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Miguel Antonio Barriola

A lo largo de los siglos tanto políticos como guías religiosos han tenido que verse con las masas populares, a las que debían y han de gobernar. Unos como otros tienen que buscar el bien común, si bien en diversos planos: el inmediatamente temporal, en pos de la pacífica convivencia ciudadana, por una parte, y el últimamente trascendente para los creyentes. Aunque, ni el político puede desentenderse de Dios y los fines últimos, ni los guías religiosos de los asuntos de este mundo, ya que para llegar a la meta se ha de transitar por el camino.

Pero, la política se ha visto muy frecuentemente deformada por inmediatismos, el éxito a pedir de boca, populismos y espíritu de partido. No menos, el liderazgo espiritual se ha dejado contagiar por defectos semejantes y si no se está atento y vigilante durante la vida toda, se puede caer también en cultos de personalidades. Así fue como Pablo, en los cuatro primeros capítulos de 1 Corintios intios fustigó los corrillos, de quienes se jactaban: “Yo de Pablo, yo de Cefas, yo de Apolo” (ibid., 1:12; 3:4).

En toda la historia de la Iglesia este monstruo ha tratado de levantar cabeza: “Yo de Juan Pablo II, yo de Benedicto XVI, yo de Francisco…” Por todo lo cual, será siempre saludable no perder de vista las advertencias que Benedicto XVI dirigiera a 20.000 pastores-sacerdotes, para la clausura del año sacerdotal del 2010:

“‘Tu vara y tu cayado me sosiegan’: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes, que quieren atacar el rebaño, contra salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles.

Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor, si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa, que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por sendas difíciles y seguir a Cristo” (11 de junio de 2010).

De lo cual surge que el “pastor con olor a oveja” ha de estar no menos preparado para enfrentar, desenmascarar y vencer a los “lobos rapaces”, que surgirán hasta de las mismas filas creyentes, como anunció Pablo en su despedida de los presbíteros de Mileto (Hechos 20:29-31).

Resuena, tanto en Pablo, como en Benedicto XVI, la experiencia y riqueza de la más genuina tradición católica. Pablo, ante sus levantiscos corintios, no buscó adularlos, hacerse a toda costa el simpático con ellos. Al contrario, les advirtió sin medias tintas: “¿Qué prefieren? ¿Qué vaya a verlos con la vara en la mano, o con amor y espíritu de mansedumbre?” (1 Corintios 4:20). Evidentemente, si hubiera tenido que blandir la vara, no habría sido con menos amor. Porque quien ama busca el bienestar de los hijos, educandos, enfermos. Ahora bien, aplicar el bisturí y hacer sangrar, no es menor caridad que sonreír y acariciar. Tolerar los errores del prójimo va contra una de las obras de misericordia, que nos recuerda cómo “hay que corregir al que yerra”.

Santo Tomás de Aquino comentaba al respecto: “Aquel que es castigado con la vara, no siente por el momento la dulzura del amor, como el que es consolado con blandura” (In Iam. Cor. Lectura, ad locum). Es lo que hacía notar ya el autor de Hebreos 12:11: “Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella”. Al igual que Apoc 3:19: que pone en boca de Cristo esta advertencia realista y no menos empapada de aprecio: “Yo corrijo y reprendo a los que amo”.

Es posible, con todo, profundizar más, encarando otras circunstancias. Porque, cuando la inmoralidad e injusticia se vuelven palmarias y descaradamente públicas, como sucede hoy en día, proponiendo como “lo más natural y ‘artístico’” bailes impúdicos, “Gran Hermano” y repugnancias (eso sí, muy elegantemente vestidas o… sin tanto “vestido”), sería evidente cobardía dejar de denunciarlas. Porque, cuando el pastor es honrado y venerado y se lo pondera en los “mass-media”, puede asaltarle el temor de ser menos considerado y hasta denigrado, si reprendiera a quienes pareciera que lo aprecian.

Al respecto nos hace reflexionar San Agustín: Pablo agradeció a los gálatas: “Me recibieron como a un ángel de Dios. De hecho, puedo atestiguar que, si hubiera sido posible, se habrían arrancado los ojos y me los habrían dado” (Gálatas 4:14-15). “Pero –continúa Agustín– ¿tal vez porque se le rindió tanto honor, toleró a los pecadores, por el temor de llegar a ser rechazado o ser menos alabado por aquellos que él censuraba? Si hubiera obrado así, debería ser colocado entre los que se pastorean a sí mismos y no a las ovejas. Y habría dicho para sí mismo: ‘¿Qué me importa? Que cada uno haga lo que quiera; mi comida está asegurada y mi honor está a salvo. Tengo leche y lana suficientes; que cada uno vaya donde le plazca’… Por eso recuerda la acogida tan honrosa, para no parecer desagradecido… Pero, al mismo tiempo se acerca a la oveja enferma, inficionada, para extirpar la herida y no pactar con la podredumbre. ‘¿Y qué –dice Pablo–, me he vuelto enemigo, predicándoles la verdad?’. Aquí lo tenemos: se sirvió de la leche de las ovejas, como hemos recordado hace poco y se revistió con la lana de las ovejas, pero no ocultó la culpa de las ovejas. No buscaba sus conveniencias, sino las de Jesucristo”.

Testimonios posteriores (de los que presentamos sólo algunos) resuenan al unísono. Así, Pío XI, en la primera ordenación de obispos chinos, afirmó: “Yo moriría contento, antes que vivir apáticamente, neutral, sin atreverme a llamar al bien y al mal por su nombre y sin derramar toda mi sangre por los oprimidos, para manifestar la indignación cristiana, por más que fuera yo solo en el mundo. ¡No! Yo no seré jamás un perro mudo, incapaz de ladrar” (20 de noviembre de 1939; aludiendo a Isaías 56:10).

