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Néstor Martínez Valls

Como decía en un artículo anterior, pasé años conservando el recuerdo amargo de la lectura de Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000: panfleto y profecía (Vieillards de chrétienté et chrétiens de l’an 2000: pamphlet et prophétie) de Jean-Marie Paupert, escrito en 1967: y leído por mí allá por 1980: más o menos, antes de enterarme, hace bastante poco, de su espectacular conversión al catolicismo desde el catolicismo progresista que había animado aquel panfleto funesto. Conversión que quedó anunciada al público en Peligro en la Mansión (Péril en la demeure), de 1976; una obra (en francés por lo que sé; no sé si hay traducción al español) cuya lectura recomiendo a todo aquel que sufra por la crisis por la que pasa la Iglesia hoy. No es necesario, en efecto, estar de acuerdo con todo lo que Paupert escribe en este último libro para reconocer que allí hay un testimonio particularmente fuerte e impresionante de fe católica recuperada en medio de esta gravísima crisis.

En este artículo transcribo, primero, una selección de textos del manifiesto “progresista” que es Ancianos de Cristiandad, y luego, otra selección de textos de ese bello y dolorido canto a la fe católica que es Peligro en la mansión. Soy consciente de que aquí presento solamente algunos trozos sueltos del gran retrato que forman juntos ambos libros. En el caso de Peligro en la mansión, la traducción es mía. Los subrayados en negrita son todos míos, las cursivas de Paupert.

Agrego algunas notas aclaratorias en algunos casos en que me parecen imprescindibles.

Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000 (1967)

“En efecto, ha existido un error y el velo del misterio es en este caso muy sutil, tan diáfano que pronto se le descubre. He aquí el asunto en dos palabras: El señor Maritain, filósofo más platónico de lo que él quisiera, cree en la mitología de una filosofía perenne, de una doctrina eterna y natural, infundida en cierto modo en el hombre, al cual le basta con aprender a razonar para descubrirla; esta sabiduría incorruptible ha conocido pocas erupciones –la primera con Aristóteles cinco siglos antes de Jesucristo; la segunda con Santo Tomás durante el siglo XIII– pero también algunas vistosas recaídas, algunos retrocesos divertidos con los inoportunos Cayetano y, sobre todo, Juan de Santo Tomás (que tuvo la astucia de convertir incluso su nombre a la buena doctrina). Este realismo aristotélico-tomista, actualmente en depósito exclusivo ante todo en el espíritu del filósofo-aldeano, se encuentra también en parte entre sus discípulos de la capilla. Los otros, todos los demás, los antiguos (excepto Platón, un resto de lucidez), y los modernos, son unos ideósofos, pero no filósofos. Ni Descartes, que introdujo el pecado original en el paraíso realista, ni Kant, ni Hegel, ni Husserl, ni Heidegger, ni Sartre, ni Ricoeur, ni nadie. ¡Ideósofos!” (pp. 52-53).

El filósofo-aldeano es Jacques Maritain, que en 1966 publicó El campesino del Garona (Le paysan de la Garonne), en el cual critica y lamenta las desviaciones introducidas en el pensamiento y la práctica católicos después del Concilio Vaticano II. El título del libro se debió a que esos campesinos franceses tienen fama de ser muy francos y directos. Este libro “Ancianos…” de Paupert se publicó un año después que el de Maritain, y su finalidad es influir para que en Roma no se tome una dirección contraria a lo que Paupert consideraba el “espíritu” del Vaticano II. ”Ideósofos” es el nombre que Maritain da a los filósofos que, siguiendo la línea de Ockham, Descartes, Kant, etc., no apoyan la filosofía en el ente y en el ser, acto del ente, y por tanto no hacen filosofía propiamente dicha.

“…Y especialmente los teólogos y la teología. Ya que como todo el actual papel del filósofo debe ceñirse a insistir machaconamente sobre un cierto Santo Tomás y, en rigor, a descubrir, detectar, cuanto haya de tomista, por tanto de verdadero, en las ideosofías; la teología, según Maritain, sólo puede también ser única; no puede utilizar sino la filosofía, la única, la verdadera, la eterna: “La Biblia y el Evangelio excluyen radicalmente toda clase de idealismo en el sentido filosófico de esta palabra”; aún más, si creían ustedes que el papel del cristianismo consistía en salvar a la humanidad, deben desengañarse, ya que el evangelio secundum Jacobum profesa que el judeocristianismo está hecho para atestiguar en favor de el en sí, profesar el realismo. Aprended, ¡oh cristianos! que un cristiano consciente y organizado no puede ser ni relativista, ni idealista, ni nada, excepto tomista.” (p. 55).

