racismo-ideologia-de-la-modernidad

José Alfredo Elía Marcos

Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX tiene lugar en el mundo una de las páginas más vergonzosas de la historia contemporánea y que han marcado las relaciones entre las culturas y las naciones de nuestro tiempo presente.[1]

El racismo es una ideología que bien podríamos enmarcar dentro de la ”cultura de la muerte,” un término acuñado por Juan Pablo II para denunciar aquellas ideologías, estrategias y políticas de carácter antihumano que generan odio, dolor y muerte. El racismo sienta sus bases en dos elementos clave de la modernidad. Por una parte la ruptura religiosa que se produce en la Europa del Renacimiento como consecuencia del protestantismo. Calvino, Lutero y otros reformadores creen en la doctrina de la [doble] predestinación, una teología en la que la salvación eterna se destina a unos pocos “elegidos”. Como consecuencia de esta visión maniquea del ser humano, los individuos, las sociedades y las naciones serán llamados, unos a salvarse, mientras que el resto estarán predestinados a la condenación.

El pensamiento protestante parte de una concepción profundamente pesimista del ser humano. Su antropología se basa en que el pecado original corrompe esencialmente al hombre en su naturaleza. No hay lugar para que actúe la benevolencia de la gracia, pues sólo Dios decide quién se salva. Ante este panorama, sólo el Estado puede con sus leyes devolver la paz a la sociedad. Esta situación de corrupción continua en que viven los hombres será el germen de lo que los racistas del siglo XIX llamarán ”decadencia de la civilización occidental” consecuencia del contacto de esta con ”elementos indeseables” de otras civilizaciones, ”corrompidos por el vicio y las malas costumbres”.

El otro elemento esencial en la génesis del pensamiento racista es la ruptura antropológica que el pensamiento ilustrado del siglo XVIII produce con su idea de progreso humano desvinculada de toda visión trascendente de la persona. No cabe buscar una salvación después de la muerte, sino que el laicismo pregona una salvación ya en la tierra a través del progreso. Este progreso se definirá como un proceso de perfeccionamiento biológico, cultural y moral de las sociedades y los hombres. El progreso se convierte en la  nueva religión laica, fuera de la cual no existe salvación. Por todo ello el racismo encontró su caldo ideológico en los países donde se había desarrollado el protestantismo y el liberalismo ilustrado. Estos dos elementos confluyen en el siglo XIX para constituir una de las peores ideologías del inhumanismo contemporáneo.

El racismo es un conjunto de doctrinas que surgen en un momento específico de la historia: la Modernidad, más en concreto durante la Ilustración. Se irá desarrollando durante el siglo XIX incorporando datos de las ciencias positivas, hasta alcanzar su apogeo con su aplicación en las políticas genocidas del nacionalsocialismo alemán.

El estudio del racismo es complejo, pues las  ideologías de la muerte  siempre son parciales y contradictorias, pero si pudiéramos sintetizar los rasgos más importantes del racismo estos serían los siguientes.

  1. Los seres humanos se dividen fundamentalmente en razas. El factor raza adquiere así una importancia antropológica decisiva.
  2. Existe una correspondencia entre los rasgos físicos y morales de cada raza. Cada raza se define por una serie de características inmutables, que son transmitidas hereditariamente. Estos rasgos heredados no se limitan tan solo a los rasgos físicos, sino que incluyen también las aptitudes y actitudes psicológicas, que son las que generan las diferencias culturales entre las naciones.
  3. Existe una jerarquía entre las razas, siendo la raza aria superior a las demás. Esta superioridad no proviene del individuo sino del grupo o colectivo. Por ello en cada raza son determinantes el conjunto de seres superiores, “bellos y moralmente perfectos” que actúan como colectivo y transmiten su superioridad al resto.
  4. Las razas superiores se “degeneran” al contacto con las inferiores. La mezcla de razas contribuye a diluir la esencia de los grupos superiores ya que la sangre se va degradando en las sucesivas “aleaciones”.
  5. Preponderancia del grupo sobre el individuo. No existe la individualización de las personas. La persona es lo que su grupo “racial” de pertenencia es. La diferenciación al interior de la raza no existe según la concepción racista.
  6. La historia no es más que la lucha de las razas en las que las superiores dominan sobre las inferiores. La práctica política es el lugar de aplicación de las tesis racistas. Rudolf Hess diría que“El Nacional Socialismo no es otra cosa que la biología aplicada”.