San Juan Pablo II en Ars (5 de octubre de 1986) recordaba: “El Cura de Ars tenía la valentía de denunciar el mal bajo todas sus formas, sin complacencia, porque estaba comprometida la salvación eterna de sus fieles. Si un pastor se queda mudo, viendo a Dios ultrajado y las almas perdiéndose, es muy desgraciado. Esta responsabilidad era la angustia del Cura de Ars”.

Alguno podría sentir: ¿No será esto demasiado repulsivo? ¿Es aconsejable estar siempre reprendiendo, retando a medio mundo? Es obvio que esta función, el uso de la “vara”, no ha de transformarse en la “mano dura” por sistema. También el pastor ha de “conducir a verdes praderas, fuentes tranquilas, preparar una mesa” (Salmo 23/22:1,5). Tendrá que animar y consolar a su rebaño, hacerle gustar el Evangelio, no sólo imponerlo como una carga.

Sólo que, en los días que corren, parece que es imperativo refrescar en la memoria y la práctica de toda la Iglesia el “munus regendi” de los pastores, que según el ya mentado San Agustín: “Non regit, qui non corrigit” (quiere decir no rige, quien no corrige. In Psalmum 44:17: en: Corpus Christianorum, Series Latina, 38: 505-506). Así es cómo, con demasiada frecuencia, muchos mitrados le pasan el fardo de las intervenciones odiosas a Roma, por el terror de caer mal ante grupos contestatarios o influyentes ante la opinión pública. Eso significa, ni más ni menos que arrinconar “la vara”.

Claro que se pierde popularidad tratando de ser fieles a Cristo. Pero nunca se ha de olvidar cuál es la finalidad del ministerio pastoral en la Iglesia, así como la voluntad bien decidida, para no vacilar ante posibles resultados inesperados. Como se lo advirtió Dios a Ezequiel (2:3-9): “Yo te envío, para que les digas: ‘Así habla el Señor’, y ya sea que te escuchen o se nieguen a hacerlo –porque son un pueblo rebelde– sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. El profeta, el pastor, obispo o sacerdote ha de anunciar la verdad, independientemente de la acogida por parte del pueblo. No es responsable de la aceptación o rechazo del mensaje, pero sí de comunicarlo. “Si alguno no los recibe o no escucha las palabras de ustedes, al salir de su casa o de la ciudad, sacudan el polvo de los pies” (Mateo 10:14).

Evidentemente, también se ha de esmerar el predicador para no hacer odioso el Evangelio, pero nunca a costa de traicionar su exigencia, abaratándolo al gusto del consumidor. “Ustedes saben –y Dios es testigo de ello– que nunca hemos tenido palabras de adulación. Ni hemos buscado pretexto para ganar dinero. Tampoco hemos ambicionado el reconocimiento de los hombres, ni de ustedes ni de nadie, si bien, como apóstoles de Cristo, teníamos el derecho de hacernos valer” (1Tesalonicenses 2:5-7).

Por lo cual, quien conciba su ministerio actual o futuro como un “cursus honorum”, un “far carriera”, se equivoca de medio a medio, o lo tergiversará, corrompiéndolo considerablemente: “lobos rapaces con piel de oveja” (Mateo 7:17), “asalariados” (Juan 10:12-15), que, ante todo, quieren salvar su pellejo, su buena reputación ante la opinión pública, importándoles poco que se hunda en la confusión el auténtico matrimonio, el amor, que no consiste sólo en el placer, sino que desemboca en la ardua tarea del hogar; la alegría genuina de auténticos gobernantes, que no reside únicamente en galas y fuegos artificiales patrióticos, sino en el aprecio del trabajo escondido de hospitales, escuelas y familias. Pero, cuando hasta toda esa área es invadida por la superficialidad, por más extendida que se encuentre, aun entre la gente sencilla, es preciso que se levanten voces como la del Cardenal Moreira Neves (Arzobispo de San Salvador de Bahía en 1987 y Prefecto de la Congregación de los Obispos, 1998-2000): “Yo acuso a la TV como destructora de nuestras familias. Yo apelo a la resistencia ante el despotismo, a la tiranía de los medios. Esta es una guerra de defensa” (Jornal do Brasil, 13 de enero de 1993).

Por eso, es de admirar cómo, cuando todo era tiniebla en la Iglesia, una humilde mujer supo sintonizar con la verdadera grandeza de lo que ha de ser un pastor. Catalina de Siena invitó a Gregorio XI (papa residente en Aviñón, sometido, como todos sus antecesores, a los caprichos de la corona francesa) a una entrega heroica y confianza soberana en la ayuda divina, con el fin de regresar a Roma, pese a rebeliones, odios y chantajes. Recuérdese de qué modo los cardenales mundanizados lloraron ante aquella decisión y el propio padre del papa, el conde Guillermo de Beaufort, se echó atravesado en el umbral de la puerta, para impedir que su hijo dejara el castillo papal de Aviñón. Parece que Gregorio XI, pasando por encima de su padre hubiese exclamado: “Caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones” (Salmo 91/90:13) (Ver: G. Papasogli, Catalina de Siena –Reformadora de la Iglesia, Madrid, 1980: 223).

Hay que armarse de este coraje en los actuales vendavales, no mirando tanto a privilegios propios cuanto más bien a la entereza de los profetas de Cristo, “príncipe de los pastores”, que dará a sus ministros “la corona imperecedera”, si es que apacentaron el rebaño que les fue confiado, “no por interés mezquino, sino con abnegación, no pretendiendo dominar, sino siendo de corazón ejemplo para el rebaño” (1Pedro 5:2-4).