”Pero, ¿es posible discutir con personas que creen estar en posesión de la verdad y que es así porque es así, y que todos los fracasos, pese a ser evidentes, se deben sólo a que todavía no estamos bastante hundidos con ellos en el atolladero? “Los neotomistas han fracasado al final porque el mismo Santo Tomás ha fracasado y fracasará siempre, por falta de gente que lo escuche y comprenda; si usted no es capaz de ver por qué el nominalismo, el kantismo y el comtismo (al revés del aristotelismo y el platonismo) no pueden servir a una intelección de la fe, nadie será capaz de hacérselo comprender”, escribía Étienne Gilson al autor de Peut-on être chrétien? La razón es estupenda y me siento encantado. Por desdicha para Gilson, puedo argüirle con Aristóteles: ab esse ad posse valet illatio; hoy existe por lo menos una gran filosofía cristiana construida bajo la influencia del nominalismo, y es la de Lutero, de la que hay ángulos enteros admirablemente fieles al misterio cristiano y se hace progresar la inteligencia de la fe… ¿Entonces? Entonces, decididamente, esos grandes historiadores “tomistas” de la filosofía entienden muy poco en historia de las doctrinas.” (pp. 72-73).

Peut on être chrétien aujourd’hui? (¿Se puede ser cristiano hoy?) es un libro de Paupert publicado en 1966.

“Salvo, desde luego, salvo si acepta usted –¡y sé perfectamente que es su caso!– el mito-fábula de la filosofía del sentido común, que es la metamorfosis “garrigoulagrangiana” de lo que su amigo el Aldeano del Garona llamará más adelante la filosofía frente y por encima de las ideosofías (…) Entonces, ya sabe usted que se debe al escocés Reed el que se haya arrastrado a partir de finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX por los figones de bajo techo donde se proporcionaba el alimento filosófico de los más modestos la famosa tesis senso-común de los vocablos filosóficos, y fue en medio de esos sospechosos lugares donde el “tomista” Garrigou-Lagrange recogió en un rincón su hallazgo, ya incansablemente masticado por tantas bocas, para convertirlo en un manjar de elección de su propio guisado, sazonado con salsa aristotélica.” (pp. 74-75).

Reginaldo Garrigou-Lagrange OP es un gran teólogo y filósofo tomista de comienzos del siglo XX, amigo de Maritain, y que ha escrito libros muy importantes, entre ellos, precisamente, “El sentido común. La Filosofía del Ser y las definiciones dogmáticas” (1922). Aquí Paupert confunde sin discernimiento alguno la filosofía aristotélica y tomista del sentido común con la de los filósofos escoceses que quisieron oponerse al empirismo y relativismo de David Hume.

“Puesto que estamos en éstas y que es preciso anunciar brutalmente los colores sin preocuparse de matices, y que lo que se quiere discutir a Teilhard de Chardin, y a través de él, es el derecho y el deber del cristianismo a la encarnación total, constantemente renovada, y puesto que tanta necedad obliga a ser simplista y grosero, proclamo –también en camisa, con la cuerda al cuello y cirio en la mano– que en estas condiciones soy teilhardiano y que, frente a la débil languidez del Garona como a la vanidad del Quai Conti, la intención teilhardiana es justa, fuerte y saludable.” (p. 121).

El Quai Conti es la calle de París en la que se encuentra la Academia Francesa, de la cual era miembro Jean Guitton, al que Paupert dedica un capítulo de “Ancianos…” en el que lo caricaturiza como vanidoso.

“No lográis meteros en vuestra cabeza cavernosa (en todos los sentidos de la palabra, pero sobre todo en el de la era cavernícola) que el milagro es esencialmente un signo de Dios dirigido a una persona o a una comunidad y perceptible solamente en la fe. Y esto quiere decir que el milagro es esencialmente la relación que establezco (y esto porque la gracia del Espíritu me la hace establecer) entre un hecho o una serie de hechos y una intuición o una afirmación o una fe. Y que, por consiguiente, no es en absoluto necesario (ni por lo demás excluido a priori) que este hecho o esta serie de hechos se salgan ni de derecho ni incluso de hecho del orden natural.

Por lo demás, ¿qué es la “naturaleza”? ¿Y qué será su “rebasamiento”? ¡El hombre existe sólo por exceso! Y el Cristo resucitado, que le era necesario a Teilhard, le era igualmente natural; y, no obstante, sobrenatural. Veamos, más sencillo todavía, la resurrección: que la resurrección de Cristo sea, en lo absoluto y realmente, y para emplear una hermosa expresión de J.-C.Barreau, este “desgarrón” por el que todo cristiano y todo hombre debe forzosamente pasar para acceder a la vida no implica, a mi juicio, que este desgarrón se abriera “en el orden natural” como si hubiera ocurrido algún prodigio.” (pp. 132-133).

“La Anunciación y la Encarnación ¿ya no serán nada, ni un milagro, ni un misterio, si dejan de ser un juego de pasapasa de un prestidigitador? ¿Y no será nada la Resurrección si no es necesariamente la sucesión de un ectoplasma, ora sólido ora gaseoso, a un cadáver frío? Pues sí, en vuestra lógica absurda no tenéis más remedio que decir que sí.” (p. 134).

