euthanasia

José Alfredo Elía Marcos

Vivimos en un tiempo en el que se sabe perfectamente “de dónde vienen” los niños, pero donde se desconoce “a dónde marchan” los abuelos. Se vuelve a abrir el debate sobre la eutanasia. Algunos medios de comunicación, ciertos políticos y determinados sectores de la medicina presentan sus argumentos en pro de una “calidad de vida”, defendiendo un supuesto derecho a una “muerte digna”.

Pero estos argumentos no son nuevos, se basan en viejas ideologías decimonónicas que, pretendiendo construir un mundo feliz, no hacen sino despertar los monstruos de la tiranía, el horror, la guerra y la muerte.

Eutanasia proviene del griego “eu”(buena) y “tanatos” (muerte). ¿Pero qué significa una Buena Muerte? El cristianismo siempre la ha entendido como aquella en que el moribundo dejaba este mundo con los asuntos y negocios bien arreglados. “Buena muerte” expresaba morir perdonando y siendo perdonado, sin ninguna cuenta pendiente, reconciliándose y habiendo hecho las paces. Sólo entonces se podía exclamar: “Descanse en paz”. Pero en el último siglo este significado profundo ha sido estratégicamente sustituido por el de “muerte digna”, que en esencia viene a expresar morir sin dolor y sin causar dolor a los demás (sobre todo esto último). Si tiene que haber agonía, que ésta pase rápidamente, porque a fin de cuentas, para algunos, lo único que importa es: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

En este artículo se pretende presentar cuáles son las ideologías que sustentan los argumentos eutanásicos así como las estrategias que se emplean, para conocer sus verdaderas intenciones.

Más placer, menos dolor

Durante los siglos XVIII y XIX surgen ciertas algunas ideologías que consideraban determinadas dimensiones parciales del ser humano como valores absolutos. Así ha sucedido con quienes han construido su visión del mundo exclusivamente sobre la raza, la clase social, la economía, la nación o la razón. El laboratorio de la historia mostraría que estos reduccionismos fueron origen de los peores totalitarismos antihumanos.

Una de estas ideologías inhumanistas la constituye el utilitarismo, una corriente filosófica fundada por el economista inglés Jeremy Bentham, quien en 1780 publicó su Introducción a los principios de la moral. Para Bentham el fin del hombre es la búsqueda de la felicidad, pero una felicidad entendida como la obtención del máximo placer a costa del mínimo dolor. Él fue más lejos, considerando la felicidad como una magnitud que podía ser medida con precisión. El objetivo de la actividad política debía ser, pues, conseguir “la mayor felicidad para el mayor número de personas”.

Según el razonamiento utilitarista, lo que define la dignidad de la persona no es su capacidad de razonar, sino su capacidad de sufrir. El mismo Bentham llegó a afirmar que “un caballo que ha alcanzado la madurez o un perro es, más allá de cualquier compasión, un animal más sociable y razonable que un recién nacido de un día, de una semana o incluso de un mes. Supongamos, sin embargo, que no sea así. La pregunta no es ¿pueden razonar? Sino ¿pueden sufrir?”. Si Descartes postuló su célebre “pienso, luego existo”, Bentham perfectamente podría suscribir “siento, luego existo”.

Su discípulo John Stuart Mill retoma el utilitarismo. Coincide con su maestro en la definición de felicidad, pero a diferencia de Bentham, que medía la felicidad en términos cuantitativos, Stuart Mill concebirá la felicidad en términos cualitativos. Introduce así el concepto de “calidad de los placeres”, como aquel placer que es más deseado por todos. Mill llegó a afirmar que “la moral de la utilidad se basa en el principio de la mayor felicidad. Las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e incorrectas en cuanto tienden a producir dolor”.

Vidas que “no merecen ser vividas”

Sobre estos postulados se fundamentarán los racistas alemanes para defender las matanzas de miembros y grupos “no deseables” de la población. En un libro publicado en 1895 y titulado Das Rect Auf den Tud (El derecho a la muerte), uno de esos científicos, Adolf Jost, hizo una defensa anticipada de dicha eliminación física por parte de los médicos. Jost sostenía que “en consideración de la salud del organismo social, el estado debe tomar la responsabilidad de la muerte de los individuos”.

