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Equipo de Dirección

En nuestros días muchas personas bautizadas dicen: “Yo creo en Dios pero no en los curas”. Sin embargo, en la Última Cena Nuestro Señor Jesucristo instituyó la eucaristía y el sacerdocio de la Nueva Alianza, y dio a sus Apóstoles, los primeros sacerdotes cristianos, el poder de convertir pan y vino en su Cuerpo y Sangre (Lucas 22:19: “Hagan esto en memoria mía”). Además, el mismo día de su resurrección, el Señor Jesús dio a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados (Juan 20:23: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”). Por último, momentos antes de su Ascensión al Cielo, Cristo dijo a sus Apóstoles: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mateo 28:18-20).

El cristiano debe creer en la Palabra de Dios, transmitida por escrito en la Biblia y de otras formas en la Tradición de la Iglesia Católica; y esa Palabra nos asegura que Jesucristo fundó una Iglesia para continuar su misión de salvación y dio a Pedro y a los demás Apóstoles el poder de predicar, santificar y gobernar la Iglesia en su nombre. Este poder de Pedro y los otros Apóstoles ha pasado a sus sucesores, el Papa y los Obispos en comunión con él, y también, en determinado grado y medida, a los presbíteros o sacerdotes, colaboradores de los Obispos. El sacerdote representa a Cristo: cuando un sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza; cuando un sacerdote perdona los pecados, es Cristo quien perdona; cuando un sacerdote consagra pan y vino, es Cristo mismo quien consagra y se hace sacramentalmente presente. Ser cristiano y no creer estas cosas no es coherente.

Quienes dicen ser cristianos y no creer en los sacerdotes o en la Iglesia Católica suelen basar su postura en el problema del pecado en la Iglesia. Ante todo conviene responderles que la existencia del pecado en la Iglesia no contradice la doctrina cristiana sino que la confirma. Los cristianos creemos que Jesús murió en la Cruz “por nuestra causa”, “por nuestros pecados” (aunque obviamente este “nosotros” no se limita a los cristianos, sino que los incluye, abarcando a toda la humanidad). También creemos que la Iglesia es santa y no obstante está necesitada de purificación en sus miembros. La Iglesia, comunión divino-humana, es santa porque Dios, que es su centro, es perfectamente santo, no porque todos los miembros de la Iglesia sean totalmente santos, que no lo son.

Para profundizar algo en este tema, es necesario realizar las siguientes distinciones:

  • Sólo Dios uno y trino es absolutamente santo. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, santifica a los cristianos. Sin embargo, sólo Dios es santo en un sentido primero y original. Los cristianos son santos en un sentido segundo y derivado. Podemos comparar a la santa Iglesia con la Luna, que no tiene luz propia, sino que refleja la luz del Sol, que representa figurativamente a Cristo.
  • La Iglesia está compuesta de tres partes: la Iglesia terrestre o militante, la Iglesia purgante y la Iglesia celestial o triunfante, partes presentes respectivamente en la Tierra, el Purgatorio y el Cielo. La Iglesia celestial ya no está necesitada de purificación. En el Cielo los cristianos participan de la gloria y de la santidad del mismo Dios. Conocen y aman como Dios conoce y ama.
  • En la Iglesia terrestre hay “santos” (cristianos en estado de gracia) y “pecadores” (cristianos en estado de pecado mortal). En este sentido de la palabra “pecador” –que es su sentido más propio– sólo algunos cristianos son pecadores. Distinguir con certeza plena quiénes son en la Iglesia los santos y quiénes los pecadores supera la capacidad del hombre. Esto es una prerrogativa del juicio de Dios.
  • En la vida de cada cristiano hay gracia y pecado, actos buenos y malos. Debemos reconocer con humildad nuestras culpas, arrepentirnos sinceramente de ellas y confiar en la misericordia de Dios, que hace sobreabundar la gracia allí donde abundó el pecado.
  • Algunos cristianos que viven habitualmente en estado de gracia llegan a vivir las virtudes cristianas en grado heroico, lo cual no implica que no pequen de forma leve con cierta frecuencia. Éstos son los “santos” en el sentido más usual del término: los santos canonizados o canonizables por la Iglesia. Después de la muerte, las almas de estos santos gozan de la contemplación de Dios en el Cielo.

De hecho los hijos de la Iglesia han pecado a lo largo de la historia. No se debe minimizar estas culpas, pero sólo Dios puede juzgarlas absolutamente. La Iglesia católica reconoce las culpas de sus hijos y pide perdón a Dios y a los hombres por ellas. Al parecer, muchas de las otras iglesias, religiones, naciones, ideologías, etc. no han hecho otro tanto, aunque también deberían hacerlo. Sin embargo, en honor a la verdad histórica, se debe rechazar las “leyendas negras” anticatólicas. Algunas de ellas son simples falsedades (como el supuesto antisemitismo del Papa Pío XII) y otras son sobre todo enormes exageraciones de abusos reales (como en los estereotipos anticatólicos acerca de la Inquisición, las Cruzadas, etc.). Los críticos anticatólicos suelen incurrir en la evidente falacia de hacer generalizaciones indebidas a partir de casos puntuales, por ejemplo deducir del complejo “caso Galileo” una supuesta oposición permanente y esencial de la Iglesia Católica a la ciencia moderna. Se incurre en un sofisma semejante al juzgar a toda la Iglesia por actos malos cometidos por algunos de sus miembros (por ejemplo, los abusos sexuales perpetrados por algunos clérigos).