“Éste es todo el problema del milagro (…) creo en los milagros, pero creo personalmente, y no soy el único, creo con toda clase de eminentes teólogos (varios de ellos periti del Concilio) que el milagro es sólo milagro a los ojos de la fe, y que todos los milagros son, y han sido siempre perfectamente “descifrables” en código puramente racional y puramente natural para quien no tiene o no tenía fe.” (p. 135).

En los textos anteriores es claro que la idea que Paupert tenía por ese entonces del milagro lo privaba de toda realidad objetiva, y coincidía en lo esencial con la concepción modernista del milagro.

“¡Ah, no!, la teología, igual que la Iglesia, no tiene enemigos; no sabe lo que son, y su hijo el teólogo los mira a todos con una hermosa sonrisa, la sonrisa del Papa Juan; sí, incluso a Comte, el viejo padre un poquitín visionario, y también a Marx, al fiero barbudo, y a nuestro conmovedor J.-P. Sartre –el digno descendiente del pequeño Jean-Paul que era tan inteligente, pero al que se le hizo tragar un catecismo tan extravagante y que ahora se deshace como puede de la influencia viscosa del mundo contingente. Es, pero eso podría no ser, eso, el árbol, yo, todo; es horriblemente contingente; entonces ¿qué quiere decir esto? ¡Es absurdo!” (p. 159).

“Todavía recuerdo con alegría el aspecto asustado, un poquitín inquieto y escandalizado de mi buen amigo Claude Tresmontant (al que aprecio mucho pese a sus actuales peregrinaciones en el Pantano), un día que una de mis ideas, durante una discusión sobre las relaciones entre Dios y el mundo, y sobre la relación de la Creación, le pareció preñada de pragmatismo: ‘¡Es peligrosamente panteísta eso que dices!’

Desde luego, desde luego, mi querido Claude. Tú te has hecho terriblemente filósofo, de la especie más peligrosa, la eterna, pero el teólogo vive en el peligro; e incluso necesita el panteísmo, lo necesita como el idealismo, como todos los ismos; no en una descorazonadora mezcla sincretista a lo Victor Cousin, sino en un intento de visión. Ya que ese alegre vagabundo teólogo no duda de nada: necesita, en intención, nada menos que el parecer de Dios sobre todas las cosas. Los conceptos y los sistemas son para él lentes y contralentes, unos cóncavos y unos convexos, unas lentes, unos prismas con los que intenta hacerse una idea, siempre aproximada, siempre falsa.

Por esta razón no temo más al panteísmo que al realismo aristotélico o al idealismo kantiano. Un teólogo como el padre Monchanin, que había elegido, por temperamento, explorar la vida hindú, buscar en ella al propio Cristo y dar el Señor a los que lo seguían, había visto perfectamente el panteísmo del cristianismo.” (p. 161).

Eso de que la teología es siempre falsa es esencialmente modernista, y el panteísmo del cristianismo está en el mismo estante que la redondez del triángulo. Uno se asombra de que sobre la base de tesis como ésta se pretenda todavía ser católico y, más aún, renovar y reformar a la Iglesia Católica.

“En efecto, tras haber determinado a priori la no incompatibilidad entre la fe y el nominalismo, el teólogo, en un segundo momento de espíritu, la constata a posteriori; la historia de las doctrinas le proporciona unos ejemplos con sus peligros y sus éxitos. ¿Qué otra cosa es, finalmente, el arrianismo sino una teología nominalista del Verbo Encarnado que no ha logrado su síntesis? Preocupado de la realidad concreta y terrestre, preocupado igualmente de la trascendencia de Dios, Arrio equivocó su construcción teológica; el polo menos de su doctrina se encuentra en este fracaso por simplificación, pero el polo más se encuentra en su solicitud de encarnación y de trascendencia. No se trata de casualidad si en nuestros días impregnados de nominalismo positivista, flota en el aire un cierto arrianismo práctico cuya presencia he podido comprobar entre tales cristianos militantes, no obstante admirables de piedad contemplativa y de compromiso activo.” (p. 224).

El ejemplo que a Paupert se le ocurre encontrar de una teología cristiana basada en el nominalismo lo dice todo: nada menos que la herejía arriana. Es muy aguda, y muy lamentable, la realidad que descubre la observación de Paupert acerca del arrianismo práctico de muchos “militantes” cristianos que serán todo lo “admirables” que se quiera, pero no son cristianos.

“Y también en sentido inverso: Dios nada es sin el hombre; en cierto sentido sólo el hombre es. En primer lugar porque para nosotros, es en el hombre y en el mundo que llega el Señor. Y también, y en consecuencia, porque Dios no es en cierto modo más que lo que nosotros concebimos. Si no concibiéramos a Dios –más o menos directamente, por sucesivas graduaciones, por afirmaciones y negaciones, a través de marchas y contramarchas– no sería para nosotros. Es decir en cierto sentido en absoluto. Esto puede ser, por encima de todos sus paralogismos, otra lección del sartrismo para el teólogo: “El ser… no puede afirmarse como ser más que a favor y en contra de su Creador, de lo contrario se funde en él: la teoría de la creación continuada, al arrebatar al ser lo que los alemanes llaman la Selbständikgeit, lo hace desvanecerse en la subjetividad divina. Si el ser existe frente a Dios, es que es su propio soporte, es que no conserva la menor huella de la creación divina (…) Esta manera de situar la absurdidad de la contingencia del ser en un marco lógico que es, o bien el del panteísmo, o bien el de la ipseidad del ser, es fecundo en enseñanzas para el teólogo cristiano, que ve de ese modo definidos los tres puntos de su universo tridimensional, lleno de una loca verdad.” (pp. 237-238).

