ideologia-de-genero
Nelson Medina

Este artículo tiene tres secciones: primero va un examen de algunas incoherencias lógicas en el discurso usual del lobby LGBTI; segundo, una denuncia sobre la manipulación del sistema legal, con la que se consigue que algunas posturas, muy particularmente las propias de la Iglesia Católica, sean siempre las que pierden; y tercero, un análisis sobre la estructura general de las propuestas de este lobby en sus muchos frentes.

Si Usted considera lógico, bueno o inevitable el cambio social que nos quieren imponer, simplemente le invito a que lea hasta el final.

¿Al fin qué: natural e irreversible o cultural y maleable?

Los intentos de introducir como norma social que todo comportamiento sexual debe ser aceptado contienen numerosas contradicciones en su argumentación.

Uno de los modos de tratar de convencer a la gente de que la homosexualidad es natural es presentarla como algo que está determinado desde el principio de la existencia de cada persona, ya sea por los genes, por los procesos epigenéticos prenatales, o por otra causa que no se explicita. Ese es el lenguaje que subyace al famoso ejemplo “viral” del hombre que ha estado encerrado o “prisionero” en un cuerpo de mujer, o viceversa. Cuando se dice que una persona nació en un cuerpo que no es el suyo, se está diciendo que su identidad –y su drama– han quedado determinados por su realidad interior y corporal al momento de nacer.

Pero luego la gente del lobby gay quiere que admitamos que, como dijo Humberto de la Calle, negociador del gobierno colombiano ante las FARC, “no se nace hombre ni se nace mujer”. Esta vez la idea que hay es que cada persona, en su libertad absoluta, puede redefinir su “género” más allá de las imposiciones de la cultura. En consonancia con esta otra línea de pensamiento, la cultura tradicional es presentada de la peor forma posible: es machista, sexista, patriarcal, discriminatoria, homofóbica, etc. Sobre ese fondo tenebroso se afirma entonces que el ser humano, desde su individualidad soberana, puede y debe construir su identidad sexual.

Obsérvese entonces lo que tenemos: por un lado nos quieren decir que hay mujeres que nacieron “encerradas” en cuerpos de hombres, o viceversa; para los seguidores de la ideología de género esto implica que practicar la homosexualidad es algo natural, tan natural como que mi cuerpo sienta sueño o experimente sed. Lo homosexual, según esta línea, es natural y “así nacieron” algunas personas. Por consecuencia, sería brutalmente injusto maltratar a los que así nacieron. Eso nos dicen, por una parte.

Pero por otra parte, la proclamación desorbitada de la libertad individual conduce a decir que uno no nace nada, ni hombre ni mujer ni nada, de modo que habría que convencer a los individuos de que tienen el derecho y la capacidad de convertirse y ser lo que quieran.

Creo que se nota la patente contradicción: los defensores de la normalización social del comportamiento homosexual (o bisexual o intersexual…) quieren que por un lado o por otro, es decir, como sea, admitamos su postura. Si decimos que en esas prácticas hay algo que no es natural, nos hablan de que la gente nace así; y luego, si les decimos que hay un bien social en el matrimonio natural, nos echan a la cara la libertad que cada quien debe tener para construir su “género” como le plazca. Pero al pretender argumentar las dos cosas a la vez en realidad muestran que no hay coherencia en su pensamiento. No es entonces la verdad ni lo verdadero lo que los mueve. Son entonces otros intereses.

Todo esto me hace recordar un chiste que vi en la televisión española hace muchos años. Una señora es llevada al tribunal por haber asesinado a su esposo. El fiscal le pregunta: “¿Es cierto, sí o no, que Usted asesinó a su esposo con este puñal?” Y responde la señora: “Totalmente falso. Ni yo lo maté ni fue con ese puñal…” A veces de tanto defenderse termina uno mostrando su propia culpabilidad.

Si aquella gente fuera lógica se daría cuenta de esto: no se puede decir que la homosexualidad es algo con lo que se nace porque entonces eso contradice que el género es una pura construcción de la voluntad humana en diálogo o bajo presión de la cultura. Y tampoco se puede decir que el género es pura construcción individual porque entonces hay que admitir que cuando la gente nace no tiene de por sí una tendencia homosexual. Porque si la tuviera de nacimiento, habría que admitir que también de nacimiento alguien nace “hombre” o nace “mujer” y eso contradice de plano la teoría de género.