Una de las primeras veces que aparece el término ”racismo” en círculos académicos para referirse al dogma de la superioridad de unas razas sobre otras, es en la obra de la antropóloga Ruth Benedict Race and Racism (1942). En los siguientes años, el término se irá asociando a las políticas segregacionistas de los Estados Unidos o al régimen de apartheid en Sudáfrica. Benedict afirma que el racismo es una religión establecida sobre una concepción naturalista del mundo. Ella propone que el racismo es: “El dogma de que un grupo étnico está condenado por la Naturaleza a una inferioridad, y otro grupo está destinado a una superioridad hereditaria. Es el dogma de que la esperanza de la civilización depende de la eliminación de algunas razas y del mantenimiento de otras en estado de pureza”.[2]

Para Andrey Smedley (1993) son cinco los elementos que forman la construcción de la “raza” como base para la ideología racista:

  1. Los grupos humanos pueden clasificarse universalmente como entidades bióticas exclusivas y discretas. Los criterios de clasificación pueden ser dispares, como rasgos fisiológicos, variaciones fonéticas y lingüísticas y aspectos conductuales. En todo caso las categorías son arbitrarias y subjetivas dependiendo siempre del observador que las enuncie.
  2. Cada grupo humano representa un ethos desigualitario, de tal manera que a cada raza le corresponde una “personalidad” distinta.
  3. El tercer elemento consiste en creer que las características físicas externas de las poblaciones humanas no son más que manifestaciones superficiales de realidades más profundas como la inteligencia, la capacidad de mando, el temperamento o actitudes morales.
  4. El cuarto elemento es considerar todas estas cualidades como heredadas y heredables (heredabilidad de los caracteres psicológicos).
  5. El último aspecto en la construcción de la ideología de la raza es considerar que cada una de ellas viene determinada como es por leyes naturales fijas e inalterables que nunca podrán ser franqueadas o superadas (determinismo biológico).

Robert Miles critica las formas de neorracismo que trasladan la doctrina de la raza a la cultura, sustituyendo la pureza racial por la ”autenticidad de la identidad cultural”. Para él, el neorracismo está sustituyendo la biologización por la culturalización. Miles define de esta manera el racismo: “El concepto de racismo es una ideología. Funciona atribuyendo significados a ciertas características fenotípicas y/o genéticas, que crea un sistema de categorización y atribuye unas características adicionales a las personas encuadradas en esa categoría”.[3]

A veces se asocia el racismo como una actitud y un sentimiento de odio o rechazo ante una determinada etnia. Para aclararlo el antropólogo Juan Aranzadi, en un artículo titulado Racismo y piedad, define el racismo como una doctrina ideológica: “El racismo es una doctrina, una teoría, una ideología, no una actitud, un sentimiento o una conducta. Aunque estos últimos sean de distancia, desprecio, exclusión e incluso rechazo, sólo merecen el calificativo de racistas cuando van acompañados y se racionalizan, justifican y fundamentan en una ideología racista individualmente aceptada y formulada como tal, y/o colectivamente sancionada por la ley, norma o costumbre grupal”.[4]

Como vemos, en lo que coinciden todos los investigadores actuales es que el racismo es una ideología y que como toda ideología no es un simple sistema de pensamiento, sino una concepción del mundo que, movida por una voluntad de poder, busca imponerse para obtener rentabilidad política. Las ideologías no persiguen alumbrar la verdad, sino hacerse con el poder en lo político y lo cultural. Por eso, si es beneficioso para la propia voluntad de poder cambiar los hechos, estos se cambian.