Aquí Paupert hace suya ingenuamente y sin ninguna crítica la objeción de Sartre según la cual la esencial dependencia de la creatura en el ser respecto del Creador sería incompatible con la subsistencia sustancial de esa misma creatura, realmente distinta de Dios. Salvando las inmensas diferencias, con la misma razón se podría decir que una mesa no tiene, en tanto que mesa y producto artificial, ninguna existencia fuera de la mente del carpintero. En general, todo esto es producto de la filosofía nominalista de Paupert, que reduce los conceptos a meras ficciones mentales. A partir de esa tesis, el mismo principio de no contradicción pasa a tener un valor puramente relativo y los conceptos quedan reducidos a ser meros instrumentos para construcciones siempre artificiales y siempre sustituibles, que nunca alcanzan a capturar lo que las cosas son en sí mismas. La labor del teólogo se concibe, sobre esta base, como la de alguien que debe elegir en cada momento histórico la construcción artificial y por hipótesis falsa que más se ajusta al modo de pensar de los contemporáneos, para expresar de ese modo la verdad de la Revelación divina…

Peligro en la mansión (1976)

En el texto que sigue Paupert (que, según veíamos en mi artículo anterior, era al comienzo un seminarista católico apasionado del tomismo y la escolástica) nos da la clave de todo lo anteriormente transcrito, de cómo empezó su enemistad contra el pensamiento católico tradicional, cómo se infectó del virus “progresista”. En los días que vivimos, y ante eventos próximos, su confesión es particularmente oportuna.

“Fue precisamente en uno de esos cursos que oí al P. Congar hablar de Lutero y más precisamente de la intención generadora de su pensamiento reformador. Esa palabra me deslumbró. Conseguí que el Padre, que me obsequiaba su amistad atenta y, me parece, un poco inquieta, me prestase sus notas, las que copié con diligencia y piedad; debo tenerlas aún en alguna carpeta; ése sería el origen de un estudio que yo debería más tarde llevar adelante de los grandes textos de la Reforma, notablemente de Lutero, Melanchton, Calvino. (…) He hablado de deslumbramiento; no he lanzado esa palabra al azar (…) El deslumbramiento aclara y enceguece. Mi año de noviciado con los dominicos de La Glacière fue un deslumbramiento del Evangelio, en el Evangelio mismo, en Pascal, en Lutero, accesoriamente en Péguy (…) Me convertí por tanto al Evangelio, no es por nada que Lutero ha fundado una iglesia evangélica, no es por azar que algunos años más tarde yo compondría una memoria de diploma sobre Pascal, no es sin razón que mi primer libro será consagrado al Evangelio.” (pp. 143-144).

“Se ve que yo había invertido la corriente natural de mis orígenes y de mi primera educación. La leche con miel del humanismo cristiano bebida durante mis seminarios había sido brutalmente reemplazada por el virulento brebaje del antihumanismo más áspero. Es este antihumanismo evangélico, que mandaba a pasear al hombre, a la tradición, a la cultura, a la civilización, al pasado, el que sostendrá, por años, mi pensamiento y mis posiciones progresistas.” (ibid.)

Es notable la relación que establece aquí Paupert entre “antihumanismo” y “progresismo”. En efecto, el “progresismo” es esencialmente contrario a la noción de “naturaleza humana”, porque la considera como fija y ahistórica. El hombre no puede progresar en su misma esencia de hombre sin dejar de ser hombre. De ahí viene la oposición de los “progresistas” a la noción de ley moral natural. En ese sentido, el “progresismo” coherente es el de Nietzsche, que sostiene que el hombre es un estadio de transición hacia el superhombre y que, por lo mismo, sitúa su filosofía “más allá del bien y del mal”.

“Cual nuevo Bossuet –nada menos– pero un Bossuet con la carmañola y el gorro frigio, yo soñaba con deducir la verdadera política del Evangelio, que ya no era, sin duda, el despotismo ilustrado de un piadoso monarca como Luis XIV sublimado por el Águila de Meaux, sino una dichosa dictadura socialista gobernada por unos Saint-Just con hábito franciscano (…) Cuando apareció en setiembre de 1965 (…) fue en lo del editor Grasset que supe, con una alegría tan grande como mi asombro, que la Política Evangélica había llegado justo a tiempo, marcando, parece, los trabajos conciliares sobre la moral social y política. Estoy obligado a renovar aquí la expresión sincera de mi pesar, porque creo nefasta la orientación vagamente socializante tomada por el episcopado francés.” (p. 162).