Mas la gran mayoría de ellos cuando no tienen argumentos, abundan en insultos. La gente del lobby gay no quiere oír argumentos. Es una experiencia muy dura intentar dialogar con muchos de ellos, que sólo sienten la urgencia de imponer sus ideas, y sobre todo sus leyes.

Si yo, que soy hombre, heterosexual, sacerdote católico y miembro de la Orden de Santo Domingo, voy a hablar de estos temas, estos son los insultos que suelo recibir, sin ningún argumento adicional:

– “¡Machista!”: Porque no me avergüenzo de ser hombre.

– “¡Sexista!”: Porque soy heterosexual convencido con razones y datos del bien de la complementariedad entre los dones de los hombres y los de las mujeres.

– “¡Homófobo!”: Porque no estoy de acuerdo con sus contradicciones lógicas y numerosas falacias, que nos quieren vender como argumentos.

– “¡Hipócrita! ¡Pederasta!”: Porque soy sacerdote católico. No importa lo que mi boca diga; si lo dijo un sacerdote, queda descalificado porque en la sociedad “tolerante” que ellos predican no hay que dejar hablar a los que ya sabemos que son engendros perfectos y totales de maldad, hipocresía y pederastia.

– “¡Inquisidor! ¡Torquemada!”: Porque soy dominico, teólogo y predicador.

El juego de los derechos

Una estrategia muy socorrida para imponer leyes con apariencia de legalidad es la manipulación oportunista de dos líneas jurídicas diferentes. Por un lado, la democracia privilegia el parecer de la mayoría; por otro, los gobiernos deben proteger a las minorías. Claramente las dos cosas tienen sentido y merecen un lugar en una sociedad democrática. El problema no son esas leyes o criterios legales sino el uso astuto y discriminatorio que se hace de ellas.

En Irlanda, por ejemplo, el matrimonio llamado “igualitario” se convirtió en ley debido a un proceso de referendo: puesto que la mayoría de la población que votó quería matrimonio igualitario, la voz católica quedó sepultada. El discurso en este caso es: “Puesto que estamos en un régimen democrático y la mayoría de la población votó en contra de lo que ustedes los católicos quieren, ustedes deben someterse a la ley”.

Con un criterio semejante se aplican leyes más y más opresivas en muchas partes, siempre en perjuicio de la parte católica. Así por ejemplo, las leyes británicas condujeron a la desaparición de los centros de adopción de los católicos porque una ley, aprobada por mayoría del Parlamento, impide que estas agencias pongan como criterio que los niños deben ser adoptados por parejas heterosexuales.

Es decir, que queda claro que la mayoría tiene derechos, y que esos derechos crean ley. ¿Correcto? No. Si resulta que la mayoría es católica, entonces se aplica el otro criterio, el de que hay que defender a las minorías.

Las historias sobre esa supuesta defensa de las minorías las conocemos muy bien. Ejemplo: en cierto colegio público hay una mayoría aplastante de alumnos católicos que vienen de familias católicas. Las familias quieren que en los salones y otros lugares públicos sean visibles algunos signos de su fe, por ejemplo, un crucifijo, porque estiman que un ambiente así señalado es parte de la formación integral de sus hijos. Surge entonces la voz del gobierno que esta vez no va a convertir en ley lo que la mayoría quiere sino que, a nombre de las minorías, exige que se quite el crucifijo. ¿Resultado? Los signos religiosos deben desaparecer de los lugares de la administración pública.

Es decir, que si el católico es minoría, pierde porque le ganó la mayoría; y si es mayoría, pierde porque hay que defender a las minorías. Lo importante es que la Iglesia sea arrinconada, humillada, y sobre todo: que salga de una buena vez del ámbito público. Que se hunda en sus oquedades y termine de morirse en sus mazmorras.

Con una anotación adicional: si protestas (como por ejemplo, escribiendo un artículo como este) es que pretendes defender los privilegios de la Iglesia, estás tratando de imponer tu fe a todos, y has olvidado que Constantino ya se murió y que a Franco ya lo enterraron. Todo indica que algunos de los que así se expresan consideran honestamente que han respondido a nuestras razones cuando solamente han escupido prejuicios y groserías.