El historiador Tzvetan Todorov (n.1939), Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008, insiste en este aspecto ideológico del racismo y cómo el resto de las disciplinas del conocimiento se orientan a justificarlo: “La doctrina racista es aquella elaboración intelectual relativa a la existencia y comportamiento de las razas humanas que se desarrolla desde mediados del siglo XVIII, al principio promovida por la ciencia natural, y más tarde acompañada por prácticamente todas las disciplinas del pensamiento y el saber humano, como biólogos, anatomistas, filósofos, etólogos o filólogos, que llega a su apogeo y derrumbe en el siglo XX al ser utilizada políticamente con nefastas consecuencias.”[5]

El concepto de raza no es sino un estereotipo cultural que se basa en la descripción de rasgos externos, color de la piel, pelo, rasgos faciales, constitución anatómica, etc., que fueron por primera vez sistematizados por los científicos de la modernidad. Así lo reconoció la UNESCO en la siguiente declaración: “El racismo constituye, entre otras cosas, una simplificación de la realidad, no sólo porque es obvio que no existen razas superiores ni inferiores, sino porque en contra de lo que habitualmente se cree, hoy en día está claro que el concepto de “raza” no tienen validez científica, ya que no está vinculado a datos biológicos precisos; se trata más bien de una imagen social condicionada en gran medida por la apariencia física de las personas.”[6]

En la actualidad la base científica del racismo no se puede mantener. Estudios realizados en los últimos años sobre la genética de poblaciones concluyen que no hay fundamento científico para clasificar a los seres humanos en razas, y mucho menos para establecer una jerarquía entre ellas, ya que la diversidad genética, bioquímica y sanguínea entre individuos de una misma “raza” es incluso mayor que la que pueda existir entre “razas” distintas. El biólogo Carles Lalueza escribe al respecto: “Se ha descubierto que los seres humanos, considerados en conjunto, son notablemente uniformes desde el punto de vista genético; no hay genes específicos de poblaciones y prácticamente en cada población están representadas todas las variantes genéticas (llamadas alelos) donde es posible localizar un gen. El 99,9 % del material genético de dos individuos elegidos al azar es idéntico, y las diferencias se encuentran mayoritariamente en zonas del genoma que no son codificadoras; además, la escasa variación genética existente la encontramos entre individuos de una misma población más que entre individuos de poblaciones diferentes. No hay, consecuentemente, una correspondencia entre divisiones genéticas y clasificaciones raciales tradicionales. […] La biología molecular, por tanto, lejos de reforzar la existencia de razas, constituye el principal adversario de esta hipótesis, por eso, como dice el genetista Jaume Bertranpetit, de la Universidad Pompeu Fabra, la ciencia es un arma contra el racismo.”[7]

El Premio Nobel de Medicina (1965) François Jacob afirma que el término raza ha perdido para la biología su valor científico: “El concepto de raza ha perdido cualquier valor operativo, y no puede sino fijar nuestra visión de una realidad incesantemente movediza; el mecanismo de transmisión de la vida afirma que cada individuo es único, que los individuos no pueden ser jerarquizados y que la única riqueza es colectiva: está hecha de diversidad. Todo lo demás es ideología.” [8]

Sin embargo la doctrina del racismo fue en el pasado ampliamente difundida por grandes intelectuales y científicos. “Hace más de un siglo la ciencia (…) redescubrió y, se dice, demostró que unos hombres eran distintos a otros, que esta diferencia se basaba en razones morfológicas y conllevaba una jerarquización y un derecho de opresión de los seres humanos.” [9]

Por ello es necesario conocer por qué y cómo se gestó esta gran mentira según la cual una raza se arrogaba el poder de dominio, control y a veces de exterminio sobre otras. Este conocimiento nos ayudará a desarticular el racismo como doctrina y a evitar que se vuelva a repetir esta pesadilla entre los hombres.