El Águila de Meaux es Jacobo Benigno Bossuet, Obispo de Meaux, tutor del hijo de Luis XIV, que escribió una Política sacada de las Sagradas Escrituras, que en sus comienzos iba dirigida al “delfín” y que fue publicada póstumamente en 1709. Papuert supone, basado en informaciones recibidas, que su obra habría tenido algún influjo en los Obispos durante del Concilio Vaticano II.

“Nuestra civilización, la civilización de las tres capitales, se ha desviado dispersándose, ramificando indebidamente su unidad originaria, embarcándose sucesivamente (o más bien a la vez, según los distintos grupos de espíritus) en tres direcciones que eran y son callejones sin salida en los cuales estamos al presente acorralados. En primer lugar, en la medida en que ha producido las ciencias y las técnicas modernas de las que vivimos cada día, nuestra civilización ha desequilibrado los valores del conocimiento, que eran suyos, limitando los poderes del mismo, y castrándolo para reducirlo al solo saber positivo. Éste es el sentido y la responsabilidad de la gran crisis nominalista, que, sacudiendo a Occidente a partir del siglo XIV, ha sido lanzada por Ockam, avalada por Lutero y Pascal, codificada por Descartes, Kant, Comte, Marx. La metafísica arruinada, reducida al estado de pamplinas o de postulados próximos a la fe, la fe misma separada de lo real sensible, remitida a las conjeturas del corazón o asimilada a los engorros del ente: el hombre de Occidente, heredero de las tres capitales, se ha lanzado orgullosamente al único campo de la ciencia positiva. No se insistirá jamás demasiado sobre la importancia del nominalismo, del cual casi nadie habla y que explica por sí solo, desde el punto de vista epistemológico, toda nuestra crisis de civilización. Mi maestro Sandoz lo había visto bien y nunca renegué de su análisis. Pero me acuso hoy de haber creído tontamente, en el fervor de mi nueva fe evangélica, que el Evangelio era suficientemente fuerte como para acomodarse con no importa qué filosofía; es esta creencia pánfila la que está a la obra –de destrucción– en la Iglesia todavía hoy. Lamento mi enceguecimiento de los tiempos de ¿Se puede ser cristiano? y de Ancianos de Cristiandad, cuando reclamaba a todos los ecos una teología nominalista, una teología kantiana (…) una teología hegeliana, una teología marxista, una teología estructuralista. Son Gilson y Tresmontant los que tenían razón; Gilson me escribía poco después: es una gran pena que Ud. no vea que eso es imposible.” (pp. 176-177).

Las “tres capitales” son Jerusalén, Atenas y Roma, que para Paupert representan ahora las bases insustituibles de la civilización occidental. Paupert escribe en 1982 Les méres patries: Jerusalem, Athenes, Rome (Las madres patrias: Jerusalén, Atenas, Roma). La forma en que Paupert dice aquí una gran verdad es algo defectuosa: el Evangelio no es lo “suficientemente fuerte” para asimilar cualquier filosofía en el mismo sentido en que el campeón olímpico de pentatlón no es lo “suficientemente fuerte” para beber cianuro y seguir con vida. Es decir, más que un problema de “fuerza” es un problema de incompatibilidad.

“Esta exasperación, este enloquecimiento de valores santos, buenos y útiles que los transforman en armas de muerte no es otra cosa que la locura de la que hablaba G. K. Chesterton evocando la nocividad, en nuestra civilización, de ideas cristianas vueltas locas. Y bien, toda locura es una disociación, un desequilibrio. El enloquecimiento de las ideas cristianas, de los valores evangélicos, llegando al desorden y al desbarajuste, se debe esencialmente a su desarraigo del terreno humano. Se cree, yo mismo lo creí, que ellas pueden vivir así, sin estar atadas a una tierra, a una civilización de la que formaban parte al origen; por tanto, sin entrar en composición esencial en una mezcla compleja. Es el pecado de angelismo.” (p. 179).

Paupert saca aquí las consecuencias lógicas de la Encarnación del Hijo de Dios, porque hacerse hombre ha significado, para el Verbo divino, también ingresar en la historia humana de un modo particular y concreto, dentro del cual entra que Jesús fuese judío, que el Nuevo Testamento se redactase en griego, y que la Iglesia de Cristo haya forjado su doctrina en el contexto de la cultura grecorromana, haciendo por muchos siglos del latín su lengua oficial. El “progresismo” insiste contradictoriamente en la Encarnación por un lado, y en una ”humanidad” meramente abstracta y universal del cristianismo, por otro. En ese sentido es curioso cómo se insiste últimamente en el componente judío de la Revelación cristiana a la vez que se denigra el componente grecorromano de su formulación bíblica, eclesial e histórica. Cito al respecto un pasaje de otro libro de Paupert, Les méres patries, de 1982:

