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José María Iraburu

El director de la oficina de prensa de la Santa Sede, Greg Burke, al presentar el programa del viaje del Papa Francisco a Suecia para conmemorar el 500º aniversario de la Reforma luterana, invitó a leer antes del viaje el documento Luteranos y católicos: del conflicto a la comunión (19 de junio de 2013), elaborado por una comisión mixta de católicos y luteranos.

De él dimos noticia en InfoCatólica (19 de marzo de 2013): El cardenal Koch advierte que no es un paso hacia la plena comunión. Publicado documento conjunto católico-luterano con motivo del Quinto centenario de la reforma protestante.

Del conflicto a la comunión

En el número 154 de este documento, al tratar de la Eucaristía, se hacen algunas consideraciones que conviene analizar atentamente, dada la suma importancia de la cuestión (los destaques son míos): “Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino” (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de “transubstanciación”.

No es verdadera la primera frase, pues, esa presencia real no se produce en la Cena luterana –vuelvo al final sobre esta gravísima cuestión–. Pero tampoco es admisible el término “todos”, que he destacado, ya que la declaración citada no confiesa un elemento fundamental de la fe dogmática de la Iglesia sobre el modo de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Sobre ese modo declara el Concilio de Trento (11de octubre de1551), en contraste con los protestantes, lo que siempre y en todo lugar fue creído y enseñado por la Tradición de la Iglesia católica:

“Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan [Mateo 26,26ss; Marcos 14,22ss; Lucas 22,19s; 1 Corintios 11,24ss]; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transubstanciación por la santa Iglesia Católica” (Denzinger, 1642).

“Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la substancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo y de toda la substancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transubstanciación, sea anatema” (ib. 1652, can. 2).

El uso del término “transubstanciación”, no siempre es absolutamente imprescindible. De hecho, como veremos enseguida, la fe que esa palabra expresa con toda precisión estuvo siempre viva en la Iglesia, aun antes de su proclamación dogmática. Pero si hoy, a principios del siglo XXI, en una declaración que pretende expresar “todos” los elementos fundamentales de la fe cristiana en la Eucaristía, se elude expresar –aunque fuera sin usar esa palabra– la “conversión” substancial o la total “transformación” ontológica del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, se omite o se niega un elemento esencial de la fe eucarística verdadera. El “todos” que he destacado en la declaración conjunta sólo sería admisible si se pensara que únicamente es esencial a la fe en la Eucaristía considerar la presencia real de Cristo en las especies consagradas, pero no la total conversión ontológica del pan y del vino en el cuerpo y sangre del Señor.

Tradición de la fe católica en la Eucaristía

Afirma Trento, como hemos visto, que “la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión, y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio”, de que por obra del Espíritu Santo (epíclesis), la palabra de Cristo, pronunciada por el sacerdote en su nombre durante la consagración, opera una transformación total del pan y del vino ofrecidos en el altar en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La perennidad y universalidad de esta convicción de fe católica podemos comprobarla con unas cuantas citas de la antigüedad. Las tomo, aunque no todas, de la magna obra del P. Jesús Solano, SJ, Textos eucarísticos primitivos (BAC, Madrid, 1978, vol. I, 754 pp.; y 1979, vol. II, 1009 pp.). Cuando en lo que sigue cito esta obra, indicaré sólo el volumen y el número del documento.

San Ignacio de Antioquía (107). “La Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y a la que el Padre por su bondad ha resucitado” (Carta a Esmirniotas 7,1).

San Cirilo de Jerusalén (386). “Con plena seguridad participamos del cuerpo y sangre de Cristo, porque en figura de pan se te da el cuerpo y en figura de vino se te da la sangre” (I,470). “No los tengas, pues como mero pan y vino, porque son cuerpo y sangre de Cristo, según la afirmación del Señor” (I,473).

San Gregorio de Nisa (394). “Y esto lo da [en la Eucaristía] transformando (transelementando) en aquel [cuerpo mortal] la naturaleza de las apariencias” (I,653).

San Ambrosio de Milán (397). “Cuantas veces nosotros recibimos los sacramentos, que por el misterio de la oración sagrada se transfiguran en carne y sangre, anunciamos la muerte del Señor (1 Corintios 11,26)” (I,536). “Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; pero una vez que recibe la consagración, de pan se hace carne de Cristo” (I,541). “Os dije que antes de las palabras de Cristo lo que se ofrece se llama pan; tan pronto como se han pronunciado las palabras de Cristo, ya no se llama pan, sino cuerpo” (I,568).

San Juan Crisóstomo (407). “No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas [el pan y el vino] en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo, que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas” (De prodit. Iudae, homil. 1,6).