Según la filósofa Hannah Arendt (1987) durante el siglo XIX se crearon varias ideologías, pero solo dos de ellas llegaron a tener relevancia: la que interpreta a la historia como una lucha económica de clases y la que interpreta a la historia como una lucha natural de razas. El atractivo de ambas para las grandes masas resultó tan decisivo que obtuvieron el apoyo del Estado y se establecieron como doctrinas oficiales nacionales. “Pero mucho más allá de las fronteras dentro de las cuales el pensamiento de raza y el pensamiento de clase habían evolucionado hasta llegar a ser normas obligatorias de pensamiento, la libre opinión pública las había adoptado hasta el extremo que nadie aceptaba una interpretación de los hechos del pasado o del presente que no fuera a través de una de estas perspectivas”.[10]

El racismo supone la racionalización de una serie de prejuicios con el objetivo de mantener y sustentar unas situaciones de discriminación y explotación de determinados grupos sociales. La cuestión de la raza se emplea con fines políticos y para justificar así la discriminación y explotación de gentes.

La teoría racista es en realidad un culto a la violencia. La raza se convierte en fatalidad contra la que no cabe resistirse; de ahí que no pueda apelarse a un supuesto humanismo, ya que sería contrario a las leyes de la naturaleza según la biopolítica racista. Este pensamiento desemboca en un estado de barbarie y de ”cultura de la muerte”, como muestra el autor nacionalsocialista Ernst Mann en Die Moral der Kraft (La moral de la fuerza): “Aunque aquel que a consecuencia de su valentía en la lucha por el bien general se ha agenciado una grave lesión o enfermedad, tampoco tiene derecho a cargar como lastre sobre sus semejantes como inválido o enfermo. Si fue valiente para poner su vida en juego en la lucha, debe poseer también la última valentía para terminar con el resto inútil de su vida. El suicidio es el único gesto heroico que queda a los enfermizos y a los débiles.”[11]

Esta doctrina de la desigualdad de los seres humanos y de opresión de unos con otros contrasta con la doctrina del cristianismo sobre la igualdad en dignidad de todos los seres humanos. El cristianismo parte de la base de que cada ser humano [redimido] es hijo de Dios, por ello la humanidad es una gran familia en la que todos son considerados hermanos, y como hermanos somos coherederos en Cristo de toda la creación de un Dios Padre. “La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.[12]


[1] NOTA DE FE Y RAZON: En este número comenzamos a publicar, con permiso del autor y en entregas sucesivas, un nuevo libro del Prof. José Alfredo Elía Marcos: Las mentiras del Racismo. El peligroso mito de la raza y la falaz ideología del determinismo biológico. Es un libro muy trabajado, en el que el autor expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo histórico (colonialismo, apartheid, nazismo…) y cómo fue vencida (teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX. Es un texto sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea originó una falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología que tiene su sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y destructor: la ideología de género. Este artículo está tomado de ese libro y corresponde a la sección 1.1.

[2] Ruth Benedict, Race: Science and Politics publ. Viking Press; New York; 1959; p. 98.

[3] Robert Miles, Racism and Migrant Labour, Londres 1989. Citado por Graciela Malgesini y Carlos Giménez, Guía de conceptos sobre migraciones, racismo e interculturalidad; Ed. Catarata; 2000; p. 338.

[4] Juan Aranzadi, Racismo y Piedad, ISSN 1130-3689, Nº 13, 1991.

[5] T. Todorov, Nous et les autres: la réflexion française sur la diversité humaine; Paris; Seuil; 1989; p. 113.

[6] UNESCO, 1981.

[7] Carles Lalueza, Razas, racismo y diversidad, Ed. Algar, 2002.

[8] F. Jacob, El racismo. Mitos y ciencias, 1981.

[9] J. L. Peset, Ciencia y marginación. Sobre negros, locos y criminales, Madrid, Ed. Crítica, 1983, p. 9.

[10] H. Arendt, 1987, p. 253.

[11] Ernst Mann, Moral der Kraft, 1920.

[12] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n. 29; cf. también ibid. n. 60 (para el derecho a la cultura); cf. Declaración Nostra Aetate, n. 5; Decreto Ad Gentes, n. 15; Declaración Gravissimum Educationis, n. 1 (para el derecho a la educación).

 

 

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