Dicho de otro modo, lo que queda para el católico es: abraza la injuria, trágate el insulto, y aquí no ha pasado nada.

Tanto se ha difundido este modo de hablar que algunos cristianos ya lo han hecho parte de su propia forma de pensar. Tantas veces les han dicho que ser católico es un asco, que se han convertido en cómplices útiles del nuevo “orden” mundial, convencidos como están de que hacer desaparecer a la Iglesia de lo público producirá una generación de “auténticos” cristianos. El único problema con tal postura es que la autenticidad del cristianismo no puede renunciar a instaurar en Cristo todas las cosas, sean tan privadas como la sexualidad o tan públicas como la educación, y ya sabemos que de lo uno y de lo otro se quiere a expulsar a Cristo como diciéndole: “No te metas con mi vida privada y no asomes a la vida pública”.

Otras formas de juego legal tienen que ver con la palabra “libertad”. El resumen es: si el católico dice algo de los LGBTI, está atentando contra la dignidad de ellos; si ellos u otros blasfeman o profanan lo más sagrado de nuestra fe, la Eucaristía, todo es “libertad de expresión”. En la vida en sociedad es frecuente que colisionen derechos y por eso es sencillo para un gobierno, si así lo desea, hostigar a todo un sector de la población, como por ejemplo los católicos, haciendo prevalecer siempre el derecho o ley que deja en peor condición a los hostigados. Lo cual demuestra cuán ingenuos o cuán crueles son los que van diciendo con simplista irresponsabilidad: “Y si el católico se siente ofendido, que vaya a los tribunales…” En los tribunales les espera esa clase de parcialidad, que añade nuevas injurias.

La conexión marxista

Llama la atención la facilidad con la que muchos aceptan lo que no tiene consistencia ni científica, ni lógica, ni histórica. Sobre todo si la única respuesta a las objeciones consiste en insultos, multas, ostracismo y variadas formas de difamación y calumnia.

Es el caso que todo lo que no respalde la presión gay es considerado homofóbico. Si se hace una marcha por la familia y uno se atreve a decir: “yo pienso distinto”, de inmediato la marcha es calificada de discriminatoria y anti-gay. ¿Se percibe algo de aspecto o de olor a comunismo? Nadie debe extrañarse: estamos efectivamente ante la eclosión arrogante de un nuevo marxismo con tácticas harto semejantes a las que sirvieron a los antiguos discípulos del autor de Das Kapital.

La transición del antiguo al nuevo marxismo es evidente en algunos autores como Leonardo Boff, que pasó sin mucho traumatismo de lo que él llamó defender a los pobres, a luego defender la grandeza “misteriosa” del amor, que haría perfectamente razonable la unión entre homosexuales. Pero la demostración mayor es el caso de los partidos de izquierda, que se han apropiado de la imagen de defensores de los pobres, de las mujeres maltratadas y ahora, por supuesto, de la población LGBTI “excluida”.

El marxismo de siempre ha considerado a los pobres como víctimas que tienen que unirse para odiar, derribar y anular a sus antiguos amos. La predicación del odio es una constante utilizada abundantemente por los Castro, Ortega, Chávez, Maduro, Correa, Morales en Latinoamérica, y por los podemitas, entre otros, en España. El comunismo no tiene fuerza que no venga del odio, pero es un odio que se disfraza de redención de la clase oprimida, es decir, puro pretexto para descargar su golpe contra la clase social que ellos llaman opresora. Por supuesto, el vacío creado al eliminar esa clase dominante deben llenarlo con toda lógica los defensores de los oprimidos. Deja que estos representantes del pueblo se sienten en sus tronos y no podrás sacarlos de modo alguno. Haz la pregunta en Cuba o mira el drama en tiempo real en Venezuela. ¿Habrá todavía alguien serio que hable de democracia en Cuba o en Venezuela? La democracia fue la escalera para subirse los que ahora están. Puestos en su pináculo de poder, saben bien que deben aserrar esa escalera para que nadie más suba.