Años más tarde, el psiquiatra alemán Alfred Hoche y el juez Kart Binding escribían en 1920 el libro La legislación de la destrucción de la vida indigna de ser vivida (Die Freigabe der Vernichtung Lebersunwerten Lebens). Este libro defendía la tesis de que debía legalizarse la eliminación de la “gente sin valor”. Introduce asimismo los conceptos de “vida sin valor” o “vida que no merece ser vivida”, que posteriormente serán utilizados por los nazis para justificar sus horrores genocidas. Los autores hablan de “seres humanos sin valor” y reclaman “la eliminación de aquellos que no tienen salvación y cuya muerte es una necesidad urgente”. Según ellos existen humanos que están por debajo del nivel de las bestias y no tienen “ni la voluntad de vivir ni de morir”. Éstos estarían “mentalmente muertos” y por lo tanto forman “un cuerpo ajeno a la sociedad de los hombres”. Uno de los argumentos que más emplearán será el económico, ya que estas “existencias cargantes” suponen para el Estado “un despilfarro de dinero y trabajo por la asistencia médica a los retrasados”. Hoche y Binding reclamarán a la sociedad recuperar una “actitud heroica” supuestamente perdida para eliminar de la sociedad a estos “espíritus muertos”.

El proyecto secreto nazi

El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler y el partido nacionalsocialista acceden democráticamente al poder en Alemania imponiendo una dictadura totalitaria basada en tres ejes: un radical racismo, un exacerbado antisemitismo y un plan eugenésico de exterminio de los “débiles” y potenciación de la raza aria.

El plan eugenésico en la Alemania nazi comenzó con un programa de eutanasia infantil en el que niños con deformidades eran asesinados en las clínicas. Al principio era un programa secreto llamado Aktion T-4: por realizarse en un hospital situado en la calle Tiergartenstrasse 4: en Berlín. Un médico supervisaba la muerte y trataba de hacerla indolora. Los asesinos eran pediatras, psiquiatras y enfermeros.

La segunda fase del Aktion T-4 consistió en eliminar adultos “improductivos” como los inválidos o enfermos mentales. Entre 1939 y 1946 más de 260.000 pacientes mentales fueron exterminados en Alemania. El Estado alemán otorgaba documentación a los funcionarios de la “muerte por piedad”. El documento decía lo siguiente: “Delego en ______ para que, bajo su responsabilidad, autorice a determinados médicos a garantizar, según criterios humanitarios y después de valorar el estado de su enfermedad, una muerte por piedad a todos aquellos enfermos incurables”.

Según el escritor Henry Friedlander, los burócratas del T-4 eran personas jóvenes, sin pasión por el partido pero sí por el dinero. Buscaban promociones, empleos e influencias (lo mismo que puede buscar un eutanásico actual en una sociedad democrática). Sobre todo querían ser burócratas eficientes.

Tras la caída del Tercer Reich muy pocos fueron juzgados: sólo 23 médicos. De ellos, 15 fueron encontrados culpables y 7 fueron ahorcados.

Anuncio en un periódico alemán de esa época: “Esta persona sufre defectos hereditarios. Cuesta a la comunidad 60.000 marcos del Reich a lo largo de su vida. Hermano alemán, ése es también tu dinero. Lee el periódico mensual Nueva Gente de la Oficina de Política Racial del Partido Nazi”.

Consigna de una exposición del Sindicato de los Alimentos sobre “higiene racial”: “Con tu dinero. Un enfermo congénito que viva hasta los 60 años cuesta un promedio de 50.000 marcos”. En: Pueblo y raza. Revista ilustrada para la comunidad del pueblo alemán [Volk und Rasse. Illustrierte Monatszeitschrift für deutsches Volkstum] 10 (1936), pág. 335.

La denuncia de las atrocidades

El obispo de Münster, Monseñor Von Galen, y otros sacerdotes y laicos católicos denunciaron las ideologías neopaganas del nazismo, defendiendo los derechos humanos gravemente violados. También protegieron a los judíos y a las personas más débiles, a los que el régimen consideraba que debían ser eliminados.

Von Galen consiguió suspender la “operación eutanasia” nazi, y presentó a título personal denuncias por asesinato tras la muerte de minusválidos. En una de sus homilías denunció lo siguiente: “Desde hace meses escuchamos informaciones de que de los hospitales y centros para disminuidos psíquicos son trasladados forzosamente pacientes que están enfermos desde hace tiempo y que tal vez parecen incurables. De manera regular reciben los familiares poco después una notificación de que el enfermo murió, se incineró el cadáver y las cenizas pueden ser entregadas. Es general la sospecha, cercana a la certeza, de que tantos decesos imprevistos de enfermos mentales no ocurren naturalmente, sino que son el resultado de una deliberada decisión, resultado de adscribirse a la doctrina que afirma que habría derecho a eliminar la “vida no digna de ser vivida”, es decir matar a personas inocentes, cuando se considere que su vida carece de valor para el pueblo y el Estado. Una doctrina atroz que pretende justificar el asesinato de los inocentes y legitimar el homicidio violento de todos aquellos que ya no pueden trabajar, sean inválidos, mutilados, enfermos incurables o ancianos débiles”.