Teodoro de Mopsuestia (428). El Señor “no dijo: “Esto es el símbolo de mi cuerpo, y esto [el símbolo] de mi sangre”, sino: “Esto es mi cuerpo y mi sangre”, enseñándonos a no mirar la naturaleza de lo que aparece presente, sino a que por medio de la acción de gracias [Eucaristía] hecha, se cambia en cuerpo y sangre” (II,128). “… por la sola venida del Espíritu Santo recibe una tal transformación” (II,164). “Lo que es presentado es pan y vino ordinarios, pero por la venida del Espíritu Santo es cambiado en cuerpo y sangre” del Señor (II,180).

San Agustín de Hipona (430). “Ese pan que veis en el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo; ese cáliz, o más bien lo que contiene ese cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo” (II,314). “Si prescindes de la palabra [de Cristo], el pan es pan, y el vino, vino. Añade la palabra y es otra cosa. El cuerpo de Cristo y la sangre de Cristo… A esto dices tú: Amén… que significa, Es verdad. Así sea” (II,346).

San Nilo de Ancira (430). “Antes de las palabras del sacerdote y de la bajada del Espíritu Santo, las oblaciones no son sino puro pan y vino ordinarios; pero después de aquellas tremendas epíclesis y de la venida del Espíritu Santo adorable, vivificador y bueno, lo que hay sobre el sagrado altar ya no es pan y vino ordinarios, sino el cuerpo y la sangre preciosos e inmaculados de Cristo, Dios de todas las cosas” (II,481).

Así podríamos seguir recordando cientos de testimonios antiguos de la fe católica en la Eucaristía, en los que siempre se expresa que Dios, por obra del Espíritu Santo, el mismo que encarnó al Hijo divino eterno en el seno de la Virgen María, transforma-cambia-convierte la substancia del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Ya no hay pan ni vino, aunque se mantengan sus apariencias accidentales. Sólo hay-son-están presentes el cuerpo y sangre del Señor. Pero no sigo enumerando los testimonios para no cansar al lector –y de paso, para no cansarme yo de transcribirlos–.

Formulación dogmática de la “transubstanciación” eucarística

Benedicto XVI, en un Discurso pronunciado en San Juan de Letrán (15 de junio de 2010), refiriéndose a la conversión–transformación obrada en la Eucaristía, dijo lo siguiente: “Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra “transubstanciación”, palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense [1215], del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: “su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por el poder de Dios” (Denzinger, 802).

Es la misma doctrina de la transubstanciación eucarística que, como hemos visto, declara en forma dogmática el Concilio de Trento (1551). La misma que Pablo VI confiesa en la primera parte de la encíclica Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965): La transubstanciación eucarística “es una realidad que con razón denominamos “ontológica”. Porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa. Y esto no únicamente por el juicio de fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la substancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino las solas especies. Bajo ellas, Cristo, todo entero, está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar”.

Es la misma fe que Pablo VI, poco después, en contraste sobre todo con la enseñanza del Catecismo Holandés, confiesa solemnemente en el Credo del Pueblo de Dios (30 de junio de 1968, nn. 24-26).

Y es también la misma fe profesada por Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis (22 de febrero de 2007): “En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la transubstanciación. (…) Es muy necesario para la vida espiritual de los fieles que tomen más clara conciencia de la riqueza de la anáfora [plegaria eucarística]: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo” (n. 13).

Lutero, destructor de sacramentos

La reciente declaración católica-luterana, ya referida al principio, dice que “en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo, sin adoptar la terminología conceptual de “transubstanciación”. Pero esa afirmación no es verdadera, ya que es eludido el modo de la presencia real de Cristo –por conversión total y substancial, es decir, por transformación ontológica del pan y del vino–, declarado dogmáticamente por la Tradición, Concilios y Encíclicas de la Iglesia, como si la realidad de ese modo no fuera un “elemento esencial de la fe” en la Eucaristía.

Lutero, en muchos lugares de su inmensa obra escrita, niega casi todos los sacramentos o, como en el caso de la Eucaristía, deforma la fe católica verdadera. Me limitaré a citar casi únicamente algunos puntos de su obra Contra los 32 artículos de los teologastros de Lovaina (1545), teólogos católicos a los que insulta gravemente con su habitual grosería. Tomo el texto en español de la traducción realizada por Teófanes Egido, Martín Lutero. Obras (Sígueme, Salamanca 2016, 5ª ed., pp. 359-363).