En el párrafo anterior cambia “pobres” por el llamado “colectivo” o la llamada “comunidad” LGBTI, y tienes las mismas estrategias. Predicación sofística del odio; ansia de poder; calumnia y difamación descaradas: el esquema es el mismo. Por supuesto, la igualdad económica del marxismo de antes ha quedado reemplazada por el igualitarismo sexual de este nuevo marxismo. Y así como el marxismo económico contó con algunos teólogos y sacerdotes que se consideraban profetas y fieles voceros del Dios que habla por la Biblia, así, en estos movimientos recientes, no faltan tampoco los acólitos que utilicen las palabras de la Escritura para dar apoyo sacrílego al nuevo marxismo. Antes se mancilló una palabra tan bella como los “pobres”, palabra que fue digna de una bienaventuranza de Cristo; ahora no se teme manosear palabras como “amor”, o incluso “misericordia”.

La situación presente es, sin embargo, más grave que lo que había en la primera oleada marxista, y por eso conviene examinar también las diferencias entre uno y otro modo de buscar el poder y de imponerse sobre naciones enteras. Hay que recordar al respecto que, como profeta, Marx fracasó estrepitosamente: anunció el rápido triunfo del comunismo en Inglaterra y no ocultó su desdén hacia Rusia. Esto hace pensar que su antropología reduccionista, que trata de leer todo lo humano desde lo económico, sólo podía tener un éxito muy limitado. En efecto: con todos sus defectos de egoísmo, el mundo capitalista supo resistir a los sofismas de la Internacional Socialista. Algo debe haber cambiado para que, en cambio, la ideología de género avance a gran velocidad por mentes, leyes y corazones de millones de personas.

El nuevo marxismo ha aprendido que mostrar tantos puños, hoces y martillos, como estilaban los comunistas de antes, puede ser contraproducente, por un principio político bien conocido: si empiezas a producir “mártires” le estás dando fuerza a la oposición. Además, los encarcelados del socialismo, como es el caso ahora mismo de Leopoldo López en Venezuela, son claramente nuevos oprimidos, de modo que nuevas fuerzas sociales te pueden repetir lo que tú hiciste: fortalecerse a partir de la solidaridad humana con aquel a quien se niegan sus derechos. Desaparecer a la gente, como pasó tantas veces en Cuba, tampoco es buena idea porque casi toda persona humana tiene quien la recuerde y quien lamente su partida.

Por todo ello el nuevo marxismo esconde su odio en diversos ropajes, por ejemplo, en una legalidad llena de trampas y prevaricaciones. Haz una ley de educación que impone ideología de género, y luego empieza a multar a los colegios que no cumplan con esa ley, la cual no se discute porque simplemente… es ley del país. El efecto neto es el mismo, y así puede seguir ondeando la bandera arcoiris. Y sin embargo, el odio y la represión están ahí, bien orquestados por los medios de comunicación. Estos mismos medios se encargan de perpetuar la idea de que las víctimas son siempre las que conviene que sean: cualquier caso de ataque físico a un homosexual será difundido, repetido, recocinado, impreso, fotocopiado, levantado en efigie, llorado en largo lamento público. Y la maquinaria funciona: se llama neomarxismo rosa.

Conclusión

Ni desde el punto de vista de la coherencia del discurso, ni desde la evidencia científica, ni desde un régimen jurídico que pudiera llamarse imparcial, tiene cimiento o razón la propagación acelerada de la ideología de género. Ciertamente carece de razones pero no carece de motivos ni de aliados ni de fuerza. Cuando todavía gozamos de un poco de libertad de expresión, es necesario hacer esta clase de denuncias. Quizás algunos despierten y comprendan que estamos ante uno de los retos más formidables del siglo XXI. Lo que está en juego es la familia, los niños, y con ellos, el futuro mismo de la sociedad. Claramente lo que se pretende con la ideología de género va más allá de los placeres o afectos de gays o lesbianas; la meta real es suprimir toda instancia entre el individuo y el Estado, para poder controlar a los individuos totalmente, y como sucede que tanto la familia como la Iglesia son estorbos odiosos en la consecución de esa meta, contra ellas se vuelca con ira el colectivo LGBTI, según se ve en sus burlas sacrílegas a la fe en casi cada una de sus marchas.

Quiera Dios que muchos despierten, y que algunos puñados de valientes redescubran la grandeza de la sana doctrina que expone, por ejemplo la Iglesia Católica en el Catecismo:

La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura, que los presenta como depravaciones graves (cf. Génesis 19,1-29; Romanos 1,24-27; 1 Corintios 6,10; 1Timoteo 1,10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.

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