurso, de él, San Pedro, porque sería demasiado largo y quizás superfluo para quienes ya conocen su admirable historia; ni de sí mismo, de quien ya bastante hablan la prensa y la radio, a las que por lo demás expresa su debido reconocimiento. Queriendo más bien hablar de la Iglesia, que en aquel momento y desde aquella sede parece aparecer delante de sus ojos como extendida en su vastísimo y complicadísimo panorama, se limita a repetir una palabra del mismo Apóstol Pedro, como dicha por él a la inmensa comunidad católica; por él, en su primera carta, recogida en el canon de los escritos del Nuevo Testamento. Este bellísimo mensaje, dirigido desde Roma a los primeros cristianos del Asia menor, de origen en parte judío, en parte pagano, como para demostrar ya desde entonces la universalidad del ministerio apostólico de Pedro, tiene carácter parenético, o sea exhortativo, pero no carece de enseñanzas doctrinales, y la palabra que el Papa cita es justamente tal, tanto que el reciente Concilio la ha atesorado por una de sus enseñanzas características. Pablo VI invita a escucharla como pronunciada por San Pedro mismo para todos aquellos a los cuales en aquel momento él la dirige.

Después de haber recordado el pasaje del Éxodo en el que se narra cómo Dios, hablando a Moisés antes de entregarle la Ley, dice: “Yo haré de este pueblo, un pueblo sacerdotal y real”, Pablo VI declara que San Pedro ha retomado esta palabra tan emocionante, tan grande, y la ha aplicado al nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del Israel de la Biblia para formar un nuevo Israel, el Israel de Cristo. Dice San Pedro: será el pueblo sacerdotal y real que glorificará al Dios de la misericordia, el Dios de la salvación.

Esta palabra, observa el Santo Padre, ha sido malinterpretada por algunos, como si el sacerdocio fuese un orden solo, y por ende fuese comunicado a cuantos son insertados en el Cuerpo Místico de Cristo, a cuantos son cristianos. Esto es verdad por cuanto se refiere a lo que es indicado como sacerdocio común, pero el Concilio nos dice, y la Tradición ya lo había enseñado, que existe otro grado del sacerdocio, el sacerdocio ministerial, que tiene facultades y prerrogativas particulares y exclusivas.

Pero lo que afecta a todos es el sacerdocio real y el Papa se detiene sobre el significado de esta expresión. Sacerdocio quiere decir capacidad de rendir culto a Dios, de comunicarse con Él, de ofrecerle dignamente algo en su honor, de conversar con Él, de buscarlo siempre en una profundidad nueva, en un descubrimiento nuevo, en un amor nuevo. Este impulso de la humanidad hacia Dios, que nunca es suficientemente logrado, ni suficientemente conocido, es el sacerdocio de quien es insertado en el único Sacerdote, que es Cristo, después de la inauguración del Nuevo Testamento. Quien es cristiano es por lo mismo dotado de esta calidad, de esta prerrogativa de poder hablar al Señor en términos verdaderos, como de hijo a padre.

El necesario coloquio con Dios

“Audemus dicere” [Nos atrevemos a decir]: podemos realmente celebrar, delante del Señor, un rito, una liturgia de la oración común, una santificación de la vida incluso profana que distingue al cristiano de quien no es cristiano. Este pueblo es distinto, aunque esté confundido en medio de la marea grande de la humanidad. Tiene su distinción, su característica inconfundible. San Pablo lo llama “segregatus” [separado], distanciado, distinto del resto de la humanidad justo porque está investido de prerrogativas y de funciones que no tienen los que no poseen la extrema fortuna y la excelencia de ser miembros de Cristo.

Pablo VI agrega, entonces, que los fieles, los cuales son llamados a la filiación divina, a la participación del Cuerpo Místico de Cristo, y son animados por el Espíritu Santo, y hechos templos de la presencia de Dios, deben ejercitar este diálogo, este coloquio, esta conversación con Dios en la religión, en el culto litúrgico, en el culto privado, y extender el sentido de la sacralidad también a las acciones profanas. “Ya sea que comáis o que bebáis –dice San Pablo– hacedlo por la gloria de Dios”. Y lo dice más veces, en sus cartas, como para reclamar al cristiano la capacidad de infundir algo nuevo, de iluminar, de sacralizar incluso las cosas temporales, externas, pasajeras, profanas.