(5) Los herejes e idólatras lovanienses afirman sin respaldo en la Escritura que son siete los sacramentos. (7) Debe ser condenada como herética la doctrina que la sinagoga de los de Lovaina sostiene acerca del bautismo. (18) Sin motivo alguno, sin apoyo en la Escritura, y sólo por mera vanidad de estos tunantes se enseña la transubstanciación del pan y del vino. (22) No se apoya en la Escritura la doctrina de que la misa es un sacrificio. (23) Es herético y blasfemo ofrecer misas por los difuntos, y está mintiendo soberanamente el charco de los de Lovaina cuando afirma que fue algo instituido por Cristo. (30) No de la Escritura sino de doctrinas humanas sale todo lo que eructan, vomitan y cagan en una iglesia que no es la suya, sino la del Dios vivo. (32) Que la confirmación sea un sacramento es algo que se afirma sin apoyo en la Escritura, y miente la sentina lovaniense al decir que ha sido instituida por Cristo. (36) La penitencia enseñada por los lovanienses, o sea, la que consiste en la contrición, confesión y satisfacción, no es otra cosa que ese artefacto de desesperación de Judas, Saúl y otros semejantes. Por tanto, ha de ser condenada como herética. (38) No hay libertad para el bien. Decir que con la ayuda de la gracia se puede tender hacia él no es más que salir por la tangente y responder muy escolásticamente a lo que no se pregunta. (40) El orden no es un sacramento. (42) La extremaunción no es un sacramento. (44) Decir que el matrimonio es sacramento carece de apoyo en la Escritura. (45) El matrimonio es, en realidad, una institución, un don, una ordenación divinos, como lo son el gobierno civil y los magistrados. (47) Es una verdad que no hay más que una iglesia católica en la tierra; pero no pertenecen a ella los heréticos e idólatras lovanienses ni su ídolo abominable el papa. (48) La iglesia del papa y de estos maestrillos es más exactamente una piara de lobos, enemiga sanguinaria y devastadora de la Iglesia de Cristo. (53) En cuanto a los difuntos y el purgatorio ¡qué seguros están estos orondos rapaces de que los que ayer cayeron del cielo en breve salen del infierno! (55) Los votos, primordialmente los monásticos, y el celibato, son invenciones humanas sin respaldo en el mandato y en la palabra de Dios; son un abismo de perdición. (68) Vemos aquí con toda claridad que las bestias lovanienses han rechazado sencillamente la religión cristiana y que son en su corazón unos paganos perdidísimos. (75) He dicho y, en breve, con la ayuda de Dios, diré muchas cosas más.

La “impanación” eucarística

Según Lutero, la misa no es sacrificio, y en ella, después de la consagración, se da una presencia real de Cristo, pero el pan y el vino conservan su propio ser y naturaleza. Es decir, que la consagración, por la palabra de Cristo, esto es mi cuerpo y mi sangre, por obra del Espíritu Santo, no causa una verdadera conversión substancial, ni una transformación ontológica. A esta convicción llegó Lutero con ocasión de un estudio publicado por el cardenal de Cambrai, Pierre d’Ailly (1420): él sostenía “la afirmación de que en el sacramento del altar persisten el pan y el vino verdaderos y no sólo sus especies, a no ser que la Iglesia determinase lo contrario. Después de que me di cuenta de que la Iglesia que en realidad había determinado eso había sido la tomista (es decir, la aristotélica), mi audacia tomó aliento, y viéndome entre Scila y Caribdis, mi conciencia se afirmó en la primera sentencia: que subsistían el pan y el vino verdaderos, sin que por ello disminuyesen ni se alterasen la carne y la sangre más que en esos accidentes que ellos aducen. E hice esto por la sencilla razón de que advertí que las opiniones de los tomistas, aunque estuviesen aprobadas por el papa y por los concilios, no pasaban de opiniones que nunca podrían convertirse en artículos de fe, aunque otra cosa determinase un ángel que viniese del cielo. Lo que se afirma sin contar con la Escritura o con la revelación es materia opinable, nunca algo que haya que creer necesariamente (…) Por más de mil doscientos años ha mantenido la iglesia su fe verdadera y nunca, ni en ningún sitio, se acordaron los santos padres de esa transubstanciación –¡sueño y vocablo portentoso!– hasta que la engañosa filosofía de Aristóteles invadió a la iglesia en estos últimos trescientos años, período en el cual se han ido fijando también otras falsedades” (La cautividad babilónica de la Iglesia, 1520: ob. cit. Lutero. Obras, p. 94)[1]

Es ésta la herética doctrina eucarística de la impanación, enseñada por Lutero. Según ella, la presencia real de Cristo en la Eucaristía se produce porque Él se une substancialmente con las substancias del pan y del vino, que permanecen en su ser: Deus panis factus. El Cuerpo de Cristo está, pues, realmente presente in, cum et sub pane. Pero lo está únicamente en el momento litúrgico en que lo recibe el cristiano: in usu, non extra usum.