“La primera cosa que yo querría decir es, a los hombres de Iglesia ante todo, que es vano y mortal pretender evangelizar el Evangelio, es decir, purificarlo de todo lo que no sería el Evangelio en estado puro, a fin de recoger no se qué fermento, o virus, aparte de las Tres Capitales, sin judaísmo, sin helenismo, o sin romanidad. Sin aliento y sin presa, esta carrera hacia la esencia pura como tras un fantasma quimérico. Evanescente y suicida, esta alquimia que pronto dejaría en el hueco de las manos nada más que un poco de polvo piadoso. Porque por su nacimiento y por sus desarrollos el Evangelio cristiano es esencialmente y existencialmente judeo-greco-romano. Es portador y factor de nuestra civilización, íntimamente ligado a ella. No se puede destruir a uno sin tocar al otro.” (p. 304).

Sin duda, el Evangelio se dirige a todos los hombres y a todos los pueblos, y a todas las culturas, y no está encerrado en ninguna de ellas. Y, sin embargo, Jesús es y será judío por toda la Eternidad, y hoy día sonaría muy rara la propuesta de purificar el mensaje evangélico de sus adherencias culturales judías para hacerlo verdaderamente universal. Por el contrario, al mismo tiempo que se insiste en la “inculturación” del Evangelio, se insiste más aún en sus raíces judías. Pues bien, no se ve por qué no se puede y debe hacer también algo semejante con el innegable componente grecolatino de la doctrina cristiana y católica.

Volvamos a Peligro en la mansión

“Por tanto, soy un reaccionario. Quiero al hombre hijo de Dios, quiero todo lo que puede salvar al hombre hijo de Dios, quiero tocar la herencia de las tres capitales, quiero que mis hijos las hereden también, quiero… Y no quiero que se pueda decir que he capitulado, es decir, no quiero que se me lo pueda reprochar. No quiero ser un capitulador, un muniqués. Mañana, pasado mañana, el hombre dirá –si hay todavía un hombre, si hay todavía hombres y una historia de hombres– el hombre dirá que el ‘fascismo’, como dicen ustedes, oh hombres de izquierda, mañana, pasado mañana, el hombre dirá que la dictadura de los espíritus, de los corazones y de los cuerpos, que el fascismo verdadero –es decir, la falsificación del hombre– estaba en este tiempo, en nuestro tiempo, a la izquierda. Y Münich en París. Münich en todas las capitales y en todos los salones.” (p. 225)

Mediante los acuerdos de Münich de 1938 Inglaterra, Francia e Italia permitieron que Hitler incorporara toda una parte de Checoslovaquia (los Sudetes) a Alemania.

“No quiero morir sin que se sepa que uno se levantó para decir que no. No al fascismo del socialismo universal, no al fascismo de la izquierda omnívora, no al Münich de la intelligentsia. No a esta buena sociedad cobarde e imbécil donde, bajo pena de obscenidad, no se puede no ser de izquierda, donde la prensa, la radio, la televisión, la universidad, la magistratura, el ejército mismo y muy ciertamente el clero, la atmósfera ambiental, en fin, nos machacan cada día los estribillos del socialismo universal.Quiero que se sepa que queda en esta Francia caída, en esta Iglesia bastardeada, en esta civilización podrida, al menos un hombre que ha tratado la ley de aborto como lo que ella es, ’objetivamente’ como dicen los marxistas, una ley nazi, un hombre que ha llorado de rabia cuando el único diputado francés que había tenido un instante de lucidez y de coraje evocando a propósito de la misma los crímenes de Hitler ha creído necesario presentar disculpas; un hombre para asegurar que más allá de las sonrisas de ladronas de burdel y de la popularidad de perrera, ella quedará para siempre, esta ley, personificada, en la historia de Francia y en la historia de la humanidad, como aquella que –”bajo el gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes Tetrarca de Galilea”, quiero decir, bajo el patrocinio de M. Valéry Giscard d’Estaing– ha vuelto legal la masacre de los Inocentes, ha mandado que se mate a los niños pequeños en los vientres de sus madres, ha abierto la gran danza macabra que no terminará más y que, poco a poco, como la peste hitleriana, golpeará a los que tienen síndrome de Down y a los discapacitados motores y cerebrales, a todos los lisiados y defectuosos, los incapaces y los paralíticos, los viejos y los abandonados, los desalentados y los malpensantes… Un hombre en fin para rechazar el socialismo universal.” (ibid.).

Es notable que el punto en que Paupert concentra su denuncia del “socialismo universal” y su tendencia “muniquista” en materia de derechos humanos sea nada menos que la legalización del aborto.