Es muy importante comprender que los pecados de los hijos de la Iglesia no proceden de la fe cristiana sino de su negación práctica. Esos pecados son contrarios al Evangelio, a la verdad revelada por Dios en Cristo. Hay quienes van a Misa todos los domingos y son malos católicos. Pero no son malos católicos porque van a Misa, sino a pesar de que van a Misa. No ocurre otro tanto con las ideologías (liberalismo individualista, socialismo colectivista, etc.). Los crímenes de estas ideologías no son meros accidentes históricos, sino que dimanan de su misma esencia. Provienen necesariamente de ellas del mismo modo que una conclusión se deriva de unas premisas.

En la historia de la Iglesia Católica abunda el pecado, pero sobreabunda la gracia. La Iglesia ha permanecido fiel a Jesucristo y ha dado en todo tiempo en muchos de sus hijos frutos de santidad, un testimonio creíble de Cristo. Por la gracia de Dios, la Iglesia ha sido en todas las épocas –incluso las más turbulentas– la Esposa inmaculada del Cordero. Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad histórica hacer que en su rostro resplandezca cada vez más claramente la belleza de Cristo resucitado, Luz de las gentes.

En los últimos años casi todos los medios de comunicación social han dado una cobertura muy destacada al escándalo de los abusos sexuales de menores por parte de algunos sacerdotes católicos y a las reacciones inadecuadas de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica ante dichos abusos. Condenamos tanto esos abusos como “el abuso de los abusos”, es decir la explotación con fines anticatólicos del fenómeno de los abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes.

Por ejemplo, hemos leído en importantes medios de prensa uruguayos y de la pluma de autores muy conocidos: un artículo que pretende demostrar que la fe católica es irracional y que los verdaderos creyentes son fanáticos peligrosos; otro artículo que sostiene que la Iglesia Católica defiende el derecho a la vida para que haya más niños de los que sus sacerdotes puedan abusar y que la misma Iglesia ha perdido toda autoridad para predicar su doctrina moral; un tercer artículo que achaca a toda la Iglesia Católica la culpa de la tolerancia de esos abusos y que propone como “solución” la abolición del celibato sacerdotal; etc.

Nuestra condena absoluta de todo abuso sexual no queda de ningún modo relativizada ni atenuada por nuestro firme rechazo de la utilización de este escándalo con miras a destruir la autoridad moral de la Iglesia Católica. En honor a la verdad, una cosa no quita la otra. Es más, ambos males (los abusos sexuales por parte de miembros del clero y el abuso de este escándalo por parte de la prensa anticatólica) provienen en última instancia de la misma raíz: el rechazo a la ley de Dios. No hay que buscar la causa de los citados abusos en la moral sexual católica (que, al contrario, exige a todos los hombres una vida casta) ni en el celibato sacerdotal (precioso don de Dios a su Iglesia), sino ante todo en el alejamiento teórico o práctico de algunos sacerdotes con respecto al contenido de la fe católica, incluyendo la doctrina moral. Aunque, como dice el sabio refrán popular, “en todas partes se cuecen habas”, es claro que, ceteris paribus, es más probable que incurra en abuso sexual un sacerdote que no cree en la realidad del infierno ni en la existencia de normas morales absolutas que un sacerdote que se adhiere firmemente a toda la doctrina católica.

Lo principal que podemos hacer nosotros, simples fieles cristianos, en esta materia, es orar por los sacerdotes y dar un testimonio personal creíble del Evangelio de Jesucristo, con palabras y obras. En cuanto a la Jerarquía, le corresponde cumplir estrictamente las normas establecidas por Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco para combatir el problema llamado (de modo no muy exacto) de “la pedofilia en el clero”. En particular, teniendo en cuenta que en un porcentaje desproporcionadamente alto de los casos denunciados de pedofilia en el clero los culpables son sacerdotes homosexuales, los Obispos deben hacer cumplir la norma que prohíbe la admisión de personas homosexuales en los seminarios. También deben combatir con decisión al “lobby gay” (rechazado por el Papa Francisco) allí donde haya logrado enquistarse en el clero.

En cuanto al “abuso de los abusos”, en la mayoría de los casos nos toca más directamente, en la medida en que todos hemos escuchado o leído acusaciones delirantes contra la Iglesia Católica y hemos visto cómo incluso algunas personas de buena voluntad comienzan a sentir, quizás con angustia, cierta desconfianza, no respecto a este o aquel sacerdote u obispo, sino respecto a la Iglesia entera o toda su jerarquía. Ante esta situación, nuestro deber es tratar de disipar las falsedades o mentiras que la propaganda anticatólica está diseminando con tanta eficacia; y además, venciendo toda “hemiplejia moral”, combatir también los casos de abuso sexual fuera de la Iglesia Católica, muchísimo más numerosos que los que se dan dentro de ella, pero mucho menos destacados por la gran prensa.

Oremos a menudo por nuestros sacerdotes. Señor, da a tu Iglesia muchos sacerdotes santos y santifica a todos los sacerdotes. No permitas que caigan en la tentación de cometer o tolerar ningún abuso grave contra tu santa Ley. Más aún, haz que no sólo no cometan o toleren abusos sexuales, sino que sean modelos de castidad y de todas las virtudes humanas y cristianas; y que no sólo no abusen de su ministerio sacerdotal promoviendo o tolerando herejías o sacrilegios, sino que sean modelos de fidelidad a la doctrina, la moral y el culto de la santa Iglesia católica.