Lutero y quienes le siguen, al negar la transubstanciación, se alejan radicalmente de la fe católica. Creen que, terminada la liturgia de la Cena, no permanece Cristo realmente presente en la Eucaristía: desaparece su cuerpo y su sangre, quedando sólo pan y vino comunes, que pueden guardarse o tirarse en cualquier sitio. Para ellos, pues, no tiene sentido llevar la comunión a los enfermos o a los presos, como la Iglesia lo ha hecho desde su principio. Ni tampoco practicar la adoración eucarística, que vendría a ser una forma de idolatría.

Ignora Lutero voluntariamente que las fórmulas dogmáticas de la Iglesia sobre la transubstanciación (IV Letrán, 1215; Trento, 1551) son un desarrollo continuo que 1º) se inicia en la misma palabra de Cristo –Él no dice “este pan y este vino son mi cuerpo y mi sangre”, sino simplemente “esto es mi cuerpo y mi sangre”–; 2º) que fueron ya desarrolladas por los grandes doctores y Padres (Cirilo, Ambrosio, Agustín, etc.), ya que ellos enseñan lo mismo que se expresa en el término “transubstanciación”. Y prefiere 3º) atribuir falsamente este dogma eucarístico al influjo de la iglesia tomista, invadida por el aristotelismo. Sin embargo, él sabe que la palabra transubstanciación es empleada por primera vez con valor dogmático en el Concilio Laterano IV (1215), cuando no había nacido Santo Tomás (1224-1274) y el tomismo, o incluso el influjo del aristotelismo, no había “invadido” el pensamiento católico del Magisterio y de los teólogos.

La doctrina dogmática de la transubstanciación –ya no pan ni vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo–es la doctrina católica siempre profesada por la Iglesia Católica, y reafirmada innumerables veces en nuestro tiempo, por ejemplo en el Concilio Vaticano II, la encíclica Mysterium fidei, el Credo del Pueblo de Dios, el Catecismo de la Iglesia Católica, y en otros muchos documentos magisteriales.

Lo último será lo primero

En el ordenamiento interno de una enseñanza teológica lo normal es poner al principio las premisas mayores del pensamiento, para deducir de ellas, y de otras menores, la conclusión final. En esta ocasión yo he procedido al revés. Recordará el lector la cita inicial de este artículo (Del conflicto a la comunión, n. 154): “Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: “En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino”.

Todo eso suena muy bien, como algo ecuménicamente correcto y positivo, pero no tiene sentido si recordamos simplemente que Lutero y las comunidades que lo siguen carecen de sucesión apostólica, niegan el sacramento del orden, no tienen, pues, sacerdotes, sean éstos obispos o presbíteros, pero sin sacerdotes no pueden celebrar verdaderamente la Eucaristía, es imposible que en la celebración de la Cena consigan una “presencia real, verdadera y substancial” de Cristo, sea ésta entendida en uno u otro modo, la Cena luterana, por tanto, no causa más presencia de Cristo que la que se produce cuando dos o más se reúnen en su nombre, y consiguientemente el pan y el vino en la Cena, aunque signifiquen durante la celebración el cuerpo y la sangre de Cristo, en ningún momento son más que pan y vino, que finalmente puede ser retirado o tirado.

Ahora bien, si estas verdades las hubiera yo afirmado al principio del presente artículo, todo lo que a ello siguiera vendría a ser superfluo. Pero –ya me perdonarán– yo he querido escribirlo para el honor de Cristo y de su única esposa, la Iglesia, y el bien de mis lectores.

Un teólogo protestante –creo recordar que era Oscar Cullmann– consideraba inútiles los diálogos ecuménicos que se limitan a coincidir amablemente en aquellas verdades de la fe comunes a las dos partes, eludiendo sistemáticamente la discusión sobre las diferencias doctrinales, a veces irreconciliables, pues lógicamente, al final, cada uno permanece donde ya estaba, sin avance alguno ecuménico hacia una misma fe. Y tenía razón. Lo que sí se consigue es dar la apariencia ilusoria de que se está consiguiendo algo.

Post post: Propongo que la Real Academia de la Lengua Española acepte en su Diccionario el término buenismo, excelente neologismo que expresa una buena parte del espíritu de nuestra época.


[1] NOTA DEL AUTOR: Pedro de Ailly es uno de los principales maestros del nominalismo, doctrina anti-ontológica que, independizando la teología de la metafísica, contribuye decididamente –entonces y hoy–  a la deconstrucción de la Iglesia, pues impugna la filosofía realista en la formulación que el Magisterio apostólico hace de las grandes verdades reveladas. Cuando se habla, pues, del horror que Lutero siente por “la escolástica” –por ejemplo, en la cuestión de la transubstanciación–, se está hablando del nominalismo anti-ontológico que él bebe de esa fuente a través del teólogo alemán Gabriel Biel (1410-1495), profesor y rector de la Universidad de Tubinga, fundada en 1477.