“Para mayor gloria del hombre, no podréis, en todo bien y honor, en vuestra alma y conciencia, no podréis tolerar que hagamos subir al cielo nuestros clamores contra el aborto, contra la píldora y la eutanasia, contra la opresión del alma por la máquina inhumana del Estado, no podréis soportar que nos neguemos, que nos rebelemos; no podréis tolerar que seamos la voz que grita en el desierto de humanidad que ya es y que será más y más el mundo, la voz secreta del hombre herido a muerte escondido en la soledad de las máquinas y de las oficinas. Demostraréis, demostráis ya, no dejaréis de demostrar que el hombre sois vosotros, y solamente vosotros –vuestra cosa exclusiva– que la defensa del hombre es por vosotros y por vosotros solos que pasa, y que todos vuestros enemigos son los enemigos del hombre, gentes sin honor, sin cultura y sin fe, y que hay que destruirlos. Fachos, reaccionarios. Y toda la clase llamada intelectual, y toda la clase dirigente aplaudirán. Embrutecidos, sentados delante de sus televisores, los de la masa se callarán. El clero también, o lo que quede de él.” (p. 226).

“Hablo de la civilización cristiana salida de las tres capitales, la que ha producido todas nuestras representaciones, todos nuestros testimonios del Misterio, y hablo de nuestra civilización actual y moribunda, hablo de su incompatibilidad, que ya he ampliamente mostrado y demostrado. En el fondo, si son incompatibles, es por la razón misma que me señalaba Étienne Gilson y que ya he reportado, cuando me escribía: es una gran pena que Ud. no vea que la Revelación cristiana tiene necesidad de una cierta filosofía. Una cierta filosofía y no cualquiera. Lo he comprendido cruelmente después. La mentalidad nominalista-positivista moderna nos impone creer que no hay más milagro ni trascendencia. Tan así, que todo el problema de la teología, todo el problema de la cristología hoy (¿Se puede ser cristiano hoy? Oh la la) consiste en decirse (lo sé, porque me lo he dicho bastante y he leído bastante a los otros): ¿cómo hacer, qué pensar, qué fabricar, para tener una especie de teología sin Dios en el sentido del Dios antiguo y medieval, una especie de cristología sin irrupción de Dios, sin milagro, sin nacimiento virginal, sin resurrección en el sentido del buen pueblo cristiano? Una teología moral sin obligación ni sanción, una vida de fe sin contemplación. Evidentemente, no hay respuesta, no hay salida. El error trágico y –habría que poder agregar– idiota– consiste en poner como verdadera la mentalidad moderna (en el fondo, las tres edades del viejo padre Comte, el materialismo económico y el sensualismo psicológico de las viejas barbas de Marx y de Freud), y en poner como falsa, superada, perimida, la mentalidad antigua teológica y metafísica que es el fundamento mismo de nuestra fe y de nuestra civilización.” (pp. 238-239).

“Pablo VI no ha encontrado sino el Credo, el Símbolo de los Apóstoles y de Nicea, apenas glosado en los términos de la teología patrística y medieval más tradicional. No es casualidad: no hay más que eso. A fin de cuentas, no encuentro otra cosa, porque por lo demás desconfío, como de la peste, del pensamiento salido de nuestra civilización desviada y podrida.” (p. 241).

Se refiere al Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968).

“Y si todavía tuviese antojos de inteligencia de la fe, de banquetes teológicos, es sobre mi querido Santo Tomás que me precipitaría para satisfacerlos. No es casualidad que esta obra colosal haya sido elaborada en pleno siglo XIII, justo antes de la primera crisis nominalista; y en mi devoción personal a la Providencia que ya he dicho, no es tampoco para mí una casualidad que yo viva actualmente, hace cinco años, en la parroquia parisina de Santo Tomás de Aquino, donde voy a cantar y orar todos los Domingos: veo ahí un signo de Dios que me ha reconducido a mis primeros amores y a la verdad de su Evangelio encarnado.” (p. 242).

“Más congruentes me parecen, con todo, más responsables, también, las actitudes de aquellos, menos próximos a mí, sin embargo, por el corazón y el espíritu, que fueron en otro tiempo los instigadores de la reforma, los campeones del progreso, y que denuncian hoy día abiertamente sus peligros y engaños; pienso ciertamente en los de Lubac, Daniélou, Congar, Guitton, Maritain, y otros sin duda. Antiguos virtuosos del acelerador, hoy dejan caer todo su peso sobre el freno, no se esconden y tienen razón. Tienen menos razón en creer y hacer creer que no han cambiado, y que no tienen responsabilidades en la decadencia que conocemos. En verdad, los bomberos de hoy son los incendiarios de ayer (…) No es buena la pretensión de haber tenido siempre razón. Son ciertamente ellos, somos ciertamente nosotros que desde los veinticinco años hemos removido, lanzado, propagado las ideas que hoy, para nuestra desgracia, triunfan luego de haber conocido la consagración del Concilio (…) El P. de Lubac debería darse cuenta (…) de creerle, no se ha movido una pulgada ni ha cambiado una iota, tenía razón ayer como tiene razón hoy. Son los otros que han cambiado, los otros que son responsables. ¿El fruto está podrido pero la semilla era buena? Sea, pero ¿no es él, sin embargo, el que entronizó, patronizó, hizo pasar por la aduana a Teilhard en la Iglesia? Teilhard, que es por sí solo una de las corrientes más devastadoras de nuestra Iglesia moderna. ¿No es él también el que, con Jean Daniélou (que al final se había dado cuenta y lo lamentaba en privado) y todo el equipo de Fourviére, contribuyó a arruinar la confianza en la teología especulativa tomista? Ah, padres míos, padres míos, ¿nunca os han enseñado la contrición ni el arrepentimiento público? Sí, padres míos, somos ciertamente nosotros los que hemos desencadenado los dragones, destrozado los diques, introducido el gusano en el fruto.” (pp. 267-269).