Peter Singer y el “derecho” a matar

Después de la 2ª Guerra Mundial el utilitarismo se vuelve más inhumanista, si cabe, al negar la distinción entre el ser humano y los animales, en lo que se ha llamado “deep ecology” o ecologismo radical. Según R. Ryder, hablar de preeminencia del hombre sobre el resto de los animales es un narcisismo de especie o “especieismo”, término acuñado por Ryder. El “especieismo” tendría su origen en el monoteísmo judeocristiano y llevaría a valorar más “un diminuto e insensible trocito de tejido embrionario” que toda la población de gorilas del África. Como se ve, el argumento es pobre y falaz, pero es el punto de partida de la ideología utilitarista/hedonista.

Representante de esta corriente sería el australiano Peter Singer, defensor de los “derechos” de los animales, y autor de libros muy significativos, como Liberación animal (1975) y Ética práctica (1979). Singer niega el valor sagrado de la vida humana. “No hay ningún motivo para dar más valor a la vida de un humano que a una planta de tomate”. Una vez eliminada la frontera entre hombre y animal, Peter Singer establece la prioridad de ciertos animales sobre ciertos seres humanos; valora especialmente a los simios, a los que designa como personas, ya que “usan y fabrican herramientas, utilizan el lenguaje al modo de los sordomudos y algunos tienen mayor autoconciencia que los seres humanos retrasados”.

Pero a su vez niega que algunos humanos sean personas, en concreto “los fetos, los recién nacidos, los impedidos mentales muy profundos y los comatosos sin esperanza”, ya que ninguno de ellos “es consciente de sí mismo, tiene sentido del futuro o capacidad de relacionarse con los demás”. De ellos afirma que “son miembros de la especie humana, pero no tienen en y por sí mismos un lugar en la comunidad moral laica”.

La proyección del utilitarismo en el ámbito biojurídico tuvo su implantación en el Informe Warnock, aprobado en 1985 en el Reino Unido. Este Informe establece la licitud del aborto y la manipulación del mal llamado “preembrión”. Defiende los derechos de los ancianos y los enfermos, pero niega el derecho a la vida a los que se encuentran en estado de coma. El criterio decisivo para el utilitarismo es la eliminación de todo sufrimiento, por ser algo indigno. Ello legitima la eutanasia o la manipulación genética como medica eugenésica para eliminar el sufrimiento, ya que “es preferible morir a sufrir”.

No es de extrañar que el poder del Estado prefiera una sociedad basada en el hedonismo, en lo agradable o lo desagradable, ya que éste es un parámetro que permite controlar y manipular fácilmente a los ciudadanos, imponiendo una dictadura del miedo y del terror.

La Iglesia de la Eutanasia, terrible secta surgida en Estados Unidos y con implantación en medio mundo, aboga por un suicido voluntario para “defender la naturaleza”.

La experiencia holandesa

Holanda es el país de Europa donde se viene viviendo tristemente una permisividad abierta hacia la eutanasia. Las leyes de este país favorecen la eutanasia en enfermos de “riesgo”, alcanzándose cifras de hasta 4.500 casos al año. El 81 % de los médicos de cabecera holandeses han realizado la eutanasia en algún momento de su carrera.

Muchos holandeses llevan un testamento o una tarjeta en la que se pide que se les realice la eutanasia “en caso de lesiones corporales o perturbaciones mentales de las que no se pueda esperar una recuperación suficiente para llevar una existencia digna y razonable”.

Esta mentalidad permisiva a la eutanasia crea paralelamente un ambiente de “coacción moral” que lleva a los enfermos terminales o “inútiles” a sentirse obligados a solicitar la eutanasia. Un grupo de adultos con minusvalías importantes denunciaba este hecho ante el Parlamento Holandés: “Sentimos que nuestras vidas están amenazadas… Nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad… Mucha gente piensa que somos inútiles… Nos damos cuenta a menudo de que se nos intenta convencer para que deseemos la muerte… Nos resulta peligroso y aterrador pensar que la nueva legislación médica pueda incluir la eutanasia”.

Desde abril de 2002: una nueva legislación en Holanda permite realizar la eutanasia a niños menores de 12 años.

Las estrategias de la “cultura” de la muerte

Analicemos ahora cuáles son y han sido las estrategias que emplean las campañas a favor de la eutanasia. La propaganda siempre se ha iniciado afirmando que en todos los casos la eutanasia debe ser voluntaria, es decir querida y solicitada expresamente por quien va a recibir la muerte. Pero el siguiente paso es pedirla para quien no está en condiciones de expresar su voluntad: el deficiente, el recién nacido, el agónico inconsciente… Una vez quebrado el principio del respeto al derecho fundamental a la vida, es cuestión de tiempo el formular el falso “derecho a decidir la propia muerte”. Cuando se inician los debates acerca de la legislación sobre la eutanasia, se produce siempre la misma contradicción: se insiste en legalizar sólo la eutanasia voluntaria, pero para ilustrar los “casos límite” se ponen, en cambio, ejemplos de enfermos terminales inconscientes y, por tanto, incapaces de manifestar su voluntad.