Se nos invita a dar al pueblo cristiano, que se llama Iglesia, un sentido verdaderamente sagrado. Y sentimos el deber de contener la ola de profanidad, de desacralización, de secularización que sube y quiere confundir y ahogar el sentido religioso en el secreto del corazón, en la vida privada o incluso en las afirmaciones de la vida exterior. Se tiende hoy a afirmar que no es necesario distinguir un hombre de otro, que no hay nada que pueda obrar esta distinción. Más bien, se tiende a restituir al hombre su autenticidad, su ser como todos los demás. Pero la Iglesia, y hoy San Pedro, llamando al pueblo cristiano a la conciencia de sí, le dicen que es el pueblo elegido, distinto, “comprado” por Cristo, un pueblo que debe ejercitar una relación particular con Dios, un sacerdocio con Dios. Esta sacralización de la vida hoy no debe ser cancelada, expulsada de las costumbres y de la realidad cotidiana como si no debiera aparecer más.

Sacralidad del pueblo cristiano

Hemos perdido, señala Pablo VI, el hábito religioso, y muchas otras manifestaciones exteriores de la vida religiosa. Sobre esto hay mucho para discutir y mucho para conceder, pero debemos mantener el concepto, y con el concepto también algunos signos, de la sacralidad del pueblo cristiano, de los que son injertados en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Hoy algunas corrientes sociológicas tienden a estudiar la humanidad prescindiendo de este contacto con Dios. La sociología de San Pedro, en cambio, la sociología de la Iglesia, para estudiar a los hombres pone en evidencia justo este aspecto sagrado, de conversación con lo inefable, con Dios, con el mundo divino. Es preciso afirmarlo en el estudio de todas las diferencias humanas. Por más heterogéneo que se presente el género humano, no debemos olvidar esta unidad fundamental que el Señor nos confiere cuando nos da la gracia: somos todos hermanos en el mismo Cristo. No hay más ni judío, ni griego, ni escita, ni bárbaro, ni hombre, ni mujer. Todos somos una sola cosa en Cristo. Todos somos santificados, todos tenemos la participación en este grado de elevación sobrenatural que Cristo nos ha conferido. San Pedro nos lo recuerda: es la sociología de la Iglesia que no debemos borrar ni olvidar.

Cuidados y afecto por los débiles y los desorientados

Pablo VI se pregunta, entonces, si la Iglesia de hoy se puede confrontar con tranquilidad con las palabras que Pedro ha dejado en herencia, ofreciéndolas como meditación. “Pensamos de nuevo en este momento con inmensa caridad –dijo el Santo Padre– en todos nuestros hermanos que nos dejan, en los muchos que son fugitivos y olvidados, en los muchos que quizás nunca han llegado siquiera a tener conciencia de la vocación cristiana, aunque hayan recibido el Bautismo. ¡Cómo quisiéramos realmente extender las manos hacia ellos, y decirles que el corazón está siempre abierto, que la puerta es fácil, y cómo quisiéramos hacerlos partícipes de la grande, inefable fortuna de nuestra felicidad, la de estar en comunicación con Dios, que no nos quita nada de la visión temporal y del realismo positivo del mundo exterior!”

Tal vez nuestro estar en comunicación con Dios nos obliga a renuncias, a sacrificios, pero mientras nos priva de algo multiplica sus dones. Sí, impone renuncias pero nos hace sobreabundar de otras riquezas. No somos pobres, somos ricos, porque tenemos la riqueza del Señor. “Y bien –agrega el Papa– querríamos decir a estos hermanos, de quienes sentimos casi el desgarro en las vísceras de nuestra alma sacerdotal, cuánto nos están presentes, cuánto ahora y siempre y más los amamos y cuánto rezamos por ellos y cuánto buscamos con este esfuerzo que los persigue, los rodea, suplantar la interrupción que ellos mismos interponen a nuestra comunión con Cristo”.

Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que “por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. Hay duda, incertidumbre, problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. No se confía más en la Iglesia; se confía en el primer profeta profano que viene a hablarnos desde algún periódico o desde algún movimiento social para correr tras él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida. Y no nos damos cuenta de que en cambio ya somos nosotros dueños y maestros [de esa fórmula]. Ha entrado la duda en nuestras conciencias, y ha entrado por ventanas que en cambio debían estar abiertas a la luz. De la ciencia, que existe para darnos las verdades que no separan de Dios sino que lo hacen buscar todavía más y celebrar con mayor intensidad, ha venido en cambio la crítica, ha venido la duda. Los científicos son los que de modo más pensativo y doloroso doblan la frente. Y terminan por enseñar: “No sé, no sabemos, no podemos saber”. La escuela se convierte en palestra de confusión y de contradicciones a veces absurdas. Se celebra el progreso para luego poderlo demoler con las revoluciones más extrañas y más radicales, para negar todo lo que se ha conquistado, para volver a ser primitivos después de haber exaltado tanto los progresos del mundo moderno.

Incluso en la Iglesia reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Ha venido en cambio un día de nubes, de tormenta, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos separamos más y más de los otros. Buscamos excavar abismos en lugar de llenarlos.

Por un “Credo” vivificante y redentor

¿Cómo ha sucedido esto? El Papa confía a los presentes un pensamiento suyo: que ha sido la intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que se hace alusión también en la Carta de S. Pedro. Muchas veces, por otra parte, en el Evangelio, sobre los labios mismos de Cristo, retorna la mención de esto enemigo de los hombres. “Creemos –observa el Santo Padre– en algo preternatural venido al mondo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico, y para impedir que la Iglesia prorrumpiese en el himno de la alegría de haber recuperado en plenitud la conciencia de sí. Justo por esto querríamos ser capaces, más que nunca en este momento, de ejercer la función, asignada por Dios a Pedro, de confirmar en la Fe a los hermanos. Nos querríamos comunicaros este carisma de la certeza que el Señor da a aquel que lo representa, aunque indignamente, sobre esta tierra”. La fe nos da la certeza, la seguridad, cuando está basada sobre la Palabra de Dios aceptada y encontrada acorde con nuestra misma razón y con nuestro mismo espíritu humano. Quien cree con simplicidad, con humildad, siente que está en el buen camino, que tiene un testimonio interior que lo conforta en la difícil conquista de la verdad.

El Señor, concluye el Papa, si muestra Él mismo como luz y verdad a quien lo acepta en su Palabra, y su Palabra se vuelve, no más obstáculo a la verdad y al camino hacia el ser, sino un escalón sobre el que podemos subir y ser realmente conquistadores del Señor que se muestra a través de la vía de la fe, este anticipo y garantía de la visión definitiva.

Al subrayar otro aspecto de la humanidad contemporánea, Pablo VI recuerda la existencia de una gran cantidad de almas humildes, simples, puras, rectas, fuertes, que siguen la invitación de San Pedro a ser “fortes in fide” [fuertes en la fe]. Y quisiéramos –dijo Él– que esta fuerza de la fe, esta seguridad, esta paz triunfase sobre todos los obstáculos. El Papa invita por último a los fieles a un acto de fe humilde y sincero, a un esfuerzo psicológico para encontrar en su intimidad el impulso hacia un acto consciente de adhesión: “Señor, creo en Tu palabra, creo en Tu revelación, creo en quienes me has dado como testimonio y garantía de esta revelación Tuya para sentir y gustar, con la fuerza de la fe, el anticipo de la bienaventuranza de la vida que con la fe nos es prometida”.

Dado en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Jueves 29 de junio de 1972.

Tomado del Sitio de la Santa Sede.


[1] NOTA DE FE Y RAZON: Esta homilía de Pablo VI fue una de las principales alocuciones de su pontificado (1963-1978). Sin embargo, en el sitio web de la Santa Sede está disponible sólo en italiano, y no con su texto original y completo, sino por medio de un informe un poco resumido y no siempre literal, proveniente tal vez de L’Osservatore Romano. Hasta donde sabemos, ésta es la primera publicación completa en Internet y en español de ese informe. || Traducción del italiano por Daniel Iglesias Grèzes.

 

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