Es importante la denuncia que hace aquí Paupert y que debería contribuir a disipar las ambigüedades y falsos acuerdos que se introdujeron en el pensamiento católico posterior al Concilio Vaticano II, así como a bajar de ciertos pedestales a ciertas imágenes.

“Me queda un deber fácil, el de decir en pocas palabras mi esperanza y mi amor. Mi amor: si es que no ha aparecido suficientemente todo a lo largo de mi grito. Sí, amo a mi Iglesia a la que le debo todo, amo a mis hermanos los Obispos y los sacerdotes, de quienes sé la misión difícil, al borde de lo imposible, de quienes espero que nos llamen al combate, que habiendo rechazado sin debilidades los encantos engañosos de los desposorios culpables y de la copulación contra natura con el mundo, nos prometan finalmente los sufrimientos y las lágrimas que son, en todo tiempo y para siempre, la parte de los “pequeños restos” que resisten a los Monstruos; que así mantengamos juntos los pocos valores que nos quedan y que reencontremos aquellos que hemos dejado escapar, a fin de volver a dar cierta vida, cierto soplo de lo Alto a este gran Cuerpo abatido, humillado, el Cuerpo del Hombre repleto de venenos, impregnado de toxinas y que se revuelca, sacudido de hipos y de espasmos, en el barro y la basura sobre el camino de los ‘grandes cementerios bajo la Luna’. Iam foetet, ya hiede. Pero el Cristo ha resucitado a Lázaro.” (pp. 345-346).

Los grandes cementerios bajo la Luna es una novela de Georges Bernanos de 1938 en la que este autor católico critica al movimiento nacionalista español liderado por Francisco Franco y defiende a la República. Paupert utiliza irónicamente esa expresión en este pasaje, en un sentido ideológico totalmente contrario al original (en el cual Bernanos no parece haber perseverado posteriormente).

“Estas páginas de conclusión y de esperanza son breves. Muy breves sin duda, pero es justamente así que ellas son también el signo de la gravedad del momento. Hay que recordar, en efecto, que la situación presente es grave, a mi modo de ver la más grave que la Iglesia ha conocido en su historia. No acepto las referencias que nos prodigan, lenitivas y adormecedoras, al pasado de la Iglesia en sus crisis sucesivas. Sí, es verdad, ella siempre se ha librado, pero nunca diciendo: ’¡Bah, ya se han visto otras!’. Ella se ha librado por el esfuerzo y el testimonio, la fidelidad y la audacia, la determinación de la voluntad y la unión de todos, la oposición muchas veces heroica de los mártires y la renovación de los espíritus y los corazones. Basta entonces de análisis ilusorios y de sabios equilibrismos manejando y dosificando demasiado hábilmente el pro y el contra, el negro y el blanco: ‘Hay esto, sí, pero también hay aquello. ¡La cosa no van tan mal, vamos!’ Hemos oído demasiado de ese lenguaje episcopal.

No, hoy día el mal y la mediocridad triunfan, hay que verlo, hay que decirlo. La traición y la muerte nos amenazan. Hay peligro en la mansión del Padre. Y la Virgen llora. Si no nos aplicamos todos enseguida, todos juntos, cesando todos los asuntos, olvidando todas las disputas y discordias, terminadas todas las ferias y todas las ilusiones, abolidos todos los rencores y todos los disimulos, entonces, por siglos, nos vamos a hundir en un tiempo de Bárbaros que la humanidad y la Iglesia jamás ha conocido aún, un tiempo bárbaro al lado del cual los primeros no habrán sido más que juegos de niños inocentes y cantilenas de guarderías, el tiempo de la deshumanización, el tiempo del sol negro y del rojo sangre, el tiempo de los Monstruos normalizados, el tiempo de las nupcias de la Máquina y de la Bestia.” (pp. 365-366).

Jean-Marie Paupert falleció el 24 de Junio de 2010. Por mi parte, me alegra haberme enterado de que aquel a quien pasé años considerando un gritón sin discernimiento y un caso grave de esquizofrenia doctrinal ha podido, por la gracia de Dios, sin duda, integrarse al número de los testigos de la fe católica de nuestro tiempo. Quiera Dios que haya obtenido Misericordia para entrar en Su presencia y, si ello es así, que entonces interceda desde ese alto sitial por los que aquí abajo estamos en una fase de la lucha más dura aún que aquella en la que él militó y padeció.