La estrategia se complementa con una manipulación del lenguaje, empleando eufemismos ideológicos y semánticos. Así, no se hablará nunca de “matar al enfermo” o de “quitarle la vida”. En su lugar se emplean expresiones como “ayudarlo a morir”, facilitarle la “culminación de la vida”, lograr su “auto-liberación”.

Paralelamente se presenta a los defensores de la vida como retrógrados, intransigentes, contrarios a la libertad individual y al progreso. El debate no se centra pues a favor de la dignidad humana, sino a través de los prejuicios creados por sus defensores. Se promueven encuestas que reflejan que la mayoría de los ciudadanos, médicos y enfermos de cáncer está a favor de la eutanasia. Estas encuestas no son fiables pues el resultado depende en gran medida de cómo se planteen las preguntas y de cómo se interpreten las respuestas.

Los medios de comunicación se encargan de crear un clima favorable a la legalización. Se presentan casos extremos como el reciente de Terry Schiavo en EE.UU. o mediante películas como Million Dollar Baby o la española Mar adentro, basada en el caso de Ramón San Pedro.

Sentido auténtico del dolor y de la muerte

El dolor y la muerte forman parte de la vida. Absolutamente nadie es ajeno al dolor. La muerte es el destino inevitable de todo ser humano y constituye pues el horizonte natural del proceso vital. Pero esta culminación de la vida conlleva una incertidumbre en cuanto a saber cuándo y cómo ha de producirse. La actitud que adoptamos ante el hecho de que hemos de morir determina en parte cómo vivimos. Por eso la persona que asume la propia finitud de la vida toma conciencia de la fugacidad del propio tiempo, de que cada día es único y de que cada ocasión es irrepetible.

El dolor y la muerte no son obstáculos para la vida, sino que son dimensiones de ésta. Quien se niega a admitir la naturalidad de estos hechos tratando de huir o evadiéndose del interrogante que ésta plantea, termina negando la propia realidad de la existencia personal, lo que es causa de deshumanización y de frustración vital.

Es natural en el hombre rechazar lo doloroso y su sufrimiento. Pero si este rechazo se convierte en un absoluto a cualquier precio, se pueden cometer injusticias y actos censurables claramente antihumanos. Justificar que una “muerte digna” es aquella que se produce en ausencia de dolor puede llevar a legitimar homicidios –bajo el nombre de eutanasia– y a privar a la persona moribunda del efecto humanizador que el mismo dolor puede tener.

El dolor y el sufrimiento, como cualquier otra dimensión natural de la vida de la persona, tienen también un valor positivo, cuando nos ayudan a comprender mejor nuestra naturaleza y sus limitaciones, si sabemos integrarlos en nuestro proceso de crecimiento y maduración. La persona que sufre y acepta su sufrimiento llega a ser más humana, pues comprende y hace suya una dimensión básica de la vida que ayuda a hacer más rica la personalidad. Además la persona que sufre comprende más fácilmente el dolor y el sufrimiento de los que como él lo padecen. Adquiere la capacidad de com-padecer. Padecer con los demás permite ayudar a aliviar, curar y sanar el mal que otros sufren. Si la pierna rota no doliera, ¿cómo sabríamos que necesita reposo y reparación? El dolor se convierte de esta manera en una ventana abierta al sufrimiento de los demás.

Decía el pensador judío Herman Cohen que “la suprema dignidad del ser humano se manifiesta en el sufrimiento”. No en balde el sufrimiento es uno de los componentes esenciales de la memoria y del proyecto y hace posible el ejercicio de la piedad ajena.

En su naturaleza última, el dolor y la muerte humana encierran un misterio, que no es otro que el misterio del ser humano en el mundo; es también el misterio de la libertad y del amor, que son realidades vivas e íntimas, aunque intangibles, y que no encuentran explicación suficiente en la física o la química de la materia.

La civilización y el estado de derecho se fundamentan en el respeto a la dignidad de la persona. El Estado y las instituciones sociales tienen por tanto el deber de velar para que ésta se respete en todas las etapas vitales de su desarrollo. Por ello el Estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia, pues la vida de un inocente es un bien que trasciende el poder de disposición tanto del individuo como del Estado.

El misterio del ser humano y de la dignidad de la persona es expresado por la Iglesia Católica en términos de sacralidad. Por ello afirma la Congregación para la Doctrina de la Fe en su instrucción Donum vitae (El don de la vida) que “la vida humana… (es) sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho a matar de modo directo a un ser humano inocente.”